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Cuerpos y más cuerpos – Juan José Lara

 Cuerpos y más cuerpos – Juan José Lara

Sinopsis De 

Libro
Cuerpos y más cuerpos – Juan José Lara

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«Marino», tecleó. Había reflexionado durante varios días sobre qué seudónimo adoptar. Cuando «Marino» acudió a su mente, le pareció que no debía darle más
vueltas.
Por un lado, se trataba de una variación sobre su nombre: Martín, con lo que sentía la confortable sensación de la sinceridad en un ámbito donde reina el engaño.
Por otro lado, poseía los atractivos exigibles a todo seudónimo en semejante contexto: resultaba evocador, sugería aventura con un algo de misterio. Su nuevo antifaz,
«Marino», parecía apto para cumplir las dos funciones deseadas: servir de anzuelo y mantener la presa.
La idea había surgido cuando, hacía unas semanas, se fijó por primera vez en el anuncio pintado en el lateral de un autobús. Vio el anuncio aquel día como se
suelen ver los anuncios, mecánicamente, recorriendo con la vista los colores y las formas pero sin reparar en el contenido. Unos días después volvió a tropezar con el
autobús camino a casa, los colores y formas se amalgamaron entonces en su cabeza y percibió la escena con-creta: unos labios de intenso color carmesí y de un carnoso
hi riente con un dedo antepuesto que, según universal simbología, manda callar. Y aún hubieron de transcurrir unos días más para que aquellos labios, junto con el
mensaje escrito, elegantes le-tras en un amarillo estridente, alcanzara su conciencia en su totalidad.
El mensaje, a primera vista paradójico, cumplía la función primordial de los anuncios: captaba la atención. Martín entendió entonces que no se trataba de un
puticlub. Unos labios de mujer ardientes que, no obstante, demandan reserva, constituyen un logotipo que podríamos considerar prototípico de los anuncios de los
puticlubs. El aparentemente paradójico mensaje no podía anunciar un puticlub: «¿Quieres avivar tu matrimonio? Ten un affaire». Un puticlub no habría habla-do de
affaires. La función de los puticlubs no es proporcionar affaires, sino sexo. Sexo conciso, sexo por vía sumaria; lo más alejado de un affaire. Un puticlub, en todo caso,
habría escrito: «¿Quieres avivar tu matrimonio? Echa un polvo fuera».
No, discurrió Martín, no es probable que se permitan anuncios así en un autobús urbano. El mensaje habría sido: «Echa una cana al aire». Sí, «una cana al aire»
como eufemístico sustituto de «echar un polvo» podría figurar tranquilamente en el lateral de un autobús de línea. Pero anunciar un puticlub en un autobús habría sido
motivo de un revuelo mayúsculo. En todo caso, ni polvos ni canas al aire aparecían en el autobús aquel. Affaires, aparecían affaires. Y no affaires cualesquiera, sino de
los que avivan matrimonios.
Se trataba de una página web donde hombres y mujeres casados andan en busca de una infidelidad sin, se presume, mayor compromiso ulterior. Martín había leído
un artículo en el periódico, hacía ya meses, sobre la rentabilidad de estas empresas. «El negocio de la infidelidad», se titulaba —ningún alarde imaginativo, desde luego—
el reportaje.

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Por qué Martín no había prestado atención al anuncio del autobús aquellas primeras veces y había leído el artículo con mera curiosidad intelectual mientras que
ahora ese mismo anuncio había encendido una luz en algún lugar de su cabeza es algo sobre lo que tan solo podríamos especular. Simplemente sucedió así.
¿Necesitaba Martín avivar su matrimonio? Sentado en el despacho, minutos después de que el autobús, esta vez sí, hubiera hecho mella en algún inconcreto lugar
de su mente, re-flexionó. Habría contestado que no a esa pregunta solo unos días atrás. Solo unos instantes atrás. Ahora no sabría si contestar que sí o que no. Nada
específico habría podido alegar contra su vida marital ni contra su esposa.
Lucía había sabido conservar el esplendor de su belleza juvenil. Una belleza, si bien ligeramente atenuada por los años, engalanada ahora con la pátina del aplomo
que solo confieren esos años. Una belleza serena.
Martín tampoco habría podido aducir indigencia sexual. La vida íntima con Lucía se mantenía a un ritmo satisfactorio. Los célebres ardores cimarrones de la
juventud no habían sido tan ardorosamente cimarrones en ellos. Habían disfrutado desde los principios del noviazgo de una intimidad plácida y constante, en
concordancia con el carácter de ambos. Y por en-cima de estas consideraciones —que, dígase lo que se diga, son relevantes y nada frívolas—, él quería a Lucía. Se había
casado con ella porque la quería y nada en ese sentido había variado. ¿Qué movía entonces a Martín a darse de alta en una página de contactos para la infidelidad? Dos
motivos se vienen a la cabeza a bote pronto. Martín se acercaba a la cuarentena. De sobra es conocida la sensación que dicha edad, o sus alrededores, inspira en los
hombres. Una especie de vértigo existencial auspiciado por la definitiva clausura de la juventud y ratificado por la presencia inapelable de signos de vejez. Las canas ya
en entusiasta metástasis no solo en la cabeza entera sino en su frenética extensión al pecho eran vividas por Martín con dolorosa resignación. No menos célebre es, por
otro lado, el ansia masculina hacia la novedad erótica. El anhelo no de una belleza mayor, ni tan siquiera de un superior encanto o más atrayente carácter. No se trata de
la búsqueda de característica alguna en grado mayor del ya conocido y poseído. Se trata de la búsqueda ciega de lo nuevo. La novedad como valor en sí. Todo esto son
lugares comunes ya. Pero en ningún lugar está escrito que los lugares comunes no sean ciertos. De hecho, que los tópicos pueden ser ciertos se ha convertido en un
tópico. Es más, puede que los tópicos merezcan presunción de veracidad. Todo esto no son más que elucubraciones acerca de los motivos de Martín. Motivos
seguramente tan arcanos para él como para nosotros mismos.
Martín llegó a casa y aquel día, no siempre sucedía así, Lucía y él comieron juntos. Todo transcurrió con normalidad. No tenía por qué no ser así. Martín miró
fijamente a Lucía y pensó que ninguna razón había para sentirse mal. Nada, más allá de rellenar un formulario electrónico, le ocultaba a aquella mujer. Nada había
sucedido. Aún. Aprovechó para mirar bien a Lucía. ¿Cuánto tiempo hacía que no la escrutaba? Definitivamente, era guapa. La delgadez supone siempre una ventaja,
pero más a partir de cierta edad. La delgadez natural de Lucía la rejuvenecía. A cambio, sus formas (y aquí se me entiende) no mostraban la exuberancia que deleita a la
mayoría de hombres. Martín, sin embargo, nunca había añorado curvas de calibre mayor. El cuerpo de Lucía lo había satisfecho —no había tenido queja, se podría decir
de forma coloquial— y esas cuestiones que se le venían ahora a la cabeza acerca de las curvas de mayor calibre no habían rondado su cabeza en estos años.
Revisar la bandeja de entrada de aquella página web se convirtió en un ritual diario. Un ritual que pronto se convirtió en una obsesión. Aquella era probablemente
la función principal de la página, encender la chispa de la esperanza durante varias veces a lo largo de los días anodinos. No es poca cosa si se piensa. Aun no
materializando ninguna de estas esperanzas, el servicio bien valdría lo que costaba. Puntuar el tedio cotidiano

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con ráfagas de esperanza sensual, pocos servicios más
valiosos pueden concebirse. La primera sorpresa de Marino fue la cantidad considerable de mujeres, de su ciudad y de lugares cerca-nos, y de

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