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Ángeles de granito – Esteban Navarro

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Resumen y Sinopsis De 

Juana lloró.
Llegó la ambulancia. Nada más entrar por la calle Tristeza apagó la sirena. Las luces aporrearon los ojos de los presentes. Un médico joven, demasiado para infundir
confianza, pensó la madre, hizo el primer reconocimiento al hijo de los Heredia.
¿Ya sabrá lo que se pesca éste? susurró Juana al oído de Luis.
Sí mujer, estos doctores de ahora están muy preparados. Deja que lo examine.
El doctor no puso buena cara después de toquetear la rodilla de Martín. Aconsejó llevárselo de allí en la ambulancia.
¿A dónde lo llevan? preguntaron sus padres al unísono.
Al ambulatorio del barrio respondió una enfermera muy joven, de apenas veinte años, que recogía el instrumental con el que examinaron al niño.
¿Podemos ir los dos con él? preguntó Juana refiriéndose a ella y a su marido.
Solo hay sitio para uno replicó el médico.
Luis viajó junto a su hijo en la ambulancia, mientras que el tumulto de vecinos restó importancia a la caída de Martín y entre todos consolaron a la desesperada
madre, que se quedó allí en compañía de Sandra. Todos vieron como la ambulancia se perdía por la esquina de la calle Tristeza.
No será nada, madre serenó la niña.
Dios no lo quiera hija. Dios no lo quiera.
A Juana y a Sandra las acompañó don Benito, el dueño del quiosco de prensa, en un Seat 133. Ellos llegaron veinte minutos más tarde que la ambulancia y vieron a
Luis sentado en la sala de espera, cabizbajo.
Martín estuvo en observación durante casi una hora en la pequeña habitación del dispensario municipal. Un revoltijo de médicos y enfermeros revoloteaban alrededor
de Martín. Ninguno se atrevía a decir nada, a avanzar un diagnóstico. El maduro vigilante de seguridad recomendó, a todos los que no fuesen familiares, que abandonaran
el lugar, pues nada podían hacer y solo conseguirían entorpecer la labor de los médicos.
Déjelos estar intervino Luis. Nosotros somos así y nos gusta apoyarnos.
El vigilante asintió.
¿Se ha quebrado algo? preguntó Juana.
Nadie respondió.
Después de diez horas allí lo mandaron al Hospital Provincial. La cosa no pintaba bien. Los Heredia solo habían visto, en una ocasión, que los médicos del
ambulatorio enviaran a alguien al Hospital. Fue cuando Luis tenía treinta años y Enrique, un compañero de la fábrica, se tragó una babosa envuelta en una hoja de
lechuga. Crió en sus entrañas y en unas semanas tenía un vivero de ellas transitando por sus intestinos. En el Hospital Provincial lo abrieron tantas veces que al final
bromearon con la idea de ponerle una cremallera y ahorrar trabajo a los doctores.
A Martín se lo llevaron al Provincial en el coche de don Benito; el dispensario no disponía de ninguna ambulancia para un traslado urgente y no les quedaba más
remedio que esperar o hacer ellos mismos el traslado con un coche particular. Lo del hospital Provincial no era buena señal. Todos vieron como Martín subía al Seat
133. Vieron como su mandíbula mostraba el rostro del dolor y como se empañaban los cristales del coche cuando resoplaba por los esfuerzos de los enfermeros en
colocar su pierna recta en el asiento de atrás. Luis, Juana y Sandra esperaron impacientes en la Sala de Espera del Hospital. Los demás, excepto doña Sancha, se fueron a
casa. Allí no podían hacer nada.
Esperaron desazonados en una habitación triste, con olor de agua oxigenada y bancos de plástico, y evitando la mirada de los demás familiares que se congregaron
alrededor de la familia.
Pasado un buen rato, que se hizo eterno para los padres, salió un médico, joven y exageradamente delgado, y se acercó a ellos con la misma cara de quien va a anunciar
un fallecimiento. Su rostro, el más compungido que nunca vieron los Heredia, era portador de malas noticias. Se le notaba sobradamente y parecía que no intentaba
evitarlo. Era una forma de preparar a los familiares: con la cara pagaba y se podía esperar cualquier noticia penumbrosa. El estetoscopio colgaba de su cuello, mientras
que por el bolsillo de la bata asomaban varios palos de madera de los que sirven para mantener la garganta abierta mientras son exploradas las anginas. Se quitaba y
ponía las gafas, en un gesto repetitivo y maniático, mientras no paraba de hacer introducciones de lo que había venido a decirles.
Por favor Doctor…, la verdad, suplicó Juana expectante. No querían mentiras piadosas.
Su hijo se ha fracturado la rodilla de la pierna derecha.
Resoplaron, pero sabían que el buen médico no había entrado en la sala de espera para familiares, con el rostro desencajado y sus dedos resbalando por las patillas de
las gafas, para decirles algo que ya conocían. Martín se había roto la rodilla, pero se la podían haber curado en el ambulatorio y el hecho de venir hasta el hospital
provincial era un síntoma, lo suficientemente claro, de que algo no iba bien. Por favor, pensó Juana: «Una rodilla rota se venda. Una rodilla rota se fija el tiempo
suficiente para que los tendones se tensen y el hueso crezca por dentro y la carne crezca por fuera. Una rodilla rota no es nada malo.»
El médico siguió hablando palabras incomprensibles para la familia mientras que Juana y Luis escuchaban impacientes, mientras que Sandra despuntó una sigilosa
sonrisa irónica.
Venga doctor gesticuló la niña. Hable en castellano para que podamos entenderle.
Los padres enmudecieron hasta que el sonido de la megafonía del hospital les distrajo lo suficiente como para dejar de oír el latido de sus corazones que estaban a
punto de asomar por el pecho.
Martín tiene una variedad de osteoporosis avanzada, dijo el médico finalmente, mientras las entrañas de los Heredia reemprendían la marcha de forma paulatina
y se acostumbraban a la noticia. No sabemos aún qué es se disculpó por no ser más explícito, pero le haremos análisis de sangre, de orina y placas de Rayos X
para determinar las causas de su afección.
¿Todo eso ha sido culpa del golpe? preguntó Juana.
No exactamente. La caída le ha fracturado la rodilla, pero si no fuera por la osteoporosis de los huesos, seguramente solo se hubiese hecho un esguince y se hubiera
recuperado en unos días. La enfermedad hubiera aflorado de cualquier forma, tarde o temprano vaticinó. Pero aún hemos tenido suerte de detectarla a tiempo dijo
para tranquilizarles.
Para los Heredia solo era el nombre de una enfermedad. Nada más. Eran unas palabras extrañas que no decían nada acerca de la magnitud de lo que le ocurría a su hijo.
Sandra casi lloró. Había estudiado en el instituto y sabía que las enfermedades no son solamente palabras, sino que son algo más, que se corresponden con
acontecimientos, que son formas de nombrar a la desesperación. Por la cabeza de Juana y Luis transitaron cientos de preguntas y sus cerebros se llenaron de demandas
y aclaraciones: «¿Por qué a nuestro Martín, por qué a nosotros?»
Son preguntas que todos se hacen cuando ocurren desgracias, pero que nunca se hacen cuando

Orden de autor: Navarro, Esteban
Orden de título: Ángeles de granito
Fecha: 21 ago 2016
uuid: 42046b6f-33d5-4dbb-bd17-4c57d049f03e
id: 148
Modificado: 21 ago 2016
Tamaño: 0.95MB

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