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A tres pasos de la luna – Beatriz Cáceres

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Resumen y Sinopsis De 

A tres pasos de la luna – Beatriz Cáceres

−Pero, ¿qué es lo que he hecho? –Apenas logro formularme la pregunta mientras soy totalmente incapaz de centrar la mirada sobre mi mano. No creo que sea el
momento idóneo para mostrar debilidad. Aun así, parpadeo sin cesar en un intento de alejar de mí esa visión horripilante con desesperación. A pesar de que mi enojo
crece por momentos por mi absurda reacción, no puedo más que comprobar que mis ojos actúan en contra de mi voluntad y efectúan un recorrido angustioso y errático
sobre ella. Estoy totalmente dominado por el pánico y tengo que hacer un verdadero esfuerzo para poder visualizarla en esta asfixiante penumbra. No puedo evitar que
la sangre se deslice, todavía caliente, entre mis dedos. Ni tampoco sentir como cae, gota a gota, en dirección a este suelo de hierro repleto de pequeñas rendijas por la que
parece querer huir a pesar de su viscosidad para terminar de mortificarme.
Menos mal que este angosto pasillo está lleno de recovecos y es una circunstancia que no deja de estar marcada por su propia ironía. Siempre suelo quejarme por
las trabas que puede encontrar una persona tan corpulenta como yo para poder pasar, a pesar de que no puedo dejar de reconocer su utilidad. Ya que me sirven para
apoyarme en este momento de angustia en el que mi respiración agitada no ayuda en nada.
“¡Dios!”
“¡Me van a reventar los pulmones!”
“¡Qué dolor!”
Con cada inspiración siento como si una barra incandescente fuera capaz de atravesarme el pecho y, a la vez, me sacude la angustia porque los paneles laterales van
acercándose cada vez más junto con el techo.
Se ciñe todo a mi alrededor.
El espacio se reduce.
Pausadamente, despacio y lentamente.
“¡Se va estrechando en una espiral sin control!”
“¡Me ahogo!”
“¡Debe de ser lo más parecido a lo que percibe una persona que se la entierra viva!”
Ante mis ojos, y para mi desesperación, se estrechan vertiginosamente hasta convertirse en un embudo minúsculo y angosto en el que estoy atrapado.
“¡No me muevo!”
“¡No puedo!”
“¡Estoy bloqueado!”
−¡Tengo que conseguir tranquilizarme! −lo digo en voz alta y sin darme cuenta. No encuentro la forma de lograr frenar a mi corazón, que ha decidido ignorarme y
cabalgar desbocado en el interior de mi pecho desde hace un rato. Lo que produce una respuesta exagerada de mi organismo y consigue activar su mecanismo de defensa,
es decir, decide sudar copiosamente a través de cada uno de sus poros. Expulsando la adrenalina en forma de gotas de angustia, de la misma forma que si fueran
minúsculos géiseres.
“¡No puedo resistir el contacto del uniforme empapado sobre la piel! ¡Me provoca más sofocación!”
“¡Se me ponen los pelos de punta!”
“¡No hay quién lo pueda entender!”
Y no es difícil hacerlo, puesto que no hace más de diez minutos estaba tan feliz que hasta había logrado olvidar en qué lugar me encuentro.
“¡Mierda!”
“¡No puedo perder así los estribos!”
Un escalofrío me ha recorrido la espalda al apoyar la cabeza sobre los tubos que rodean todo el perímetro de los paneles laterales.
“¡No puedo respirar!”
Intento aspirar pequeñas bocanadas de aire en vano, aunque está viciado y parece pesar más que el plomo al entrar en mis pulmones.
“¡Dios!”
“¡Estoy desesperado!”
Alzo la vista esperando encontrar una salida en una estúpida e inútil búsqueda imaginaria. Esta sensación claustrofóbica me está arrastrando a un estado de pánico
alarmante producido por mí misma ansiedad. Aunque resulta ser un gesto totalmente ineficaz, ya que no puedo dejar de sentir como todo se oscurece y que el techo se
acerca más a mí, poco a poco; mientras respiro a trompicones. Cada vez está más cerca de mi cara y puedo visualizarlo rozando, prácticamente, la punta de mi nariz por
momentos.
“¡El corazón se me para!”
“¡Qué angustia! ¡No!”
Cierro los ojos a la vez que, con un gran esfuerzo, intento aplacar mis latidos y respiro el aire con pequeños sorbos para conseguir controlar mi agitación, pero mi
mente continúa atrapada en lo que acaba de suceder.
“¡¡Dios!!”
“¡Su boca!”
Su boca sobre la mía. La puedo sentir recorriendo mi interior suave y dulcemente con la calidez de su lengua. Hasta que gradualmente me dejo arrastrar en un
arrebato más fuerte que la razón, a un ritmo más rápido al ser impulsado por un deseo intenso.
No existe nada más.
Nada.
Un calor profundo, igual que llamas insaciables, se adueña de mis entrañas y me empuja a aferrarme con fuerza. Me duelen los dedos al clavarlos sobre su espalda.
Tan solo cedo por un instante para, a continuación, recorrerla con movimientos lentos. Centímetro a centímetro. Puedo sentir cada una de sus vértebras, una a una, bajo
la presión de mis dedos de la misma forma que si estuvieran subiendo una escalera y sé perfectamente cuál es su final. Mi delirio.
Disperso mis manos y me detengo en la parte inferior de sus omoplatos que, debatiéndose en su propio frenesí, se asoman y esconden bajo mis caricias.
Soy incapaz de alejarme de la trampa de esos labios y me aferro a ellos con verdadera pasión; aunque mis manos prosiguen su trayectoria hasta detenerse en la
línea de sus hombros.
“¡Qué piel tan suave!”
No puedo evitar una sonrisa al recordar que, prácticamente, le he desgarrado la camiseta al quitársela de un tirón. Tiene la suavidad de un mar de seda, cálido y
hermoso como la belleza de la juventud. En su interior esconde la promesa palpitante del comienzo, de ser ese lugar en dónde nadie ha dejado su huella, de lo que se abre
igual que un libro en blanco. Y sus páginas, ansiosas, esperan la llegada de las palabras cargadas de hambre por la vida.
Un suspiro de placer se me escapa a la altura de su cuello. Me estremezco. Mis manos siguen incansables recorriendo su piel sudorosa y, de nuevo, su boca.
Su boca.
No puedo pensar.
El deseo me llena por entero.
Entre pequeños gemidos, me ha abierto la chaqueta con dedos temblorosos por la emoción y ha desabrochado mi camisa botón tras botón
“¡Es tan joven!”

Pages : 106

Autor De La  novela : Beatriz Cáceres

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

A tres pasos de la luna – Beatriz Cáceres

Este pensamiento todavía me hace desear más que no pare su roce. Recorre, beso tras beso, todo el contorno de mi pecho con avidez y

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