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Arroba al corazón – Marie N. Vianco

Arroba al corazón – Marie N. Vianco

Sinopsis De 

Libro Arroba al corazón – Marie N. Vianco

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Una llamada desde la red
Margot sacó las flores viejas del
jarrón y las echó en una bolsa de
plástico, tras esto tomó el florero, lo
llenó de agua en el cuarto de baño y
puso flores nuevas. Las hermosas
margaritas pronto le dieron un toque de
alegría a aquella habitación con olor a
medicamentos, tan insípida e
impersonal.

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“A Maximilien le gustarán” —pensó
fijando la vista en las flores frescas y en
el cristal de la ventana.
—¿Dónde quieres que ponga esto?
—escuchó de pronto decir a Gerard a su
espalda. Llevaba una caja de cartón de
aspecto ligero y lustroso.
El rumor de la megafonía del
hospital se coló de pronto en la
habitación y Gerard cerró la puerta con
premura, odiaba ese sonido, prefería mil
veces el silencio que escuchar a los
médicos llamarse los unos a los otros
por los pasillos.
Margot le señaló con la cabeza un
espacio libre junto al jarrón de cristal.
Gerard suspiró e hizo lo que le decía
su mujer, colocó la caja junto al florero,
la miró ansioso.
—¿Crees que funcionará?
Margot se encogió de hombros, para
aquellas alturas ya no estaba segura de
nada.
—Ni idea, es un experimento más,
pero en casos como el suyo, tan sólo los
estímulos pueden ayudarle. Si esto no le
despierta, no sé qué lo hará —sentenció.
Entonces se giró y sus ojos se posaron
sobre la figura quieta e inmóvil de
Maximilien. Ahí, acostado sobre su
cama y profundamente dormido, casi
recordaba a un gran bloque de piedra.
Con aspecto demacrado, Gerard
acarició con ternura la melena castaña
de su mujer, hacía mucho tiempo que no
lo hacía y aquel gesto le lleno de paz.
Sus mejillas ya no eran tan lozanas como
antes y varios surcos recorrían el
contorno de sus ojos, pero su mirada
melada seguía siendo la misma: fuerte,
decisiva, de aquellas capaces de
definirlo todo con un solo golpe de
vista. Entonces le dio un espontáneo
beso en los labios que la tomó por
sorpresa, sonrió travieso. Tras esto se
marchó sin mediar palabra. Lo suyo
nunca había sido la comunicación, y
Margot lo sabía, era ella la que siempre
hablaba por los dos y decidía también
por ambos. Era ella el motor de su
pequeña familia.
Ahora se enfrentaba a la prueba más
dura de su vida: despertar a Maximilien
de aquel sueño y traerlo de vuelta como
fuera.
Todo había ocurrido tan rápido que
parecía más bien una broma del destino.
Max acababa de llegar de Irlanda, se
había visto obligado a interrumpir su
estancia en Dublín y no le había
quedado más remedio que volver a casa.
Tres días llevaba viviendo con ellos y
ya volvían a discutir. Él, porque le
recriminaba que no dejara de llamarle
“bala perdida,” y ella, porque veía que
con su actitud de “veleta” jamás llegaría
a ningún lado. Gerdad, como siempre,
en actitud impasible y callada. Fue tras
aquella última discusión, cuando Max
tomó las llaves del coche y se largó de
casa dando un portazo. Diez minutos
después se había salido de la carretera y
estrellado contra un muro. Ninguna
lesión de cuidado excepto en la cabeza,
un traumatismo que le había dejado en
coma por varios meses y del que aún no
despertaba.
“En casos como éstos, el paciente
puede despertar mañana como dentro de
unos días, meses o incluso años. Los
estados de coma siguen siendo un
misterio para la ciencia; no me veo
capacitado para darle una respuesta,
cada persona es un mundo.”
“¿Y no hay nada que se pueda hacer?
¡Tiene sólo veintiún años!”
“Al margen del tratamiento médico,
sólo le puedo decir que necesita
estímulos, háblele, cuéntele cosas,
cualquier palabra, sonido o recuerdo
puede ser un detonante. Piense en las
cosas que le gustan y le hacen feliz e
intente que le lleguen. Todos tenemos
algún motivo que nos toca la fibra y eso
es, precisamente, lo que necesita
Maximilien.”
El problema estaba en que, a pesar
de ser su madre, desde hacía tiempo que
Max se había convertido en un
desconocido para ella y para Gerard,
¿qué le gustaba a su hijo?
Tras el accidente y el diagnostico
del coma, Margot y Gerard registraron
la habitación de Max de cabo a rabo,
buscando lo que fuera que le “hiciera
feliz”, tal y como les había aconsejado
el médico. Encontraron varios cds de
música indie, rap francés y música
inglesa entre sus cosas, así que llevaron
el reproductor portátil de Max al
hospital y se los pusieron; también se
dieron cuenta de que entre los libros que
leía había varios de Joe Abercrombie y
le leyeron dos de ellos. Echaron mano
de los pocos amigos que le quedaban en
el barrio e intentaron averiguar si existía
alguna chica que le interesara y que
hubiera dejado antes de iniciar su viaje,
pero tampoco tuvieron suerte; nadie
sabía nada de esos asuntos. Le hablaron
pacientemente del pasado, de cuando era
niño y todo era más fácil, antes de que
todo se estropeara cuando Max se
convirtió en un preadolescente y empezó
a buscar su propia identidad. Antes de
que Margot, con su carácter matriarcal y
dominante, decidiera marcarle las
pautas a seguir, imponiéndoselas, casi
asfixiándole, sin dejarle ser él mismo,
todo frente a la cómoda pasividad de su
padre, Gerard.
Margot arrastró una silla y la colocó
junto a la cama de su hijo. Tomó la caja
de cartón y se sentó.
Sobre su regazo descansaba su
última esperanza.
Fue gracias a una pequeña libreta
muy bien oculta en el fondo de uno de
los cajones del escritorio de Max, como
se había originado todo. Allí su hijo
guardaba la contraseña de su cuenta de
correo electrónico y fue como su madre
pudo acceder a sus emails. Todo había
sido muy extraño, pues nada más abrirla,
se topó con decenas de correos de una
misma persona: ElisaGuz@…com.
Tras leer el primer email supo que
no se trataba de spam. Estaba escrito en
un inglés no nativo, pero sí muy fluido y
correcto:
“Hola, soy yo, por fin me he
decidido a escribirte, será bueno
recuperar el contacto; puede que no sea
demasiado tarde para salvar nuestra
amistad.
Supe que tuviste problemas por lo
de tu nacionalidad y he pensado que tal
vez sea porque estás en Dublín, si
regresaras al Reino Unido las cosas
podrían ser mucho más fáciles, ya sabes,
por lo de la visa.
No te quito más tiempo, tan sólo
quería saber cómo estabas y decirte que
si necesitas ayuda tan sólo dímelo. Yo
estaré aquí en Cardiff por un tiempo
más, estoy preocupada por ti, Max.
Cuídate.
Elisa”.
Aquel primer correo había sido
enviado hacía cinco meses, para
principios de abril, pero Max no había
podido siquiera leerlo. No le había dado
tiempo, pues días antes había tenido el
accidente.
Margot abrió la caja, estaba llena de
folios impresos con los correos de
aquella desconocida llamada Elisa. Los
había leído todos, y con vergüenza, no le
había quedado más remedio que
reconocer que no conocía a su hijo. Pero
sorprendentemente existía alguien que
sí, y que se había convertido quizás en
su última posibilidad de recuperarle.
Ella y Gerard le pondrían voz a las
palabras de Elisa, y quién sabe si algún
día y desde donde quiera que se
encontrara Max, fuera capaz de
escucharla.

Bournemouth:
El espacio entre nosotros

E-mail 1
You´ve got mail! ElisaGuz@…com
Sé que todavía no me has
contestado, pero no puedo evitar venir
aquí y volverte a escribir, es como si
todavía siguiéramos juntos, qué cosas se
me ocurren. También sé que no sabes
nada de mi vida desde que nos
separamos, han pasado muchas cosas y
no me quejo, pero la verdad es que te
echo mucho de menos, bastante, quizás
demasiado y no parece que vaya a
mermar.
Cuando llegué a Cardiff todo era
incertidumbre, el día soso y sombrío
resultó ser una copia exacta de mí
misma. Mi viaje en autobús desde
Bournemouth fue una tortura, empecé a
echar de menos a la gente, el hotel,
tantas cosas; tu recuerdo me hirió
despiadadamente. Es un sentimiento de
desasosiego el que se experimenta
cuando se está en una ciudad totalmente
sola y sin nadie a quien recurrir. Sentí
angustia, tristeza, y sin proponérmelo,
comencé a odiar la compañía de mis
recuerdos.
Nada más llegar a Cardiff, me alojé
en un hostal y empecé a buscar trabajo.
Fue bueno para mí el tener la mente
ocupada en cosas que no fueran
Bournemouth, y durante mi estancia en el
hostal, hice una nueva amiga, una chica
de las Islas Seychelles y que estudiaba
en Exeter, en la universidad.
Con ella pasé mi primer fin de
semana en la capital galesa y la verdad
es que me hizo mucho bien su compañía.
Su nombre era Laurence y fue con ella
con quien recorrí la ciudad por primera
vez. Dormíamos en camas contiguas y
charlábamos acerca de nuestras vidas y
de nuestras respectivas experiencias en
el Reino Unido.
Laurence tenía veintitrés años y
llevaba tres en Inglaterra estudiando
psicología en la universidad, gracias a
una beca que le habían dado en su país.
Disponía siempre de interminables
vacaciones durante Semana Santa y
Navidad, vacaciones que no podía pasar
en casa por lo costoso que resulta un
billete hasta las Seychelles; por eso
solía viajar a través del país, para matar
el tiempo y al ritmo que le marcaba su
propio bolsillo. Cada verano volvía a
casa y se tiraba dos meses disfrutando
de la playa y de la vida en familia.
Aquel año era el último de su carrera y
volvería a casa en junio, tras su
graduación. Allí tendría la obligación de
trabajar por tres años más como
servicio a su país por haberle ayudado a
costearse los estudios en Europa, era
algo así como, una deuda adquirida que
debía de saldar con tiempo de su vida.
Cuando Laurence se marchó, llegó
para mí el vacío sin paliativos, esta vez
sí que estaba completamente sola. Pero
por suerte no sufrí demasiado, ¿qué por
qué no? Pues porque en el fondo

Arroba al corazón – Marie N. Vianco

necesitaba soledad, me hacía falta
recuperar el control tras lo ocurrido en
Bournemouth contigo. Durante el tiempo
vivido allí, dejé de tener vida

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