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La marquesa virgen – Claire Phillips

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Libro La marquesa virgen – Claire Phillips

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finalmente, envió una pequeña nota a su no-esposa en la que, en pocas líneas, lamentaba los posibles daños que le hubiere causado y le deseaba la mejor de las suertes
para el futuro.
El escándalo fue mayúsculo, todos ardían en deseos de conocer detalles de lo acontecido, de sus protagonistas y especialmente de la novia despechada a la que ya habían
calificado como la “marquesa virgen”. Y es que era virgen, inmaculada e inocente, pero a los ojos de la aristocracia el estigma la acompañaría desde ese momento en
adelante.
Las disculpas del duque no sirvieron de nada y el que se considerase a la joven lady Olivia una boba engatusada en toda la historia, menos aún. El vizconde consideraba
que su nombre y el honor de su familia habían sido ultrajados y veía a su hija en parte responsable por no haber sido capaz ni siquiera de pasar una noche con su
marido. El vizconde, una vez llevaron a su hija de regreso a casa, no podía soportar tenerla delante sin recordar la humillación de su familia y el saberse en boca de todos
los nobles y de toda la aristocracia del país, de modo que decidió que no quería saber nada de ella, olvidar su existencia a todos los efectos y, por lo tanto, ignorar el
escándalo y con él a su propia hija. Decretó que debía marcharse de su casa y no usar más el apellido familiar, alejarse de ellos y no volver. Le entregó una bolsa con cien
libras y le ordenó marcharse advirtiéndole que no esperase ayuda de él, de su madre o sus dos hermanos pues, para todos ellos, había dejado de existir quien los había
puesto en boca de todo el país y no precisamente para bien.
Lady Olivia, de veinte años, hija de un vizconde y con cien libras como toda fortuna, se vio de la noche a la mañana sin familia, sin hogar y sin nombre. La única persona
a la que pudo acudir y que la acogió, fue una antigua amiga del colegio, Clarissa. Una compañera de la infancia, muy querida, que residía cerca de un pueblecito de Dover.
Era viuda desde hacía casi tres años de un marino que solo le había dejado una ínfima pensión, un pequeño de tres años, William, y una pequeña casita en un pueblo
costero. Desde la muerte de su marido, la salud de Clarissa se hubo resentido considerablemente, de modo que, el acoger a Olivia, supuso un enorme alivio para ambas.
Para la una, porque tenía un techo sobre su cabeza y alguien que la escuchaba cuando el desasosiego la invadía, y para la otra, porque tenía a alguien que le ayudaría a
llevar su pequeña casita, a cuidar de su hijo y a sobrellevar los gastos de todo, pues, si bien no eran exactamente pobres, vivían con lo justo para llevar una existencia
digna. Apenas dos meses después de su llegada y cuatro desde su supuesta boda, Olivia se encontraba como la responsable de una buena amiga que le había brindado su
ayuda y amistad en el peor momento de su vida, pero cuya salud no era nada buena, de un pequeñajo que necesitaba un padre tanto como una madre y de una casa que,
aunque pequeña, necesitaba ser llevada. Además, los, cada vez más elevados, gastos médicos de Clarissa, empezarían a menguar rápidamente esos únicos bienes que
poseía, esas cien libras.
Sin tiempo para más lamentaciones, para pensar en la vida perdida o los sueños rotos, Olivia, pues con su nombre perdió su título y su identidad, tuvo que empezar a
valerse por sí misma, e hizo lo único que podía hacer, buscar un trabajo digno y llevar la vida que el destino parecía querer para ella. Nada de salones y fiestas lujosas,
nada de ser esposa y madre, nada de lo que conocía o pensaba iba a conocer en el futuro. El párroco local le ofreció el puesto de maestra de la escuela rural a la que
asistían, sobre todo, hijos de granjeros, pescadores y algunos comerciantes locales. El sueldo era bastante para, al menos, cubrir las necesidades más básicas, sin lujos ni
caprichos, sino solo para una vida frugal y sencilla. Más, la enfermedad de Clarissa no parecía remitir, por ello decidió que necesitaba algunos ingresos extras, para los
tiempos más duros. Comenzó a vender algunos bordados en la tienda del pueblo y a coser algunos vestidos para las jovencitas de la zona, que parecían tener mucho
éxito gracias al gusto y elegancia a la que estaba acostumbrada. Ahorraba todo el dinero que ganaba para peores momentos y, después de lo que había vivido, no podría
nunca abandonar a Clarissa ni a su pequeño ya que fueron los únicos que la acogieron y la trataron bien.
El escándalo de la boda, la nulidad, el marqués disfrutando de su condesa y el posible rechazo por su familia de la marquesa virgen, seguían en boca de todos meses
después de todos esos acontecimientos. Se decía que la desaparecida lady Olivia se había recluido en un convento, otros decían que se había suicidado tras la humillación
del rechazo de su esposo, otros juraban que se hallaba acogida en casa de un familiar del vizconde buscando, desesperada, un marido que la aceptase. Cuando a finales de
año los rumores parecían ir atemperándose, se avivaron de golpe gracias a lord James. Después de meses insistiendo a su condesa que se casare con él y la negativa de
ésta hasta que falleciere su padre para que así no perdiere su herencia, lo que lord James pensaba en su ceguera se debería a la preocupación de la condesa por él. Sin
embargo, descubrió, de repente, que tras tantos meses era ella la que insistía en que se casaren con premura y, para su sorpresa, el motivo no era otro que el de descubrir
que el conde de Vrolier, disgustado por esa relación de su esposa antes de fallecer, por sus engaños y embustes, la había privado de la herencia que creía recibiría,
dejándosela íntegra a distintas obras dedicadas a alimentar a huérfanos y viudas pobres.
El duque vio, por fin, como su ciego hijo abría los ojos ante esa condesa y no necesitó recordarle que se quedaría con muy pocos bienes en caso de casarse con ella, pues
su hijo recobró, por sí solo, finalmente la sensatez y abandonó a la condesa en brazos de otro de sus amantes y se alejó definitivamente de ella. Casi cuatro meses tardó
lord James en ser el mismo de antes de conocer a semejante mujer, a retomar las relaciones con sus viejas amistades y, por fin, a sentir cierta culpabilidad por su
comportamiento no tanto con su padre, sino especialmente con la joven de la que desconocía su destino tras dejarla en el altar como una atónita joven esposa sin
esposo.
El día que se presentó en casa del vizconde, éste se negó a recibirlo y ordenó que lo echaran de sus tierras con aguas destempladas. Necesitó varios intentos para que el
hijo mayor del vizconde se dignase a recibirlo. Edward, que así se llamaba, había sido compañero de juegos en su juventud y no podía, por menos, que entender su
rechazo actual y ese enconado odio que tanto su frío recibimiento como su mirada le transmitían. Fue educado que no cortés en su recibimiento y esa pareció ser la
tónica de toda la entrevista.

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vuestras disculpas. -Se puso de pie y James con él. Tiró del cordón y enseguida apareció el mayordomo al que dijo sin más–: Lord Willengton se marcha y
ésta será la última vez que tenga abiertas las puertas de esta casa. -Dijo mirando de nuevo a James-. No lo olvidéis

-Edward -Dijo tras las cortesías de rigor-. No hay palabras, hechos ni acciones que justifiquen y menos aún, excusen mi comportamiento ni el perjuicio causado a tu
familia, más, aún con ello, quiero disculparme y rogar no solo que aceptéis mis más sinceras y humildes disculpas, sino que me permitáis resarciros, del modo que
estiméis conveniente, por todo lo ocurrido.
Sentado detrás de la enorme mesa de roble lo miraba como si quisiere asesinarlo y no podía culparlo por ello. Mantuvo el gesto adusto largos minutos sin decir nada
hasta que finalmente con las manos juntas y los codos apoyados firmemente en la mesa le preguntó con frialdad, voz severa y claro disgusto.
-Y exactamente, milord, -James, que lo había llamado por su nombre, comprendió al instante el mensaje–, ¿cómo pensáis llevar a cabo semejante proeza? Me refiero a lo
de resarcirnos, porque obtener nuestro perdón ya os adelanto, milord, no lo creo posible, ni preveo ocurra en muchas generaciones. -Se inclinó un poco hacia delante y
lo miró con el ceño fruncido–. Tal y como yo lo veo, no hay forma alguna de reparar el daño al nombre de la familia, el habernos convertido en el hazmerreír de toda la
nación, el haber logrado que mi padre sienta vergüenza por ser nombrado, el habernos privado de mi hermana y a ésta de su vida. -Se dejó caer sobre el respaldo del
sillón mirándolo cada vez más enfadado–. No, milord, no hay forma de que resarzáis, reparéis o mitiguéis ese daño y ni por asomo acepto, y hablo en nombre de toda
mi familia,

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