---------------

Alma – Menchu Garceran

Alma – Menchu Garceran

Sinopsis De 

Libro Alma – Menchu Garceran

Descargar Gratis    En PDF.
en su lecho de muerte que te
protegería. A media tarde, un
hombre llamado Armand Bandon
pasará a recogerte. Él te llevará a
España, a casa de tu tío Jean.
Recoge solo lo imprescindible.
Cuando llegues a tu destino, podrás
comprar todo lo que necesites.
Sophie puede viajar contigo si lo
desea. No preguntes, no pongas
trabas ni discutas. Necesito saber
que obedecerás y no intentarás
imponer tu criterio. En cuanto
pueda, me reuniré contigo. Ten
cuidado. No olvides que te quiero.
En un gesto poco femenino, se dejó
caer en el sillón tapizado de color oro.
La amplia falda osciló debido a la
brusquedad del movimiento. Estaba sola
en el palacio que tenían en el número 35
de la calle Faubourg. Bueno, sola con
unos cuantos criados que se ocupaban de
que su vida fuera más cómoda. Volvió a
leer la nota para convencerse de que
había entendido bien lo que ponía en el
papel. Si su padre le había mandado
aquella misiva con tanta urgencia, la
situación, ya revuelta desde el 14 de
julio, debía de haber empeorado.
Miró su maravilloso vestido de fiesta
con pesar. Tenía previsto acudir a una
velada en casa de los marqueses de
Marsan. Aunque desde que habían
comenzado las revueltas,

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar 


el número de
recepciones ofrecidas por la nobleza
había disminuido, todavía se celebraban
algunas. A aquella no podría acudir. Si
iban a ir a recogerla, tendría que
ponerse a recopilar lo necesario para
emprender aquel largo e inesperado
viaje.
Miró a su alrededor sin tener ni idea
de qué preparar. ¿Qué se metía en un
equipaje para una huida? Si se detenía a
pensar con frialdad, en los meses
siguientes, aquel sería el menor de sus
problemas. Para comenzar, estaba a
punto de emprender un viaje en
compañía de un perfecto desconocido.
Tembló al pensar en ese hecho. Quería
pensar que si su padre la había dejado
en sus manos, debía de confiar en él lo
suficiente. A esa preocupación tenía que
añadir la del viaje. Nunca había hecho
uno tan largo y quería estar a la altura de
las circunstancias. Para finalizar, había
otro asunto que le provocaba una gran
zozobra: durante un tiempo indefinido,
viviría en casa de unos familiares a los
que no conocía. De la figura de su tío
solo permanecía en su recuerdo una
imagen amable y cariñosa. Sabía que le
había ido bien en sus negocios, por lo
tanto su bienestar material estaba
asegurado.
Suspiró con resignación, se irguió
sobre sus altos tacones y llamó a la
doncella, dispuesta a no dejarse vencer
por el desánimo.
Armand Bandon se preguntó por
enésima vez por qué demonios había
aceptado llevar a la hija del duque hasta
Ferrol. Lo último que necesitaba era una
niña malcriada como compañera de
viaje. Sin embargo, le debía mucho a
André Ledoux. El duque le había
ayudado en uno de los peores momentos
de su vida y no podía negarse a hacerle
el favor que le había pedido con tanta
premura.
La situación en París se había vuelto
muy peligrosa, tanto que se hablaba de ir
hasta Versalles para pedir cuentas al
rey. Cuando le había comunicado a
André su intención de marcharse para
labrarse un porvenir lejos de su patria,
este le había pedido que llevara a su
hija hasta la casa de su hermano en
Ferrol, España. Desde el puerto de esa
ciudad, podría salir hacia cualquier
lugar del mundo. Aquello trastocaba sus
planes, pero tampoco los arruinaba, solo
los retrasaba un poco más y… nunca se
sabía. A lo mejor en España encontraba
algo interesante en lo que poder hacer
dinero. El comercio con ultramar estaba
en un buen momento y podría tener una
gran oportunidad para lograr sus
propósitos.
Esa perspectiva le animó lo suficiente
para acallar todas las reservas que tenía
con respecto a la joven a la que debía
escoltar. André hablaba mucho de ella,
de su carácter independiente y de su
alegría de vivir. Sabía que le gustaba ir
a fiestas, leer y opinar sobre cuestiones
en las que las de su género no se
inmiscuían por norma general. Su amigo
lo veía como algo normal, puesto que
sus ideas liberales y las de su esposa
habían permitido que la educación de su
hija fuera un tanto atípica para la época
en que vivían. Las ideas de la
ilustración habían calado en buena parte
de la sociedad y se avecinaban cambios
importantes, así que a lo mejor no
habían estado tan desencaminados
después de todo.
La difunta duquesa de Nevers era una
persona muy especial, defendía que las
mujeres eran algo más que un objeto
para uso y disfrute de sus maridos. Dado
que el duque parecía estar de acuerdo
con su discurso, nadie se le enfrentaba
ni discutía con ella y así fue como su
pequeña creció en un ambiente en el que
se podía opinar y discutir sobre
cualquier tema que les afectara.
Y allí estaba él, esperando que se
hiciera la hora para recoger a la
muchacha y llevarla hasta la casa de sus
tíos.
Alma no lograba priorizar los
escuetos enseres que debía meter en el
baúl. En compañía de Sophie, su
doncella, había examinado una y otra
vez qué era y qué no imprescindible. La
cama de postes de caoba estaba cubierta
por vestidos de viaje, zapatos, artículos
de aseo… Un suspiro, más bien un
soplido, se escapó de sus labios.
—Esto es imposible, Sophie —se
quejó—. En la vida conseguiré hacer el
equipaje.
—Déjeme a mí, señorita.
La sirvienta, una chica pizpireta y
decidida, la empujó hacia la puerta y
ella no se hizo de rogar. La
preocupación por su futuro y el de su
padre no le permitía pensar con
claridad. Por lo menos, no viajaría sola
en compañía del desconocido. Sophie
había aceptado acompañarla.
Paseó despacio por la que había sido
su casa hasta entonces. También tenían
un pequeño castillo donde iban los
veranos, pero la delicada salud de su
madre había espaciado los viajes. Hacía
un año que había muerto. Desde ese
momento, ella había asumido la
dirección de aquel hogar vacío. Atrás
quedaron las despreocupaciones y las
ocurrencias de jóvenes. Tuvo que
madurar de golpe. Siempre agradecería
la educación recibida porque, gracias a
ella, había conseguido adaptarse y estar
a la altura de las circunstancias.
Miró todo cuanto la rodeaba y se
despidió en silencio de aquellos objetos
tan queridos que tendría que abandonar.
Los pesados cortinajes de terciopelo,
los muebles fabricados a la última
moda, las lujosas tapicerías, todo
permanecería a la espera de su regreso.
Al menos, eso esperaba.
Sacudió la cabeza y decidió que no
podía compadecerse. Era muy
afortunada al tener a alguien que podía
alejarla de los malos tiempos que se
avecinaban, así que se armaría de
orgullo y fuerza y lucharía contra las
adversidades que encontrara por el
camino. La futura duquesa de Nevers no
se rendía.
Armand rodeó La Bastilla y subió la
calle por detrás de San Martín. Evitó las
cercanías del ayuntamiento, donde una
multitud se estaba reuniendo para
encaminarse a Versalles. Al menos, eso
había alcanzado a oír. Debían salir de
París cuanto antes. Esperaba que los
cuatro caballos que tiraban de aquella
silla de postas, lo más parecido a una
diligencia que había podido encontrar,
los sacaran rápido de aquella ciudad
que estaba a punto de convertirse en un
infierno.
Siguió las instrucciones de André y se
detuvo ante la chocolatería À la mère de
la famille. Junto a ella estaba la casa en
la que tenía que recoger a su hija. Eran
cerca de las cuatro de la tarde, llovía,
comenzaba a oscurecer y las campanas
de las iglesias cercanas repicaban sin
parar. Aparecieron algunos ciudadanos
que portaban antorchas, incluso le
pareció distinguir un grupo de soldados
de los que estaban a las órdenes del
general La Fayette.
Dejó al mozo que le acompañaba a
cargo del carruaje y llamó a la puerta
del palacio. Abrió un criado con
expresión ceñuda que le miró con
desconfianza.
—Buenas tardes —saludó con tono
seco—. Busco a mademoiselle Ledoux.
El hombre de gesto adusto asintió y le
facilitó la entrada. Le guió a una sala
pequeña situada a la derecha y le dijo
que esperara.
Armand se removió inquieto. La
estancia estaba helada y solo la
iluminaba la escasa luz que entraba por
la ventana. Entre las sombras pudo
distinguir algunos muebles y adornos
que indicaban que Ledoux no se privaba
de nada; más bien, que no privaba de
nada a su hija. Se sintió molesto de
nuevo. Él no tenía paciencia para tratar
con niñas caprichosas. Hacía tiempo que
había abandonado su hogar y que no se
relacionaba con gente como la que vivía

Alma – Menchu Garceran

allí. El mayordomo entró de nuevo para
indicarle que mademoiselle le esperaba
en la entrada.
Salió, agradeciendo

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

Leer en Online Alma – Menchu Garceran

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

2 Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------