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Camille Verhoeven 4 – Pierre Lemaitre

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Un acontecimiento se considera
decisivo cuando desbarata nuestras
vidas por completo. Camille Verhoeven
había leído esta afirmación unos meses
antes, en un artículo sobre «La
aceleración de la historia». Ese
acontecimiento decisivo, sobrecogedor,
inesperado, capaz de provocar un
cortocircuito en el sistema nervioso, lo
podrán distinguir inmediatamente del
resto de accidentes vitales porque
transmite una energía y una intensidad
particulares. En cuanto ocurra, serán
conscientes de que sus consecuencias
van a ser de proporciones gigantescas,
de que lo que ha pasado es irreversible.
Por ejemplo, tres disparos de una
escopeta de repetición sobre la mujer
que uno ama.
Eso es lo que le va a suceder a
Camille.
Y poco importa que ese día hayan
tenido que acudir, como él, al entierro
de su mejor amigo y que tengan la
sensación de que ya ha sido suficiente
para una sola jornada. El destino no es
de los que se contentan con ese tipo de
banalidades; es perfectamente capaz,
por el contrario, de manifestarse en
forma de asesino armado con una
Mossberg 500 del calibre 12 y cañón
recortado.
Queda saber ahora cómo
reaccionarían. Esa es la cuestión.
Porque la capacidad de razonar queda
aturdida hasta tal punto que la mayoría
de las veces se reacciona de forma
puramente instintiva. Por ejemplo
cuando, antes de los tres disparos,
muelen literalmente a palos a la mujer
amada y después se ve claramente al
asesino empuñar la escopeta tras
haberla cargado con un golpe seco.
Sin duda en esos momentos surgen los
hombres extraordinarios, aquellos que
saben tomar las mejores decisiones en
las peores circunstancias.
Pero si ustedes son tan solo
ordinarios se defenderán como puedan.
Y con toda probabilidad, frente a un
seísmo de tales dimensiones, estarán
condenados a lo aproximativo o al error,
cuando no reducidos directamente a la
impotencia.
Si uno es lo suficientemente mayor

Camille Verhoeven 4 – Pierre Lemaitre

como para haber pasado por alguna de
estas situaciones, imagina que ya está
inmunizado. Es el caso de Camille. Su
primera mujer fue asesinada, un
cataclismo del que tardó años en
recuperarse. Cuando se ha atravesado
ese mal trago, uno piensa que no le
puede pasar nada peor.
Es una trampa.
Porque bajamos la guardia.
Para el destino, siempre atento, es el
mejor momento para cruzarse en nuestro
camino.
Y recordarnos la infalible puntualidad
del azar.
Anne Forestier entra en la galería
Monier poco después de que abran. El
vestíbulo principal está casi vacío,
todavía flota un olor un poco mareante a
producto de limpieza. Las tiendas van
abriendo con parsimonia y sacan sus
puestos de libros o de joyas y los
expositores.
La galería, construida en el siglo XIX
al pie de los Campos Elíseos, alberga
boutiques de lujo, papelerías, peleterías
y tiendas de antigüedades. Está cubierta
de cristaleras, de modo que, al levantar
la vista, el paseante curioso puede
descubrir un montón de detalles art
déco, cerámicas, molduras y pequeñas
vidrieras. Anne podría admirarlas
también si tuviese ganas, pero, como
ella misma admite, las mañanas no son
lo suyo. Y a esas horas, las alturas, los
detalles y los techos son lo que menos le
importa.
Lo único que necesita por encima de
todo es un café. Muy cargado.
Porque hoy, precisamente, Camille ha
remoloneado en la cama. Al contrario
que ella, es madrugador. Aunque Anne
no estaba muy por la labor esta vez. Así
que, rechazando amablemente las
proposiciones de Camille —que tiene
las manos muy cálidas, es difícil
resistirse a ellas—, se ha metido en la
ducha olvidando la cafetera que había
dejado puesta, ha vuelto a la cocina
mientras se secaba el pelo, se ha
encontrado el café ya frío, ha
recuperado una de sus lentillas a pocos
milímetros del desagüe del lavabo…
Y después de todo eso, la hora se le
ha echado encima y no ha tenido más
remedio que salir. Con el estómago
vacío.
A su llegada al pasaje Monier, poco
después de las diez, se sienta pues en la
terraza del pequeño café que hay a la
entrada. Es la primera clienta. La
cafetera está calentándose aún, tiene que
aguardar a que le sirvan y si consulta su
reloj varias veces no es porque tenga
prisa. Es por el camarero, para
quitárselo de encima. Como no tiene
gran cosa que hacer aparte de esperar a
que esté lista la máquina, el hombre
aprovecha para intentar entablar
conversación. Pasa la bayeta a las mesas
de alrededor mientras la observa por
debajo del brazo y, como quien no
quiere la cosa, se va acercando en
círculos concéntricos. Es un tipo alto,
delgado, parlanchín, un rubio con el
pelo graso de los que se ven a menudo
en las zonas turísticas. Cuando termina
su última vuelta se planta cerca de ella,
con una mano en los riñones, lanza un
silbido de admiración mirando al
exterior y suelta su reflexión
meteorológica diaria, de una
mediocridad lamentable.
Este camarero es un imbécil pero no
carece de gusto, porque Anne, a sus
cuarenta años, sigue siendo una
preciosidad. Delicadamente morena, con
sus hermosos ojos verde claro y una
sonrisa arrebatadora… es una mujer
francamente luminosa. Con hoyuelos…
Y sus gestos lentos, elásticos, que
provocan unas ganas irreprimibles de
tocarla porque todo en ella parece
redondo y firme: sus senos, sus nalgas,
su pequeño vientre, sus muslos. En
verdad todo en ella es redondo y firme,
el tipo de tentación que vuelve loco.
Cada vez que lo piensa, Camille se
pregunta qué hace con él. A sus
cincuenta, está casi calvo, pero sobre
todo, sobre todo, mide un metro cuarenta
y cinco. Para hacerse una idea, tiene la
estatura aproximada de un chico de trece
años. Hay que decir también, para evitar
elucubraciones, que Anne no es muy
alta, pero en cualquier caso mide
veintidós centímetros más que él. Le
saca casi una cabeza.
Anne responde a las insinuaciones del
camarero con una sonrisa encantadora y
muy expresiva: vete a tomar por saco (el
hombre da señales de haberlo
comprendido, no le vayan a reprochar el
ser amable), y una vez apurado el café,
atraviesa el pasaje Monier en dirección
a la rue Georges-Flandrin. Está llegando
casi al otro extremo cuando introduce la
mano en su bolso, sin duda para coger la
cartera, y siente algo húmedo. Sus dedos
se ponen perdidos de tinta. Una pluma
que ha reventado.
Para Camille, la historia propiamente
dicha empieza con esa pluma. O con el
hecho de que Anne eligiese ir a esa
galería y no a otra, precisamente esa
mañana y no otra, etcétera. La suma de
coincidencias necesarias para que
sobrevenga una catástrofe es de todo
punto desalentadora. Pero Camille y
Anne se conocieron también gracias a
una suma similar de coincidencias, así
que no puede quejarse.
Esa pluma, por tanto, con su corriente
cartucho de tinta que gotea. Azul oscuro
y muy pequeña. Camille la recuerda.
Anne es zurda, su mano adopta una
posición muy particular cuando escribe,
uno no sabe cómo lo consigue, pero es
que además tiene una letra enorme,
como si encadenara con rabia una serie
de firmas y, curiosamente, elige siempre
plumas minúsculas, lo que hace que el
espectáculo sea todavía más asombroso.
Cuando saca del bolso su mano
cubierta de tinta, el primer impulso de
Anne es inquietarse por los daños.
Busca una solución y la encuentra, a su
derecha, en una jardinera. Apoya el
bolso en el borde de madera y comienza
a sacarlo todo.
Está bastante molesta, pero el susto es
mayor que el estropicio. De hecho, si la
conociésemos un poco, veríamos que no
hay nada que temer. Anne no posee
nada. Ni en su bolso ni en su vida.
Cualquiera podría comprarse lo que
lleva encima. No tiene casa ni coche
propios, gasta lo que gana, no más pero
tampoco menos. No ahorra porque no lo
lleva en la sangre: su padre era
comerciante. Justo antes de declararse
en bancarrota, se fugó con la caja de una
cuarentena de asociaciones que lo
acababan de elegir tesorero y no se le
volvió a ver. Lo que sin duda explica
que Anne tenga una relación muy
distante con el dinero. Sus últimas
preocupaciones financieras se remontan
a la época en que educaba sola a su hija,
Agathe, mucho tiempo atrás.
Anne tira la pluma a la papelera y se
guarda el móvil en el bolsillo de la
chaqueta. La cartera está manchada y no
tiene arreglo, pero los papeles que hay
en el interior siguen intactos. En cuanto
al bolso, el forro está húmedo pero la
tinta no lo ha atravesado. Anne piensa
quizá en comprarse otro esa misma
mañana, una galería comercial es el
lugar ideal, pero no lo sabremos nunca
porque lo que pasará después le
impedirá seguir adelante con cualquier
proyecto. Mientras tanto, intenta hacer
un apaño tapizando el fondo del bolso
con unos pañuelos de papel y, al
terminar, lo único que le importa son sus
dedos llenos de tinta, ahora los de
ambas manos.
Podría volver a la cafetería, aunque
encontrarse de nuevo con el camarero es
una perspectiva bastante desalentadora.
Cuando ya se ha hecho a la idea, ve ante
ella el cartel de unos aseos públicos,
algo no muy frecuente en un lugar de ese
tipo. Es un espacio situado justo después
de la pastelería Cardon y la joyería
Desfossés.
A partir de ese momento las cosas se
aceleran.
Anne recorre los treinta metros que la
separan de los servicios, empuja la
puerta y se encuentra de frente a dos
hombres.
Han entrado por la salida de
emergencia que da a la rue Damiani y se
dirigen hacia el interior de la galería.
Es solo un segundo… Suena ridículo
pero resulta evidente: si Anne hubiese
entrado cinco segundos después, ya se
habrían colocado los pasamontañas y
todo habría sido muy distinto.
Pero esto es lo que ocurre en
realidad: Anne entra y todos se quedan
de piedra mientras se observan
fijamente.
Ella mira a uno de los hombres y
luego al otro, atónita por su presencia y
su indumentaria, sobre todo los monos
negros.
Y sus armas. Escopetas de repetición.
Aunque no sepa nada de armas,
impresionan.
Uno de los tipos, el más bajo, lanza
un gruñido, algo similar a un grito. Anne
lo mira, está pasmado. Vuelve después
la cabeza hacia el otro. Más alto, con un
rostro duro, rectangular. La escena dura
apenas unos segundos, pero los tres
protagonistas permanecen mudos,
estáticos, tan estupefactos la una como
los otros. Todos desprevenidos. Los dos
hombres se colocan precipitadamente el
pasamontañas. El más alto levanta su
arma, se gira y, como si sostuviera un
hacha y se dispusiese a talar un roble,
golpea a Anne en plena cara con la
culata de la escopeta.
Con todas sus fuerzas.
Le revienta literalmente la cabeza.
Lanza incluso un bramido que le sale del
vientre, como los tenistas cuando
golpean una bola.
Anne cae hacia atrás, intenta
agarrarse a cualquier cosa pero no
encuentra nada. El golpe ha sido tan
repentino y violento que tiene la
sensación de que su cabeza se ha
separado del resto del cuerpo. Sale
proyectada un metro hacia atrás y la
parte posterior de su cráneo golpea la
puerta. Con los brazos abiertos, se
derrumba en el suelo.
La culata de madera le ha abierto casi
la mitad del rostro, desde la mandíbula
hasta la sien, le ha aplastado el pómulo
izquierdo, que se ha partido como una
fruta, y se ha llevado por delante unos
diez centímetros de mejilla. La sangre
empieza a brotar. Desde fuera, el ruido
ha sido parecido al de un guante de
boxeo contra el saco de entrenamiento.
Anne, sin embargo, lo ha sentido desde
dentro como un martillazo, pero de un
martillo de veinte centímetros de largo,
asido e impulsado con las dos manos.
El otro tipo empieza a gritar, furioso.
Anne lo oye como en la lejanía, porque
a su mente le cuesta mucho fijar la
atención.
Como si nada, el más alto avanza
hacia ella, apunta con el cañón de su
arma a su cabeza, la carga con un golpe
seco y se dispone a disparar cuando su
cómplice grita de nuevo. Esta vez mucho
más fuerte. Quizá hasta le agarre por la
manga. Anne, aturdida, no consigue abrir
los ojos, solo sus manos se agitan, se
abren y cierran en el vacío, en un
movimiento espasmódico y reflejo.
El hombre que sostiene la repetidora
se detiene, se da la vuelta, duda: es
cierto que un disparo es la mejor forma
de atraer a la poli antes de haber
empezado, cualquier profesional lo
sabe. Por un momento vacila sobre los
pasos a seguir y, una vez tomada la
decisión, se vuelve de nuevo hacia Anne
y le lanza una larga serie de patadas.
Ella trata de esquivarlas, pero incluso si
hubiese tenido fuerzas se lo habría
impedido la puerta contra la que está
arrinconada. No hay salida. Por un lado
la puerta, por el otro el hombre, en
equilibrio sobre su pie izquierdo, que la
golpea violentamente con la punta del
zapato. Entre una sacudida y la
siguiente, Anne recupera fugazmente la
respiración, el tipo se detiene un instante
y, como no consigue lo que se propone,
decide pasar a un método más radical:
da la vuelta a la escopeta, la levanta por
encima de la cabeza y empieza a
machacarla a culatazos. Con todas sus
fuerzas, con saña.
Se diría que intenta clavar una estaca
en un suelo helado.
Anne se contorsiona para protegerse,
se gira, resbala en su propia sangre,
abundante, y cruza las dos manos sobre
la nuca. El primer golpe llega a la altura
del occipucio. El segundo, más ajustado,
le aplasta los dedos.
El cambio de método tampoco logra
que se pongan de acuerdo, porque el
otro hombre, el más bajo, agarra a su
cómplice y le impide que siga
golpeándola sujetándole el brazo y
gritándole. Eso hace que el tipo
abandone su idea y recurra de nuevo a la
fórmula artesanal. Vuelve a patear el
cuerpo de Anne, con golpes bien
encajados, llevados a cabo con una
fuerte bota de cuero de estilo militar.
Apuntando a la cabeza. Agazapada,
Anne continúa protegiéndose con los
brazos. Los golpes llueven sobre el
cráneo, la nuca, los antebrazos, la
espalda. Pierde la cuenta de las patadas,
los médicos dirán que al menos ocho, el
forense más bien nueve, váyase a saber,
caen por todas partes.
Es en ese momento cuando Anne
pierde el conocimiento.
Para los dos hombres el asunto parece
resuelto. Pero el cuerpo de Anne
bloquea la puerta que conduce a la
galería comercial. Sin ponerse de
acuerdo, se inclinan, el más bajo agarra
a Anne de un brazo y tira hacia él. La
cabeza de la mujer golpea y se balancea
por el suelo. Cuando la puerta puede
abrirse por fin, le suelta el brazo, que
cae pesadamente pero en una posición
casi celestial, como las manos de
algunos retratos de la Virgen, sensuales
y lánguidas. Si hubiese sido testigo de
esa parte de la escena, Camille habría
captado enseguida el extraño parecido
del brazo de Anne, ese abandono, con el
de La víctima, también llamado La
asfixiada, de Fernand Pelez, lo que
habría sido muy perjudicial para su
ánimo.
Ahí podría terminar la historia. El
relato de una circunstancia
desafortunada. Pero el más alto de los
dos no lo considera así. Está claro que
es el que manda y comprende de
inmediato cómo están las cosas.
¿Qué va a pasar ahora con esa chica?
¿Se despertará y empezará a gritar?
¿O irrumpirá en la galería Monier?
Peor aún: ¿puede huir, sin que se den
cuenta, por la salida de emergencia y
buscar ayuda?
¿Se esconderá en uno de los retretes,
cogerá el móvil y llamará a la policía?
Adelanta, pues, el pie para mantener
la puerta abierta, se inclina sobre ella,
la agarra del tobillo derecho y sale del
baño arrastrándola por el suelo una
treintena de metros, como un niño que
tira de un juguete, con la misma
facilidad, con la misma indiferencia de
lo que pasa a su espalda.
El cuerpo de Anne tropieza aquí y
allá, el hombro choca contra la esquina
de los aseos, la cadera contra la pared
del pasillo, la cabeza se balancea al
ritmo de las sacudidas, se topa con un
zócalo, con la esquina de un macetero de
los que bordean la galería. Anne no es
más que un trapo, un fardo, un maniquí
amorfo, sin vida, que se vacía de sangre
y deja tras de sí un largo rastro rojo que
se coagula al cabo de unos minutos. La
sangre se seca pronto.
Está como muerta. Cuando el hombre
la suelta, abandona en el suelo un cuerpo
desarticulado al que ni siquiera mira, ya
no es asunto suyo. Acaba de cargar la
escopeta con un gesto firme, definitivo,
que da cuenta de su determinación. Los
dos hombres irrumpen en la joyería
Desfossés gritando órdenes. El
establecimiento acaba de abrir. Si
hubiese habido un observador, no habría
podido dejar de sorprenderse ante el
desfase entre la brutalidad que
demuestran en cuanto entran y la poca
gente que se halla en la tienda. Los dos
hombres vociferan sus órdenes al
personal (solo hay dos mujeres) y
comienzan a repartir golpes de
inmediato, en el vientre, en la cara.
Todo sucede muy deprisa. Se oye el
ruido de vitrinas rotas, gritos, gemidos,
jadeos de terror.
Como consecuencia, quizá, de
haberse visto arrastrada treinta metros,
por los tumbos que ha dado durante el
traslado, por la pulsión de seguir
viva…, por lo que sea, en ese momento
Anne intenta volver a conectarse con la
realidad. Su cerebro, como un radar
enloquecido, busca desesperadamente
encontrar un sentido a lo que pasa, pero
es inútil, tiene la conciencia aturdida,
literalmente anestesiada por los golpes,
por lo repentino de lo que está
sucediendo. En cuanto a su cuerpo, está
entumecido por el dolor, le resulta
imposible mover un solo músculo.
El espectáculo del cuerpo de Anne
desplomado en el pasaje y vertiendo un
mar de sangre a la entrada de la tienda
tendrá un efecto positivo: acelerará
definitivamente el golpe.
Dentro no se encuentran más que la
dueña y una aprendiza, una jovencita de
dieciséis años, delgada como una hoja,
que se hace un moño de vieja para ganar
un poco de prestancia. En cuanto ve
aparecer a los dos hombres cubiertos y
armados, en cuanto comprende que se
trata de un atraco, se queda con la boca
abierta como un pez, hipnotizada,
sacrificada, pasiva como una víctima
dispuesta a la inmolación. Sus piernas
no la sostienen, debe apoyarse en el
mostrador. Antes de que sus rodillas
cedan, recibe el cañón de un arma en
plena cara y se derrumba lentamente,
como un suflé. Pasará el resto del
tiempo en esa posición, contando los
latidos de su corazón, con los brazos
sobre la cabeza como si esperase una
lluvia de piedras.
En cuanto a la propietaria de la
joyería, se atraganta al ver el cuerpo
inerte de Anne siendo arrastrado por el
suelo por un pie, con la falda levantada
hasta la cintura, y el largo rastro de
sangre que va dejando tras ella. Intenta
pronunciar una palabra que permanece
bloqueada en alguna parte. El más alto
de los hombres se coloca en la entrada
de la tienda, vigila los laterales; el más
bajo se precipita sobre ella, apuntándola
con su arma. Se la clava brutalmente en
el abdomen, a la altura del estómago.
Ella consigue retener las náuseas. Él no
pronuncia palabra alguna, no es
necesario, ya ha puesto el piloto
automático. La mujer desactiva
torpemente el sistema de seguridad,
busca las llaves de las vitrinas, pero no
las lleva todas encima, debe ir a la
trastienda, y al dar el primer paso se da
cuenta de que se ha orinado encima.
Entrega el manojo de llaves con mano
temblorosa. Nunca lo dirá en sus
declaraciones, pero en ese momento le
susurra al hombre: «No me mate…».
Cambiaría el mundo entero por veinte
segundos de existencia. Mientras lo
dice, sin que se lo pidan, se tumba en el
suelo, con las manos sobre la nuca, y se
la escucha murmurar febrilmente: está
rezando.
En vista de la brutalidad de esos
hombres, uno se pregunta si la oración,
por muy fervorosa que sea, constituye
una solución práctica. Poco importa,
mientras reza no pierden el tiempo,
abren todas las vitrinas y vacían el
contenido en grandes sacos de tela.
El atraco está bien organizado, dura
menos de cuatro minutos. La hora ha
sido bien elegida, la entrada por los
aseos bien planeada y se han repartido
las tareas de forma muy profesional:
mientras el primer hombre recoge las
joyas de las vitrinas, el segundo, cerca
de la puerta, bien plantado, firme y
decidido, vigila la tienda por un lado y
la galería por el otro.
Una cámara de vídeo situada en el
interior del establecimiento mostrará al
primer atracador abriendo las

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