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Caminos convergentes – Mercedes de Miguel

Caminos convergentes – Mercedes de Miguel

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Resumen y Sinopsis De 

Caminos convergentes – Mercedes de Miguel

Después de subir en el ascensor al primer piso, pone un dedo en el botón que impide el cierre y me indica una puerta sita justo enfrente, donde debo pasar sin
llamar.
Me resulta un poco violento abrir una puerta cerrada sin preguntar antes si puedo entrar, pero, siguiendo sus indicaciones, lo hago.
Un joven ejecutivo de poca más edad que yo está concentrado en unos papeles sobre su mesa y hace un gesto con la mano para que me siente frente a él, sin
mirarme. Instantes después, cuando ya ha considerado que la espera para darse importancia parezca suficiente, se levanta de la silla y me tiende la mano a través de la
mesa, mano que le estrecho deseando que mi palma no esté pegajosa. No hace ningún gesto de desagrado, por lo que intuyo no ha sido así.
Ojea y digo ojea en lugar de hojea porque mi currículum es de un solo folio el papel donde se resumen todos mis créditos. Luego, muy circunspecto, levanta la
vista hacia mí y se digna mirarme. Me pregunto cómo ha llegado a ese puesto con su juventud. Tal vez sea hijo de uno de los socios.
Bien, David puede que acabe tuteándome, pero yo no debo hacerlo, en cualquier caso. Su currículum es muy interesante. Hemos estado estudiándolo y,
aunque le falta experiencia, creo… creemos que le sobran iniciativas y ganas de trabajar.
Así es digo, sin saber muy bien por qué, ya que, al fin y al cabo, no ha extendido sobre la mesa el contrato para que lo firme.
Lo que más nos ha gustado es que haya estado un año en California. Perfeccionando el inglés técnico y haciendo algún master, me imagino.
Carraspeo sin poder evitarlo. Lo cierto es que, terminada la carrera y sin saber qué hacer con mi vida, mi padre me ofreció un año sabático para pensármelo,
exigiéndome, eso sí, volver con las ideas claras y ganas de convertirme en un hombre hecho y derecho. Ese año lo dediqué, por supuesto, a pulir mi inglés, que domino a
la perfección, pero también a pasármelo en grande. Me matriculé en un postgrado en Berkeley que no aproveché adecuadamente, todo el día de fiesta en fiesta, por lo
que no pude conseguir el título final, pese a que no me hubiera costado tanto. Solo habría tenido que asistir a algunas clases y a la entrega final de diplomas. Ni eso fui
capaz de hacer. A mi regreso, mi padre me miró con el entrecejo fruncido y, apuntándome con el dedo índice, me amenazó con cortar las pagas semanales que aún me
daba, aconsejándome no aspirase tampoco a un coche nuevo hasta que tuviera la capacidad o los arrestos suficientes para labrarme un porvenir. Todo ello por mi propio
bien, añadió muy ufano. Esa era la razón de que no hubiera acompañado a mi modesto currículum ninguna certificación del curso.
Sí afirmo, levemente envarado. Estuve, sobre todo, perfeccionando el inglés. El postgrado no llegué a terminarlo, por circunstancias que…
Bueno, David Se levanta de la silla y me tiende la mano. Supongo que volveremos a vernos.
Estrecho su mano yo también, elucubrando qué habrá querido decir con eso de que volveremos a vernos. Si será una mera fórmula de cortesía que dedican a todos
los aspirantes o es que realmente le he causado buena impresión, cosa que dudo, pese a que gracias al aire acondicionado ya no llevo la ropa pegada al cuerpo e incluso
puedo aspirar mi perfume de Armani envolviéndome.
Salgo de «Herrero y Molina Asesores» con una sensación agridulce. Como no he tenido otras entrevistas de trabajo, no sé si es buena o mala. Tampoco sé qué
responderé a mis padres cuando me pregunten. Les diré que ha estado bien, y que ya me llamarán si me ajusto a su perfil. Eso es un clásico.
El Mercedes arranca a la primera, el muy puñetero. Me indigna pensar que si lo hubiera hecho así esta mañana, habría salido antes de casa, ahorrándome ese
inoportuno accidente con la rubia. Luego entorno los ojos invocando su visión. «Era una pija integral», me digo con poco convencimiento, «pero estaba buenísima». Eso
sí, autosuficiente y engreída a más no poder. Si no fuera porque ella también tenía prisa, habríamos podido llegar, incluso, a las manos. Bueno…, a las manos no, porque
era una mujer, ¡y vaya espécimen, por cierto!, pero a tener unas palabritas con más tiempo, sí.
Cavilo qué contarle a mi padre acerca del percance con el coche cuando suena mi móvil. Es Berni. Que si salimos esta noche por ahí. Le digo que no estoy muy
animado. Insiste. Acabo por decirle que vale, que quedamos donde siempre, en el bar de Pepe, a tomar unas bravas y jugar al futbolín.
Mi padre, sorprendentemente, no me abronca por el abollón del Mercedes. Dice que, con suerte, le pegan un repaso a la chapa, si las aseguradoras se entienden. Si
no se entienden, mejor será no hablarle en años.
Mi madre me mira con cara de paisaje total, su favorita desde que he decidido hacerme mayor y no estar bajo sus faldas como un bebé. Ella actúa en consecuencia.
Yo la ignoro, ergo ella me ignora… de vez en cuando.
Me doy otra ducha y me empapo de colonia. Ya sé que después da más calor, pero de momento alivia la canícula estival.
Mi madre me pregunta adónde voy y exige que le dé un beso. Se lo doy. No me importa nada darle un beso a mi madre. Me quiere, y yo a ella también. Se queda un
poco pensativa, fumando un cigarro, mientras salgo por la puerta. Yo también enciendo un cigarro al salir. Se supone que no fumo, pero lo hago. No me cuesta guardar
las apariencias en casa. De momento, no tengo una adicción que me impida fingir. Fumo cuando quiero o cuando puedo. Empiezo a pensar que es un poco ridículo
disimular de esa manera, como si fuera un niño pequeño.
Berni y los otros ya están echando una partida de futbolín cuando llego. Aún tengo que esperar unos minutos para coger los mandos de la portería. Soy imbatible
como portero y gana mi equipo.
Dani propone que vayamos a tomar unas copas al Night and Day. Rehúso. Me encuentro cansado y falto de alicientes. Tras innumerables intentos de convencerme
para que los acompañe, acabo por ir, aunque con poco convencimiento. Un par de bourbons no acaban de entonarme y finalmente me voy a casa. Ellos se quedan aún
allí, intentando ligar con unas chicas que están más pasadas de copas que ellos, lo cuál es técnicamente imposible. Los miro con aburrimiento cuando salgo por la puerta.
Mi madre está fumando un cigarro en la salita de estar, viendo una de sus series favoritas. Mi padre se ha acostado hace rato. Me tiende la cajetilla para tantearme.
Niego con la cabeza y me pongo a mirar la televisión, sin interés. Vuelve a hacerlo.
Ya sabes que no fumo, mamá le digo tercamente.
Claro que fumas afirma con una sonrisa. ¿Tú crees que no lo sé? Además, rubio americano…, tal vez Chester o

Pages : 64

Autor : Mercedes de Miguel

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Caminos convergentes – Mercedes de Miguel

Marlboro. El tabaco se impregna en las
ropas, hijo, por más que intentes disimularlo.
Está bien concedo. Dame uno.
Fumamos los dos en silencio hasta que me pregunta si

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1 Comment

  1. Soy la autora de esta novela. No me opongo a que la pirateéis y permitáis la descarga gratis, pero, por favor, sí que os pido que la formateéis adecuadamente porque he visto que le faltan los guiones, etc, y luego alguien pensará que yo la he escrito así de mal.
    Gracias

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