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Sombra de sangre Sombra de vampiro 2 – Bella Forrest

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Sofía, quédate.
Sus palabras me desconcertaron. Sonó como una orden y, por un momento, pareció que no tenía más opción que obedecer. Solo cuando le miré a aquellos ojos azul
eléctrico entendí qué quería decir con aquella declaración. Me mordí el labio.
«¿Es posible que realmente signifique tanto para él?»
—Derek, te prometo que nunca haré nada para comprometerte o para hacer daño a La Sombra…
Su rostro se puso tenso, ofendido mientras negaba con la cabeza.
—No se trata de eso, lo sabes.
—Entonces, ¿qué es? —Necesitaba que me diera una razón para quedarme. Quería escucharlo de sus labios.
Apretó los dientes y se pasó una mano por su cabello negro. Si algo sabía de Derek Novak era que nunca había tenido facilidad de palabra. Hablaba mejor a través
de sus acciones, y yo lo admiraba por ello.
Abrió la boca, pero alguien me agarró por el brazo desde atrás.
—Vámonos, Sofía.
«Ben.»
Mis ojos seguían fijos en el hermoso rostro de Derek, y el contraste de sus ojos azules con su piel pálida me impedía recobrar el aliento. Aquellos ojos se
oscurecieron en el instante en que los dedos de Ben se cerraron alrededor de mi brazo. Las manos de Derek se cerraron en un puño que puso todos sus músculos en
tensión.
Intenté liberarme de las manos de Ben, pero me agarraba con fuerza.
—No tenemos tiempo —siseó Ben—. Despídete y vámonos.
La expresión de la cara de Derek no me ofrecía mucha confianza en la seguridad de mi mejor amigo. Después de todo, no mucho tiempo atrás se había discutido
mucho, demasiado en mi opinión, sobre a quién pertenecía yo.
«A Derek. A Lucas. A Ben. No sé que debo hacer para que se den cuenta de que no soy un objeto o posesión. No le pertenezco a ninguno de ellos.»
Tuve que intervenir antes de que estallara una batalla cargada de testosterona. Me giré para mirar a mi mejor amigo directamente a los ojos.
—Suéltame, Ben. Ahora.
Su mandíbula se tensó. Antes de estar cautivos en La Sombra, habría hecho cualquier cosa que me pidiera, pero ese lugar nos había cambiado a ambos.
No aflojó la mano ni un poco, y Derek dio un paso hacia adelante.
—Ya has oído a la dama. —Su profunda voz de barítono tenía un tono amenazador.
Miré suplicante a Ben, esperando que no tentara la paciencia de Derek.
«¿No te das cuenta de que no tienes ninguna oportunidad contra él?»
Los últimos días en La Sombra, desde que Derek había obligado a Claudia, la dueña de Ben, a ponerlo bajo su custodia, Derek se había esforzado en ser cuando
menos amable con él. Ben, por otro lado, no había hecho más que lanzar miradas de odio hacia Derek. Yo tenía los nervios de punta, intentando mantenerlos separados
y temiendo un enfrentamiento.
Esta vez hablé con más suavidad:
—Suéltame, Ben.
Me dejó ir, pero la mirada acusadora que me lanzó demostraba que no se rendía.
—Ni siquiera pienses en quedarte. —Las palabras brotaron entre sus dientes apretados, negando ligeramente con la cabeza.
—Sofía… —Derek alzó la voz como para recordarme que su opinión también importaba.
—Necesito tiempo para pensar —dije.
—¿Ahora? —protestó Ben.
—No hay tiempo para eso —secundó Derek.
«¡Por fin los dos están de acuerdo en algo!»
—Bien, entonces sacad tiempo.
Ellos intercambiaron una mirada. Era casi entrañable ver lo inútiles que parecían los dos. Una sonrisa amenazaba con surgir en mi cara.
«¿Quién le pertenece a quién ahora?»
Derek fue el primero en ceder. Seguía desconcertada, tratando de adivinar qué habría visto en mí para que siempre cediera a mis deseos. Después de todo, de
nosotros tres, él era el que seguía teniendo verdadero poder. Podría decidir sencillamente que ni Ben ni yo podíamos marcharnos y eso sería todo.
Sin embargo, sus ojos azules se suavizaron en el momento que se posaron en mí. Asintió y dijo:
—De acuerdo, pero no aquí.
Frunció el ceño a Ben y puso la mano en la parte baja de mi espalda, empujándome hacia adelante.
—Increíble —gruñó Ben, agitando las manos en el aire mientras nos seguía.
Solo contábamos con la luz de la luna para guiarnos por un camino que serpenteaba entre rocas y arbustos a través de lo que quedaba de bosque. Mi cerebro tomó
nota de cada pequeño detalle de los senderos ocultos que nos conducían desde el ático de Derek al puerto. Los árboles eran cada vez más pequeños y nos acercábamos a
un claro. El crujido de las ramas bajo nuestros pies, las olas del océano cercano y nuestra respiración rítmica y suave eran los únicos sonidos que llenaban el aire. El
aroma natural de los árboles que nos rodeaban y el salitre del mar se mezclaban con el almizcle embriagador de Derek. Todo ello, unido al suave movimiento de su pecho
y el tacto de su brazo agarrando mi cintura, me hacían sentir plenamente su cercanía.
Me dolía el alma ante la idea de no estar nunca más tan cerca de él como en ese momento.
—Estamos cerca.
Volví a prestar atención. El puerto había estado a la vista aún antes de que nos detuviéramos para hablar en el bosque. Sin embargo, ahora que habíamos descendido
de los acantilados hacia el claro, no se veía nada, solo enormes riscos de roca.
—¿Qué diablos está pasando? —inquirió Ben.
—No lo entiendo. —Observé a Derek a la vez que miraba a nuestro alrededor—. ¿Dónde está el puerto?
Intenté ir más despacio, pero Derek me arrastró para que siguiera caminando.
—¡Eh, alteza! ¿A dónde nos llevas? —Ben usó las dos manos para separarnos a Derek y a mí.
Me tambaleé hacia un lado, pero Derek ni se inmutó. Cuando el príncipe de los vampiros se giró para enfrentarse a él, casi esperaba que Ben se arrodillara y
muriera de terror. Derek no carecía de un aire amenazador.
Ben se mantuvo firme. Supuse que no le importaba que Derek pudiera romperle todos los huesos del cuerpo. Nunca se había echado atrás ante una pelea y no
parecía que fuera a empezar a ahora.
No recordaba haber estado nunca rodeada de tanta testosterona. Me sentí palidecer en el momento que Ben, desafiándolo descaradamente, dio un paso al frente y
dijo:
—No nos dirigimos a ningún sitio, vampiro.
Mis sentimientos estaban divididos entre la admiración y el deseo de golpearlo para que recuperara un poco de sensatez.
«¿Qué demonios estás haciendo, Ben? ¿Estás intentando que te maten?»
Derek lo miró de arriba abajo. La presencia y el poder que exudaba me recordaron el aspecto que tenía justo antes de arrancarle el corazón al guardia vampiro que
había intentado alimentarse de mí.
—Derek —conseguí articular—, ¿a dónde vamos? Hacia adelante solo hay rocas.
Derek mantuvo la mirada fija en Ben. Ni siquiera estaba segura de que me hubiera escuchado. Una docena de plegarias me cruzaron por la cabeza. Lo último que
necesitábamos era una pelea, si es que se habría podido llamar así.
El alivió me inundó cuando los ojos de Derek se detuvieron en mí. Ignorando a Ben, Derek me tomó de la mano, me acercó hacia él y volvió a rodear mi cintura.
Aparentemente, no se sentía obligado a darnos una explicación.
—Deja de resistirte Sofía. Solo sígueme. Y haz que ese idiota amigo tuyo cierre la boca, o juro que… —Hizo una pausa para aliviar su ira—. No tienes idea de lo
cerca que estoy de dejarlo lisiado. —Me agarró con más fuerza.
«Derek. Siempre el autoritario.»

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No me molesté en mirar la reacción de Ben. Sabía que estaría furioso después de que lo ignoraran de esa forma.
Nos dirigimos hacia un muro de roca maciza. No parecía que Derek fuera a reducir la marcha. Lo miré varias veces para ver si se había vuelto loco, pero continuaba
sin bajar el ritmo, centrado solo en lo que teníamos delante mientras nos aproximábamos al muro de piedra.
Cuando finalmente nos golpeamos contra el muro, lo único que pude hacer fue ahogar un grito… totalmente estupefacta cuando la piedra nos envolvió como si
fuera gelatina y emergimos al otro lado, donde encontramos una escalera que giraba hacia abajo. Habíamos ascendido unos pocos peldaños cuando Ben atravesó el muro.
Parecía estar bien, excepto por el ceño fruncido de su rostro. No estaba acostumbrado a que lo ignoraran.
Al final de la escalera llegamos a una cámara cavernosa rodeada de enormes ventanales que revelaban que estábamos bajo el agua. De no ser por la oscuridad del
exterior, estoy segura de que me habría quedado maravillada al contemplar la fauna oceánica. En el centro de la habitación había algún tipo de panel de control, y allí
estaban Sam y Kyle, dos de los guardias en quienes más confiaba Derek.
Había desarrollado un vínculo con ellos durante mi estancia en La Sombra y, no me sorprendieron las miradas afectuosas y curiosas que me dirigieron.
Derek ni se molestó en mirar a Ben. Centró su atención en los guardias vampiros.
—Kyle, lleva al chico al submarino. Asegúrate de que todos los preparativos para su partida estén en orden. Sam, lleva a Sofía a una de las celdas de detención.
Aparentemente necesita replantearse su estancia aquí.
Fruncí el ceño.
—¿Celdas de detención?
—Espera. ¿Qué submarino? —preguntó Ben—. No voy a ir a ningún lugar sin Sofía.
Derek volvió la vista hacia mí.
—Dijiste que necesitabas tiempo para pensar. Una celda es el lugar más seguro para hacerlo. Mientras tanto, él te esperará en uno de los submarinos. Estará
sedado, igual que lo estarás tú si decides marcharte. No podemos permitirnos que recuerdes nada de tu viaje cuando abandones la isla.
La idea de no volver a ver nunca a Derek me desgarró por dentro y luché contra las lágrimas que pugnaban por salir mientras lo miraba a los ojos.
«Cómo te atreves a besarme, Derek. Hoy entre todas las noches. Como si esta decisión no fuera ya lo bastante difícil, tuviste que reclamar mi primer beso.»
—No lo enviaré fuera hasta que tomes tu decisión —prometió Derek. La mirada que me lanzó era tan intensa que estaba segura de que me derretiría. Solo asentí.
—¿Qué? —comenzó a protestar Ben—. Sofía…
Antes de que pudiera decir nada más, el guardia le clavó una aguja en el cuello y cayó inconsciente. Sam se enfrentó a mi mirada

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—Deja de resistirte Sofía. Solo sígueme. Y haz que ese idiota amigo tuyo cierre la boca, o juro que… —Hizo una pausa para aliviar su ira—. No tienes idea de lo cerca que estoy de dejarlo lisiado. —Me agarró con más fuerza.

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Aparentemente necesita replantearse su estancia aquí.
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