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Antes del amanecer – Marta Escudero

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Resumen y Sinopsis De 

Ella se convencía de que simplemente estaba aburrido de las clases y necesitaba un espacio de libertad, así que no insistió mucho, únicamente le exigía que no
perdiera el año. Eduardo comprendió dónde estaba el límite exacto que no debía sobrepasar para no perder el año completo y lo respetó, así que Eva estaba satisfecha.
Se había convencido a sí misma de que sus dos hermanos eran chicos buenos.
Sin embargo, al recibir la llamada telefónica en el bar, tuvo la certeza de que Eduardo se había metido en un problema serio y la actitud del chico se le reveló como un
indicio de esto.
Pero ahora, mientras esperaba en el asiento frío e incómodo de la comisaría, comprendió que siempre había sabido que su hermano se había convertido en un chico
problemático y también sabía quién era la culpable de eso. La personalidad de Eduardo había cambiado por completo cuando su madre había entrado en la peor crisis
depresiva de su vida.
Ella lo había abandonado, los había abandonado a todos a su suerte, aunque siguiera viviendo con ellos, ella estaba ausente. Y ella era la única culpable de que ese
viernes por la noche Eduardo y Eva estuviesen en esa comisaría, Eva no tuvo duda de ello en ese momento. Sin embargo, no pudo evitar sentir que le había fallado a
Eduardo, que no había podido arreglarlo.
Eva revisó su reloj y se dio cuenta de que había pasado media hora desde que la habían hecho sentarse allí y aún nadie la llamaba. Se levantó del asiento y comenzó a
deambular por la comisaría. Eran casi las nueve de la noche y no había mucha gente allí. Era un lugar bastante pequeño, se podía abarcar fácilmente con la mirada las
oficinas existentes y se veía un pasillo cerrado y pequeño por el que ella adivinaba que se accedía a las celdas. Sintió el impulso repentino de correr por allí, tomar a su
hermano y escaparse. No solo escaparse de la comisaría, sino de la ciudad, del país, de sus vidas. Pero desechó ese pensamiento y fue sustituido por otro más racional,
comenzó a preguntarse si debía llamar a su madre para avisarle lo que sucedía.
La madre de Eva era una mujer aún bastante joven, en los inicios de sus cincuenta. Sin embargo, la enfermedad la había agotado de tal manera que parecía tener diez
años más. Vivía completamente aislada en su habitación, no podía llevar a cabo las tareas más sencillas y las pastillas que tomaba para combatir la depresión tenían
tantos efectos secundarios que la dejaban aún peor. Aún si Eva intentó decidir si debía contarle a su madre el problema en el que se había metido Eduardo. Pero pensó
que ella probablemente no se daría por enterada, así que no valía la pena.
Estas reflexiones la distrajeron durante otros minutos más, hasta que recorrió tantas veces el mismo espacio pequeño de la sala de espera que la policía que la
atendió la estaba mirando con desconfianza, así que se acercó a ella.
¿Cuánto tiempo más tendré que esperar?
Señorita, el oficial que puede darle información sobre su caso está atendiendo una emergencia. Puede irse a su casa y regresar mañana a primera hora, si así lo
desea.
No, por supuesto que no. Lo esperaré aquí respondió con firmeza. No pensaba dejar a Eduardo solo toda la noche, aunque no pudiera verlo, ni él a ella.
Eva decidió sentarse de nuevo en la misma silla. Mientras caminaba hacia ella, entraron tres mujeres haciendo un escándalo enorme. Una le gritaba a la otra una
cantidad incalculable de insultos y groserías, mientras aquella lloraba, y la tercera parecía estar bajo los efectos de algún psicotrópico.
Las tres mujeres iban vestidas con faldas muy cortas y tacones muy altos. La que iba lanzando insultos sin parar se acercó al escritorio de la policía y le pidió que
apresaran a su acompañante por haberle robado su dinero. Se acercaron varios policías e intentaron calmar la situación mediante el diálogo hasta que las dos mujeres
comenzaron a golpearse mutuamente y la policía decidió intervenir activamente.
Eva encontró esta pequeña escena graciosísima y entretenida. Se olvidó por un momento del motivo que la tenía allí esperando y, sin darse cuenta, se quedó
dormida.
Un chirrido la despertó y se levantó de golpe. La mujer policía estaba cambiando de posición una de las sillas y había sido el sonido de esta contra el suelo lo que la
había despertado. Eran las diez de la noche.
Buenas noches le dijeron a Eva desde detrás de su silla.
Justo antes de darse la vuelta para mirar a la persona que le hablaba sintió que reconocía lejanamente la voz. Luego, al mirarlo, comprendió que el cabello y los ojos
negros eran inconfundibles.
¡Eva! le dijo Juan al reconocerla. No puedo creerlo, hace tanto tiempo que no te veía. ¿Cómo estás?
Qué alegría verte. No sabía que eras policía respondió Eva mientras se levantaba para saludarlo con un abrazo y un beso en la mejilla. Juan la miraba con alegría
pero la sonrisa se le cayó de repente.
Claro, por supuesto, tú eres la hermana del chico… ¿Es así? le preguntó sombríamente.
Supongo que sí.
Lo siento, Eva. Es increíble, no se me pasó por la mente que podría ser el mismo Eduardo que conocí cuando era un niño pequeño.
Eva no supo qué responder a eso. Hacía ya bastante tiempo que no pensaba en Juan o, más bien, que solo lo recordaba de vez en cuando. Y al verlo allí, delante de
ella, con la misma sonrisa y los mismos ojos de siempre, todos los sentimientos regresaron amontonándose en su estómago. Pero la situación en la que se encontraba se
antepuso a todo esto y lo dejó a un lado.
¿Tú eres la persona a la que llevo dos horas esperando? Necesito saber qué pasó, quiero sacar a mi hermano de aquí lo más pronto posible respondió Eva,
ignorando las disculpas de Juan.
Juan se mostró incómodo ante su dureza y se alejó de Eva intentando tomar una apariencia más profesional.
El joven fue encontrado manejando un automóvil robado a eso de las cinco de la tarde del día de hoy. El procedimiento es el siguiente: el oficial a cargo examinará
su situación y abrirá un expediente que definirá cómo se llevará a cabo el juicio del joven.
Juan lanzó esta retahíla de información como si se tratase de algo que se había aprendido de memoria hacía años.
Eva sintió que las fuerzas que había estado acumulando para afrontar la situación con entereza se desaparecían.
No entiendo. ¿Qué es lo que se debe definir en el juicio? Estoy segura de que todo esto es una confusión.
El juicio definirá la condena de Eduardo. Si se le encuentra culpable, pues… siendo menor de edad, probablemente, será enviado al reformatorio por un par de
años… quizá menos que eso.
Juan, al decir esto, fue perdiendo su carácter policial y se acercó a Eva.
Ella se sentó de golpe en la silla y puso su cabeza entre las manos. Sintió inmediatamente un punzante dolor de cabeza.
¿Hay café? preguntó sonando bastante serena.
Juan parecía confundido, pues había supuesto que se echaría a llorar desconsoladamente.
Sí, claro, hay café. Yo puedo traerlo, ¿cómo lo quieres?
No, yo iré contigo. No quiero estar sentada aquí respondió y lo acompañó en dirección al pasillo angosto que Eva había pensado que se dirigía a las celdas.
Llegaron a una máquina de café pequeña y con pocas opciones. Eva se pidió un capuccino y Juan un latte.
Pensé que pedirías Mocca.
¿Ah? preguntó Eva distraída . ¿Por qué?
¿No te acuerdas? Comprabas Moccachino todos los viernes en el café de la esquina. Nadie entendía por qué te gustaba tanto.
Eva de pronto recordó vívidamente momentos entremezclados de esos tantos viernes en que salían en grupo del instituto y ella insistía en que la esperaran mientras
se compraba un café. Ellos se quejaban pero siempre la esperaban. Ella compartía el café con Juan porque era al único al que le gustaba.
Tú sí me entendías.
No, la verdad es que… No me gustaba el café respondió Juan sonriendo.
¡Claro que te gustaba! Siempre me pedías que te diera un poco.
Juan se echó a reír a carcajadas y Eva no entendía nada.
¿De qué te ríes? preguntó confundida.
No me gustaba el café, odio el Moccachino. No tiene sentido tomar una café con sabor a chocolate, me gusta el café con sabor a café. Solo quería tener algo que
compartir contigo, algo especial. Sé que suena estúpido… dijo Juan encogiéndose de hombros y sonriendo con picardía. Eva se sonrojó ante la sorpresa, tardó
bastantes segundos en entender lo que ese comentario significaba.
Juan y ella habían sido amigos muy cercanos durante los últimos años del instituto. Habían formado un grupo de seis amigos que hacían casi todo juntos, pero luego
de la graduación todos habían tomado caminos distintos y Eva nunca tuvo contacto con ninguno de ellos de nuevo.
Pero su relación con Juan siempre había sido especial. Eva lo quería de una forma diferente, le importaba más su opinión que la de cualquier otro y se moría de celos
cada vez que Juan llevaba a su novia a los planes del grupo. Había estado siempre enamorada de él pero nunca se había atrevido a decírselo, así que ese comentario
acerca del Moccachino había desencadenado unas esperanzas viejas y escondidas en el corazón de Eva.
Pero muy pronto recordó el lugar en el que estaba y el hecho de que era precisamente Juan quien tenía la potestad de ayudarla o de hundirla aún más en la
desesperación, era él quien había apresado a su hermano y, probablemente, era él mismo quien podía liberarlo.
Tienes razón, suena bastante estúpido respondió Eva riéndose y Juan se echó a reír con ella.
Ambos se tomaron sus cafés en silencio. Eva sintió que el calor de la bebida y la compañía silenciosa de Juan la tranquilizaron.
Luego de tomarse el café Juan le pidió que entrara con él a una oficina

Orden de autor: Escudero, Marta
Orden de título: Antes del amanecer
Fecha: 08 ago 2016
uuid: 8828c2e3-5fcb-49c4-9160-5f38df5e2d85
id: 73
Modificado: 08 ago 2016
Tamaño: 0.51MB

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