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Alcanzando el nirvana – Arantxa Anoro

Alcanzando el nirvana – Arantxa Anoro

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Alcanzando el nirvana – Arantxa Anoro

 Es indescriptible cómo tan sólo una
llamada puede hacer que el suelo se
tambalee bajo tus pies. No concibo lo
que mis oídos acaban de escuchar y
tengo que repetir una a una las palabras
que me ha soltado África hace apenas
dos segundos…: «Lola, tengo un
problema: creo que estoy embarazada y
no sé de quién es». Y, sin poder
explicarlo, es como si cada una de ellas
perforase mis tímpanos, llegando hasta
el interior de mi cerebro. Es como si una
bomba atómica hubiese aterrizado en mi
cabeza y todo mi ser se desmenuzara en
pedazos insignificantes, convirtiéndome
en pequeños y diminutos trozos de carne
desparramados por mi despacho, sin que
nadie aprecie que están ahí, y sin apenas
esquivarlos, pienso al colgar el teléfono
lenta y pétreamente.
Y, mientras tengo esta lucha mental
en mi cabeza, mi móvil vuelve sonar: es
África de nuevo. Suspiro
profundamente, cuento hasta diez para
calmarme y descuelgo.
—¡Lola, estoy embarazada! —me
anuncia con voz desgarrada antes de que
pueda saludarla. No logro encontrar las
palabras adecuadas, no sé qué decirle y
mi silencio lo confirma—. Lola, ¿me
estás escuchando?

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—Sí —contesto inmóvil—. Lo
siento, África, pero esto me sobrepasa
—termino exclamando con impotencia.
—¡Lola! ¿Qué es lo que te
sobrepasa? ¡No entiendo por qué te
pones así! ¡Se supone que la que tiene el
problema soy yo!
—Es difícil de explicar, África… y
ahora no tengo ni tiempo ni ganas, y
mucho menos fuerzas para contarte nada.
Lo siento.
—¡Me estás poniendo de los
nervios, Lola, y es lo que menos
necesito! —me grita histérica—.
Llamaba para oír tu consejo, porque en
estos momentos necesitaba a una amiga,
pero ya veo que no puedo contar contigo
—suelta enfadada antes de colgar.
La estabilidad de todo tu mundo
puede desvanecerse en un segundo y,
antes de que te des cuenta, todo puede
cambiar. Todo ese universo que conoces
puede caer sobre ti llegando a asfixiarte,
a ahogarte. Te quedas quieta, sin
moverte, sin apenas respirar y pensando
en cuál es la mejor opción que tienes
para salir de entre los escombros, de tus
propios escombros. Porque es lo que
son, tremendas losas de hormigón
provenientes del pasado, de una parte de
tu vida que desearías que no existiera.
En mi caso, la única salida que veo a
todo este desastre es la huida, porque es
el primer instinto que se me activa tras
esa llamada. Nunca pensé que tendría
que hablar sobre esto, y mucho menos
con mis amigas —me digo a mí misma
—. Y, sin embargo, mírame: estoy
temblando y sólo por la mera idea de
tener que sacar de lo más profundo de
mi ser algo que creí enterrar hace mucho
tiempo. Sé que no tengo fuerzas para
hablar del tema, pero África es mi amiga
y ahora me necesita. Así que, por un
segundo, dejo a un lado mi propio
sufrimiento y me armo de valor para
llamarla. Oigo el tono, pero ella no me
lo coge, y eso aún me hace sentir peor.
Vuelvo a marcar su número y esta vez
descuelga.
—¿Qué quieres, Lola? —dice entre
la soberbia y la locura.
—Perdóname, África. No pretendía
hacerte sentir así.
—Para no pretenderlo, lo has hecho
bastante bien. No sé cómo voy a salir de
ésta, Lola. ¿Qué voy a hacer? —Suspira
pasando de la apatía a la desesperación.
—No sé qué decirte, de verdad. Me
encantaría tener las palabras adecuadas
en este momento, pero no las tengo,
África, y eso me fastidia muchísimo. Lo
único que se me ocurre ahora es que
hables con Juan.
—¡No puedo hacer eso, Lola! —
expresa entre sollozos.
—África, ¿dónde estás?
—En el trabajo.
—¿Estás sola?
—Sí.
—Llama a Sara. Que te pase a
buscar y hablas con ella. Sara sabrá qué
decirte.
—Déjalo, Lola. Ahora mismo no me
apetece hablar con nadie. —Cuelga
antes de que pueda añadir nada más.
Todo esto me ha dejado
desconcertada, no logro ver cómo puedo
ayudar a África e impedir que yo me
hunda de nuevo. Tengo que conseguir
mantenerme a cierta distancia, debo
protegerme, no puedo naufragar en ese
mar de aguas oscuras y heladas de
nuevo, pienso mientras marco el número
de Sara.
—Dime, Lola —responde risueña.
—Sara, África tiene un problema y
yo no me veo capaz de ayudarla.
Llámala, necesita tu ayuda —digo
apesadumbrada pero con autoridad.
—¡Lola, me estás preocupando!
¿Qué es lo que le pasa? —En su tono de
voz se advierte cierta angustia.
—África está embarazada, pero no
le digas que te lo he contado. Déjala
hablar, necesita desahogarse, que la
escuchen, y a ti eso se te da muy bien.
—Pero eso no es malo, Lola. Sé que
Juan se alegrará en cuanto lo sepa —
comenta con ilusión.
—Sara, África no sabe quién es el
padre.
—¿Cómo? —dice sorprendida.
—Oliver, ¿te acuerdas?
—Pero… ¿es que no pusieron
medios?
—Por lo que se ve, no.
—¡No me lo puedo creer! ¿En qué
demonios estaban pensando? —suelta
perpleja.
—Seguro que en esto no, así que ya
te puedes imaginar cómo está.
—¡Sí, claro! Pero ¿qué quieres que
haga? No entiendo por qué me dices que
tú no te ves capaz.
—Es una larga historia… y yo tengo
que salir de viaje —miento—. África
está en el trabajo; llámala, sácala de allí
y llévatela a tu casa. Necesita tiempo
para pensar y tú debes convencerla de
que hable con Juan.
—Lola, no sé si voy a poder
escaquearme del curro.
—Sara, está fatal, y yo no puedo ir,
así que apáñatelas como quieras, pero
no la dejes sola.
—Sabes que no me va a escuchar.
—Debes intentarlo —replico
tajante.
—Está bien. Me invento cualquier
excusa y la llamo. ¿A dónde te vas?
Me doy cuenta de que
verdaderamente no tengo a dónde ir. Sé
que no quiero estar aquí, que mis
piernas quieren correr a toda velocidad
y salir de estas losas que me impiden
escapar, desaparecer por unos días lo
más lejos posible. Debo pensar en mí,
en mi pasado, en mi presente. Analizarlo
todo con calma y confiar en que todo
esto me salpique lo menos posible.
—A Italia. —Es el primer lugar que
me viene a la mente—. Trabajo, ya
sabes.—
Vale, Lola. Llamo a África y
luego te cuento.
—Sobre todo no le digas que lo
sabes —le recalco.
—Sí, tranquila. Ahora hablamos.
Cuelgo y empiezo a organizar mi
viaje. «Sólo serán un par de días»,
pienso para mí. Necesito estar sola, e
Italia me parece un buen destino.
—Carlos, necesito que llames al
hotel de Verona y les avises de que voy
para allá —le pido a mi ayudante por
teléfono. Carlos me ayuda con la
dirección del hotel cuando salgo de
viaje, así que se podría decir que es el
subdirector.
—¿Para cuándo? —me pregunta.
—Para hoy, si es posible. Mañana, a
más tardar.
—Mañana tienes reunión con el
encargado de seguridad y el responsable
del departamento comercial.
—Sí, lo sé, cancélala. O, mejor,
encárgate tú.
—Está bien. Ahora me pongo a ello.
—Gracias.
Me da pena ubicar a Carlos en otro
hotel, pero no me queda otro remedio:
Yago llega el lunes y es él quien
ocupara ese puesto, medito mientras
observo detenidamente mi despacho.
Hace poco que lo reformé y me gusta
cómo ha quedado. Mi mesa es inmensa;
en un extremo está el ordenador y el
resto de la misma queda libre para la
montaña de papeles que siempre tengo
en ella. A mi espalda hay una estantería
y, al lado de ésta, un ventanal desde
donde se divisa la zona exterior del
hotel. Tengo una pequeña mesa de
reuniones, de la que no hago mucho uso.

Alcanzando el nirvana – Arantxa Anoro

Me gusta más sentarme en los sofás que
hay en el rincón justo al lado del baño.
Suena el móvil, es África.
—Dime —le contesto intentando
contener mi desazón.

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