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Libro PDF Desaparecida Manuel Navarro Seva

Desaparecida  Manuel Navarro Seva

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Nuria lo invitó a sentarse y le ofreció un café, un té o un refresco. Fidel la miró a los ojos y rehusó.
—No, muchas gracias. Acabo de tomarme un café en el bar de enfrente, antes de subir. He llegado muy pronto.
—Tendrá que esperar una mijilla, ahora sale don Andrei —dijo Nuria.
El empleo del tratamiento de don a Fidel le pareció bastante arcaico, pero indicaba a su juicio, al menos de cara a los clientes, el respeto que la malagueña sentía por
su jefe.
Antes de sentarse en el sofá la observó de arriba abajo y pensó que era una mujer atractiva, aunque estaba un poco llenita y no era su tipo. Nuria volvió a su
puesto detrás de una mesa.
La oficina del detective era más pequeña de lo que Fidel había imaginado, disponía de una salita de espera en la que había un sofá y dos sillones negros de polipiel
con una mesa de centro, más un escritorio donde atendía el teléfono la malagueña, y dos puertas que estaban cerradas. Una de las puertas era la del cuarto de baño a
juzgar por los símbolos que había pegados en ella; la otra era la del despacho del detective.
En ese momento no había nadie más que él en la estancia. Se acomodó dispuesto a esperar su turno, y pensó que aquello no respondía a una agencia de detectives,
al menos tal como él la había imaginado después de leer el anuncio en internet —equipo multidisciplinar, amplia experiencia, profesionalidad, cualquier clase de asunto
—. Podía estar bien para la consulta de un podólogo o de un picapleitos, pero no para una oficina de detectives.
Supuso que quizás había varios despachos de la firma en otros puntos de la ciudad y se quedó más tranquilo.
Tomó una revista de la mesa de centro, una publicación atrasada de cine, para matar el tiempo. La hojeó con poco interés. Estaba pensando en cómo iba a
plantearle al detective el asunto que lo había llevado hasta allí.
Después de unos quince minutos de retraso sobre la hora de la cita, que a Fidel se le antojaron una eternidad, el detective, desde el umbral de la puerta del
despacho, despidió a un cliente y a continuación le indicó a Fidel que pasara. Este cerró la revista, la dejó sobre la mesa y entró en un pequeño y austero estudio.
En el cristal opaco de la puerta pudo leer Andrei Vukov, escrito con letras mayúsculas, y, debajo del nombre, detective privado. El patronímico le produjo un
efecto positivo, de profesionalidad y de extrañeza, ¡un nombre ruso!
El aspecto del detective le recordó a Vladimir Putin, delgado y no muy alto, se diría que de un metro setenta, pelo escaso y rubio con algunas canas, cara de rasgos
rusos, y de similar edad que el presidente de la Federación Rusa, tendría unos sesenta y pocos años.
Andrei Vukov era un exespía ruso que había trabajado en el Directorio de Operaciones Exteriores y Contrainteligencia del KGB hasta que fue trasladado a la
embajada de la Federación Rusa en Madrid en 1992, meses después de disolverse la Unión Soviética y el Comité para la Seguridad del Estado o KGB.
En aquel momento, cuando lo expatriaron a España, no sabía hablar el castellano, pero poseía una asombrosa facilidad para los idiomas, hablaba inglés y alemán
con fluidez, además del ruso, y entendía algo de francés. Poco después de llegar a Madrid siguió un curso de español y a los tres meses lo manejaba con bastante soltura.
Unos años después dejó su empleo en la embajada rusa, donde no tenía en realidad mucho que hacer, y trabajó como taxista, empleado en una agencia internacional
de transportes, traductor y profesor particular de ruso.
Conoció a Nuria y se enamoró de ella. Nuria era una malagueña simpática y muy atractiva, de ojos grandes y cabello negro, mucho más joven que él. Estuvieron
saliendo juntos durante un tiempo de aproximadamente un año, y se casaron.
Poco después de conseguir la nacionalidad española Andrei obtuvo una licencia de detective privado y fundó su propia empresa de investigación —la agencia
multidisciplinar—.
Nuria renunció a su puesto de secretaria en la compañía de transportes donde había conocido a Andrei, para ayudarlo en la agencia de detectives como secretaria y
chica para todo.
La agencia solo tenía dos empleados: Andrei y Nuria —no había ningún otro despacho en ningún otro emplazamiento de la ciudad—.
De manera esporádica el detective contrataba a un expolicía nacional jubilado para que lo ayudara en algún caso complicado, aprovechando su experiencia y
conocimiento del cuerpo de policía.
Fidel entró en el despacho del detective, un estudio modesto y no muy grande, y cerró la puerta tras él.
—Siéntese, por favor —le dijo Andrei, señalando con la mano un sillón igual al que había ocupado en la salita de espera.
Fidel se desabrochó la chaqueta y se sentó con las piernas abiertas. Sacó un pañuelo blanco de tela del bolsillo del pantalón y se secó el sudor de las manos.
—Usted dirá —le dijo el detective desde el otro lado de la mesa.
—Lea esta nota, por favor —dijo Fidel entregándole el papel que le había dejado Celia—. La escribió mi mujer antes de desaparecer hace ya cuatro días y la dejó
sobre la mesa de mi escritorio.
—¿Celia…?
—Perdone…, mi esposa.
—Da.
El detective tomó la cuartilla que le había pasado Fidel y la desdobló para leerla.
—¿Qué significa esto? —inquirió Andrei, mirando a Fidel.
—Haga lo que le digo, léala, por favor —contestó Fidel, mientras observaba las marcas que el acné juvenil le había dejado en la cara al detective.
Andrei dirigió su atención hacia el papel que sostenía en las manos, y lo leyó en voz alta. Era un escueto texto que firmaba Celia.
La nota decía así:
Querido Fidel:
Me voy ahora mismo de viaje, tengo una cita de trabajo esta tarde, y un taxi esperándome en la calle para llevarme al aeropuerto.
Te he llamado al móvil pero lo tenías apagado. Te volveré a telefonear esta noche.
Celia
Fidel observó la reacción del detective y cómo movía la boca, una boca de labios delgados, mientras leía la nota.
Cuando hubo terminado de leerla, Andrei miró con atención a Fidel y le dijo:
—Su esposa dice en este papel que le telefoneó y tenía usted el móvil apagado. ¿Es así?
—Sí. Tengo una llamada suya registrada en mi teléfono.
—Supongo que su esposa no volvió a ponerse en contacto con usted después de esa primera llamada. ¿Me equivoco?
—No, está en lo cierto. No me volvió a llamar.
—Es lógico, si lo hubiera hecho no habría venido usted a verme —dijo el detective sonriendo.
Fidel asintió, y reparó tanto en la lógica de la deducción del investigador como en la correcta sintaxis de las frases que había pronunciado. Pensó que Andrei hablaba
un castellano muy aceptable, aunque con algo de acento y una pronunciación rotunda de las erres.
—¿Usted la llamó? —preguntó Andrei.
—Sí, lo intenté varias veces, pero sin éxito. Tenía el móvil apagado. No he conseguido hablar con ella desde que se marchó al aeropuerto el día 16 de enero.
—¿Por qué cree que fue al aeropuerto? —continuó el detective.
—Bueno…, la nota dice que tiene un taxi esperándola para llevarla al aeropuerto —dijo Fidel.
—Es verdad, pero esa era su intención. No sabemos si realmente subió a ese taxi que la esperaba, ni si, en caso de haberlo hecho, el taxi la llevó al aeropuerto. Pero
hemos de admitir que es posible.
—Tiene usted razón —dijo Fidel, siguiendo el razonamiento del ruso.
—Lo que usted desea es que la localice, ¿no es verdad?
Fidel volvió a valorar el correcto castellano de Andrei y la indudable sensatez de su análisis. Todo lo que había dicho hasta ahora era impecable y, aunque le parecía
harto elemental, pensó que había dado con la persona adecuada para encontrar a Celia.
«El ruso tiene buena cabeza, y parece que conoce su oficio», se dijo Fidel.
—Exacto, desapareció hace cuatro largos días. Y no ha vuelto a dar señales de vida desde ese presumible viaje en avión. Lo que quiero de usted es que la encuentre.
Quiero saber si está bien, dónde está, por qué no me ha telefoneado en todo este tiempo, por qué no contesta a mis llamadas. Estoy muy preocupado, creo que le ha
pasado algo, si no, ella se habría puesto en contacto conmigo.
—En el caso de que Celia haya hecho ese viaje en avión, ¿dónde cree usted que puede haber ido?
—No tengo la menor idea. Ella viajaba mucho…
—¿Por qué dice viajaba? —preguntó el detective, interrumpiéndolo.
—Quiero decir que ella viajaba con regularidad antes de emprender este viaje del que no sabemos nada.
—¿Entonces dónde cree que puede haber ido? —repitió Andrei.
—No lo sé. A París, a Roma, a Ámsterdam, a Londres, a Berlín, a cualquier ciudad europea, incluso puede que haya cruzado el Atlántico.
El detective sacó un paquete de cigarrillos del cajón de la mesa y le ofreció uno a Fidel.
—No, gracias. No fumo.
—No le importa que yo lo haga —dijo el detective sacando un cigarrillo del paquete.
—No, no me importa.
Después de encenderlo y darle la primera calada, le preguntó a Fidel:
—¿No cree usted que su esposa puede haberlo abandonado? ¿Haberse marchado por voluntad propia?
—No. No lo creo. Ha dejado todas sus pertenencias en casa. Y, por otro lado, me escribió la nota que acaba de leer.
—¿Se llevaban ustedes bien?
—Sí, bastante bien.
—¿A qué se dedica su mujer?
—Es pintora y restauradora de cuadros. A veces la llaman no solo para participar en un proyecto de restauración, sino también para realizar el peritaje de una
obra, o para impartir un curso o dar una conferencia.
—Supongo que usted ya ha preguntado por Celia a las personas más cercanas, quiero decir, a la familia, a los amigos, a sus compañeros de trabajo…
—Claro que sí, y nadie sabe nada, por desgracia.
—Da… Déjelo en mis manos. No se preocupe, la encontraré.
Fidel asintió y le preguntó:
—De acuerdo con su experiencia, ¿cuánto cree que tardará en encontrarla?
—No lo sé, cada caso es diferente. Con un poco de suerte tal vez en un par de semanas, quizás algo menos, daré con ella. Lo primero que haré será intentar
localizar su teléfono móvil, eso debería proporcionarnos su ubicación. Se puede rastrear siempre que no esté apagado o sin batería. Si no hay suerte con esto, intentaré
encontrar el taxi que tomó a ver si le mencionó al conductor a dónde se dirigía.
—Buena idea, llámeme tan pronto averigüe algo, aquí tiene mi número de teléfono —dijo Fidel, mientras le entregaba su tarjeta de visita—. ¡Ah!, por cierto,
¿cuánto me va a costar la investigación?
—No puedo precisarlo con exactitud, dependerá de las horas que dedique a la búsqueda, más los gastos a justificar con facturas, es decir, gastos de viaje,
manutención, extras de difícil justificación, etcétera. Tome, aquí tiene nuestras tarifas —dijo el detective entregándole una cuartilla a Fidel.
Fidel la leyó con rapidez y al cabo dijo:
—De acuerdo. Empiece ya, por favor. Lo antes posible.
—Jarashó (de acuerdo). Necesitaré alguna foto reciente de su esposa.
—Tome, le he traído estas tres —dijo Fidel entregándole un sobre con las fotos.
A continuación, a petición del detective, Fidel le relató cuáles eran los hábitos de Celia, una mujer dedicada principalmente a su profesión. Le habló de sus amigas,
de su trabajo, de sus padres…
— ¿Tienen ustedes hijos?
—No, Celia se niega rotundamente a tenerlos. Dice que es pronto y que como viaja tanto no va a poder dedicarse a cuidarlos debidamente.
—Entiendo… ¿Sospecha usted si salía con alguna persona? Ya entiende a qué me refiero, algún amigo íntimo.
Fidel se acordó del policía que lo atendió en la comisaría, le había preguntado lo mismo.
—No, en absoluto… Bueno, yo creo que no. Últimamente salía en ocasiones con algunas amigas o compañeros del trabajo, y a veces volvía tarde a casa, pero
estoy seguro de que no se veía con nadie en especial, si se refiere a eso.
—¿Tiene alguna amiga íntima?
—Sí, tiene una amiga íntima con la que sale a veces al cine.
—¿Y ella no sabe dónde puede haber ido Celia?
—No, no le dijo nada. Ya la llamé.
—Supongo que ha denunciado el asunto a la policía.
—Por supuesto que sí. Ayer puse una denuncia por su desaparición. Y esta mañana he ido a la comisaría a interesarme pero aún no saben nada. Están a la espera
de lo que ordene el juez.
Fidel contestó a todas las preguntas que le formuló el detective y cuando dieron por terminada la reunión, se levantó del sillón haciendo chirriar el cuero, que se le
había pegado ligeramente a los pantalones, de nuevo se secó el sudor de las manos con el pañuelo antes de estrechar la de Andrei Vukov, se despidió de Nuria y
abandonó el despacho.
El detective le había prometido que empezaría de inmediato a buscarla y que estaría en contacto telefónico con él para recabar más información si fuera precisa, o
para adelantarle cualquier avance que lograra en su investigación.
Capítulo 3. Encuentro en Nueva York
Nueva York, junio de 2010
Cinco años y medio antes.
El vuelo de Madrid a Nueva York de la American Airlines tenía prevista la llegada a las ocho de la noche del viernes 25 de junio de 2010.
Antes de despegar del aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid-Barajas el comandante anunció un retraso de aproximadamente una hora, debido a un problema técnico
relacionado con el tren de aterrizaje, y que, una vez quedara resuelta la avería, intentaría recuperar el tiempo perdido y aterrizar en el aeropuerto JFK de Nueva York a
la hora prevista, si las condiciones meteorológicas no lo impedían.
Los pasajeros, que ya ocupaban sus asientos desde hacía un buen rato, se miraron unos a otros con cara de preocupación, y se encogieron de hombros. Que un
avión tuviera una avería poco antes de despegar no ocurría a diario, y especularon sobre la causa de aquel contratiempo. ¿No sería en realidad un asunto de mayor
gravedad que intentaban ocultarles? ¿Acaso un atentado? ¿No revisaban los aparatos con regularidad?
Poco después de despegar, Fidel, que llevaba asiento de pasillo, miró de reojo a la compañera de viaje, que iba en el asiento central, y a continuación sacó de su
cartera de mano una guía de viajes de Nueva York. La abrió por donde había dejado el marcapáginas y continuó leyendo con sumo interés.
—¿Es la primera vez? —le preguntó su vecina de asiento en inglés.
—¿Cómo dice? —respondió Fidel, mirándola.
—Decía que si es la primera vez que usted viaja a Nueva York —aclaró ella.
Fidel volvió a colocar el marcapáginas y cerró el libro.
—¡Ah!, no, no, pero sí es la primera que lo hago como turista. Tenía muchas ganas de realizar este viaje. Nueva York es una gran ciudad. Merece la pena dedicarle
varios días solamente a verla, patearla y disfrutar de todo lo que ofrece, que es mucho.
Fidel hablaba un inglés fluido, aunque con un fuerte acento español. No era la primera vez que visitaba la ciudad de los rascacielos, pero siempre lo había hecho por
motivos de trabajo, y nunca había tenido tiempo suficiente de recrearse en la Gran Manzana como le hubiera gustado.
En ese momento la mujer se dio cuenta de que no se había presentado, y lo hizo:
—Me llamo Susan.
—Encantado. Yo soy Fidel.
Y unos segundos después, ella preguntó:
—¿Cuántos días se quedará?
—Hasta el martes a medio día, el miércoles me espera una reunión en la oficina. Me hubiera gustado poder prolongar mi estancia un poco más, pero me resulta
imposible. Normalmente el trabajo no me permite ausentarme de Madrid, salvo en el periodo vacacional, pero esta vez he podido reunir unos días, necesitaba
desconectar y nada mejor que Nueva York para hacerlo, una ciudad que me encanta y que tenía pendiente en mi lista de viajes.
La azafata pasó con el carrito de las bebidas y Fidel pidió un zumo de manzana. Su vecina de asiento, un vino blanco.
Cuando les sirvió las bebidas, ambos bajaron a la vez las mesitas plegables del asiento y dejaron allí los vasos y la servilleta de papel después de beber un trago.
Tras una breve pausa, Susan dijo:
—¿En qué trabaja usted, si no le importa que se lo pregunte?
—Soy arquitecto y trabajo para una empresa de construcción muy conocida en Madrid.
—Arquitecto… Qué interesante trabajo. ¿Construye edificios?
—Solo los restauro.
De nuevo tomaron un trago de sus bebidas y Susan inquirió:
—¿Qué planes tiene para estos días en Nueva York?
—Quiero ir al teatro, visitar el Museo Metropolitano de Arte, cruzar andando el Puente de Brookling, patear las calles, ir de compras a la Quinta Avenida, subir al
edificio Empire State, en fin, lo típico. Nueva York es una ciudad muy singular, de grandes contrastes. Espero disfrutar también de un par de excursiones turísticas que
me ha recomendado mi agencia de viajes. Una de ellas, precisamente, se llama Tour de contrastes de Nueva York , un recorrido por los barrios o distritos de Harlem, el
Bronx, Queens y Brooklyn con el barrio judío. Pero, en especial, me interesan sus imponentes edificios, conocer mejor cómo está organizada la ciudad desde el punto de
vista urbanístico, cómo son los transportes públicos, el sistema de calefacción y agua caliente… Siempre me llamó la atención ver en las películas ambientadas en Nueva
York el vapor blanco que sale por las bocas de las alcantarillas.
—Un sistema único —repuso Susan, interrumpiéndolo en un perfecto español—. En el subsuelo de Nueva York hay una red de tuberías que transportan el vapor
de agua, que producen las estaciones centrales de energía de la empresa Edison, hasta los radiadores de las casas y oficinas tanto para la calefacción como el agua
caliente. En verano también se utiliza la presión de ese vapor para hacer funcionar las máquinas de aire acondicionado de empresas y comercios, incluso se emplea para
limpiar y desinfectar edificios.
—Es un sistema muy eficiente y reduce emisiones contaminantes —repuso Fidel, y añadió—: Veo que habla mi idioma. Y lo utiliza bastante bien. ¿Dónde lo
aprendió?
—Gracias. No muy bien, en realidad. Como sabe, en los Estados Unidos el español es el segundo idioma con mayor número de hablantes después del inglés. Tomé
clases particulares durante un año y como visito España con bastante frecuencia, procuro practicarlo para no olvidar lo que aprendí.
—Me alegro. Insisto, lo habla muy bien. Lógicamente, me resulta más cómodo usar mi propia lengua, aunque yo también debería practicar el inglés —dijo Fidel, y
después de una corta interrupción, continuó—: ¿Usted a qué se dedica?
—Soy médico. Trabajo en el Centro de Salud de la Universidad Columbia de Nueva York, en el campus de Washington Heights.
—¡En la Universidad de Columbia!, una de las instituciones más antiguas y prestigiosas de los Estados Unidos, según tengo entendido.
—Sí. Y la más antigua de Nueva York. La fundó el rey Jorge II de Inglaterra en el siglo xviii.
—Pues… En ese caso ya sé a dónde debo acudir si necesito ayuda médica durante mi permanencia en Nueva York.
—No lo dude. Será un placer poder ayudarle, aunque espero que no la necesite, pero por si acaso aquí tiene —dijo Susan. Abrió su bolso y sacó una tarjeta de
visita que le entregó a Fidel.
Él miró con atención la tarjeta y en ella pudo leer que Susan Bennett era doctora en Medicina, profesora e investigadora. Después sacó su billetero y la guardó,
aunque pensó que lo más probable era que no la usaría nunca.
Buscó dentro de su billetero y dijo:
—Lo siento, no puedo darle la mía, no llevo ninguna. En los viajes de placer procuro no llevar tarjetas de presentación. Y dígame, ¿a qué se debió su viaje a España
en esta ocasión?
—Asistí a un congreso médico sobre el cáncer. La Oncología Médica es mi especialidad, y el tema del proyecto de investigación que dirijo en el Centro de Salud. Es
un trabajo apasionante. Pueden conseguirse resultados que salvan vidas. Cuesta mucho tiempo y dinero llegar a descubrir algo nuevo en relación con el cáncer, pero
merece la pena dedicar una vida a ello, ¿no cree?
—Por supuesto que sí. Debe estar orgullosa de su trabajo.
—Me encanta y disfruto haciendo esto.
A medida que la conversación entre ellos fluía, Fidel se daba cuenta de que Susan Bennet era una mujer encantadora y muy bella, de aspecto cuidado, que vestía
ropa informal pero apropiada y cómoda para un viaje en avión, tenía una cara agradable, una sonrisa sincera y unos ojos claros, muy expresivos, con los que no dejaba
de escrutarlo cuando le hablaba o ella se dirigía a él.
Debía de rondar los cincuenta años.
Después de un largo silencio, Susan sacó un libro de su bolso y comenzó a leer.
Fidel miró el reloj y calculó que debían de llevar unas tres horas de viaje más el retraso que había anunciado el comandante, que fue mayor del que había dicho. Un
vuelo tranquilo hasta el momento, una vez superada la inquietud provocada en el pasaje por la avería del tren de aterrizaje.
Intentó seguir un programa de televisión en la pantalla del asiento. Buscó una película y la puso en español. La estuvo viendo un rato, se cansó, apagó el televisor,
se acomodó en su asiento y se quedó dormido.
En torno a una media hora después Susan lo despertó cuando le pidió permiso para salir al cuarto de aseo. Sentada no aparentaba lo alta que era, debía de medir un
metro y setenta y cinco centímetros como poco. Fidel la observó de espaldas mientras ella caminaba por el pasillo, agarrándose de vez en cuando a los respaldos de la
fila de asientos para mantener el equilibrio, y notó que estaba más bien delgada y poseía un cuerpo espléndido.
Vio que se detuvo a charlar con una mujer a la que no pudo verle la cara. Poco después Susan continuó hasta el cuarto de baño. De regreso, volvió a saludar a la
mujer que había encontrado en la ida, y cuando ocupó su asiento de nuevo le dijo a Fidel que viajaba con una amiga española que iba a pasar unos días en Nueva York y
que se alojaría en su casa. No habían podido conseguir asientos contiguos para este viaje, pues el avión iba completo.
—Si lo desea puedo intercambiar con ella mi asiento para que vayan ustedes juntas.
—No, por favor, no se moleste, prefiero que me cuente cosas de su profesión y de sus planes en Nueva York. Con ella tendré tiempo de hablar estos días.
La demora, que había sido de dos horas, resultó difícil de recuperar, como muchos pasajeros habían conjeturado durante el vuelo. El viaje se le hizo eterno a Fidel, a
pesar de la agradable compañía de Susan y de su amena charla, y aún tuvo que soportar una fila de casi una hora antes de superar el control policial de inmigración.
Una vez pasado el control y recogido el equipaje, Fidel llegó a la terminal de salida y se dirigió hacia la parada de taxis, donde se encontró con Susan y su amiga.
—¡Hola, Fidel! ¿Todo bien?
—Algo cansado. Pero al menos hemos llegado bien y no han perdido mi maleta, cosa que siempre me preocupa, no habría sido la primera vez.
—Esta es mi amiga Celia —dijo Susan, señalando a su joven compañera de viaje.
Fidel se acercó a ella y le dio dos besos en la mejilla. Olía a perfume suave y fresco. Aparentaba unos veinticinco o veintiséis años. Se fijó en su aspecto físico:
delgada, de pelo negro y alta, no tanto como Susan, pero mediría casi un metro y setenta centímetros. Algo menos que él. Mostraba, pese al cansancio del viaje, una
sonrisa encantadora, que exhibía de manera casi permanente, como si no tuviera nada que decir o porque sabía que le favorecía, y al sonreír dejaba ver una dentadura
alineada y perfecta.
Se sintió atraído por su belleza y juventud.
—Tal vez podamos quedar algún día de estos para tomar algo —le propuso Fidel.
—Claro que sí —dijo Celia, que también se sintió atraída por Fidel y deseó que la llamara.
—¿Hasta cuándo te quedarás en Nueva York? —preguntó él.
—No lo sé con seguridad. Una semana o dos, si Susan no se cansa antes de mí.
Después de decir esto, Celia sonrió mirando a su amiga con afecto.
—Es un placer tenerte conmigo en casa, querida Celia, ya lo sabes —respondió Susan, sonriendo también.
—Nos mandamos un Whatsapp —dijo Celia, que reflejaba en el rostro el cansancio del viaje, aunque intentaba disimularlo con su bella sonrisa—. Toma nota de mi
número de teléfono.
Fidel sacó su móvil y escribió un nuevo contacto en su directorio: Celia van der Vaart.
El apellido lo sorprendió, aunque no tanto como la belleza de aquella mujer, pero era tarde para hacer preguntas. Esperaba volver a verla. Disponía de su número de
teléfono y tenía la intención de llamarla enseguida para pedirle una cita.
Se despidió de ellas y se dirigió hacia una caseta de cambio para conseguir algunos dólares a fin de afrontar los primeros gastos.
A continuación tomó un taxi hasta el hotel Wellington, en la Séptima Avenida, esquina con la calle Cincuenta y cinco.
Capítulo 4. Mujer con un jarro de agua
Esa noche cuando Fidel llegó al hotel abrió la maleta, sacó la bolsa de aseo, que llevó al cuarto de baño, y revolvió hasta encontrar el pijama de pantalón corto, que
echó sobre la cama. Se hallaba tan cansado que no tenía ganas de deshacer la maleta, ni siquiera de pedir nada para cenar.
Cogió una cerveza y una bolsita de cacahuetes fritos del mueble bar. Se sentó en el único sillón que había en la habitación, encendió el televisor y pasó de un canal a
otro con el mando sin prestar atención alguna a los programas que daban mientras se bebía la cerveza.
De súbito tomó el móvil y buscó el número de Celia, pero pensó que era muy tarde para llamarla o enviarle un mensaje o un Whatsapp. Apuró la cerveza, apagó el
celular y lo dejó sobre la mesilla de noche. Se tendió en la cama, después de ponerse el pijama y pasar al cuarto de baño, y al instante se quedó dormido.
A la mañana siguiente lo primero que le vino a la mente fue llamar a Celia. Le había causado una extraordinaria impresión. Eran las ocho y media y pensó que
quizás aún estaría durmiendo, así que entró en el cuarto de baño, se miró la cara en el espejo durante unos segundos, se lavó los dientes y se afeitó. Después de una larga
ducha se envolvió en la toalla de baño, sacó la ropa, que aún se hallaba en la maleta, la colocó en el armario ropero y se enfundó un pantalón vaquero azul, un polo de
manga corta de color negro, de la marca Lacoste y unos mocasines de la marca Fluchos de color negro. Acto seguido bajó a desayunar.
Ya había bastantes clientes del hotel ocupando las mesas del comedor, y varias personas esperaban su turno en el bufé para colmar sus platos. Fidel tomó un vaso
y lo llenó de zumo de naranja, se sirvió huevos revueltos y dos lonchas de beicon no muy hecho, y se preparó dos tostadas para untarlas con mantequilla y mermelada
de fresa.
Cuando terminó el desayuno, aún sentado a la mesa, marcó el número de teléfono de Celia.
Ella no tardó en contestar.
—¿Hola?
—Soy Fidel. ¿Me recuerdas?
—Claro, solo tengo un Fidel en mis contactos del móvil. Tienes un nombre poco común.
—¿No te gusta mi nombre?
—Sí, sí, es original.
—¿No te habré despertado?
—No, pero casi, estaba a punto de meterme en la ducha.
—¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó Fidel.
—Pensaba visitar el Museo Metropolitano de Arte. ¿Y tú?
—Me encantaría acompañarte. Es una de las cosas que quería hacer durante este viaje, así que si no te importa me gustaría que lo viéramos juntos.
—Por mí de acuerdo. ¿Tú dónde te alojas?
—En el Wellington, en la Séptima Avenida.
—¡Ah!, sí. Tu hotel está muy cerca del museo. Podríamos vernos en la puerta o en el vestíbulo, donde tú prefieras. ¿Te parece bien a las diez en punto?
—Conforme, te estaré esperando en la puerta del museo. Hace un día espléndido. Te propongo que, después de la visita, demos un paseo antes de ir a almorzar —
dijo Fidel.
Después de colgar, Fidel pensó que había sido muy fácil conseguir una cita con Celia. Meditó sobre dónde podía invitarla a almorzar después de la visita al museo,
y estuvo buscando en internet restaurantes en la zona, pero pensó que antes de tomar una decisión debía conocer los gustos de Celia, así que se dijo que lo hablaría con
ella antes de reservar en un restaurante.
Se levantó de la mesa y volvió a la habitación. Cogió las gafas de sol y la cámara de fotos, una Canon réflex digital que usaba en el trabajo, con la que pensaba
fotografiar los edificios más emblemáticos y originales de Nueva York, entre otras cosas.
Llegó a la entrada del museo dando un corto paseo por Central Park, deleitándose del buen día que hacía y haciendo algunas fotos. Poco antes de las diez estaba en
la puerta esperando a Celia.
Desde un carrito de perritos calientes le llegaba un olor a especias, inconfundible y apetitoso. Como viera que Celia se retrasaba, se dirigió hacia el puesto
ambulante y estuvo tentado de pedir un perrito con cebolla, kétchup y mostaza. Desechó enseguida la idea considerando que había desayunado mucho y que a ella no le
gustaría que su aliento oliera a mostaza y cebolla.
En esto llegó Celia.
Se saludaron con dos besos en la mejilla y entraron en el gran vestíbulo del museo.
Había muchísima gente deambulando por el hall o descansando en los bancos de madera. Se colocaron en la fila y mientras esperaban para obtener el tique de
entrada, ella le preguntó:
—¿Has descansado bien? Ayer tenías mala cara.
—Sí he dormido ocho horas de un tirón, estaba cansado, fue un viaje muy largo. Llegué al hotel y me acosté enseguida, ni siquiera cené. ¿Y tú?
—He dormido como un tronco. Suelo dormir bien, y anoche también estaba muy cansada.
Cuando les llegó el turno, Fidel sacó la tarjeta de crédito y pagó los tiques al precio recomendado, pese a que podía pagar el precio que deseara.
—No tenías por qué hacerlo. Pero gracias —dijo ella.
—No pasa nada. Si quieres ya pagaremos a medias la comida, o me invitas tú. ¿Cogemos un plano del museo?
—No hace falta. He estado aquí varias veces.
—Qué suerte. Para mí es la primera vez.
—No te preocupes, yo haré de guía.
—Te sigo.
—No dispongo de mucho tiempo, así que haremos un recorrido rápido de unas… —Celia miró su reloj— dos horas. Tendré que marcharme en torno a las doce y
media.—
¡Tan pronto!
Fidel pensó

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