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Alas negras y chocolate amargo – Sonsoles Fuentes

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Resumen y Sinopsis De 

Alas negras y chocolate amargo – Sonsoles Fuentes

comprobar cómo habían enrojecido de vergüenza las mejillas del muerto. Con lo que le gustaba tenerlo todo controlado a mi Norberto.
¿Sabes, Carol, si tiene alergia tu suegro a algún medicamento? me preguntó la doctora Blanco hurgando en su bolso.
No, que yo sepa.
Hay que sacarlo de aquí.
Y dirigió fuera del recinto a los familiares que sujetaban el cuerpo temblón de aquel hombre.
Mi madre, que siempre le había tenido ojeriza, se apiadó de él.
Es muy fuerte, Carolina, hija. Figúrate, perder a su único hijo… Eso te desgarra por dentro…
Me hablaba mi madre como si el muerto no fuera mi marido.
El karma… iba a comenzar tía Nana.
Cállate, Juanita le ordenó mamá con un firme susurro.
Cuánto habría dado Norberto por amputar sus raíces, por que fueran reales las teorías de reencarnación que pregonaba mi tía Nana, por nacer en otra familia, en
otro lugar, por haberse criado en otro barrio. ¡Lo que habría pagado a la funeraria para que les impidiera la asistencia en su último acto social! Él siempre pensó que,
aunque de origen humilde, mi casta tenía más clase que la suya. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que ese era el motivo por el que me había elegido y también por
el que me odiaba.
Nos escabullimos de allí, rapidito, en cuanto recibimos el último pésame. Subimos al coche de tía Nana rumbo a Badalona, a su casa, donde vivía también mi
madre desde hacía muchos años y donde me habían acogido a mí. Estuvimos de acuerdo en que era preferible que dejara pasar unos días antes de regresar a las cuatro
plantas adosadas que formaban mi hogar en el que cada rincón me recordaba un episodio más de rechazo, de crítica, de repudia, de indiferencia.
Durante unos días dejé que tía Nana me hiciera reiki, que me enseñara ejercicios de meditación y me desbloqueara chakras. Mi madre no se opuso. La doctora
Carmen Blanco se ofreció a ayudarme con el papeleo y los asuntos legales, me acompañó a ver al notario cuantas veces fueron necesarias y me propuso marcharme con
ella a París, a no sé qué congreso en el que tenía que intervenir dentro de un mes. De los muchos pacientes de Norberto que le habían tocado en herencia, a mí me
otorgaba un trato especial. Se diría que me había adoptado.
Mamá vio el cielo abierto:
Ay, sí, hija, vete a París, que te vendrá muy bien, y así ves a tu hermana y la convences de que vuelva.
¿Que la convenza yo, mamá? Dudo que Fani me haga caso. Además, no sabría qué decirle.
Al menos te aseguras de que esté bien. Es típico de tu hermana, dejar la carrera a punto de terminar y marcharse Dios sabe adónde ni para qué.
A buscar trabajo.
¿Qué trabajo, si ni siquiera habla francés?
No sé por qué presentaba yo tanta resistencia a marcharme de viaje, con la envidia que me causaban los que hacía Fani, o tía Nana o mis primas. Me daba igual a
dónde fueran, las hubiera acompañado sin pestañear. Norberto nunca me permitió ir con él a ninguna parte. No me veía en condiciones.
Mi madre y mi hermana Fani eran las únicas que se habían salvado de los envites de la imaginación. Eso decía mi difunto marido. Los genes eran muy
caprichosos y yo no había tenido esa suerte. Al encontrarme cuando apenas había cumplido los diecisiete años, Norberto podría haberme moldeado a su gusto,
adecuarme según sus intereses. Él lo expresaba de otro modo, claro está. Solía decir que a una edad tan tierna, estuve a tiempo de haber logrado el equilibrio y la
fortaleza psíquica que un ser humano necesita para defenderse en la vida, pero con estas células grises de mala calidad que llenan mi cerebro poco se podía hacer. Mi
cabeza era vulnerable a multitud de peligros. Que mi padre muriera cuando yo acababa de alcanzar la adolescencia produjo una quiebra profunda en mi psique. Suerte
que allí estaba él para protegerme de mí misma.
Tú no tienes la culpa, reina me decía Norberto.
No, claro que no, pero que yo no tuviera la culpa, no le impedía castigarme. Con equilibrio o sin él, yo habría sido una mujer de lo más corriente si no me hubiera
casado con un psiquiatra de brillante carrera. Durante unas cuantas temporadas, mientras él daba la vuelta al mundo, Norberto me ingresó en la clínica mental de San
Bartolomé, que él mismo dirigía.
Uno de aquellos ajetreados días de bancos y abogados que sucedieron al entierro llamó Rebeca a casa de tía Nana.
Mi hermana Dori vuelve de Japón, y hemos pensado que podríamos ir al pueblo, a ver a mi madre, para tranquilizar a la mujer, ya me entiendes: quiere
comprobar que su hija regresa sin un rasguño.
Y porque ya toca que vea a sus hijas, ¿no? la regañó mi madre, que salió en defensa de su hermana Virtudes. ¿Pensáis que con sus santos y sus vírgenes
ya tiene bastante?
Mamá siempre dice que su hermana Virtudes es «la religiosa» y su hermana Juana, «la espiritual». No hay manera de que se acostumbre a llamarla Nana. Había
sido ella, tía Nana, la responsable de inculcar en mis primas una profunda devoción por los ángeles y sus mensajes cabalísticos, y aunque tía Virtudes hubiera preferido
que sus hijas confiaran más en la virgen de la Milagrosa, consideró que aquella fe en las criaturas aladas no distaba demasiado de la católica.
La prima Dori había conocido al que consideró el hombre de su vida en un curso de arcángeles. Su compañero de clase la mantuvo con los ojos chispeando
durante un tiempo, hasta que la telefoneó una mujer amenazándola con sacárselos de las cuencas si no dejaba en paz a su marido. Dori decidió huir a Japón, que para
recuperarse de una ruptura sentimental va muy bien, porque está muy lejos. Y ya, de paso, realizó un máster en Business Administration. A mis dos primas les dio por
las finanzas y la gestión de empresa, y tía Virtudes, su madre, jamás intervino en sus decisiones. Supongo que por ser niñas, si hubiera tenido un hijo varón, apuesto
que hubiera dado lo que fuera por que se hiciera cura.
Rebeca vino una tarde a tomar el café. Nos sentamos en el badiu, como se llaman los patios de atrás de las casas en Badalona, y se pusieron ellas a ultimar los
detalles de nuestra visita a tía Virtudes.
Lo más práctico es que metamos el equipaje en el coche y vayamos en busca de mi hermana al aeropuerto resolvió la prima. Llega en un vuelo de la
mañana, muy temprano. Desde allí nos vamos directamente al pueblo.
¿Tú qué dices, hija? me preguntó mamá.
Yo me encogí de hombros, ajena a la deliciosa compenetración que había entre las tres.
Carolina, hija, algún día tendrás que dar una opinión, por tontorrona que sea.
Tienes demasiada rabia ahí dentro diagnosticó la prima Rebeca. ¿Recuerdas qué bien nos lo pasábamos en verano en casa de mi madre? Las montañas te
sentarán bien.
Es cierto aprobó tía Nana. Tenemos que hacer algo para desbloquear ese chakra y colocó la palma de su mano en mi pecho. Si continúas encerrando
ahí toda esa tensión, caminarás encogida y, cuando menos te lo esperes, tus dorsales se habrán encorvado. Mi tía conservaba una figura espléndida, grácil y erguida a
sus sesenta y tres años. De paso, iremos en busca del agua.
Tía Nana enfocó la vista en una de las tejas que formaban la fuente recién construida en el badiu, y que aún no se había puesto en marcha a causa de la sequía que
sufríamos desde hacía muchos meses.
No había vuelto al pueblo de mi madre desde antes de casarme. Recordé el río junto a la huerta detrás de la casa de la abuela, que ahora era la de tía Virtudes,
donde se habían criado mis primas. Recordé los baños en vacaciones, el cosquilleo de la vegetación enredándose en las piernas y los brazos al nadar, como cabellos
peinados por la corriente. A mi padre sentado en un tronco cortado, dibujando, protegiéndose del sol con un sombrero de paja que le quedaba ridículo, y me sonreí.
Mi madre, mi tía y mi prima interpretaron mi sonrisa como un «sí» a la propuesta.
La prima Dori llegó con tres cuartos de hora de retraso, pero no parecía importarle. Tenía una apariencia espléndida, como si se hubiera traído consigo el sol de
Japón en su cabello brillante y negro. No sabía yo nada de Japón, en realidad. La cultura japonesa estaba de moda, y como todo lo que estaba de moda, le había
interesado mucho a Norberto. Y yo no había prestado atención a nada por lo que él pudiera mostrar una pizca de interés. No sé, pues, si se debió a la influencia nipona
o a los genes extravagantes con los que llegó al mundo, que la prima Dori, después de saludarnos a todas, me cogió por los brazos y me preguntó lo que a nadie se le
había ocurrido:
¿Te sientes liberada?
¿Qué clase de pregunta es esa? replicó mamá, para quien no podía estar bien sentir algo positivo por la muerte de un ser humano, y menos aún si se trataba
del marido.
Pero a mí, sin lograr remediarlo, se me escapó una risita boba. Mamá abrió la boca y los ojos con un grito ahogado de espanto. Ya dije que mi madre se había
apropiado de todo el patrimonio genético que contenía algo de juicio, de modo que ni mis primas ni tía Nana se lo tomaron a la tremenda.
Él siempre ha temido la fuerza espiritual femenina, la misma fuerza que ha librado a Carol de la muerte explicó mi tía. Ha sido su propio miedo el que lo
ha matado. Su batalla era inútil, es el movimiento de la kundalini de la Tierra el que nos traspasa el poder, la Gran Serpiente Blanca. Nadie puede evitarlo.
Como siempre que mi tía hablaba de no sé qué sagrado acontecimiento cósmico, mi madre apretaba los labios con fuerza para no saltar a su yugular. En lugar de
eso, suspiró hondo y nos puso a todas en marcha hacia el coche.
Me fijé en las miradas con las que nos recorrían algunos hombres al abrirnos paso hacia la salida, y de pronto experimenté un cosquilleo, como el que
experimenta el cuerpo al despertar de un sueño profundo. Mis primas son lo que puede decirse en lenguaje corriente unas mujeres «monas», como mi hermana Fani y
yo. Ellas nos ganan unos centímetros en altura, quizás, pero todas somos muy bajitas, graciosas, de rostro agradable y de pelo muy oscuro. La tía Virtudes y mamá son
así. Tía Nana, en cambio, es esbelta, rubia y con los ojos verdemar, como dicen que era el abuelo Lucio. A sus años, la naturaleza aún le concedía mucha hermosura. Ella
conducía su coche hacia Huesca, mamá en el asiento del copiloto y nosotras tres detrás. Permanecimos sin decir palabra la mayor parte del viaje. Era un silencio
cómodo, propio de la confianza, diferente de los silencios estúpidos a los que me tenía acostumbrada Norberto para que yo revolviera en mi mente lo que callaba, hasta
abandonar la empresa de puro agotamiento.
A medida que nos acercábamos a las montañas, la tierra se despojó de tristeza y yo me iba desposeyendo de malestar. Cuando identifiqué las primeras casas del
pueblo, me di cuenta de que el tiempo había pasado sin sentir.
Los ojos de tía Virtudes se pusieron llorosos al abrazarnos. Con voz temblona le preguntó mil veces a Dori por lo que había comido. Ninguna respuesta
satisfacía a la mujer. A mí me encogió el corazón el rostro de angustia de mi tía, intentando comprender de qué le hablaba su hija.
Pescado, Virtu le tradujo mamá. En Japón se come muy buen pescado, y fideos.
Me parecía asombroso que mi madre tuviera algún conocimiento sobre gastronomía japonesa.
La tía Virtudes había dispuesto una de las habitaciones con cama de latón de cuerpo y medio para que durmiéramos mi madre y yo. La simple perspectiva de

Pages :167

Autor : Sonsoles Fuentes

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Alas negras y chocolate amargo – Sonsoles Fuentes

dormir junto al cuerpo cálido de mi madre me reconfortaba, como después de la muerte de mi padre, cuando Fani y yo nos metíamos en su cama y ella lo permitía sin
rechistar.
La casa había sido de los abuelos, pero cuentan mis tías y mi madre que era mucho

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