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Miss zapatos de lujo – Ana Cantarero

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Bien, señorita García. Por lo que he visto en estas páginas, ha estudiado Periodismo, tiene un máster en Comunicación y moda y actualmente trabaja en la revista
VeryCool —comentó el señor Aguado, director de Comunicación de la discográfica Sound Music, mientras releía por encima mi currículo.
—Así es. Después de seis meses como becaria, la directora me contrató de redactora de moda y belleza.
—¿Y qué motivos la mueven para querer trabajar en una discográfica?
«¿Que he enviado mi currículo a todas las revistas del país y no he recibido ni una respuesta? ¿Que la bruja de mi jefa me hace la vida imposible desde que descubrió
que tenía un lío con mi compañero de trabajo? ¿Que me va a echar y no le quiero dar ese gusto?».
—Me gustaría ampliar mi experiencia laboral en comunicación trabajando en nuevos sectores. Soy joven y no quiero anquilosarme tan pronto. —Había sonado
superconvincente. El resultado de horas ensayando frente al espejo…
—Ya veo —asintió el señor Aguado, aunque no parecía muy convencido. Después de pensarse muy bien qué iba a decir, añadió—: Le seré sincero, señorita García.
Su perfil no encaja en ninguna de las vacantes de las que disponemos; no tiene experiencia en el mundo de la música, pero veré qué puedo hacer. Le debo un gran favor a
mi amigo Jaime…
«Nota mental: invitar a Félix al mejor restaurante de Madrid y pagarle un año de copas por conseguir que su padre moviera sus hilos».
—Señor Aguado, no quiero que esto sea un problema para usted, pero le aseguro que no le defraudaré. Soy trabajadora y, como puede ver por mi trayectoria y mis
calificaciones, aprendo rápido. —Esperaba que no hubiera detectado la desesperación que escondían mis palabras, aunque dudaba mucho que pudiera engañar a un perro
viejo como él.
Según me comentó el padre de Félix cuando me avisó de que me llamarían de Sound Music para una entrevista, Daniel Aguado y él habían estudiado juntos la carrera
de Periodismo y eran grandes amigos. «Ese hombre lleva toda la vida dedicado al negocio de la música: ha tratado con grandes productores y periodistas, ha llevado las
relaciones públicas de artistas famosos…, pero también se ha relacionado con la peor basura, así que muéstrate honesta porque ese viejo pirata se las sabe todas», me
aconsejó don Jaime, y tengo que decir que muy sabiamente. Aunque también me podría haber advertido de que su amigo parecía recién salido del festival de Woodstock
del 69.

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Realmente la apariencia del señor Aguado podía confundir a cualquiera. Con su barriguita incipiente, su melena canosa y desaliñada hasta los hombros, una camisa
floreada y unas gafas de pasta negra, parecía más un músico trasnochado de los sesenta que el director de Comunicación de una gran multinacional. Entonces me percaté
de que quizá no debí vestirme tan monacal para aquella reunión. ¿En qué había estado pensando cuando elegí mi vestuario? ¿En que me iba a entrevistar Anna Wintour?
Si iba a trabajar en el mundillo de la música tendría que haber optado por un estilo más atrevido, un rollo Kate Moss, ¿no? Sin embargo, allí estaba, con mi minivestido
camisero negro de cuello Peter Pan y puños blancos, unas sandalias retro de ante con cuña y pulsera al tobillo, y mi bien más preciado: mi amado bolso Chanel 2.55.
En fin… Parecía sacada de un capítulo de Gossip Girl. Solo me faltaba la tiara y mi novio con pajarita y babuchas agarrado a mi brazo. Seguro que el señor Aguado
estaba pensando que era una de esas niñas que lloraban cuando se les rompía una uña y que trabajaban por pasar el rato. Bueno, para ser sincera, provenía de buena
familia, pero no había pedido ni un céntimo a mis padres desde hacía años. De hecho, ser la dueña y señora de aquel bolso fue todo un sacrificio para mí. Mi trabajo me
exigía llevar marcas de lujo, así que tuve que pedir un préstamo al banco y ahorrar; es decir, usar transporte público, nada de manicuras ni gimnasio y no volver a pisar
en la vida una peluquería. De ahí que mi melena rizada me llegara hasta la rabadilla y tuviera la suavidad y el brillo de un estropajo.
Me retiré un mechón de pelo de la cara y me concentré de nuevo en la entrevista.
—Lo que no puedo asegurarle es un sueldo muy alto —añadió aquel viejo hippy mientras evaluaba mi aspecto de arriba abajo.
Lo sabía. Tendría que haberme puesto esa camiseta ecológica que utilizaba para dormir y en la que ponía: «Ahorra agua, dúchate con un amigo». Pero ya era tarde, y
además odiaba que la gente me tachara de pija por tener un padre empresario. Yo trabajaba como la que más. Volví a centrarme en el señor que tenía enfrente y que no
paraba de hablar.
—Como bien sabrá, la crisis y la piratería también han golpeado el negocio de la música y los salarios ya no son lo que eran hace diez años.
—Señor Aguado, no se preocupe por mis honorarios. Necesito cambiar de trabajo y, aunque no lo crea, no me puedo permitir dejar el actual porque tengo una
hipoteca que pagar. —Solo me faltó decirle: «Y todo lo que llevo lo compré en eBay de segunda mano», aunque no fuese el caso—. Le prometo que no le decepcionaré.
Como ya le he dicho, soy trabajadora, tenaz y perfeccionista, y esta es la primera vez que pido… ser recomendada. Pero si no confía en mí y simplemente me va a dar
el trabajo por devolver un favor a un amigo, no tiene sentido que sigamos con esta entrevista.
En cuanto terminé de hablar fui consciente del tono que había utilizado. Había sonado prepotente, altiva e impertinente: como nunca había que mostrarse en una
entrevista de selección de personal. Dios, últimamente no hacía nada a derechas…
Para mi sorpresa, el señor Aguado se dejó caer en el respaldo de su sillón de piel y, después de unos segundos, comenzó a carcajearse como un psicópata. Mi cara era
un poema. ¿Por qué se reía? ¿Se había fumado algo?
Miré incómoda las fotos de grupos que decoraban su despacho mientras al señor se le pasaba la risa. Una vez más calmado, se disculpó.
—Lo siento, señorita García. Es que mientras hablaba he caído en algo… Tengo un puesto que nos urge cubrir y, aunque usted no se corresponde con el perfil, quizá
sea una persona con su carácter lo que estamos buscando. No sé si servirá para este trabajo, pero puede intentarlo. Tendría que comunicárselo a mis superiores y
mostrarles su currículo, pero estarán de acuerdo, así que mi secretaria se pondrá en contacto con usted la semana que viene para darle todos los detalles y firmar el
contrato.
—¿Y de qué puesto se trataría? —No podía dar crédito a lo que estaban oyendo mis oídos.
—Hasta que no tenga el OK de los jefes no puedo decirle nada. Ahora, si me disculpa, señorita, tengo cosas que hacer.
Me quedé estupefacta. Hacía unos minutos aquel hombre no daba un duro por mí. Yo había sido displicente con él y de pronto, ¡zas!, ¿me ofrecía un puesto?
—Eeeh…, ¿y ya está? ¿Me va a contratar? —Aquí había trampa.
—Sí, está contratada. No tengo muy claro que le vaya a gustar su nuevo puesto, pero… eso ya es problema

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