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Bittersweet the beginning – Melanie Rostock

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Resumen y Sinopsis De 

Bittersweet the beginning – Melanie Rostock

La madre de Connie saca el brazo por la ventanilla del todoterreno y ella asiente en su dirección. Nos damos un achuchón y un sonoro beso en la mejilla.
Ya sabes, mándame whats explicándome qué tal le guiño un ojo.
Puf. Si no ha pasado nada en cinco años, no será ahora. Habla del chico que también veranea por allí. Su familia vive en la casa de al lado y sus primos van con él,
pero ella no se ha atrevido a cruzar más de tres palabras atropelladas en todo este tiempo. Yo la animo cada año pero vuelve igual que se fue, loquita por sus huesos
pero muda cuando lo tiene delante. Dice que hasta le entran temblores.
Tómate algo, Connie. Un buen trago y ya verás cómo te sueltas más.
No me gusta beber contesta caminando hacia atrás. Por lo menos ahora sí que sonríe de verdad.
Los rubios con ojos azules son chicos normales, Connie, no son dioses inalcanzables. Recuérdalo.
Sí, ya te contaré.
La madre de Connie se despide y me dice que le dé recuerdos a mis padres. Han coincidido alguna vez pero a mi madre la pone muy nerviosa, dice que emplea
demasiada energía en averiguar lo que ocurre en la vida de los demás. Y cuando lo dice pienso que me gustaría que ella empleara un poquito más de energía en saber de la
mía.
Cuando llego a la puerta del vestuario, las risas que tanto conozco me dejan paralizada. La puerta está entreabierta y huelo el humo del tabaco desde aquí. Son ellos,
todavía no se han marchado y yo tengo que cambiarme, no me voy a ir con el uniforme puesto. Si paso por casa no llegaré a tiempo y hoy es el último día para
apuntarse.
Creo que llevo quieta unos minutos sin saber qué hacer hasta que decido que lo mejor será dar media vuelta y cambiarme en un aula vacía. Pero entonces alguien abre la
puerta, es Valerie que va con ropa de calle y en la mano lleva la falda de uniforme toda pintada, con firmas, frases y dibujos. Me mira de arriba abajo y suelta una risa
abriendo la puerta de par en par.
¿Alguien ha invitado a la pava a la fiesta?
Dentro, Alec con el cigarro en los labios y un rotulador en la mano me mira y sonríe irónicamente. Está escribiendo algo en el sujetador de Carol. Erika está con otro
chico de clase y también está escribiendo algo en el suyo. Hay una botella de licor de manzana en el banco. Se ríen sin parar.
Ya estoy dentro, de modo que ahora lo mejor es meterme en uno de los baños, cambiarme y volverme a ir. No es la primera vez que me repito la misma frase de: «pasa
de ellos, intenta que no te afecte». Pero noto el picor en la nariz y las lágrimas están a punto de contradecir ese mismo razonamiento. Giro a la derecha sin mirarlos y me
meto en el último baño.
Bueno, yo me piro. ¡Nos llamamos! dice Valerie y la puerta se cierra.
Pero, ¿qué hace esta aquí? ¿Cómo se ha enterado? pregunta el chico que está con Erika.
A ver si van a venir los profes interviene Erika.
No sabía que estábamos aquí. O a lo mejor quiere que le firmes en las tetas, Alec bromea Carol.
Yo no pienso ni tocarla. ¡Qué asco! dice Alec. Pero mejor nos abrimos. Vamos a la bolera.
No tengo muchas ganas de jugar a los bolos escucho la voz melosa de Carol.
Me he puesto los tejanos a toda prisa, me quito el polo y me pongo una camiseta, guardando el uniforme en la bolsa sin doblar. Estoy tan preocupada por ir rápido que
no me doy cuenta de que hace unos segundos que ya no me llega el eco de sus voces. Suelto un suspiro de alivio. Miro la hora en el móvil. «Mierda, si no me doy prisa
me voy a quedar sin cursillo».
Salgo del cubículo y avanzo rápidamente hacia la puerta. El vestuario está ahora desierto pero el olor a tabaco y alcohol impregna el ambiente. Coloco la mano en la
manija plateada y tiro hacia mí. No se abre.
De pronto el pánico se apodera de mí. ¡Me han encerrado! No sé de donde han sacado las llaves pero no me importa. Solo quiero salir de aquí. Intento abrir lo más
fuerte que puedo, gruñendo, desesperada, pero es imposible, está cerrada con llave. Cojo el móvil, que se queja de poca batería y llamo a mi madre pero no lo coge.
Llamo a mi padre, salta el buzón de voz. El móvil vuelve a quejarse de poca batería. Marco el número de Connie y me contesta al tercer tono.
Tía, ahora no puedo hablar que tengo que…
Connie la interrumpo, por favor llama al colegio y diles que me he quedado pero el móvil se apaga a media frase.
Las ideas catastrofistas empiezan a martillearme la cabeza, como si fueran bolas de billar que van chocando unas con otras: me quedaré todo el verano encerrada en este
vestuario sin que nadie sepa dónde estoy, es tan patético que solo puede pasarme a mí, porque soy así de perdedora. Las lágrimas sacan toda la impotencia que llevo
dentro, y tengo hasta ganas de vomitar. Aporreo la puerta, a lágrima viva hasta que las manos me quedan rojas y doloridas. Me siento en el suelo, tapándome los ojos
que me escuecen con las manos.
«Se halla sin vida a una adolescente en el vestuario de un instituto. Llevaba desaparecida un mes y una semana». Suelto una risa histérica. De loca.
Me vuelvo a levantar y le pego patadas a la puerta, gritando como una energúmena. Hasta que me quedo sin voz. Pero nadie lo oye. Ya no queda ni un alma en el
instituto.
Me quedo encogida en el suelo, en posición fetal, con la vista fija en las baldosas blancas y, de pronto, me acuerdo de algo que me hace sentir estúpida. Esta mañana le
he dicho a Berta que me llevaría el cargador del móvil porque no me había acordado de cargarlo por la noche, y me iba a quedar sin batería.
Sonrío y me imagino que debe ser una de esas sonrisas desvalidas de un náufrago que da con algo que lo sacará de esa isla perdida.
Cuando lo enciendo, tengo seis llamadas perdidas. Vuelvo a llamar a mi madre.
2
Después del lamentable capítulo del vestuario me las ingenié para que el profesor de literatura me guardara una plaza. Creo que tal y como estaba en esos momentos
sintió pena por mí. Por la voz debió notar que estaba afectada por algo. Incluso bromeó diciendo que si tanto significaba para mí, me reservaría esa plaza y cualquier
otra que quisiera. Que podía pagar la matrícula el primer día del curso.
Ahora estoy subiendo las escaleras de un edificio de viviendas que parecen las de la salida de emergencia de un pub. La iluminación es igual de oscura. Pero no me puedo
quejar, la página web estaba hecha con títulos de WordArt, los cursillos escritos en Times sobre un pergamino electrónico, y un monigote de aquellos negros que
pretenden ser dibujos de oficina con el teléfono descolgado al lado de un número de teléfono en negrita.
Todo el conjunto no me ha pillado de sorpresa, y aunque viva en la zona bien, no tengo ningún tipo de remilgos. El profesor me dio buenas vibraciones por teléfono, y
si da bien la clase, no me importa dónde sea.
Cuando llego al cuarto piso, respirando afanosamente por haber subido tantas escaleras, me encuentro la puerta abierta, y unas voces alegres me dan la bienvenida. La
sala se ve muy grande por la falta de muebles. La gente está sentada en mitad de la estancia, en círculo y, si no fuera porque todos tienen hojas impresas, libretas y
libros en la mano, parecería una sesión de terapia de grupo.

Pages : 16

Autor : Melanie Rostock

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Bittersweet the beginning – Melanie Rostock
El profesor, un hombre menudo de mediana edad me señala un sitio libre. Casi al final de cada frase, que construye más de una vez por lo rápido que habla, suelta una
risa.
Has llegado justo a tiempo para presentarte. Ahora estábamos, antes de que llegaras

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