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Conociendo a Quarry – Max Allan Collins

Conociendo a Quarry – Max Allan Collins

Sinopsis De 

Libro Conociendo a Quarry – Max Allan Collins

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Cerré los ojos y vi el rostro del hombre al que iba a matar. Antes, en los baños del restaurante del hotel Howard Johnson´s, Broker me había enseñado la fotografía y me
había preguntado si quería llevármela; le dije que no, que solo necesitaba echarle un vistazo durante un minuto. Luego, pasados diez, pensé en su cara: un carnoso rostro
oval con la clásica narizota judía.
Abrí los ojos y observé el complejo de edificios de ladrillo marrón que se alzaba ante mí. El cuerpo principal estaba formado por un par de bloques alargados de dos
plantas que se unían en una torre central. Desde mi posición podía distinguir las palabras «Quad City Airport» de la torre. La tarde iba deslizándose hacia el anochecer
y aún no habían encendido las luces.
Antes de cruzar el césped que separaba el Howard Johnson´s del aeropuerto, el grupo de edificios con sus hangares correspondientes parecía bastante grande, no
tanto como el aeropuerto O´Hare, pero de buen tamaño. Sin embargo, cuando me acerqué al aparcamiento, todo me pareció más pequeño, como si me hubiera
aproximado a una maqueta a escala. Diminutos jardines con flores rojas, blancas y moradas aparecían diseminados por todo el parking; una pequeña concesión a la
naturaleza en medio de tanto ladrillo, cemento y contaminación. Las flores estaban fuera de lugar allí, y yo también. Me hubiera gustado ir con una camiseta, pero vestía
un traje, habría preferido relajarme al sol, pero tenía que resolver un asunto.
Y menudo asunto, menudo puto asunto.
Al entrar casi pierdo el maletín cuando dos tíos con trajes oscuros salieron a toda prisa por la puerta principal como si su equipaje estuviera a punto de estallar y
ellos fueran del grupo de artificieros de la policía. Algo, por otra parte, bastante típico de los aeropuertos: la mitad de la gente tiene prisa y va avasallando y dándose
aires de grandeza, mientras que la otra mitad se lo toma con calma y deambula tranquila, dándose aires de grandeza. Unos gilipollas todos.
El interior era de mármol color burdeos y escayola turquesa. El diseño del edificio quizá tuviera cierto aire futurista en los años cincuenta, pero ahora no era más que
una puta reliquia. Como el ascensor plantado ahí en medio, dentro de un cilindro cubierto con un plástico rojo chillón abombado en algunas zonas, rodeado a su vez por
una escalera de caracol.

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Lo primero que hice fue inspeccionar los baños de la planta inferior. Eran bastante grandes (cuatro váteres, tres de pago y uno gratuito), pero a pesar de que no había
mucho movimiento en el aeropuerto, estaba claro que no me iban a servir. Luego subí por la escalera que rodeaba el ascensor y antes de empezar a comprobar los aseos
de esa planta, lo vi.
Había un cura y una pareja de veinteañeros, un solado y un marinero, dos señoras mayores y un hombre de negocios, acomodados todos sobre almohadillados
asientos negros en torno al gran mirador, contemplando el espectáculo de la pista de despegue. Era el cura.
Todo de negro, por supuesto, salvo por el alzacuellos blanco. Con un rostro pálido grisáceo, salvo por algunas venas rotas que le atravesaban la nariz como un mapa
de carreteras. Llevaba un peluquín negro que parecía un peluquín negro y unas gafas de sol oscuras.
Un sacerdote. Con esa narizota judía y gafas de sol al anochecer, ahí es nada. Nadie se podía tragar que fuera cura. Con algunos tíos te entran ganas de hacerte a un
lado y dejar que se maten ellos solitos de lo idiotas que son.
No se dio cuenta de que lo estaba observando, así que seguí mi camino y eché un vistazo a los baños de aquella planta. Recorrí los dos pasillos que salían de la torre
central y descubrí que en ambos había aseos, además de muchas oficinas vacías. Como había actividad en una situada al final de uno de los corredores, me decidí por los
baños del otro pasillo, que parecían completamente desiertos. Lo cual me venía de perlas porque eran los mejores del edificio. Los aseos del pasillo más concurrido eran
como los de la planta baja, grandes y pensados para que los usara la chusma. Los que escogí eran para los trabajadores de allí; había solo un váter, pero espacio de sobra
para pasar el rato y fumar. Además, en los demás baños, las puertas no tenían cerrojo; en este se podía cerrar la puerta con un pestillo.
Volví a bajar sin ni siquiera mirar al cura. Caminé hacia el mostrador de Hertz y le pregunté a una rubia bastante guapa quién se encargaba de las taquillas. Me
contestó que estaban tras una esquina, pero yo le dije que no, que lo que quería era hablar con el encargado. Ella sonrió, descolgó el teléfono, marcó un número y
momentos después apareció un tío joven con una americana azul. Me preguntó si podía ayudarme en algo, le dije lo que quería y él contestó que muy bien, y le di algo
de dinero. Nos acercamos a una zona donde había dos paredes de brillantes taquillas metálicas, una frente a la otra. Dejé mi maleta en una, el tipo apuntó el número y
me pidió un nombre. Se lo di. Me dio las gracias, le di las gracias y se marchó.
Una vez estuve solo, volví a abrir la taquilla, abrí el maletín, cogí un par de guantes grises y me los puse. También saqué del maletín la gabardina, que me colgué del
brazo, y la nueve milímetros automática, que agarré con la mano derecha. La gabardina me cubría todo el antebrazo y la mano. Cerré el maletín y lo volví a meter en la
taquilla.
De nuevo en la planta superior, me acerqué al sacerdote y me senté a su lado. Estaba mirando un gran avión plateado, un 737 adornado con el rojo, blanco y azul de
United Airlines. El cielo era del color del plomo, con grandes pinceladas de nubes naranjas. Me pregunté si podría verlo con aquellas puñeteras gafas de sol.
—Padre —le dije.
El cura se volvió y me miró. Sonrió con discreción, asintió y apartó la mirada.
Vaya, aquel tío era un listillo. Quizá hasta tuviera un título universitario y todo. Sabía muy bien que su papel como cura incluía aceptar el reconocimiento de los
creyentes. Sí, señor.
—Padre —dije, y le mostré que llevaba guantes en agosto. Por su expresión vi que por fin ataba cabos.
—Ay, Dios —dijo en un susurro.
—Vamos a los baños.
—Ay, Dios.
—Solo quiero que me lo dé. No va a pasar nada.
—Ay, Dios.
—Mantenga la calma, no diga nada… bien. Vale. ¿Listo?
Se estremeció. Luego asintió.
—Bien —dije—. Caminaremos hacia el baño y hablaremos del asunto. Ahora arriba, venga.
Nos pusimos de pie y lo cogí del brazo. Pasamos por delante de la pareja de veinteañeros, me excusé y les sonreí. Ellos me devolvieron la sonrisa. Lo conduje hasta el
final del pasillo de oficinas vacías y luego al baño.
Cerré la puerta con el pestillo.
Acto seguido, él abrió la puerta del váter y vomitó con la velocidad y el dinamismo de un corredor que pasara el testigo en una carrera de relevos.
Cuando hubo terminado, le dije:
—Tire de la cadena y salga.
Eso hizo.

Conociendo a Quarry – Max Allan Collins

Ahora todo el baño apestaba. Tanto como aquel trabajo. No dejaba de pensar que aquello no era lo mío, que no era mi estilo. Joder, ¿desde cuándo me dedico yo a la
recuperación de objetos robados? El puto Broker me las va a pagar por incumplimiento de contrato. Yo

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