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Caemos juntos por la misma gravedad – M. G. Aybar

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Resumen y Sinopsis De 

No, no así no, Alex.
¿Cómo les cuento esto sin que les parezca muy cliché?
Mm..
Está bien, tengo una idea.
Vamos de nuevo.
El día en que la vi no pude conectar mi bulbo raquídeo con mi cerebro y por ende no pude hablar y tan solo tenía cinco años y era mi primer día de escuela.
Sus ojos color sol eran las esferas más brillante que jamás pude haber visto, su pelo rubio cenizo arreglado en dos simples coletas, le daban el aire de niña buena pero
con una sonrisa vacía porque le faltaban dientes pero no me hagan caso… Entiendan algo, era un niño de cinco años que les trataba de explicar cómo era la chica de la que
se enamoró en su primer día de clases.
Pero en fin, ella estaba sentada a dos mesas de la mía junto a cuatro niños más: una morena, una rubia y dos bobos que no paraban de llorar por su mamá. En mi mesa
para mi felicidad estaba compuesta por tres compañeros. ¡Gracias al cielo!
Ahora chicos, necesito que todos guarden silencio mientras paso la lista. Ya saben lo que tienen de que decir cuando mencione sus nombres anunció la maestra
Mayra Gómez.
¿Y qué es lo que tenemos que decir? cuestionó el chico con demasiado pelo oscuro en su cabeza y cejas unidas formando una enorme y fea ceja, sentado a mi
lado.
Contestaras: presente, profesora respondió la maestra.
Mi maestra no era como todos siempre la imaginábamos. En vez de ser sexy, era gorda, pelo mal arreglado. Ese día vestía una falda larga hasta los talones color negra,
una blusa azul manga larga y unos zapatos aparentemente formales.
Si a todo su atuendo le sumabas que en el rostro tenía como habitante una enorme verruga, llegarías a la conclusión de que la Niñera Mágica se había escapado de la
película para venir a dar clases en mi escuela.
La maestra dio inicio al listado de estudiantes, dije presente cuando me mencionó y pasaron unos minutos hasta que mi corazón dio un vuelco cuando dijo el nombre
de ella. Mi ella.
Avril Madigan Potentini.
Presente, profesora contestó ella, dejando el eco de su linda voz infantil quedarse en mi mente por el resto del día.
Y al saber su nombre y adorar sus preciosos ojos amarillos no tuve otra opción que perderme por ella.
Durante el resto del año no paraba de seguirle los pasos como un perro faldero. Un día a la hora del recreo, estaba sentado en una de las gradas inferiores de la cancha
de baloncesto de mi escuela, junto a mis compañeros a quienes ya consideraba mis amigos: Dansther, Zahid y Jeison; Avril se apareció frente a mi girando coquetamente
una de sus coletas rubias cenizas.
Hola saludó.
Parpadeé par de veces no creyendo que me estuviera hablando a mí. Miré a ambos lados aún sin poder creérmelo.
Es a ti dijo Avril.
Sonreí.
Hola dije.
Nos quedamos en silencio mientras me preguntaba que querría ella de mí.
Quiero que me des tu refresco explicó como si hubiese leído mi mente señalando la pequeña lata de Coca-Cola que mi madre echó en mi mochila esa mañana.
Okay dije ofreciéndole el envase.
Cuando lo tuvo en su poder, exprimió todo el contenido sobre mi mata de pelo negro, dejándome completamente empapado y pegajoso. Todo mundo se estaba
riendo de mi y señalándome con el dedo porque dejé que una niña menor que yo, apenas unos meses, me jugara una broma.
Esa primera vez se la perdoné pero al pasar los años sus maldades iban aumentando de nivel.
En tercer grado, me ofreció helado de vainilla en un vaso plástico de siete onzas. Me dijo que no podía comérselo porque ya estaba llena, así que como el idiota que
era, acepté. Bueno, la cuestión es que media hora después de ingerir el helado me sentía mareado y con ganas de vomitar hasta que vacié todo el contenido de mí
estómago en medio del salón de clases frente a todos mis amigos, compañeros, la maestra y para mi mayor vergüenza: delante de Avril.
Lo peor de todo fue que casi me ahogo al vomitar porque expulsé por mi boca una lombriz. Si, una de esas que crees que no viven en el interior de tu barriga pero
sabes que están ahí.
Alex se comió una lombriz dijo Avril soltando una risa diabólica y todo el mundo se unió a ella.
La única persona que se apiadó de mi fue la maestra Bienvenida López, quien sujetándome por ambos hombros, me guió hasta la dirección donde llamaron a mis
padres e inmediatamente estos, como los padres sobre protectores que eran, acudieron a mi rescate.
Desde ese momento en la escuela todos me conocían por el nombre de “Come Lombriz”.
Al día siguiente, Dansther como el malvado del grupo, aunque sólo él se consideraba así, me aconsejó vengarme mientras balanceábamos las piernas sentados en un
puente peatonal encima de una de las calles principales de la ciudad, era una de nuestras costumbres. Los puentes peatonales eran para nosotros la única forma en la que
sentíamos que podíamos desafiar la gravedad. Pero en fin, pensé y pensé y al final, acepté pero no era bueno para eso.
Cada vez que intentaba hacerle algo a Avril, ella hacía que el golpe se me devolviera. Me sentía como si estuviera jugando con un boomerang, lo lanzaba lejos, lo
observaba perderse en el cielo y al segundo en el que me distraía volvía y puf… Me golpeaba de frente. Avril era ese boomerang.
Luego, en séptimo grado, decidí optar por otro método. Quise mostrarle a Avril que me interesaba y que por eso no quería hacerle daño. La hacía sonreír, soltaba
risas histéricas a causa de mis chistes malos y me sentía feliz, hacía el que me caía de bruces al suelo sólo para que ella se riera pero al final, únicamente obtenía como
muestra de agradecimiento: golpes en la cabeza, jugos de frutas derramados sobre mi cuerpo y uno que otros insultos. Así que, un día le dije algo de lo cual no me
arrepiento pero su respuesta fue la que llenó el cupo de todas las cosas que podía soportar.
Avril tu… tu… tu me gustas. Y te quiero… mucho dije tartamudeando cuando nos encontrábamos esperando a que nuestros padres nos fueran a recoger a la salida
de la escuela.
Avril se limitó a observarme detenidamente como si fuera algún experimento de ciencias del cual intentaba mostrar interés.
Eres tan feo y gordo, Alex. No creo que le llegues a gustar nunca a nadie dijo con su característico tono de burla que siempre usaba para referirse a mí.
Cerré mis ojos algo dolido y triste por sus palabras. No era la primera vez que alguien se burlaba de mí sobre peso o de mi rostro, pero esa vez era diferente. Quien
me hirió fue la mujer que amaba.
No abrí los ojos hasta el momento en que llegó mi mamá y me llevó a casa.
Cuando entré ese día en mi casa, corrí directamente a mi habitación y frente al espejo revisé

Orden de autor: Aybar, M. G.
Orden de título: Caemos Juntos Por La Misma Gravedad
Fecha: 12 ago 2016
uuid: 8d5ef48a-a854-476d-a1b2-228282f3a16c
id: 84
Modificado: 12 ago 2016
Tamaño: 1.13MB

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