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La anatomía de las rosas rojas – Alberto Fausto

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Resumen y Sinopsis De 

La anatomía de las rosas rojas – Alberto Fausto

No es que destacase entre la plebe. Sarah Trelis era otro mero proyecto de persona, que deambulaba por las calles ajetreadas de la henchida ciudad. No había nada
en su forma de actuar, que la diferenciase del resto de almas mecánicas y reiterativas que abarrotaban las aceras grises. Era el producto de una sociedad insensibilizada,
que no daba a las nuevas generaciones lo que había recibido a duras penas de las pasadas. Un ente condenada a las tonalidades intermedias, a ser incapaz de resaltar entre
la muchedumbre ávida de protagonismo. Aquel día, sin embargo, había sido escogida.
No se podía decir de Sarah que fuese una persona de fuerte carácter, ni que tuviese el aplomo necesario para afrontar los problemas cotidianos del día a día. Rara
vez entraba en discusiones, y su respuesta a casi cualquier estímulo era la indiferencia. Le hubiese gustado incluso ser la rara, la que todos señalan con el dedo mientras
murmuran entre dientes, aunque tristemente ni siquiera contaba con eso. Pasaba desapercibida entre las masas, que solo se detenían alguna vez ante su dulce y
carismática belleza física, para admirar sus cabellos de un rubio pálido natural y sus ojos azules, que captaban toda la atención de su rostro siempre inexpresivo.
A veces ella misma se preguntaba qué demonios le pasaba, por qué había escogido ser de ese modo, actuar como actuaba… Siempre llegaba a la misma conclusión:
La falta de interés, la ausencia de motivación por un mundo superficial que en muy pocas ocasiones merecía la pena. Pasaba las horas en silencio escondida en su
habitación, enfrascada en sus propios pensamientos, y estudiando nuevas jugadas en un desgastado ajedrez que su padre le había regalado. Le fascinaba la cantidad de
posibilidades que se le presentaban a uno al comenzar una partida, y le divertía jugar contra si misma, tratando vehementemente de no dejarse ganar y llevar las piezas al
límite, de crear la partida perfecta.
Con los años se había convertido en su verdadera y única vía de escape, y en su desesperado intento de no rendir cuentas a nadie, aparte de a las propias piezas del
tablero. Las partidas podían extenderse durante horas y horas, sobre todo cuando jugaba contra su contrincante favorito; su padre, que probablemente fuese el causante
de muchas de las actitudes extrañas que ahora adoptaba. Y aunque lo sabía, no le importaba, ni hizo nunca nada para cambiarlo.
Era una persona cuya descripción no resultaba demasiado apasionante, y no obstante, y a pesar de todo, había sido la escogida. Quizás porque todo lo
anteriormente dicho no tenía en realidad ninguna relevancia. Quizás porque la hermosa y poco enigmática Sarah Trelis, tan solo tenía doce años.
Su más temprana infancia había sido algo tortuosa, sobre todo teniendo en cuenta que su madre había resultado ser una de esas contadas mujeres carentes de
instinto maternal, y los había abandonado cuando solamente tenía ocho años, para largarse al extranjero de la mano de un adinerado empresario, cuyo nombre Sarah
nunca se había atrevido a preguntar.
Su padre era encargado en una fábrica de zapatos, un puesto que no estaba mal cuando lo consiguió a los treinta años, pero en el que se había quedado estancado
durante ya excesivo tiempo. Y la niña comenzó a comprender demasiado pronto las reglas que regían el mundo en el que le había tocado vivir, al comprobar con que
impunidad y poco cargo de conciencia se había marchado su progenitora.
Amadeo Trelis era un hombre sencillo, y siempre había cuidado de ella lo mejor que había podido. El sueldo que ganaba en la fábrica era más que suficiente para
que ambos llevaran una buena vida, y no era el dinero lo que le preocupaba, sino el ver como el día a día hacía de su hija una pequeña desconocida, cada vez más extraña
y reservada, y demasiado recelosa para la corta edad que tenía.
La convivencia con la muchacha no era del todo ordinaria. En ocasiones le parecía vivir con una extraña, con una persona adulta que tenía demasiadas cosas que
esconder, y no era fácil describir la clase de detalles que hacían que Amadeo en ocasiones tuviese estos pensamientos, eran minucias sutiles que pasarían desapercibidas
a los ojos de cualquier persona corriente, pero que él captaba perfectamente, tratándose de su hija.
Por mucho que se esforzase, le era imposible hacerla sonreír o arañarle unas pocas palabras de afecto. Parecía como si la pequeña se hubiese encerrado a si misma
en una coraza imaginaria, desligándose de todo cuanto la rodeaba. Y tan solo era durante aquellos torneos de ajedrez, cuando parecía ligeramente agitada o emocionada
por algo.
Dándose cuenta de ello, el hombre se interesó sobremanera por el juego. Nunca hubiese imaginado que aquel tablero que le regaló casi por casualidad, fuese a
convertirse en el único hábito más o menos normal dentro de su vida. Y ahora, algo desesperado por creer que la perdía poco a poco, ponía todo su empeño en estudiar
las reglas, para sorprenderla con nuevas estrategias o hablarle sobre los grandes jugadores, tratando de complacerla.
Ella simplemente escuchaba con suma atención, y siendo lo más que el hombre había logrado, se resignaba a repetir el sistema, preguntándose qué habría en realidad
en esa pequeña cabeza, que a veces parecía esconder mucho más de lo que a simple vista se intuía. Después, jugaban una partida, casi en completo silencio, y era
fascinante la seriedad con la que ambos comenzaban a plantearse cada movimiento.
A la edad de nueve años, ella había logrado ganarle por primera vez, y aunque él tuvo que pasar horas convenciéndola de que no se había dejado, la partida había
sido totalmente lícita. A partir de ese momento, y para ser certeros, le había sido prácticamente imposible vencerla de nuevo, y debía esforzarse más y más por
mantener a raya su audacia durante unos minutos, antes de que su rey se viese totalmente acorralado, con dificultad para darse cuenta de cómo había sucedido nada.
Había pocas cosas además del ajedrez. Sarah era una niña poco problemática, y nunca había recibido quejas de sus profesores. Era pronto para definirla como una

Pages : 129

Autor De La  novela : Alberto Fausto

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

La anatomía de las rosas rojas – Alberto Fausto

buena estudiante, pero apuntaba muy buenas maneras. Tanto sus notas como su comportamiento eran intachables, y Amadeo no

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