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Corazones en al oscuridad – Laura Laye

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Resumen y Sinopsis De 

Buen Sam no respondió.
¿Hola? continuó. ¿Sigues aquí conmigo?
Sí, estoy aquí. ¿Te encuentras bien? Resonó una voz en el confinado espacio, rodeándola por completo.
Mmm… Sí… No lo sé. Se apartó el pelo de la cara y negó con la cabeza.
Lo bajito que se rio hizo que se sintiera menos ridícula.
Qué mal, ¿eh?
Peor repuso Makenna antes de soltar un suspiro ¿Cuánto crees que estaremos aquí encerrados?
¿Quién sabe? Espero que no mucho. Lo dijo con un tono que Makenna no terminó de entender.
Ojalá. ¿No suelen llevar estos cacharros luces de emergencia? Recorrió con la mano el panel de botones y pulsó varios al azar para ver si encontraba el de la
alarma, pero ninguno pareció hacer nada en concreto. Además, por los dos años que llevaba trabajando allí sabía que al teléfono de emergencias le faltaba el receptor. Por
lo visto esos eran los riesgos de trabajar en un edificio de oficinas de la década de 1960.
Sí, los más nuevos las tienen.
Tras un rato desistió de encontrar ayuda en los botones y se volvió hacia la puerta para golpear tres veces con los nudillos contra el metal.
¡Eh! ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien puede oírme? Nos hemos quedado encerrados en el ascensor. Presionó la oreja contra la fría superficie de las puertas, aunque
después de estar varios minutos en esa posición le quedó claro que no había nadie cerca. Seguro que se habían parado entre la tercera y la cuarta planta, donde se
encontraba una delegación de la Seguridad Social que cerraba a las cinco, por lo que un cuarto de hora después allí no había ni un alma. Sí, eso explicaría perfectamente la
falta de respuesta.
Suspiró y alzó la mano, pero fue incapaz de verla, y eso que tenía la palma lo suficientemente cerca como para tocarse la nariz.
Maldita sea, esto sí que es la definición misma de «negro como el carbón». No puedo verme ni la mano que tengo delante de la cara. Al oír cómo Buen Sam se
quejaba bajó la mano. ¿Qué pasa?
Nada. Sonaba cortante, tenso.
«De acueeerdo.»
Él resopló y se movió. Entonces Makenna notó cómo algo duro le golpeaba el tobillo y soltó un grito de sorpresa.
Mierda, lo siento. ¿Estás bien?
Bajó la mano y se frotó la zona donde por lo visto el calzado de él le había golpeado.
Sí. ¿Te has sentado?
Sí. He pensado que ponía ponerme cómodo. Aunque no quería hacerte daño. No me he dado cuenta de que…
¿De qué? ¿No podías ver que estaba aquí? Se rio, tratando de restar importancia al asunto y romper un poco el hielo, aunque que él no respondiera cayó como
una pesada losa en el reducido espacio que estaban compartiendo.
Soltó un suspiro y usó la mano como guía para volver a «su lado» del ascensor, pero se tropezó cuando el pie izquierdo se le enredó con la correa de uno de sus
bolsos, haciendo que se le resbalara el zapato. Frustrada, se quitó el otro de una patada que fue a parar a… a algún sitio en la oscuridad.
Bueno, supongo que yo también puedo ponerme cómoda dijo con la doble intención de romper el silencio y comenzar una pequeña charla con él. Encontró el
rincón trasero del ascensor y se sentó. Después extendió con cuidado las piernas, las cruzó sobre los tobillos y se alisó la falda a la altura de los muslos. Cuando se dio
cuenta de lo que estaba haciendo puso los ojos en blanco. Ni que él fuera a verla.
Aquella oscuridad la tenía completamente desorientada. No se filtraba ni el más mínimo halo de luz. Su primer impulso fue el de encender la pantalla del teléfono
móvil para poder ver algo, pero entonces se acordó de que la batería estaba tirada en alguna parte del vestíbulo de la planta en la que trabajaba. Y, dado que el día estaba
siendo lo que era, también había agotado la batería del portátil, así que tampoco podía usarlo.
Le hubiera gustado ver qué aspecto tenía Buen Sam. Su loción para después del afeitado olía a limpio. Reprimió una sonrisa al imaginarse recorriendo su garganta con
la nariz hasta llegar a la cabeza.
No sabía exactamente cuánto tiempo llevaban allí dentro. Giró los pulgares unas cien veces al tiempo que estiraba los tobillos.
«¿Por qué no dice nada? Tal vez es un poco tímido. O puede que lo hayas dejado anonadado con tu grácil entrada, tu ataque de nervios tan elegante y tu sensual risa
estilo cerdito. Sí, seguro que se trata de eso.»
***
Caden deseó con todas sus fuerzas que la pelirroja volviera a reírse, o al menos hablara. Que le hubiera recordado lo oscuro que estaba aquel sofocante ascensor del
tamaño de una caja despertó al instante la ansiedad que sentía. Y cuando la opresión se apoderó de su pecho, tuvo que sentarse para no avergonzarse a sí mismo
desmayándose o haciendo alguna otra mierda similar, pero al estirar las piernas la había golpeado y desde entonces ella apenas había pronunciado un par de frases más.
«Bien hecho, sí señor.»
La oyó removerse inquieta, suspirando y cambiando de posición. Empezó a concentrarse en el sonido que hacían sus piernas cada vez que se deslizaban contra la
moqueta del ascensor; una distracción que le ayudó a ralentizar la respiración. La inhalación profunda que finalmente consiguió insuflar en los pulmones le alivió y
sorprendió a la vez.
Caden era un tipo solitario. Tenía pocos amigos personas que le conocían de toda la vida y que sabían lo que le pasó a los catorce años pero tampoco dedicaba
mucho tiempo a hablar con personas que no conocía. Así era él. Los tatuajes, los piercings y pelo rapado conseguían que desprendiera un cierto halo antisocial, aunque
eso era más fachada que realidad. De modo que le resultaba tremendamente extraño que otra persona le transmitiera la calma que estaba obteniendo de aquella pelirroja.
¡Por el amor de Dios, pero si ni quiera sabía qué aspecto tenía o cómo se llamaba!
Solo había una forma de resolver ese último aspecto.
¿Eh, pelirroja? Después del largo período de silencio, su voz resonó con fuerza

Ruta: Pulsar para abrir
Orden de autor: Laye, Laura
Orden de título: Corazones en al oscuridad
Fecha: 12 ago 2016
uuid: 5d05d9f1-555a-43fb-87b7-92594a8568bc
id: 83
Modificado: 12 ago 2016
Tamaño: 0.81MB

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