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Confesión – Jesús Montiel

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Resumen y Sinopsis De 

Confesión – Jesús Montiel

como varios esperaban para desahogar sus culpas. Algunos con cargas veniales, propias del estímulo diario que las pautas sociales propulsan cometer, otras que derivan
de las debilidades humanas que no les permiten una verdadera libertad.
Entre todos aquellos, se presentaron Manuel y Lucía, una pareja de esposos quienes por separado acudieron a confesarse. Ella, una joven de apariencia fresca,
agraciada físicamente por la naturaleza, a quien cualquier modisto vestiría adivinando sus medidas y apenas gastando unos pocos centímetros de tela. Confesó no haber
asistido a misa la semana anterior e insultar a otros conductores. Aburrido.
Manuel, un joven con vestimenta clásica pero de evidente buen gusto y preferencia por las marcas; al igual que Lucía, manifestó no haber acudido a misa, mentir
ocasionalmente en su trabajo, pero su mayor preocupación la dejo percibir con la ansiedad de sus gestos y que a lo evidente decidí preguntar:
– ¿sucede algo más hijo?
No contestó inmediatamente. Mirando al techo y entrelazando sus manos, afirmo amar a su esposa; sin embargo, un “pero” extendió un poco más su
confesión.
– Padre, hay una chica en mi oficina, compañera de trabajo, hermosa, de aquellas que inevitablemente las miradas hipnotiza, esas que sin tocarlas exacerban
toda percepción y afloran los instintos que nublan la razón…
Debí interrumpir su apasionada descripción, ya que estaba trasmitiéndome su evidente exaltación, al solo imaginar el objeto de su problema. Pero para
permitirle continuar su confesión, proseguí preguntándole:
– Manuel, ¿ha pasado algo más allá de esa simple contemplación?
– Si Padre, le he sido infiel a mi esposa, no pude evitarlo. Ha pasado varias veces padre, y la culpa al volver a mi casa me agobia, pero no he podido
resistirme una y otra vez.
–Hijo, la misericordia de Dios es infinita ante el verdadero arrepentimiento y si verdaderamente es lo que te trae a confesarte, serás perdonado.
Así, con evidente desesperanza, luego de imponerle su penitencia salió de la oficina a encontrarse con su pareja.
En la celebración dominical siguiente, la joven pareja se encontraba presente; sin embargo, Manuel, a diferencia de Lucía, no acudió a comulgar.
Indudablemente intuí el porqué de su abstención.
Al terminar la misa, decidí acercarme y discretamente luego de saludarlos, me dirigí a Manuel para preguntarle:
– Manuel, tu que conoces el vecindario, ¿podrías acompañarme a la oficina para ayudarme con ciertas indicaciones?
Sin dejarlo responder, Lucia le conminó a seguirme y a prestarme toda la ayuda posible.
Manuel no tuvo oportunidad para negarse. Ya en el interior de las instalaciones, le pregunté:
– Hijo, ¿hay algo de lo que quisieras hablarme?
– Padre, me siento sin derecho a confesarme. He vuelto a caer. No puedo resistirme a esa mujer. Solo al verla me ahogo y tengo que acercarme para
respirarla, una sensación como el hambre que solo mis labios sobre ella puede saciar…
– Basta hijo, no puedes continuar, empiezo a dudar del amor que dices sentir por Lucia.
– ¡No Padre!, Lucía es el amor de mi vida. Estar a su lado me hace apreciar lo hermoso de la vida, como observar un paisaje maravilloso, de los que no
puedes creer que existen…ayúdeme padre.
Ante su amor confeso, consentí en ayudarle. Le pedí la dirección de su trabajo y le advertí que me presentaría en su oficina en la mañana siguiente.
Tal y como dije, a primera hora del día, me encontraba en las oficinas donde Manuel trabaja como ingeniero consultor para una compañía constructora.
Manuel al distinguir mi presencia, me invito a su oficina personal. Inmediatamente, con una llamada solicito dos cafés.
Mientras tomábamos el caliente estimulante, detallaba con entusiasmo los proyectos que actualmente desarrollaba; sin embargo, inesperadamente derramo
café sobre sus labios quemándose. Descubrí la causa de su evidente nerviosismo, presintiendo la presencia de una tercera persona. Un par de tacones, ajustados bajo
pies de puntillas, con unos dedos alineados uno después del otro, sin tensión, como si el ángulo incomodo fuesen para ellos su forma natural, perfectamente pintados,
un tobillo redondeado que ligeramente muestra su estructura ósea…
– ¡Padre!
Esa palabra en la voz de Manuel, trajo a mi pensamiento la imagen de mi sotana, pero aun así, debió repetirla para despertarme de mi letargo
contemplativo.
– ¡Padre!, ella es María, mi colega.
Fue así como pude comprender a este pobre mortal. A diferencia de la frescura que pude percibir en Lucía; María es de las mujeres que puedes imaginarte
con un tatuaje donde llegan solo privilegiados, ataviadas de cuero negro, con su cabello largo bailando al ritmo de música estridente en el centro de algún antro, con
dedicación rigurosa al cuidado extremo de su cuerpo, retocada por la estética artificial donde la naturaleza y el esfuerzo físico no alcanza moldear. ¡Pobre Manuel!
A pesar de estar seguro de mi vocación, no dejo de aceptar mi vulnerabilidad humana; por esto, siempre afirmo que la mejor forma de no caer en la tentación, es
no colocarse frente a ella y evitar que las circunstancias se presten para ello.
– Mucho gusto Padre, pero desconocía que Manuel también tuviese contactos cercanos al cielo. ¿Quién lo diría?
– El gusto es mío, y aunque al cielo no lo acerca ningún contacto, también puedo ser tu amigo y si tu voluntad lo permite, puedo guiar el camino espiritual que te
lleve a la verdadera felicidad.
– ¡Padre!, estoy segura de sus aptitudes para hacerme feliz.
No pude evitar sonrojarme, y además casi ahogarme con el café, cuando con voz suave, acercándose al oído de Manuel, con toda la intención descarada de ser
escuchada por mí, le dijo:
– Dile a tu amiguito que te preste la sotana y sabrás lo que puedo hacer debajo de ella…
Terminada su abierta insinuación, se dirigió a mí nuevamente con igual ironía:
– ¡Disculpe Padre!, ¿cuál es su talla?…jajaja, no me haga caso padre, los dejo para que puedan seguir conversando. Ore por mí…
Al volverse hacia la puerta, confirme mi primera impresión, dejando ver al final de su espalda, algunos trazos tatuados que seguramente terminarían
precisamente, donde mis ojos sin vista de rayos “X” perturbaban mi alma. Y es que dudo que con dos manos Manuel, pueda sostener tal volumen corporal, acumulado
en una sola parte del cuerpo.
– ¿Se da cuenta padre?, Es imposible resistirse, su provocación es perversa. Al principio pensé que después de una o dos veces con ella podría satisfacer
mis deseos, pero después de una o dos veces, sabes que con ella la próxima vez será algo más intenso, retorcido, inmoral pero gloriosamente sublime.
– Bueno hijo, es evidente la atracción que esa mujer desprende sobre cualquiera y así como ella, puedo contar muchas en la muchedumbre de los domingos, pero
solo una con la manera especial que toma tu mano y con la admiración de sus ojos cuando buscan los tuyos.
– Lo se Padre, por eso esta terrible culpa que me agobia. Lo acentúa el increíble amor inmerecido que me brinda Lucía.
– Entonces hijo, además de pedirle fuerzas a Dios, es la imagen de Lucía la que debes invocar en esos momentos que te arrastran a faltarle en su amor.
– Lo intentaré Padre, gracias por molestarse en venir hasta acá y su interés en ayudarnos.
Finalmente me despedí, y comprendí que el suplicio de su aflicción, más que la aceptación de sus actos como un pecado, lo atormenta el amor inocente que
Lucía le ofrenda.
En el nuevo domingo, durante la habitual celebración católica, me resulta inevitable irrumpir visualmente, en las posturas de esos fieles como Lucía y
Manuel, para percibir sus angustias.
Precisamente Manuel, quien previene mi examen visual, admite con su esquivez, la insistente falta que lo hostiga.
Al finalizar la ceremonia, me acerque disimuladamente a saludarlos al igual que a otras personas, sin querer intimidar a Manuel y esperando que su propia
voluntad buscase mi asistencia, los observé marcharse. Contemplé como cariñosamente Manuel abría la puerta del coche a su esposa y tal como lo presentí, antes de
entrar por su lado, levantó la mirada de auxilio, revelando su pecado.
Y así, decidí inmiscuirme directamente en la solución de conflictos internos de fieles, claramente perturbados por sus propias conductas.
No fue sino hasta el día miércoles que Manuel decidió acudir a visitarme; sin embargo, ya esperaba su visita. Yo me encontraba en el interior de la Iglesia, cuando
visiblemente alterado y entre sollozos, rogaba mi atención.
Trate de calmarlo para que expresara su tribulación pero sin lograrlo comenzó a relatar:
– Padre, Lucía me ha descubierto, no sé cómo pudo saberlo. Al mediodía lleve a María a un hotel, donde nunca habíamos estado; por supuesto, para cuidar mis
pasos. Al terminar, al abrir la puerta del cuarto, allí estaba Lucía esperando y no fue hasta ver mis ojos cuando le salieron las lágrimas. No hubo gritos, no dijo nada,
solo me tomo de las manos, con ellas limpio sus lágrimas y se marchó.
– No entiendo Padre, mi mayor miedo se materializó, no sé qué hacer, no me atrevo a volver a la casa y no entiendo cómo pudo saberlo. Creo que sospechó y
decidió seguirme, no lo sé.
– Hijo, a veces, la solución de muchos de nuestros miedos es enfrentarlos y definitivamente, son los golpes o choques repentinos con las consecuencias lo que
nos hace decidir el camino correcto. Fui yo quien te siguió, ante la predicción de tus actos te perseguí hasta ese hotel; una vez allí,

Pages :31

Autor De La  novela : Jesús Montiel

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Confesión – Jesús Montiel

llame a Lucía; pero, para no faltar al
secreto sagrado de la confesión, sin explicarle nada, solo la acompañé hasta esperarte, ocultándome al saber seguro de tu salida.

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