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Pregúntame mañana – Erika Fiorucci

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“Se me hizo tarde”.
Era el único pensamiento que cruzaba la mente de Aurora Haigh mientras caminaba por las oscuras calles prohibidas del oeste de Broadway. Prohibidas al menos
para alguien como ella, más cuando se encontraba sin compañía y ya el sol no se veía.
Pero no era solo el hecho de que fuera de noche lo que la incomodaba, aunque le hacía sentir una opresión poco familiar en el estómago, era también el haber
traspasado esa línea imaginaria que la separaba de la Quinta Avenida, de estar en el pleno centro del llamado Tenderloin. Se trataba de una adictiva mezcla de miedo,
anticipación y triunfo.

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Pero no eran sentimientos con los que una intrépida y arriesgada aspirante a periodista pudiera distraerse para descubrir las historias que se escondían en el conocido
distrito de las luces rojas. Esa verdad oculta a plena vista, separada por una línea imaginaria de la sociedad donde ella se desenvolvía, la llamaba, como una especie de
canto de sirena.
Mientras apuraba el paso, se empapó del ambiente, las risas, la música, los olores y comenzó a escribir en la mente. Ya tenía el entorno, solo le faltaba la historia
central que, lamentablemente, tendría que esperar.
Se preguntó por enésima vez si a Nellie Bly, también conocida como Elizabeth Jane Cochran, la regañaban en casa cuando se presentaba tarde para la cena o si temía
que la ira de la sociedad cayera sobre ella si la descubrían en sitios poco recomendables.
Seguramente no.
—Hola, muñeca.
Una voz con un fuerte acento irlandés sonó a sus espaldas, y aunque Aurora se debatió ante la posibilidad de darse la vuelta, encarar a la persona que la importunaba
y tratar de disuadirlo con su mejor aire de “dama”, se decidió por lo contrario. Algo le decía que eso le haría parecer una presa aún más apetecible.
Así que, tomando su segunda mejor opción, apuró el paso y decidió ignorarlo. Tal vez le brindara la misma cortesía en vista de que su ropa, la más sencilla que
poseía, estaba cubierta con una capa negra que le ocultaba la mayor parte del rostro aunque, para horror de quien pudiera enterarse, la obligaba a prescindir del
sombrero.
Seguramente no parecería alguien a quien valiera la pena robar.
—Te puedo invitar a tomar algo. Divertirnos.
El hombre la estaba siguiendo y, si su oído no la engañaba, debido al extraño eco que generaban los estrechos callejones que la rodeaban, no estaba solo.
No se permitió dejarse llevar por el pánico. En su experiencia, eso te quitaba la habilidad de pensar y algo le decía que antes de que llegara a un lugar más concurrido
donde pudiera contratar un coche que la llevara al otro lado de la ciudad, donde esas cosas no pasaban, iba a necesitar todo lo que su cerebro fuese capaz de producir.
Sin embargo, por fines prácticos, se permitió hacer un inventario de las cosas que podía perder si no tenía éxito: una delicada cadena de oro con un dije que le colgaba
del cuello y unas cuantas monedas en el bolso.
No era mucho, a fin de cuentas.
—¿Tu madre nunca te dijo que es de mala educación no contestar cuando se te habla? —insistió él.
Las palabras tenían un dejo de broma, pero inmediatamente después de que su sonido se extinguió, el hombre la tomó por la muñeca, haciéndola voltear con
brusquedad. No había nada ni remotamente divertido en la forma en la que el fuerte agarre hizo que los pequeños botones de sus guantes de cabritilla se le clavaran en la
piel.
Su perseguidor era un hombre de mediana edad, con la piel ajada y el cabello ralo. Tenía unos ojos pequeños que le daban aspecto de alimaña. Del otro sujeto no pudo
preocuparse: se había quedado medio escondido en las sombras y ella no se atrevió a desviar la vista de su más cercana amenaza.
—Mi madre murió hace años —respondió altiva, levantando la barbilla y logrando que su voz sonara más indignada que asustada —. Lo que sí me enseñó es que uno
no debe hablar con desconocidos en la calle, ni mucho menos permitir que la toquen.
Para dejar claro el significado de sus palabras lanzó una mirada significativa al punto donde aún la tenía asida.
—Una damita con mucho espíritu. Veremos si eres tan batalladora como pareces —dijo el hombre y le apretó aún más el brazo—. Tenemos dinero.
Antes de que pudiera descifrar el significado oculto en sus palabras, el sujeto comenzó a halarla hacia uno de los callejones.
Más por un reflejo condicionado que por un ejercicio de intelectualidad, Aurora trató de plantar sus pies lo más firmemente que pudo, pero no fue de mucha ayuda.
Podía ser todo lo batalladora que dijeran, pero la fuerza física era algo que no venía conjuntamente con la de espíritu.
Se le ocurrió que sería un buen momento para gritar, llamando la atención de aquellos que entraban y salían de los locales más alejados, pero no podía. Maldijo que su
excelente educación se hiciera presente precisamente en momentos como este, pues una dama nunca hacía una escena, mucho menos en la vía pública y, aparentemente,
ni aunque su vida dependiera de ello.
Sintió como el hombre la halaba y luego la empujada, escuchó la risa de su atacante y también la de su compañero.
El pánico que había logrado mantener a raya todo ese tiempo comenzó a subir dentro de ella, como la espuma del champán emergiendo de una botella recién abierta,
cuando se dio cuenta de que no estaba, precisamente, a punto de ser robada. Por segundos desfilaron por ella sentimientos que iban desde el miedo, pasando por la
desesperación y la incredulidad.
“Esto no me puede estar pasando”, pensó justo antes de que uno de los empujones la enviara directa

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