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Caminando descalzo sobre la hierba – Anna García

Caminando descalzo sobre la hierba – Anna García

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Resumen y Sinopsis De 

Caminando descalzo sobre la hierba – Anna García

Colin, olvídalo. No puedo, y punto.
¿Es por las cicatrices? ¿Para que no te las vean? Siempre puedes decir que sufriste un accidente de coche con tus padres…
Mi padre vendió el coche y dilapidó la pasta apostando.
Pero los demás no lo saben… insiste Colin mientras yo niego con la cabeza. Está bien, pues… Te puedes bañar con camiseta. Dices que eres alérgico al
sol, y listos.
¿Y si está nublado?
Pues… ¡Que eres alérgico al aire!
Miro a Colin levantando las cejas. Al rato, agacho la cabeza, resignado, y sigo caminando hacia casa. Cuando él me alcanza, le sonrío negando con la cabeza. No
se puede decir que no sea obstinado…
¿Qué me dices? me pregunta pasando un brazo por encima de mis hombros. En cuanto lo hace, suelto un quejido de dolor y él, asustado, se disculpa: Lo
siento. No sabía que…
No es nada.
¿Un nuevo moratón? ¿De cuándo es este?
No, no… Hace unos días que no me pega…
¿Y entonces…? me pregunta Colin, señalándome la zona donde me ha tocado antes.
Al ver que no respondo, tira de mi camiseta para poder echar un vistazo. Entonces ve las marcas y arruga la frente.
No es nada…
¿Son marcas de quemaduras? insiste Colin que, al no recibir respuesta de nuevo, se detiene, agarrándome del codo y obligándome a quedarme quieto.
¿Cuándo te las ha hecho?
Anoche… contesto, intentando alejarme.
¿Cómo te las ha hecho? ¿Son marcas de… cigarrillos? ¿Has ido al médico?
Empiezo a agobiarme, pero Colin me conoce lo suficiente como para saber que, si sigue con el interrogatorio, me cerraré en banda y será peor. Así pues, resopla
resignado y decide dejar el tema y seguir hablando sobre la fiesta.
¡Ya lo tengo! Habrá un requisito para poder meterse en mi piscina: llevar la camiseta puesta. ¿Qué te parece?
No sé si me van a dejar ir…
Tu madre seguro que te deja y tu padre no tiene por qué enterarse…
Después de dejar a Colin en su casa, corro para llegar a la mía y pedirle permiso a mi madre antes de que él llegue, no de trabajar, porque le despidieron hace
unos meses, sino del bar. Realmente me apetece ir a esa fiesta, y si además no tengo que quitarme la camiseta para meterme en el agua…
¡¿Mamá?! la llamo nada más entrar por la puerta. ¡¿Puedo ir el sábado a casa de Colin?! ¡¿Mamá?!
Entro corriendo en la cocina y, al no encontrarla allí, recorro la planta baja, justo antes de empezar a subir las escaleras de dos en dos, aún con una sonrisa
ilusionada en los labios. Sonrisa que se esfuma en cuanto entro en el dormitorio de mis padres. Allí está mi madre, llorando, tapándose la boca con un pañuelo, ya teñido
de rojo.
¿Mamá…? llamo su atención, casi en un susurro, acercándome a ella con tiento.
Estoy bien, cariño responde ella, secándose las lágrimas de las mejillas con mucha prisa e intentando recomponerse. ¿Qué me decías? ¿Dónde quieres ir
el sábado?
¿Dónde está? le pregunto caminando hacia el baño.
Cariño… Espera…
¡¿Dónde está?! repito abriendo la puerta del baño de un golpe y encontrando a mi padre tirado en el suelo, totalmente borracho.
Eh… Mira… Ha llegado el mierdecilla… dice.
¡Cállate! le grito, totalmente fuera de mí.
Intento darle una patada, pero mi madre lo evita agarrándome por la espalda.
Cariño, por favor… Déjale.
¡No!
Jake, cielo me pide ella plantándose frente a mí, suplicándome no solo con el tono de voz, sino también con su mirada. Hazlo por mí…
Al escuchar sus palabras, se me parte el corazón y me dejo arrastrar por ella hacia el piso de abajo. Ya en la cocina, me siento a la mesa, con los brazos encima
de ella y apretando los puños con tanta fuerza, que los nudillos se me tiñen de blanco. Al rato miro a mi madre, que se está limpiando la sangre con un paño mojado, y
me levanto para abrazarla. Tengo solo dieciséis años, pero hace tiempo que soy más alto que ella, así que no me cuesta arroparla e intentar que, al menos durante unos
minutos, se sienta protegida por alguien.
Sabes que no voy a la policía por ti… Pero dime una sola palabra, hazme una simple señal, y correré a denunciarle le digo.
¡No! solloza ella.
¿Por qué no? ¿Por qué le defiendes?
Porque va a cambiar.
¿Cuándo? ¿Cuándo te haya matado?
Me lo ha prometido, y me ha pedido perdón…
Ya… Hasta la próxima.
No. Esta vez va en serio. Lloraba mientras me lo pedía.
Tú también lloras cada vez que él te maltrata, cada vez que te grita… Y no parece que se apiade de ti.
No… Sé que esta vez será diferente.
Chasqueo la lengua y decido dejar de discutir. La abrazo con fuerza mientras miro al techo.
Algún día ganaré dinero y te sacaré de aquí, mamá…
No. No quiero que trabajes. Quiero que estudies y te labres un futuro. Solo tienes dieciséis años, ya tendrás tiempo para trabajar.
≈≈≈
Jake, aquí tienes. Buen trabajo.
Gracias, señor.
Agarro el sobre que me tiende con el dinero correspondiente a una semana entera descargando las bodegas de los barcos que llegan al puerto. Es un trabajo duro,
sobre todo para mi espalda, pero que puedo compaginar perfectamente con mis estudios de arquitectura. Quizá me está costando algo más de tiempo que a otros
sacarme la carrera, porque trabajo de noche, y si trabajo, no duermo… Y si no duermo, no rindo igual de bien, pero lo necesito para pagarme unos estudios que mi madre
no puede costear. Bastante tiene ella con comprar comida con el poco dinero que entra en casa.
¿Cómo lo tienes la semana que viene? me pregunta mi jefe.
Lo pienso durante unos segundos. Dentro de poco empiezan los exámenes finales y necesitaré todas las horas del día para estudiar, pero también necesito
ahorrar todo el dinero que pueda para sacar a mamá de esa casa.
Cuente conmigo, señor respondo sin pensármelo dos veces.
De acuerdo. Te llamaré.
Me acerco a la verja donde he dejado la bicicleta atada con un candado, lo abro y empiezo a pedalear hacia casa. Tengo exactamente cinco horas de sueño por
delante hasta que me suene el despertador para ir a clase. Cuanto antes llegue, antes podré echarme a dormir y más horas podré descansar, así que aumento el ritmo de
pedaleo. Afortunadamente, el tráfico a estas horas es prácticamente inexistente, y puedo ir todo lo rápido que mis cansadas piernas me permitan.
Cuando llego a la altura de mi casa, me encuentro al vecino de al lado plantado en la acera, en pijama.
¡Gracias al cielo! dice agarrándome de los brazos en cuanto detengo la bicicleta a su lado y me bajo de ella.
¿Qué pasa?
He llamado a la policía… Los gritos eran insoportables esta vez… Lo siento… No debí entrometerme, pero…
No escucho ni una palabra más. Dejo caer la bicicleta y corro hacia la puerta de entrada. En cuanto la traspaso, oigo ruido procedente de la cocina, aunque no
son gritos. Por un momento, empiezo a pensar que todo haya sido un malentendido y ahora me encuentre a mamá cocinando unas deliciosas magdalenas. A pesar de
tener esa posibilidad rondando por mi cabeza, no dejo de correr hasta que llego a la puerta de la cocina.
Me lleva un rato entender la escena que se presenta ante mí. Mi madre yace en el suelo, en mitad de un enorme charco de sangre. Mi padre está sentado en una
silla, con los codos apoyados en la mesa, agarrándose la cabeza con las manos.
¡¿Mamá?! grito corriendo hacia ella. ¡¿Mamá?!
Al verme entrar, él se pone inmediatamente en pie y se aleja lo máximo posible de mí. Está muy aturdido, y da signos de estar muy borracho también, ya que
tiene que apoyarse contra la pared para no perder la verticalidad. De todos modos, yo no le presto la más mínima atención.
¡Mamá!
Agarro la mano de mi madre y, con algo de miedo, intento echar un vistazo a la herida de su estómago. En ese momento, ella es consciente de mi presencia y
esboza una sonrisa que resulta de lo más tétrica por culpa de la sangre que se acumula en su boca. Intenta hablarme, pero es incapaz de emitir ningún sonido, así que,
con lágrimas en los ojos, niego con la cabeza.
No, no… No pasa nada… No hables… La policía está en camino, y ellos se encargarán de todo… Y llamarán a una ambulancia también…
Entonces tose con mucho esfuerzo y de su boca sale un chorro de sangre. Abre mucho los ojos y me mira con mucho miedo, apretando mi mano con toda la
fuerza que es capaz de emplear. Intenta levantar un brazo para tocarme la cara, pero se le acaban las fuerzas a medio camino y lo deja caer de golpe. En ese instante, su
boca deja escapar un largo y sonoro suspiro y su cuerpo cae a plomo.
¡Mamá! ¡Mamá, por favor! digo zarandeándola bruscamente.
Cuando sus manos caen al suelo, a ambos lados de su cuerpo, y su cabeza se ladea como si fuera una marioneta, miro al cobarde hijo de puta. Sigue de pie,
apoyado contra la pared, mirando la escena con los ojos muy abiertos.
Yo… ¡Ha sido un accidente! dice levantando las palmas de las manos, supongo que asustado por mi mirada encendida. Yo no… No quería hacerle daño.
Te lo juro…
¡Y una mierda! grito mientras me levanto, dejando el cuerpo inerte de mi madre en suelo, con mucho cuidado.
Lo juro. Hijo…
Está tan borracho que intenta retroceder a pesar de tener la pared en la espalda, como si pudiera traspasarla.
¿Hijo? ¿Ahora soy tu hijo? Ya no soy… ¿cómo era? Ah, sí, ¿el mierdecilla?
En cuanto llego a su altura, aprovechándome de su falta de reflejos y de mi mayor corpulencia, gracias en parte al trabajo en el puerto, le agarro del cuello de la
camisa y empiezo a propinarle puñetazos en la cara mientras le grito, fuera de mí.
¡Lo que eres es un puto cobarde! ¡Solo pegas a los que son más débiles que tú! ¡¿Por qué ya no me pegas a mí?! ¡¿Eh?! digo empujándole mientras él
trastabilla y se agarra del mármol para no caer al suelo. ¡Vamos! ¡Pégame! ¡Pégame! ¡Pégameeeeeeeeee!
Preso de la rabia, agarro por el cuello una de las botellas vacías de cerveza que hay esparcidas por la encimera de la cocina, y le golpeo la cabeza con ella. Cae al
suelo y me siento a horcajadas encima de él. Empiezo a golpear su cara con mis puños, sin ver con claridad por culpa de las lágrimas que se agolpan en mis ojos,
apretando los dientes con fuerza. Como él se sigue revolviendo, vuelvo a agarrar la botella y empiezo a golpear su cabeza. Sigo hasta que me duelen los brazos, hasta
que sus quejidos se vuelven débiles y ya casi no se mueve. Pero entonces, lejos de detenerme, le cojo del pelo y empiezo a golpear su cabeza contra el suelo.
¡Eres un cobarde…! ¡Un cobarde hijo de puta…!
¡Policía! escucho que alguien grita, pero soy incapaz de parar. ¡Deténgase!
Cobarde, hijo de puta… sollozo cada vez con menos fuerza. Pégame a mí si te atreves…
¡Alto! ¡Policía! ¡Apártese!
Entonces, unos brazos me agarran por la espalda y me inmovilizan contra el suelo. Noto una rodilla clavada en mi espalda y alguien aprieta mi cabeza contra las
frías baldosas. Desde donde estoy, puedo ver cómo un par de agentes de policía se preocupan por el estado de mi padre, que permanece inmóvil. Uno de ellos le busca
el pulso en el cuello durante unos segundos, hasta que niega con la cabeza y los dos se ponen en pie. Dan algunas órdenes a través de un walkie-talkie y entonces
centran su atención en mí y en mi madre. A mí me esposan las manos a la espalda mientras me incorporan. A ella le toman el pulso y, aunque sé cuál será el veredicto,
aguanto la respiración por si durante este rato se hubiera producido el milagro. Cuando veo la cara de circunstancias de los agentes, agacho la vista al suelo y empiezo a
llorar de forma desconsolada. Se escucha a lo lejos el ruido de las sirenas de unas ambulancias y en cuanto entran los sanitarios, se dividen y se ocupan de los dos. Mi
cuerpo tiembla sin que yo pueda hacer nada para detenerlo. Sé que me hablan, pero solo porque veo sus bocas moverse mientras me miran. Me llevan de un lado a otro,
pero yo solo intento ver qué hacen con el cuerpo de mi madre. Me llevan a la fuerza hacia el exterior de la casa, aunque intento resistirme con todas mis fuerzas. Al
menos lo intento hasta que veo cómo tapan el cuerpo de mi madre con una manta y la suben a una camilla. Al instante, me dejo caer de rodillas y, con las manos
esposadas a mi espalda, me empiezo a mecer hacia delante y hacia atrás, como hacía cuando me escondía en el armario.
≈≈≈
Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres, veintiuno. Siete por cuatro, veintiocho…
¡Vamos, nenazas! ¡Hora del recreo!
Siete por cinco, treinta y cinco. Siete por seis, cuarenta y dos…
¡Eh, tú! ¡Weston! ¡¿Eres sordo?!
Dejo de mecerme al instante y levanto la cabeza. Al lado de los barrotes abiertos, veo a uno de los guardias, mirándome de forma burlona, con una sonrisa de
medio lado.
No quiero salir, señor digo agachando la vista de nuevo. Preferiría quedarme aquí dentro.
Esto no es un puto hotel en el que puedas hacer lo que te apetezca. Si yo te digo que sales al patio, sales. ¡Y punto! ¡¿Ha quedado claro?!
Para enfatizar sus palabras, golpea los barrotes con una porra que lleva en la mano, así que me pongo en pie, salgo de la celda y empiezo a caminar por el
pasillo, junto al resto de presos. Siguiendo el consejo de mi abogado de oficio, el único que pude costear, agacho la vista para no cruzar la mirada con nadie. Es lo único
que pudo decirme al acabar el juicio, en el que me cayeron diez años de cárcel.
¿Quién es ese? escucho que alguien pregunta detrás de mí.
Uno nuevo… Un cachorro…
¿Sabes por qué está aquí?
Dicen que por cargarse a un tío…
¿Ese? ¿El que camina mirando al suelo? Joder, si hasta está temblando…
Un cachorrillo asustado… Me lo pido.
Aprieto el paso y adelanto a algunos presos, aun mirando al suelo, hasta que salgo al patio y la luz del sol me ciega momentáneamente. Entre la comisaría, el
juicio y mi entrada en Rikers, es la primera vez que salgo al aire libre en una semana, a pesar de que todo se desarrolló de forma rápida. La misma noche del suceso, me
encerraron en el calabozo de la comisaría y allí estuve un par de días, recibiendo la única visita de mi abogado de oficio. Luego vino el juicio que, al no existir testigos a
mi favor y sí el testimonio de los agentes que entraron en mi casa, que dijeron que no podía alegarse defensa propia, tuvo un veredicto muy rápido y contundente. Aun
así, la pena se rebajó un poco porque las cicatrices de mi cuerpo se aceptaron como prueba de los años de malos tratos recibidos, así como las cicatrices que encontraron
en el cuerpo sin vida de mi madre.
Me siento en una esquina alejada del patio, apoyando la espalda contra el muro y juntando las manos en mi regazo. Miro de reojo alrededor. La mayoría de
presos me ignoran, pero hay un grupo cerca de las gradas, al lado de las canastas de baloncesto, que no dejan de mirarme. Cuando se dan cuenta de que les miro, ríen
entre ellos y agacho la cabeza al momento. Al ver que caminan hacia mí, miro a un lado y a otro y empiezo a frotar las manos entre sí de forma compulsiva.
¿Sabes? Estábamos discutiendo si ya te has meado encima dice uno de ellos. Salgamos de dudas… ¿Te has meado ya?
En lugar de contestarle, aprieto los labios hasta convertirlos en una fina línea y miro hacia otro lado.
Verás… No puedes ignorarnos, ¿lo sabías? dice otro, al que reconozco como la voz que escuché antes en los pasillos. Este hace un leve movimiento con la
cabeza y al instante, un par de tipos enormes me agarran por la espalda y me retienen con fuerza. Así que repito… ¿Te has meado ya?
Aunque no puedo mover la cabeza por culpa del agarre de esos tipos, muevo los ojos a un lado y a otro en busca de algo de ayuda de algún guardia. Todos miran
hacia otro lado, y el que no lo hace, gira la cabeza en cuanto ve que le miro suplicando.
Sin darme tiempo a contestar, el que parece el cabecilla de todo, empieza a pegarme puñetazos en el estómago y en los costados, sin que nadie haga nada por
impedirlo. Cuando se cansan, varios minutos después, y se largan, las piernas me fallan y mi cuerpo cae al suelo. Me enrosco en forma de ovillo para protegerme,
haciendo verdaderos esfuerzos por respirar con normalidad, y me quedo ahí hasta que por los altavoces advierten que tenemos que volver a nuestras celdas. Yo no
puedo moverme, aunque lo quiera, en parte por el miedo, aunque también porque creo que debo de tener alguna costilla rota. Así pues, cuando aparece a mi lado uno de
los guardas que ha sido testigo de la paliza, y sin agacharse me pregunta qué me pasa, empiezo a ser consciente de las normas no escritas de este sitio…
Pues tienes un par de costillas fisuradas dice el médico mirando la radiografía que sostiene en alto. Esta noche la pasarás aquí en la enfermería, ¿de
acuerdo?
Vale… contesto con mucho esfuerzo.
Por lo que veo, tienes diecinueve años y te han caído diez, ¿no? me pregunta repasando mi informe. ¿Aceptas un consejo?
Supongo… De momento no me han servido de mucho…
Porque te habrán aconsejado que no te metas en líos, que no mires a nadie ni te relaciones con nadie peligroso, ¿verdad? dice mientras yo asiento con
timidez, recordando el consejo de mi abogado. Pues bien, eso es una gilipollez porque, hagas lo que hagas, si a alguno de esos tipos le apetece pegarte, lo hará, le mires
o no, le hables o no…
Entonces, ¿qué…?
Pegar antes que ellos contesta de forma solemne y directa, aunque al ver mi cara de estupor, decide añadir: Como habrás podido observar, a los guardias
de aquí les trae sin cuidado lo que pase entre los reclusos. Lo bueno es que tienen el mismo trato con todos, así que pasarán de ti, como lo han hecho, cuando te peguen
una paliza a ti, y harán lo mismo si tú se la pegas a otros… Al menos, es de agradecer, ¿no crees?
Minutos después, el médico sale de la enfermería, en la que estoy solo, a pesar de que hay cuatro camas más, hecho que agradezco enormemente porque no sé
aún de quién me puedo fiar y de quién no, además de no estar seguro de poder aplicar tan pronto el consejo del médico. Respiro tan profundamente como mis costillas
me dejan y me permito cerrar los ojos para sumirme en un reparador sueño.
≈≈≈
Como un autómata, realizo un inventario de todo lo que reposa en las estanterías. Lo hago cada día, pero así me aseguro de que las existencias cuadran a la
perfección para luego pasar los informes al alcaide y que él se encargue de dar el visto bueno para realizar el pedido. Es un trabajo que me mantiene ocupado unas
cuantas horas al día, y que me permite estar solo, sin necesidad de rehuir la mirada de nadie o tener que pelear para preservar mi integridad física.
Hace algo más de un año que me asignaron este puesto, cuando el alcaide vio que era un tipo listo y de fiar. Antes pasé por la lavandería, donde estuve
trabajando durante casi dos años, y tengo que reconocer que me alegré cuando me cambiaron, porque estaba harto de tocar con mis manos las sábanas de todo el mundo,
la mayoría manchadas con fluidos corporales nada agradables. Ganarme la confianza del alcaide y los guardias no fue muy difícil, sospecho que interesarme por la
lectura, ser algo exigente con el aseo personal, y no ser un inquilino asiduo de las celdas de aislamiento,

Pages : 136

Autor : Anna García

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Caminando descalzo sobre la hierba – Anna García

decantaron la balanza en mi favor.
Eh… Weston, ¿verdad? oigo que me llaman.
Está cerrado. Abro en media hora digo sin siquiera darme la vuelta.
Soy Roy.
Perfecto, Roy, pero sigue estando cerrado afirmo mientras cuento los cepillos

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