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Atada y castigada por el millonario – Beatriz Lefebvre

Atada y castigada por el millonario – Beatriz Lefebvre

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Resumen y Sinopsis De 

Atada y castigada por el millonario – Beatriz Lefebvre

molestarme más.
¿Qué vas a hacer, Rosalía? No puedes dejarle escapar así como así.
No chica, no puedo… ¿Qué quieres que haga?
Pero no me seas inocente mujer, acércate y dile hola al menos. ¡Ahora, rápido, que se va!
Me giré para verlo: efectivamente así era, el hombre se despidió del dueño del café con el libro en la mano (parecía que era esto lo que venía a recoger) y marchó con el
mismo paso decidido hasta su vehículo. ¡Tenía que actuar rápidamente! De un brinco me levanté de la silla, e hice mi camino entre las sillas de la terraza, para acercarme
hasta donde él estaba. ¡Pero él iba demasiado rápido!
¡Perdona!
Sé que esto fue torpe, pero no vi otro modo de llegar a él antes de que abriese la puerta de su coche. El hombre se dio la vuelta, intentando entender si era a él a quien
se dirigían, y me vio venir con una expresión de confusión.
¿Sí? dijo, con un gesto de duda y recelo. Sentí un poco de vergüenza, habiéndole abordado de un modo tan brusco, dando un grito a su espalda. Pero al menos
ahora tenía su atención.
Euhh me costó comenzar una conversación, de tan nerviosa que estaba. Al final, haciendo fuerzas de flaqueza, conseguí juntar algunas palabras, disculpe, pero
usted me parece… interesante…
¿Había dicho esto? ¡Dios, qué vergüenza! Tenía la sensación de hundirme en un pozo, y que el hombre iba a mandarme a paseo sin ni tan siquiera una palabra. Pero,
por lo que fuera, ¡me equivoqué! Comenzó a reírse alegremente.
¡Oh vaya, me halagas, gracias! Siempre le hace sentir bien a uno recibir un cumplido de una mujer bonita.
Creo que sonrojé como nunca lo había hecho en mi vida. Nunca hubiera imaginado que fuera tan difícil el acercarse a alguien para decirle hola… ¿o quizá era
simplemente mi timidez, que volvía a jugarme una mala pasada? Desde luego, creo que a partir de ese día apreciaría un poco más los esfuerzos de los hombres que
venían a entablar conversación en la discoteca (quizá sólo un poco más, ¡pero algo!). No supe cómo continuar la conversación, así que (quizá torpemente) me concentré
en aquel material venido de lejos:
Sí… me gusta su estilo… y tiene unos gemelos muy bonitos. ¿Ámbar azul, no?
Vaya, gracias de nuevo, nunca me habían lanzado tantos cumplidos sonrió maliciosamente, algo que me agradó, aunque seguía estando bastante nerviosa. Sí,
ámbar azul es el material. ¿Y cómo sabes eso? No hay mucha gente que se fije en esos detalles.
Oh, trabajo las joyas y los materiales preciosos… ¿puedo verlos de cerca?
El hombre se sorprendió sobremanera de mi petición, quedando con ojos de desconcierto por un momento. Finalmente, rió de buena gana, y extendió su brazo para
que los viera con más detalle. Eran unos gemelos verdaderamente preciosos, mostrando los raros reflejos de este material.
Nunca había visto nada igual dije. ¿Te has fijado en cómo luce cuando le da la luz del sol? y dudando un momento. ¿Te puedo llamar de tú?
¡Jajaja! se rió a pleno pulmón, provocándome aún más sonrojo. Por supuesto que puedes. Eres muy tímida, teniendo en cuenta que eres capaz de venir
corriendo a decir a un desconocido que le encuentras guapo.
Hey, no estoy segura de haber dicho eso estábamos bromeando los dos, por fin sintiendo algo más de comodidad y complicidad.
Déjate de tonterías, te ha faltado echarte en mis brazos dijo con una sonrisa de pícaro. Me llamo Jean, ¿y tú?
Rosalía… pero tampoco quiero que creas que he venido en plan buscona dije, casi ahogándome en mis palabras, y por un momento muriéndome de la vergüenza
. Realmente me interesaban tus gemelos… bueno, y tú… creía que me estaba hundiendo en el fango cada vez más, no sabía cómo salir de esta frase que había
comenzado.
¡Jajaja! volvió a reír. Me relajaba que se tomase de un modo tan ligero mis torpezas. Tranquila Rosalía, no pasa nada, me has alegrado la tarde. ¿Qué estabas,
tomando algo en la terraza? Yo vine a recoger una copia del libro que ha escrito el dueño de este café, ¿le conoces? Es amigo mío, un tipo muy agradable.
No supe qué responder (¡me sentía idiota en aquel momento!), creo que sólo reí como una muchacha nerviosa. Pasaron unos segundos de silencio un poco tenso (al
menos por mi parte, Jean parecía estar en control de la situación en todo momento).
Rosalía, debo partir ahora, tengo una reunión de negocios en casa. Es una pena que no me pueda quedar contigo, pero tranquila, tomaremos un café un día de estos,
¿vale?
¿Puedo acompañarte?
No me creí lo que estaba diciendo. Pero sí, yo había pronunciado esas palabras.
¿Cómo?
¿Durará mucho tu reunión?
No creo, apenas diez minutos, deben firmar un contrato del cual ya hemos discutido todas las cláusulas, conque debería ser muy rápido.
Quiero ir contigo, Jean. Llévame a tu casa. Llévame donde quieras.
Jean no rió a esto, me miró tranquila y serenamente. Yo no creía haber dicho lo que había dicho: algo estaba tomando el control de mis palabras y pensamientos, algo
que era superior a mí y no era mi mente. Creí adivinarlo, notando lo húmeda que estaba allí abajo. Le deseaba. Le deseaba demasiado. Los gemelos de ámbar eran la señal
que esperaba mi cuerpo para convencerse de que este hombre era alguien que no podía pasar por alto. Todo en él me interesaba y me llamaba a conocerle: su elegancia,
su saber estar, su calma masculinidad. Parecía un hombre en perfecto control, alguien que no se alteraba cuando la adversidad llegaba, alguien que era capaz de mantener
su calma cuando todo el mundo se volviera loco. Y todo esto me excitaba de un modo casi animal. Quería su cuerpo.
¿Estás segura de lo que dices? me respondió, después de unos largos segundos.
Sí. Totalmente y en este momento, sí asumí mis palabras. Si esto era lo que quería, me dije, tenía que llegar hasta el final, o de otro modo sólo sentiría

Pages :13

Autor De La  novela : Beatriz Lefebvre

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Atada y castigada por el millonario – Beatriz Lefebvre

arrepentimiento, por las experiencias que uno deja pasar por su lado sin disfrutar.
Ok, perfecto. Sube al coche.
Y con una gran sonrisa, agité la mano para despedirme de mi amiga, que en la

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