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Corazones mercenarios – Beatriz Alonso

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Resumen y Sinopsis De 


Corazones mercenarios – Beatriz Alonso

estera de paja entretejida a modo de parapeto entre un habitáculo y otro, sonrió con ironía y dijo a modo de chanza:
—Debiste ofender mucho a la Sole cuando expresaste con tanta ligereza de lengua que nunca habías visto un culo de proporciones tan enormes como el suyo. Se
toma muy en serio tales afrentas, y estabas demasiado beodo para defenderte.
Acompañó sus detalladas explicaciones con una sonora carcajada, arrastrando a los soldados a unirse a ella en un coro de risotadas.
—Recuerdo que te dijo: « No podrás competir conmigo cuando se te hinchen» . Y te apretó ahí abajo… hasta que te desmayaste. Algunos puntapiés recibiste de
paso.
El jolgorio fue subiendo de tono hasta tal punto que varias personas más se asomaron a la entrada del estrecho recinto para ver qué sucedía, y la historia del
altercado entre la puta y el borracho fue tomando tintes grotescos.
Humillado y avergonzado, la víctima del escarnio se vistió raudo y salió al exterior del tugurio, donde la luz le asestó un doloroso golpe en los ojos. Sentía un
terrible dolor de cabeza, por no hablar, claro está, de aquel que le palpitaba por debajo de la cintura. El hombre, completamente vapuleado a causa de las patadas
asestadas por la puta, se veía forzado a realizar movimientos lentos y cautelosos. Mandó al diablo a los soldados y se dirigió al abrevadero, que se hallaba vacío de reses
en aquel instante; metió la cabeza en el agua y, con un escalofrío, trató de ahuyentar la sensación de ridículo que había padecido. El vino de mala calidad y el estómago
vacío no eran buenos aliados, y aquella mujer oronda había confundido su cumplido con un agravio. Le había apretado los testículos con tanta fuerza que solo recordaba
eso: dolor y oscuridad. Echó mano a la paupérrima bolsa que llevaba amarrada al cinturón de piel de venado y comprobó que, tal y como temía, la rencorosa Sole le
había desplumado.
Bastien Dufort —conocido como Bastien, el francés, pues así era como le apodaban los lugareños para evitar pronunciar el apellido extranjero—, estaba
abochornado; tras unos minutos de recomposición interna se convenció de que un malentendido le podía sobrevenir a

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Corazones mercenarios – Beatriz Alonso

cualquiera. Inhaló una gran bocanada de aire,
provocando con ello que su pecho se ensanchase todavía más —sus proporciones corporales eran considerable

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