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La gabardina azul – Daniel Cid

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Resumen y Sinopsis De 

La gabardina azul – Daniel Cid

A medida que avanza la noche, disminuye la calidad de mis recuerdos, aunque nunca llegan a desaparecer del todo. Ya que estoy en plan Sherlock Holmes,
compruebo si el teléfono aparece en algún anuncio del periódico. No aparece, pero tengo la impresión de que ya sé de quién es.
Me dio su número en la habitación, cuando yo estaba en pleno éxtasis. ¿Cómo se llamaba? No recuerdo su verdadero nombre, si es que llegó a decírmelo.
Quedamos en que la llamaría Jane.
Jane.
Jane, como en la canción, pero al revés.
Estos recuerdos todavía no habían venido a visitarme. Aún permanecían dormidos. Tienen suerte, durmieron media hora más que yo.
Un rápido análisis de las llamadas indica que respondió a la primera. Tiene una duración de veinte segundos, pero no consigo recordar nada de lo que nos dijimos.
Las ocho siguientes no obtuvieron respuesta.
Fue una locura de noche, un caos, como en todas las recaídas, pero no encuentro en mi memoria nada que pueda explicar estas llamadas con número oculto que
estoy recibiendo y ese enigmático “Tú sabrás lo que hiciste ayer”. Me falta una pieza del puzle.
Cuando escarbo en determinados recuerdos o cuando pienso en que todavía no he dado explicaciones en el trabajo, la angustia va a más. Se me ocurre bajar a
comprar algo de alcohol para atenuarla, pero estoy en un estado tan deplorable y con una ansiedad tan apabullante que creo que, nada más salir a plena luz del día y
tener que cruzarme con algún ser humano, me voy a desintegrar.
No debería de estar en esta situación.
Al cumplir los treinta tomé la decisión de dejarlo todo. Ni una cerveza más. Ni una raya más. No le di un mechón de pelo a Jane, como en la canción, porque Jane
aún no existía. Jane empezó a existir ayer.
Llevaba más de quince años bebiendo y drogándome, pero fue el último de esos años el detonante que causó mi determinación de parar. Si siempre se me había ido
de las manos, ese año cada borrachera y cada colocón eran más demenciales que el anterior. Estaba cada vez más enajenado, perdiendo todo atisbo de lucidez.
No fue fácil. Al principio no podía ni ir a comer a un restaurante ni pisar un bar después de media tarde. Todo lo que antes era divertido, comidas familiares,
quedar con los amigos, ahora era insufrible. Buena parte de mi vida había sido de mentira. Como la de Truman, pero por otras razones.
Me ayudó el deporte. De hecho, desarrollé una adicción al deporte. Esto puede parecer extraño, pero, como bien supe después, es de manual. Porque aunque dejes
de drogarte, o de jugar, o de comer pasteles de chocolate, a no ser que los cambios sean más profundos, a nivel mental, la personalidad adictiva sigue ahí y ya se encarga
de tomarla con otra cosa. Y el deporte es una de las más habituales adicciones de repuesto.
Empecé a nadar. Las primeras veces llegaba a duras penas de un lado a otro de la piscina. Cuando se trataba de líquido, yo era mucho mejor bebiéndolo que
desplazándome por encima. A los dos meses nadaba un kilómetro seguido cuatro días a la semana. A los cinco meses completaba cinco sesiones de entrenamiento
semanales, de entre cuatro y cinco kilómetros cada una.
Y entonces, a los seis meses exactos, con puntualidad kantiana, llegó la primera recaída.
Brutal.
Una semana seguida. Mucho peor que antes de dejarlo. Me destrozó. Me aniquiló. Y, sobre todo, me robó la dignidad. La comadreja estaba hambrienta porque yo
la había encerrado durante los últimos seis meses, y cuando salió era más peligrosa que nunca. En su momento me sorprendí con la forma en la que se me fue de las
manos, con mi capacidad autodestructiva. No entendía nada. Pero resulta que esto también es de manual.
Algunas imágenes de lo que había pasado esa semana volvieron a mi cabeza durante años.
El teléfono suena de nuevo, y esta vez me alegro. Necesito saber de una vez lo que pasa, sea lo que sea. Por supuesto, número oculto.
―Sí ―contesto. Ya no tengo ganas de faroles.
―¿Qué?, ¿has llamado a la policía? Seguro que no, cabrón ―dice la misma voz de chica que en la llamada anterior.
―¿Me puedes explicar de qué va esto? Me llamas desde un número oculto, me insultas ―digo intentando mantener la calma, pero estoy muy nervioso. Me estoy
cagando, vamos.
―Tú ya sabes de qué va. ¿A que sí? Si no, no estarías hablando conmigo.
―No lo sé. Ayer salí de fiesta, pero no sé de qué me hablas.
―Me vas a explicar lo que ha pasado. ¿Me entiendes? ―El tono de su voz es cada vez más violento.

Pages :49

Autor De La  novela : Daniel Cid

Tamaño de kindle ebook :647  

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kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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