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La chica de los ojos tristes – Noelia Hontori

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chica de los ojos tristes aterrizó en aquella diminuta isla del Mediterráneo pasadas las 8 de la mañana. Descendió por las escaleras del avión con paso torpe y
atropellado, como quien no está muy seguro de hacia dónde va, como quien camina empujado por una serie de fortuitos acontecimientos hacia un destino que no ha
escogido.
Sin embargo, a pesar de sus miedos e inseguridades, Adriana sentía que, por fin, estaba haciendo lo correcto. Durante los últimos días, la palabra “Malta” había
significado para ella mucho más que un simple nombre de país. Era sinónimo de libertad, de esperanza, de oportunidad. Ahora podía saber lo que sienten esas personas
que arriesgan su vida sobre una patera para cruzar a su “nuevo mundo”. Adriana no viajaba escondida como un polizón, pero si compartía con ellos ese deseo de
desaparecer, de comenzar de nuevo, de esconder un pasado forjado a base de sueños rotos.
Al bajar del último escalón del aeroplano, Adriana por fin posó sus pies sobre suelo maltés. Hizo caso omiso a la marea humana que venía detrás de ella, a las
decenas, cientos de equipajes ajenos que la envolvían y pasaban a su lado sin detenerse. Algunos incluso la empujaron levemente sin querer; otros, conducidos por su
prisa, ni siquiera advirtieron su presencia. A fin de cuentas, ella solo era un número más, un alma perdida que carecía de interés para el resto de las personas con las que
había compartido espacio en el corto período de tiempo que duró el vuelo.
La mirada triste y vacía que había adornado su rostro desde hacía meses, ahora tenía un pequeño resquicio de esperanza.
Por primera vez en mucho tiempo, Adriana sentía que podía volver a nacer, esconder su pasado y, probablemente, con el tiempo olvidar su secreto… aunque
solamente lo hiciera por unos minutos.
Aquella mañana Malta aparecía ante ella con la inmensidad con la que se manifiestan las cosas más esperadas. El primer escenario que vieron sus ojos tristes melosos
ni siquiera le pareció hermoso, pero en él vio la belleza de los brazos que te ofrecen consuelo y cobijo en tus peores momentos.
A partir de ahora, la pequeña isla mediterránea sería su nuevo hogar. Su único hogar.
La velocidad de los acontecimientos no le había permitido investigar más que cuatro pinceladas históricas y demográficas del país. Todo había sucedido demasiado
rápido. Desde que acudió a la entrevista hasta que tomó ese avión, apenas habían transcurrido 7 días.
En solo una semana tuvo que volver a guardar lo que quedaba de su vida en su pequeño equipaje de mano. Solo se despidió de su casera, puros formalismos para
solicitarle la fianza que le había dejado cuando alquiló el piso en Enero. A sus compañeras de piso les dejó una nota escrita en un perfecto inglés. No quería abrazos ni
últimas cenas forzosas. Si nunca habían sido amigas, ¿por qué ahora que se marchaba tenían que fingir algo que no era real?
Dos días antes de la partida acudió a Google para descubrir algo más sobre su nuevo destino. Se sorprendió al comprobar que en algunos mapas ni siquiera salía
dibujado. En otros, simplemente lo señalaban con un asterisco. “Voy a perderme del mapa”, pensó. Y la idea le hizo esbozar una sonrisa por primera vez en mucho
tiempo.
A Adriana siempre le han gustado los detalles curiosos. Por ejemplo, descubrir que todo el país de Malta tiene la misma población que la ciudad de Murcia, le pareció
cuanto menos interesante. El siguiente dato en el que se detuvo fue en el aspecto etimológico: “dulce como la miel” fue el significado que los griegos le dieron a su
nombre. Cuanto más leía, más acertado le parecía su nuevo hogar.
Descubrió también, que la República de Malta cuenta con tres islas principales: Malta, la más grande y el epicentro económico y comercial; Gozo, un lugar casi
exclusivamente turístico gracias a su Blue Window; y, por último, Comino, con tan solo 3,5 kilómetros cuadrados de superficie, una pequeña isla casi desierta y que
solo puede presumir de tener un hotel, una paradisiaca aunque diminuta playa… y una avalancha de turistas en busca de sol y sal que llegan y se van en el mismo día.
Los Caballeros de la Orden de Malta, Napoleón, la Batalla de Lepanto, entre otros, estuvieron ligados a la historia de Malta. La isla hoy casi desconocida, fue un
punto estratégico del Mediterráneo hace varios siglos.
La siguiente búsqueda la realizó en Google Maps para descubrir la fachada de su nuevo apartamento. Alamein Road parecía un lugar tranquilo, algo alejado a pie del
centro de la turística ciudad de St. Julians, pero con las comodidades básicas para el día a día: un pequeño supermercado, una parada de autobús a pocos pasos y algún
restaurante con precios ajustados y menús poco pretenciosos.
La compañía aérea fue la encargada de buscar el alojamiento para Adriana y aunque le ofrecieron la posibilidad de cambiar a otro si no se encontraba a gusto, ella sabía
que no sería necesario siempre que la cama fuera cómoda, la cocina tuviera microondas y las cucarachas no trataran de compartir vivienda con ella.
Su nuevo hogar se encontraba dentro de una especie de gran urbanización con 176 apartamentos, piscina, pista de deportes, escuela de inglés para extranjeros, sala
con televisión y juegos, restaurante y bar. No le faltarían vecinos a los que pedirle sal, pero cruzaba los dedos para no tener que compartir el apartamento con nadie.
Aún no se sentía preparada para que nadie entrara en su intimidad, quería tener la oportunidad de construir su nueva vida sin intromisiones, sin miradas ni preguntas
indiscretas.
La chica de los ojos tristes buscó el primer taxi libre y con un perfecto inglés de academia, le indicó al conductor su dirección. En el momento en que el coche arrancó,
sintió una pequeña punzada de culpabilidad por no haber explorado un poco el aeropuerto, iba a ser su centro de trabajo durante una buena temporada y su primer

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contacto con él apenas había durado unos minutos. Se había acostumbrado a ir por la vida con prisa y parecía que no iba a ser fácil cambiar su ritmo.
Pero olvidó rápido esa sensación de culpabilidad, pudo más el cansancio del viaje y las ganas de llegar al apartamento, soltar la maleta y prepararse algo caliente antes
de acostarse a recuperar horas de sueño.
Apenas 10 kilómetros después el taxi se detuvo bruscamente. Como por arte de magia, el conductor que unos minutos atrás la había saludado en inglés, pareció
olvidar el idioma de su propio país y comenzó a hablar en maltés, la segunda lengua oficial de la isla. A Adriana no le hizo falta entender ese idioma tan extraño, mezcla
del árabe y el italiano, para comprender que el taxista estaba intentando confundirla con la intención de no darle la vuelta del dinero. Le dio las gracias por el viaje y se
bajó, prefería perder unas pocas liras maltesas antes que más minutos de su tiempo en ese taxi años 60.
Mientras el coche se marchaba por la larga carretera que atravesaba la urbanización de Adriana, ella se quedó unos instantes clavada en el arcén de piedra marrón.
Necesitaba dedicarse esos segundos: lo había conseguido, había logrado reinventarse, reescribir su vida y al fin tenía frente a ella su nuevo hogar. “Mi hogar”.
Inhaló todo el aire que sus pequeños pulmones podían recoger y lo soltó decidida. Avanzó con seguridad, haciendo resonar sus pasos sobre el cálido suelo maltés
bañado por los primeros rayos de las mañanas de Octubre. Reconoció lo que debía ser la entrada a la recepción, a la cual se accedía pasando bajo un arco con un cartel
rojo con letras blancas en el que rezaba el nombre del complejo.
A mano derecha, desde donde se podía ver la gran piscina, se encontraba un grupo de chicos jóvenes riendo alegremente. Quizás tendrían tan solo tres o cuatro años
menos que Adriana, pero notaba en sus ojos el brillo de aquellos que aún no han sufrido un revés del destino. Sus pasos perdieron seguridad mientras en sus ojos se
asomaba tímida una lágrima. “¿Conseguiré algún día volver a ser como ellos?”
En Recepción esperaba un hombre de poco más de 35 años, vestido con una sencilla camisa blanca y una gran sonrisa adornando su cara.
Buenos días señorita, ¿en qué le puedo ayudar? –el rostro amable de aquel empleado le inspiró confianza y buenos presagios. En su chapa identificativa rezaba el
nombre de Khalid.
Buenos días. Mi nombre es Adriana Sanz, tengo un apartamento reservado a mi nombre. ¿Necesita mi pasaporte?
Sí, por favor. Veo que se trata de una larga estancia, no tiene fecha de check out. ¿Qué le trae por Malta?
Lo último que quería Adriana después de toda una madrugada de viaje era contar su vida, pero quiso ser cortés con ese desconocido que la miraba

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