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Un verano en la Provenza – Olivia Ardey

Un verano en la Provenza – Olivia Ardey

Libro Un verano en la Provenza – Olivia Ardey

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Agosto de 2003
El día que murió mi madre, crecí de repente. Fue aquel caluroso veinte de julio de 1935. Papá nos había dejado dos años antes y, como solo me tuvieron a mí,
comprendí que me había quedado sola. Una hermana de la abuela había viajado desde Saint Malo hasta París para ayudarme con el entierro y hacerme compañía.
Florence se llamaba, ahora lo recuerdo. Cada día me cuesta más retener los nombres, las caras las olvidé hace mucho tiempo.
La tía me llevó hasta la habitación de mi madre y abrió el armario.
—Ahora estás sola, Marissa. Yo soy vieja y poco puedo hacer. Tienes que salir adelante por ti misma —me advirtió, señalándome los zapatos de mamá.
Bajé la vista a los míos y comprendí qué quería decir. Me senté en la cama, me descalcé y mientras desnudaba mis pies supe que me estaba quitando para siempre
aquellos calcetines calados de perlé. Mi vieja tía me indicó con la cabeza que mirase bajo las perchas, apremiándome a hacerlo. Cogí los zapatos de charol negro de
mamá y me los puse.
—Me aprietan un poco.
—Con el tiempo irán cediendo, como el dolor que sientes ahora —me dijo.
Contemplé mi aspecto en la luna del armario. Era la primera vez que llevaba tacón. No tenía a nadie que cuidara de mí, así que ya era una mujer…
Monique sintió una extraña congoja al leer aquellos párrafos rasgueados con la caligrafía vacilante de una persona enferma o muy mayor. Pero su curiosidad innata le
impedía cerrar el cuaderno que acababa de encontrar en el fondo de aquel cajón, bajo las sábanas planchadas con tanto esmero que tía Elora acostumbraba a perfumar con
atadillos de lavanda. Pasó página, necesitaba averiguar quién era la mujer que había escrito aquello.
Los recuerdos se me escapan de la cabeza, a pesar de lo mucho que me esfuerzo en retenerlos. Y antes de que pierda del todo la memoria, hija mía, hay algo que
debes saber…
Monique oyó pasos que se acercaban por el pasillo y cerró el cuaderno antes de que tía Elora entrara en la habitación.
—Mira la hora que es y todavía no has abierto la maleta —la regañó.
A Monique no le sorprendió la reprimenda, estaba acostumbrada a su tono brusco. Se puso en pie, dispuesta a deshacer su equipaje. Acababa de llegar para pasar las
vacaciones en Beauville. Ese año, Giselle se había adelantado y ya llevaba en la Provenza quince días. Desde el otro lado del pasillo llegaba la voz de Shakira; Monique
observó de reojo la mueca de fastidio de su tía, cansada de repetirle a cada momento que bajara el volumen de su MP3.
—¿Dónde has encontrado eso? —le preguntó, sorprendiéndola.
En un primer momento no supo a qué se refería, la pista se la dio su mirada, clavada en el cuaderno, olvidado sobre la colcha de ganchillo.
—Estaba en el armario, lo vi al abrir un cajón…
—Déjalo donde estaba.
—Lo siento, solo he leído la primera página.
—No se trata de una de esas novelitas que tanto te gustan. —A Monique le molestó la frialdad de su tono—. Además, todavía no tienes edad para entender ciertas
cosas.
En ese momento sonó el timbre de la puerta.
—Anda, baja a abrir —ordenó.
Su tía abandonó el dormitorio, murmurando de mala gana y, mientras bajaba las escaleras, Monique la oyó encaminarse con pasos enérgicos hacia el otro extremo del
pasillo. A Giselle iba a caerle una buena por tener la música tan alta. En ese momento, sonaba el famoso Aserejé llegado del otro lado de los Pirineos. Seguro que su
prima acababa de ser sorprendida por tía Elora bailando aquellos pasos que todas las chicas, ella incluida, habían aprendido ese verano.
Bajó a abrir, como le había pedido, y al hacerlo, Monique se olvidó de la música y del baile de moda, porque allí estaba él.
Paul… Con su sonrisa de siempre, su piel bronceada y sus músculos destacando bajo la camiseta blanca. Llevaba un ramo de margaritas en la mano y Monique creyó
que el corazón se le salía del pecho. Eso significaba que Paul no lo había olvidado. Ella tampoco, cómo iba a hacerlo. Llevaba un año entero recordando su primer beso.
Se lo dio él, durante el Festival de la Lavanda, cuando sonaba en la verbena aquella canción de The Calling cuya letra había repetido en susurros cada vez que la
escuchaba durante el curso. «Encontraré el camino para volver algún día». Y ella había vuelto, estaba allí, en la Provenza, un verano más, un año más mayor y más
mujer.
—Hola, pequeña. No sabía que habías llegado —dijo, revolviéndole el pelo con un gesto travieso.
Monique giró la cabeza, molesta, y se peinó con las manos. Odió que la tratara como a una niña.
—¿Tienes coche?
Paul se giró hacia su Audi que relucía al sol como el ónix.
—¿Te gusta? Me lo compré con el dinero que gané con los anuncios.
Monique recordaba bien a qué campaña publicitaria se refería. Ella llevaba meses admirando a escondidas las revistas en las que Paul parecía un dios mojado, las
guardaba como un tesoro.
Oyó trotar unos tacones escaleras abajo y no hubo necesidad de que nadie le dijera quién era. Por si el taconeo brioso no fuera pista suficiente, le bastó mirar a Paul y
observar un destello en sus ojos al verla bajar.
—¡Paul! —exclamó Giselle.
Monique se hizo a un lado. Era obvio que su prima había aprovechado bien las dos semanas que le llevaba de ventaja. Cogió el ramo de las manos de Paul y se abrazó
a su cuello.
Acongojada, quiso dejarlos solos en el umbral de la puerta, prefirió subir las escaleras a toda prisa para no presenciar la escena.
A Giselle nunca le había interesado Paul, pero a Monique no le extrañó que su opinión sobre él hubiera cambiado. Ella también suspiraba cada vez que lo veía cuando
abría una revista, con el torso desnudo y cubierto de gotas en aquellos anuncios de bañadores de competición. Resultaba curioso que Giselle no sintiera interés por él

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dos años antes, cuando se convirtió en el héroe de la región y de Francia entera al volver con dos medallas de las Olimpiadas de Sidney. Entonces las dos lo veían fuera
de su alcance, pero ahora ya no eran unas crías. Giselle tenía la misma edad que ella y las tetas el doble de grandes. Sabía muy bien cómo atraer la atención de los chicos.
No era extraño que sucumbiera a la tentación de conquistarlo después de ver aquel cuerpo esculpido en vallas publicitarias de tres metros por cinco. Y además, era
mayor y tenía coche nuevo.
Oyó que la puerta se cerraba y caminó hacia la habitación, tratando de pensar solo en las novedades buenas. Aquel iba a ser el primer verano en el que tendría una
habitación para ella. Tía Elora así lo había dispuesto. Por fin no tendría que compartirla con Giselle ni aguantar su manía enfermiza por el orden, ni escuchar su música a
todas horas ni sus protestas para que apagara la luz.
Aunque Monique sentía que había perdido interés por aquellas novelas amarillentas que compraba en la tienda de antigüedades y cachivaches de segunda mano del
señor Allamand. El verano anterior las devoraba. Y cuando veía a Paul a caballo con los fajos de lavanda a ambos lados de la montura durante los días de cosecha, aún las
leía con más pasión, imaginándolo en el papel de un señor de las Highlands, caballero templario, duque atormentado o irresistible cowboy. Recordó el ramo de margaritas
en manos de Giselle y, decepcionada, pensó que ya no le apetecía leer historias de amor inventadas.
Monique era muy observadora, su padre siempre le decía que esa virtud le daría algún día muchas alegrías. Y aunque aún no se había decidido a estudiar la carrera de
Periodismo, como este le aconsejaba para continuar con la tradición familiar, reconoció que sí poseía esa cualidad. Nada más entrar en la habitación

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