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Como si fuera magia – Laura A. Shepherd

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 Como si fuera magia – Laura A. Shepherd

Era jueves, cinco de la tarde y los jueves se los tomaba tranquilamente, a veces no cogía el teléfono, los jueves solía ir al gimnasio, las clases de zumba le iban bien
para perder esos quilos que se le habían puesto en las caderas y no querían irse, pero Suri no estaba esa semana, e ir al gimnasio sola no tenía la misma gracia.
Se entretuvo mirando los escaparates, la ropa rebajada la llamaba, sobre todo ese vestido rojo con escote corazón que hacía que le brillarán los ojos, pero era
demasiado ajustado y parecería un chorizo, pensó.
Juliette tenía un problema.
Ella se veía enorme, su casi marido la dejó por una chica que era todo lo delgada que ella no estaría nunca, era una mujer con curvas, pechos y caderas prominentes y
aunque los hombres se giraban a mirarla ella no encontraba nada atractivo en su cuerpo.
Desnuda sólo veía, tetas y culo, eso sin mirar la celulitis que se formaba en su trasero.
Nadie lo veía excepto ella, claro.
Nosotros somos lo que más fallos nos encontramos, nos cegamos con esa estría, ese poquito de piel de los pechos, incluso con el dedo pequeño del pie porque
queda escondido.
Juliette se veía los defectos donde no los había.
Compró una revista de cotilleos en la cual en la portada salían las actrices más guapas sin maquillar y sin peinar y le inyectó un poquito de autoestima. Las mujeres
reales no tenían pestañas larguísimas ni la piel uniforme.
Se dirigió al metro para llegar a su piso. Un pequeño edificio con sólo tres vecinos, quería mudarse, pues era tan antiguo que las paredes se estaban agrietando.

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Como
siempre los vagones del metro estaban abarrotados, se metió en medio de un hombre que olía a curry y una señora con perfume apestoso, suerte que solo eran dos
paradas si no temía acabar vomitando.
Odiaba los olores fuertes, su madre tenía la manía de ponerse perfumes y espolvorearlos por toda la casa, también en las bombillas que cuando se encendían, con el
calor desprendían ese olor.
Se puso disimuladamente el pañuelo sobre la nariz y esperó que llegara su turno de bajada, cosa que tenía que hacer rápido si no quería ser aplastada por las puertas.
Se paró frente a unos cuantos escaparates más y acabó comprando unos zapatos de tacón rosas que seguramente acabarían por matarla pero le habían llamado
muchas veces cuando la veían.
Su armario estaba repleto de zapatos , botas y zapatillas deportivas, algunos aún sin usar pues no había encontrado el momento, pero era una loca de ellos.
Entró en el edificio no sin antes pelearse con la cerradura para que le devolviera su llave, cada dos por tres se atascaba. El olor a comida le hizo rugir el estómago,
miró el reloj, todavía era un poco pronto para comer, entró en el ascensor y picó el número dos, las puertas se cerraron gruñendo y comenzó a subir con paso de
tortuga.
Su puerta estaba entreabierta y se escuchaba una música relajante, se acercó cuidadosa, vivía sola, así que solo podía ser una cosa, habían ocupado su piso…
Tenía miedo, pero quería saber que pasaba ahí dentro. Empujó con el pie y se echó hacia atrás.
— ¿¡Hola!?
Asomó la cabeza, olía a pachulí o algo así, entró de puntillas con el bolso cogido del asa por si tenía que dar un golpe con él, no haría mucho daño pero tal vez le
diera tiempo a salir corriendo.
Su comedor estaba irreconocible, la sencillez de sus muebles se había esfumado y ahora parecían salidos de algún sitio de locos.
— ¿Juli?
Se paró cuando escuchó la voz, eso le daba más miedo que cualquier ocupa.
Su madre apareció ataviada con una falda larga llena de brillantes que hacían ruido cuando chocaban entre sí.
—¿Que…?,¿co-como has entrado?
— Hice una copia de tu llave la última vez que vine por si acaso.
— Buena idea mamá. ¿Pero no podrías haberme avisado?
Se quitó la chaqueta y comenzó a quitar algunas figuras con cristales de sus estanterías.
—Pensé que te haría ilusión cariño.
—Uy mucha mamá. ¿Qué te ha traído por aquí?
—Me he divorciado.
Juliette se quedó parada.
— ¿Otra vez?
Su madre se encogió de hombros, Juliette se fijó que llevaba un palito de incienso a la mitad.
— ¿Qué ha ocurrido esta vez?
—Quería hacer una de esas cosas que hoy en día son modernas…—Levantó la varita y se la pasó por la cabeza— te quito las malas vibraciones, no pongas esa
cara.—
¿Qué cosas mamá?
—Cambios de pareja, ya sabes eso que hacéis los jóvenes.
Juliette rodó los ojos, ella no tenía pareja para intercambiar, le cogió la barita de las manos y la apago en un cenicero que ella no tenía.
—Vale… ¿Cuánto piensas quedarte?
Se miraron.
—No mucho…un…dos meses quizá.
¿Dos meses?
La ansiedad comienzo a apoderarse de su cuerpo, dos meses era casi una vida, su madre hacía de una hora una eternidad.
Su pecho se hinchaba y deshinchaba rápidamente, el pulso en las sienes era desorbitado, le dolía la cabeza, los riñones, el aire no tenía espacio para entrar en sus
pulmones y luego, todo fue negro.
Cuando recobró el conocimiento, las paredes eran tan blancas que temió estar muerta, le dolía el pecho y la cabeza.
—Señorita Lenon—giró la cabeza hacia la desconocida voz—ha tenido un ataque de ansiedad, ya está recuperada… ¿Qué lo ha ocasionado?
Se llevó la mano a la frente, su madre le provocaba ansiedad, hasta tal punto de haber tenido que ser llevada a urgencias. Pero no estaba bien que nadie más lo
supiera.
—No lo sé…quizá un poco de estrés.
Sonrió, la enfermera le tocó la frente y le dijo que tenía firmar la hoja de su mini ingreso, lo hizo sin fuerzas y se sentó, su ropa estaba sobre la silla de los
acompañantes.
— ¡Oh cariño! Estas bien ¿Qué ha pasado?
—El estrés mamá, ¿puedes pasarme la ropa?
Su madre comenzó a ponerle los calcetines, Juliette le pidió por favor que no lo hiciera, que podía hacerlo , pero Lily era tan tozuda que la vistió como cuando tenía
cinco años, incluso se chupó el dedo y le peinó las cejas.
—Gracias.
Lily asintió.
—Deberías llamar al trabajo y decirles que hoy no iras.
—Trabajo en casa.
Salieron de la habitación, Juliette arrastraba los pies, su cuerpo pesaba diez toneladas como poco.
—Bueno, pues hoy no lo harás.
—Si lo haré—mejor eso que aguanta a su madre— día que no trabajo, día que no cobro.
Su madre aguantó la puerta del coche para que pudiera subir, se sentó, el bolso sobre sus piernas.
— ¿Sabes que hija? —Lily arrancó el motor y encendió la radio—cuando te mueras por estrés de ese, no necesitaras el dinero.
—Pero mientras viva tengo que pagar facturas, a esas les da igual si puedo o no puedo.
Lily entrecerró los ojos. —Igual de terca que tu padre…
El camino se hizo eterno, no quería tener a su madre cerca, la quería, mucho, pero lejos, en la otra punta del mundo si podía ser.
Lily la sobrepasaba. Conseguía que sus nervios se pusieran de punta.
Cuando llegaron Lily aparco tan lejos que tuvieron que andar un buen trozo, estaba anocheciendo, las tiendas comenzaban a cerrar y no había hecho la compra, su
nevera temblaba, un yogur de avena y dos tomates.
Entro en un kebab y pidió dos menús. No sabía si a su madre le gustaría, pero era lo que había por esa noche.
—He comprado dos menús durum para cenar.
Lily asintió y abrió la puerta.
—Mañana haré la compra, tu nevera no tiene de nada y seguro que tus comidas son fuertes ingresos de grasa en tu cuerpo.
Juliette apretó el botón del número dos y se recostó en el espejo del ascensor.
Entraron al piso y se tiró en el sofá, se descalzó, y se quitó el jersey, cenaría, se ducharía y se iría a la cama.
Ojeó su teléfono del trabajo y tenía tres llamadas.
Ese día no iba a facturar una mierda.
Picaron al timbre y Lily acudió como una bala.
—Hay un chico muy guapo preguntando por ti.
Se limpió la boca por si acaso tenia restos de salsa, se peinó un poco y se asomó a la puerta.
—Hola, Juli. —Ahí estaba Alan, con su sonrisa impactante, con el traje de chaqueta impoluto. Juliette sonrió — ¿tienes algún…ya sabes…?
—Claro.
Le dejó entrar y fue al tercer cajón de su mesita noche, entre tangas rojos y ligas estaban los condones, que por cierto, eran escasos y ella no había utilizado ninguno
desde hacía tiempo.
Le llevó dos y le deseo buena noche, deseando ser ella quien gastara esos condones.
—¿Qué quería?
—Condones.
—Ahora eres despachadora de condones como ¿una de esas máquinas?
—Olvídalo mamá.
—Yo que tu no le daba ninguno más si no va a provecharlos contigo.
Juliette se atragantó y Lily le dio unas palmaditas en la espalda.
—He escuchado la voz tonta que te sale y encima le das facilidades. ¡Que se vaya a una puñetera farmacia!
Lily cambio de canal, una señora con un pañuelo en la cabeza echaba cartas .
—Mama. ¿Aun tienes tus cartas?
—¡Claro! Las llevo siempre encima.
— ¿Te importa?

Como si fuera magia – Laura A. Shepherd

Y antes que pudiera acabar Lily ya tenía el pañuelo de terciopelo rojo extendido sobre la mesita y las cartas en la mano.

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