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El libro de los Baltimore – Joël Dicker

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la comunicación y vuelvo a llamar acto seguido: no lo coge. Insisto y acaba por descolgar y me dice de un tirón:
—Ven a Baltimore.
Y vuelve a colgar.
Si encontráis este libro, por favor, leedlo.
Querría que alguien supiera la historia de los Goldman-de-Baltimore.
Primera parte
EL LIBRO DE LA JUVENTUD PERDIDA
(1989-1997)
1.
Soy el escritor.
Así es como me llama todo el mundo. Mis amigos, mis padres, mi familia e incluso aquellos a quienes no conozco pero que sí me reconocen a mí en un lugar público
y me dicen: «¿No será usted el escritor…?». Soy el escritor, es mi identidad.
La gente piensa que, en nuestra calidad de escritores, llevamos una vida más bien sosegada. Hace poco, uno de mis amigos, que se estaba quejando de lo largos que
eran los trayectos cotidianos entre su casa y la oficina, acabó por decirme, una vez más:
—En el fondo, tú te levantas por las mañanas, te sientas detrás de la mesa y escribes. Y ya está.
No le contesté nada, demasiado deprimido desde luego al darme cuenta de hasta qué punto consistía mi trabajo, en la imaginería colectiva, en no hacer nada. La gente
piensa que uno no pega palo al agua, pero resulta que es precisamente cuando no haces nada cuando más trabajas.
Escribir un libro es como montar un campamento de vacaciones. La vida de uno, que suele ser solitaria y tranquila, te la dejan manga por hombro un montón de
personajes que llegan un día sin avisar y te ponen patas arriba la existencia. Llegan una mañana, subidos a un autocar del que se bajan metiendo bulla, entusiasmados con
el papel que les ha correspondido. Y tienes que apañarte con lo que hay, tienes que ocuparte de ellos, tienes que darles de comer, tienes que alojarlos. Eres responsable
de todo. Porque eres el escritor.

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Esta historia empezó en el mes de febrero de 2012, cuando me marché de Nueva York para irme a escribir mi nueva novela en la casa que acababa de comprar en Boca
Ratón, en Florida. La había adquirido tres meses antes con el dinero de la cesión de los derechos cinematográficos de mi último libro y, sin contar unos cuantos viajes
rápidos de ida y vuelta para amueblarla en diciembre y enero, era la primera vez que iba a pasar una temporada en ella. Era una casa espaciosa, llena de ventanales, que
tenía delante un lago muy del agrado de los paseantes. Estaba en un barrio muy tranquilo y con mucha vegetación en el que vivían sobre todo jubilados acomodados
entre los que yo desentonaba. Tenía la mitad de años que ellos, pero si había escogido ese lugar era precisamente por su absoluta quietud. Era el sitio que necesitaba
para escribir.
A diferencia de mis anteriores estancias, que habían sido muy breves, en esta ocasión tenía mucho tiempo por delante y me fui a Florida en coche. Las mil doscientas
millas del viaje no me asustaban en absoluto: en los años anteriores había hecho incontables veces ese trayecto desde Nueva York para ir a ver a mi tío, Saul Goldman,
que se había afincado en los arrabales de Miami después del Drama que le había sucedido a su familia. Me sabía el camino de memoria.
Salí de Nueva York, con una fina capa de nieve y el termómetro marcando diez grados bajo cero, y llegué a Boca Ratón dos días después en plena tibieza del invierno
tropical. Al volver a encontrarme con ese escenario familiar de sol y palmeras, no podía por menos de acordarme de Tío Saul. Lo echaba muchísimo de menos. Caí en la
cuenta de cuánto lo añoraba en el momento de salir de la autopista para ir a Boca Ratón: habría querido seguir para llegar hasta Miami y volver a verlo. Tanto fue así que
llegué a preguntarme si mis anteriores estancias en la zona habían sido realmente por el asunto de los muebles o más bien una manera de restablecer las relaciones con
Florida. Sin mi tío, nada era lo mismo.
Mi vecino más próximo en Boca Ratón era un septuagenario simpático, Leonard Horowitz, una antigua eminencia de Harvard en Derecho Constitucional, que pasaba
los inviernos en Florida y se dedicaba, desde el fallecimiento de su mujer, a escribir un libro que no conseguía empezar. La primera vez que coincidí con él fue el día en
que compré la casa. Llamó a mi puerta con un lote de cervezas para darme la bienvenida y enseguida congeniamos. Desde aquel día tomó la costumbre de entrar a
saludarme cada vez que pasaba yo por allí. No tardamos en entablar amistad.
Le gustaba mi compañía y creo que se alegraba cuando me veía llegar para quedarme cierto tiempo. Cuando le dije que había ido a escribir mi siguiente novela, me
habló en el acto de la suya. Ponía mucho empeño en ello, pero le costaba avanzar con la historia. Llevaba siempre consigo un cuaderno grande de espiral en el que había
puesto con rotulador Cuaderno n.º 1, dando a entender que iba a haber más. Lo veía siempre con las narices metidas en él: desde por la mañana en la terraza de su casa o
sentado a la mesa de la cocina; lo vi varias veces en una mesa de un café céntrico, concentrado en su texto. Él, en cambio, me veía pasearme, nadar en el lago, ir a la
playa, salir a correr. Por la noche llamaba a mi puerta con unas cervezas frías. Nos las tomábamos en mi terraza, jugando al ajedrez y oyendo música. A nuestra espalda,
el paisaje sublime del lago y de las palmeras, sonrosadas por el sol poniente. Entre dos movimientos, me preguntaba siempre, sin apartar la vista del tablero:
—¿Qué tal va su libro, Marcus?
—Va avanzando, Leo. Va avanzando.
Llevaba allí dos semanas cuando una noche, en el instante en que me iba a comer la torre, se paró en seco y me dijo con tono repentinamente irritado:
—¿No había venido para escribir su nueva novela?
—Sí. ¿Por qué?
—Porque no da usted palo al agua y me pone de los nervios.
—¿Y qué le hace pensar que no hago nada?
—¡Si es que lo veo! Se pasa el día pensando en las musarañas, haciendo deporte, mirando pasar las nubes. Tengo setenta y ocho años: debería ser yo quien anduviera
vegetando como hace usted, mientras que usted, que apenas si pasa de los treinta, debería estar matándose a trabajar.

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