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La maldición de la reina Leonor – José M. Pérez Peridis

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Resumen y Sinopsis De 

La maldición de la reina Leonor – José M. Pérez Peridis

el sitio de la ciudad de Santarém, a causa de las graves heridas que había sufrido durante la batalla que le enfrentó a Fernando de León y a Sancho de Portugal.
Mientras se encaminaba bien avanzada la noche por las callejuelas de la ciudad, para encontrarse a hurtadillas con su amante, cavilaba sobre el mejor modo de
aprovechar el vacío de poder y las incertidumbres de la sucesión del califa para conquistar nuevos territorios a los almohades antes de que sus herederos volvieran al
ataque.
Cuando llegó donde se citaba con Raquel la judía, abrió la puerta, atravesó corriendo el patio y subió con tanta alegría como urgencia por la empinada escalera que
daba acceso a las dependencias del piso superior.
En el hogar, unas llamas mortecinas y perezosas alumbraban tenuemente la sencilla alcoba, mientras se escuchaba la respiración entrecortada y el jadeo de una mujer
que se ahogaba en un modesto lecho en completo desorden.
Alfonso no se podía creer que aquella mujer, que era incapaz de articular palabra alguna, respiraba con suma dificultad y que apenas podía abrir los ojos, fuera la
hermosa Raquel de sus amores, el puerto de su descanso y la delicia de sus noches. De repente le alcanzó la intuición de que la estaba perdiendo para siempre. Mientras
aquel oasis donde hasta entonces había encontrado refugio y deleite se desvanecía como un espejismo ante sus ojos, se encontró perdido en medio de las arenas de un
desierto inconmensurable.
En aquel instante eterno sintió que el peso de sus obligaciones le aplastaba, pero salió de su ensimismamiento cuando, perdida toda esperanza, vio que Raquel movía
el brazo y señalaba con la mano la chimenea. En ella descubrió un pergamino convertido parcialmente en ceniza que se deshizo entre sus dedos. Con la vista y la mente
nubladas por el dolor y la confusión, solo acertó a descifrar algunos fragmentos que le dejaron perplejo.
… La justicia es inmortal, mas la injusticia atrae la muerte… no fue Dios quien hizo… el veneno exterminador… No corráis tras la muerte…
Mené, Tequel, Parsin.
De pronto se disipó la niebla de su cabeza e interpretó aquellas enigmáticas palabras como un aviso del cielo.
Esto no hay quien lo entienda. Es para volverse loco. Es la letra de mi tío el obispo Raimundo. Él no puede haber sido. Estaba muy enfermo sin moverse de
Palencia durante mucho tiempo y hace semanas que murió de puro viejo.
Se acercó a toda prisa al lecho y advirtió que Raquel apenas respiraba, puso el oído sobre su pecho y comprobó que el corazón de su amada todavía latía. Sin dudarlo
un instante salió a toda prisa en busca de su médico personal. Este, que fue despertado de improviso, hizo acopio de diversos remedios y salió corriendo con el rey para
socorrer a la moribunda.
Ya nada se puede hacer por ella dijo Ben Amusco después de tomarle el pulso, abrir y cerrar la boca de la difunta y proceder a tapar su cuerpo con una sábana.
Al cabo de unos instantes de silencio, el rey, sin dejar de llorar y suspirar, se acercó a la chimenea para comprobar si seguía allí el mensaje escrito en los fragmentos
del pergamino y pidió al médico que lo leyera.
Era un pergamino ponzoñoso aseguró el galeno después de examinarlo detenidamente. ¿Cómo podríamos saber quién se lo ha dado a la señora?
La letra es inconfundible. Así escribía mi tío, el obispo Raimundo. Sabéis bien que murió hace varias semanas. Vos le atendisteis en las últimas horas y tampoco
pudisteis torcer su destino.
Ben Amusco llevaba muchos años en la corte, donde se había ganado la confianza del monarca por su vasto conocimiento de la medicina. Ya pasaba de los cuarenta
años y su sensatez y discreción le había convertido en uno de los hombres más cercanos al rey. Además del remedio justo, Ben Amusco siempre tenía la palabra exacta
para mover a la reflexión y a la templanza. Como médico y hombre de confianza del rey, había asistido a Raimundo en su agonía.
Era demasiado viejo y demasiado sabio, alguien diría que Dios le ha utilizado como instrumento para castigaros en el cuerpo de esta mujer. Entiendo vuestro dolor
porque sabía cuánto la amabais. E imagino vuestra preocupación, majestad replicó Ben Amusco. Porque estas fatídicas palabras, que solo el profeta Daniel pudo
descifrar, fueron escritas en la pared por una mano invisible durante la cena del rey Baltasar: «Mené significa “Dios lleva la cuenta de los días de vuestro reinado y este
se está terminando”. Tequel: “Vuestra alma no pesa lo suficiente”. Parsin: “El reino será dividido y se dará a los infieles si continuáis por el mismo camino”». Al ver
que Alfonso se quedaba paralizado de temor, Ben Amusco esbozó una sonrisa e hizo un gesto tranquilizador. ¡Majestad! continuó, como no sois el rey Baltasar,
no permitáis que os aflija tanto esta desgracia como para dejaros morir, descuidar los asuntos del reino o para que vuestra melancolía ponga sobre aviso a la reina.
Despedíos rápidamente de vuestra pobre dama y marchad al alcázar cuanto antes. Dejad el resto de mi mano, que yo me encargaré de todo lo demás. Pronto dejaréis de
estar afligido porque vendrán los hijos a vuestro matrimonio y una niebla cada vez más espesa ocultará el recuerdo de vuestra amada.
Como el rey no se decidía a marchar de la casa y hacía ademán de levantar la sábana que cubría el cuerpo de Raquel, Ben Amusco le tomó con suavidad pero con
firmeza del brazo en un gesto de consuelo.
Dejad de mortificaros porque ya nada más podéis hacer por ella. Confiad en mí y tened la seguridad de que resolveré del mejor modo posible este asunto. Tenemos
que actuar con la máxima discreción para que nadie se entere de lo que ha sucedido.
Tenéis toda mi confianza, ¿qué otra cosa puedo hacer? concedió finalmente el rey. Amigo mío, haced lo que consideréis más oportuno y puesto que no podéis
librarme del dolor y del temor que me afligen, libradme al menos de la ignominia y de la deshonra. Sabré recompensaros como merecéis por el impagable servicio que me
prestáis en esta hora funesta.
Incapaz de sobrellevar su pena en la corte, Alfonso partió ese mismo día hacia Cuenca sin dar explicaciones y sin apenas despedirse en busca

Pages : 150

Autor De La  novela : José M. Pérez Peridis

Tamaño de kindle ebook : 1,82 mb 

kindle ebooks Comprimido: no

kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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