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Celuloide – Andrés Restrepo

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Resumen y Sinopsis De 

Era la una y media de la madrugada. Unas cuadras antes, había arrojado la máscara a una quebrada. No me esperaban en casa hasta el final de la mañana. Avisé antes
de salir que iba a dormir donde Raúl, mi mejor amigo. Bueno, no era el mejor, pero al menos el único. Total, él no estaba en la ciudad ese fin de semana así que podría
conseguir licor y pasar por primera vez un desengaño, ebrio y en la calle. En ocasiones los ahogaba con melancólicos vallenatos o con cerveza que dejaba mi papá en la
nevera. Aunque esa noche fui afortunado. Claro, no era lo que quería; ¿qué ansiaba más que castrar a esa nea y declarármele a Sofía en medio de unos shots? Pero parecía
que la vida me estuviera dando una medalla de bronce, un premio de consolación con el que al menos por unas horas, olvidaría a cualquier nea, problema y Sofía.
Conseguí una pola y un trago de ron en un hostal que estaba medio vacío. A pesar de ser temporada alta, solo había tres habitaciones ocupadas por mochileros de
paso. Era un lugar agradable que casi se podría catalogar como de cuatro estrellas. Yo seguía allí en el bar (quizá de menos estrellas) solo, con un cantinero a quien no le
importó mi edad. Aún pensaba en ese estereotipo del cantinero escucha problemas que limpia la barra y que sirve un trago diciendo: «La casa invita», pero lo único que
obtuve fue a un malgeniado que se limitaba a servir. No me podía quejar, me vendió trago. Aunque hubiera sido una buena fantasía cumplida el verlo tirar un par de
botellas y recogerlas en el aire.
Pasaron los minutos, las horas, los segundos. El tiempo en sí se volvió un accesorio. Miré el reloj por última vez a las dos y veintiocho, antes de notar que ella
entraba al bar. Tardó cinco pasos entre la puerta y la barra, cinco pasos tan precisos como los de Bill antes de morir en esa secuela de Tarantino , cinco pasos tan
memorables y cuya importancia no valoraría hasta estar sobrio. Traía una falda que no revelaba más que sus rodillas pero que permitía insinuar sus muslos; y unos
tacones ruidosos. (Reí de ironía por lo de los tacones, sin que nadie lo notara). Era alta y sensual, su rostro se veía tan tierno y puro, aunque a la vez emanaba un
elegantísimo espíritu de malicia. Se me vino a la mente Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó, una mujer que, a pesar de su instintiva sensibilidad y humanismo,
llevaba en un primer plano de su vida, sus intereses femeninos. Escogió sentarse a mi lado. Era hermosa. Sin duda extranjera. Pidió una margarita con un acento argentino
que nunca había escuchado de alguien tan cerca. Me propuse a hablarle. Es increíble lo seguro que te sientes al estar borracho; por desgracia, no lo estaba lo suficiente
como para coger cojones y decirle algo.
Busqué tema de conversación, pero no encontré nada interesante. Ella no se sorprendió al ver un adolescente borracho, tampoco lo haría con cualquier pregunta
tonta de mi parte.
Opté al fin por hacerle pensar que estaba bebiendo cual Nicolas Cage en Leaving Las Vegas, agarrando la copa de ron con demencial brusquedad y dejándola caer a
mi boca para que de verdad se sorprendiera. Miró de reojo y me sentí un imbécil entre imbéciles hasta cuando interrumpió, bendita, la elipsis con una pregunta:
¿No sos muy chico para beber? Qué tonalidad tan hermosa la de esa interrogación. Volteé mi mirada hacia la de ella, se veía seria.
(…)
La verdad es que tengo diecisiete. Le mentí. Aunque ella no pareció convencida.
(…)
Bueno dieciséis, en una semana cumplo los diecisiete. Perfumé la mentira un poco, pero siguió escéptica unos instantes más.
(…)
Está bien, no te culpo yo a esa edad ya conocía al mismísimo Johnny Walker… era una locura. Se rio, mostrando por primera vez su divina sonrisa traviesa.
Yo hice lo mismo y solté una leve carcajada de confidente, aunque no tuviera puta idea de quién era ese tal Johnny Walker a quien llegué a envidiar con bestial amargura
los días siguientes. Hoy que lo sé, me causa más gracia mi pendeja envidia que el comentario en sí.
Y, ¿de dónde eres? le dije ya motivado. Al cabo de unas milésimas y luego de darme cuenta de que la había cagado, complementé: Digo… ¿de qué
provincia? Obvio que eres argentina.
Me sonrió y tomó de su margarita.
De Mendoza, querido. Tomó de nuevo y preguntó sin mirar: ¿Sos vos de acá?
Asentí.
De allí en adelante me contó sobre ella y yo le conté sobre mí. Tenía diecinueve, aunque aparentara más. Había salido hacía un año del colegio y decidió hacer un
viaje por toda Suramérica con sus amigos (a quienes tildó de hippies). Era su tercer día aquí. Le había encantado todo. Me inquietó su conformismo. Reía casi con cada
comentario que salía de mi boca, una risita musical que humillaba a cualquier melodía. Su nombre era Alicia. Significaba, según ella, “Aquella que es real, verdadera y
sincera”. Nunca creí en esas cosas hasta que la conocí. Le dije mi nombre y le pregunté si sabía su significado, ella me dijo que no tenía idea, Fulano no era muy común
por allá. Bueno, común sí, muchísimo de hecho, junto con Mengano, Zutano y Pepito. Pero más para referirse a un X, no a alguien en específico.
Me pidió un trago. Yo no tenía dinero. Me dijo que ella pagaría todo. Pidió una segunda margarita para ella y un coctel de gracioso nombre para mí.
¿Mojito? pregunté con gracia. ¿De dónde carajos es eso?
¿Qué? ¿Acaso parezco una historiadora de cocteles…? Valórame un poco más se burló con sarcasmo y le recibió al cantinero los dos tragos.
Cogí el “mojito” un poco apenado.
Duro un tiempo más hasta contradecirse:
Bueno… sí sé de dónde es. Tomó un sorbo grande de la margarita y continuó: De Cuba.
Sonreí sin mostrar mis dientes. Me sonrió mostrando sus dientes y miró el ahora comunista coctel de forma traviesa, como escondiendo algo aparte de una risa.
La concha…se desahogó en silencio con la grosería más hermosa. Conozco hasta la historia. Inclinó su cabeza a la barra y suspiró una carcajada. ¿…
Qué estoy haciendo con mi vida? se dijo a sí misma en voz alta.
Oye interrumpí su meditación existencial, a mí me interesa.
Lo poco que oí antes de perderme para siempre en sus ojos claros que explicaban mi versión favoritadel nacimiento del mojito, era que dicho trago se
remontaba al siglo XVI, cuando un pirata, con el fin de combatir enfermedades típicas de los marineros, creó una especie de ron primerizo de baja calidad y le añadió
lima, menta, azúcar y otras hierbas, creando una bebida medicinal totalmente inmunda que llamaron draquesito. Siglos después, en Cuba, el ron mejoró
notablemente y por consiguiente esa mezcla se convirtió en un éxito y orgullo del país. Cambió de nombre a mojito. Y «hasta Hemingway lo tomaba a diario», fue la
última frase de Alicia que recuerdo haber procesado bien.
Todo a mí alrededor se empezó a disipar. Todo menos su figura, su rostro, su voz. Mientras el abstracto se apoderaba del exterior, Alicia seguía allí, frente a mí,
lúcida y clara como nadie más que ella misma. Real. Verdadera. Sincera. Sin duda estaba borracho, pero algo millones de veces más fuerte que el alcohol se había
apoderado de mi cordura y de mi alma, algo tan poderoso que hace al más orgulloso rebajarse a depender de otro. Estaba enamorado. Sí que lo estaba. Lo sabía con toda
seguridad…pero… ¡¿Por qué?!
No estoy seguro por qué, pero en lugar de dejarme llevar por el momento llegó a mi mente esa pregunta que se hace Nemo Nobody (de Mr. Nobody, una película
belga tan brillante que obvio se hace putamente inencontrable en Latinoamérica):
“¿Qué nos pasa cuando nos enamoramos? Como consecuencia de ciertos impulsos, el hipotálamo libera una poderosa descarga de endorfinas. Pero, ¿por qué
exactamente esa mujer o ese hombre? ¿Hay una liberación de feromonas inodoras que corresponden a nuestra señal genética complementaria? ¿O rasgos físicos que
reconocemos? Los ojos de la madre, un olor que estimula un recuerdo feliz… ¿El amor es parte de un plan? ¿Un vasto plan de guerra entre dos modos de
reproducción?
Fue drenante no poder concentrarme en Alicia hasta que pasaran las hordas de información.
Bacterias y virus son organismos asexuados. Con cada división de célula, con cada multiplicación mutan y se perfeccionan mucho más rápido que nosotros.
Contra eso, respondemos con el arma más terrible: el sexo.
Mierda, acabáramos…
Dos seres, mezclando sus genes, barajan los naipes y crean un

Pages : 69

Tamaño de kindle ebook : 0.98  MB

Autor De La  novela : Andrés Restrepo

kindle  Comprimido: no

kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Celuloide – Andrés Restrepo

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