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Dentro de mi: Emmo – Jaime Blanch Queral

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Resumen y Sinopsis De 

Dentro de mi: Emmo – Jaime Blanch Queral

«Vino Noruego» se llama el modelo que vamos a hacer le dijo el encargado, soltando una breve risotada. Menuda gilipollez de nombre, no sé a quién se le
habrá ocurrido.
Antiguamente le poníamos nombres normales a los modelos, pero se ve que eso se quedó en la antigua fábrica.
El hombre llevaba en la empresa desde que abrió, treinta y cinco años antes. Él, al igual que la mitad de la plantilla, que pasaba de los cincuenta años, había
empezado trabajando en la antigua factoría 1, que estaba muy cerca de Alcora. Veinte años después la fábrica había sido engullida por la pequeña urbe, ya que el
crecimiento de esta había sido espectacular, gracias a la gran cantidad de trabajo que había por los alrededores, en los que había más de un centenar de empresas, la
mayoría de ellas dedicadas a la fabricación de azulejos. Así, una vez la fábrica quedó obsoleta, y, animados por el ayuntamiento, construyeron una nueva fábrica en el
año 2003, mucho más grande y espaciosa, lejos del casco urbano. Una vez cerrada la vieja factoría de forma definitiva unos años después, los dueños habían esperado
sacar una buena rentabilidad al solar, puesto que, al estar ahora dentro del casco urbano, se había revalorizado mucho. Entonces llegó la crisis.
¿Cómo? preguntó David.
Te veo distraído. ¿Estás bien?
Sí, sí. ¡Ah!, te refieres al nombre. Seguro que es cosa de nuestro querido jefe de planta apuntó.
El dolor de cabeza casí había desaparecido, pero se sentía raro y la sensación de estar siendo observado persistía, a pesar de que él la estaba ignorando.
Por cierto, ¿cómo va lo tuyo con María del Mar?
Psé. Liado, con abogados y eso, ya veremos cómo acaba.
En ese momento David sintió cómo el malestar en su mente empezaba a aumentar con rapidez. Reconoció en seguida lo que le empezaba a pasar. No se trataba de la
sensación de ser observado, no, sino una mucho peor que ya había experimentado dos veces en menos de un día.
Se despidió bruscamente de un sorprendido Miguel y se montó en la bici, rumbo a los aseos.
Estaba a punto de entrar cuando el malestar se desbordó y se convirtió en otro torrente de pura tristeza.
David tuvo el tiempo justo para cerrar la puerta.
Al igual que el día anterior, empezó a llorar sin poder controlarse y, lo peor, sin entender el por qué.
Poco a poco se fue serenando. Una llamada a su móvil lo sacó de su ensimismamiento. Miró el reloj. Había pasado media hora.
¿Diga?
Soy Fernando. Tenemos un problema en el robot paletizador, ¡se ha vuelto loco!
Voy para allá respondió, a la vez que se apartaba las lágrimas con la manga de la camisa.
Al salir se miró al espejo. Tenía los ojos rojos.
¿Qué me está pasando? se preguntó, no por primera vez, alejándose hacia su siguiente reparación.
Cuando se levantó de la siesta a las cinco, tenía otra vez un dolor de cabeza horrible. Se tomó un gelocatil y un vaso de zumo, y abandonó su casa, rumbo a su
improvisado taller. Sin embargo, antes de ir allí tenía que hacer una parada obligada en una cafetería situada a muy cerca de su casa.
Recorrió una docena de metros de su calle hasta salir a una mucho más amplia. Al otro lado había un parque muy grande de árboles todavía jóvenes, en el que un gran
número de niños correteaba. Sin duda era algo que Castellón había ganado con su espectacular crecimiento de los últimos quince años, se dijo: zonas verdes. En ese
momento vio a varias personas corriendo por la zona e instintivamente bajó la vista, al recordar que a su futura exmujer le gustaba mucho correr y solía pasar por
aquella zona. Por desgracia, el piso que le había dejado su amigo estaba en el mismo barrio que el adosado que había compartido con ella, a escasos cinco minutos a pie,
por lo que lo último que quería era verla corriendo. O peor aún, ver a los viandantes masculinos babear al verla pasar.
Caminó en dirección al estadio Castalia, el campo de fútbol del Castellón, y entró en una pequeña cafetería, tal y como solía hacer todas las tardes que no trabajaba.
David, buenos días dijo la dependienta con voz melosa al verlo entrar, mostrando una cálida sonrisa. Se trataba de una chica menuda de apenas veinte años,
delgada pero muy bien proporcionada, de rasgos finos y delicados. Llevaba rastas en el pelo tintado de color rojizo y un piercing en la nariz y otro en el mentón, pero lo
que más destacaba en su rostro eran sus espectaculares ojos verdes.
Hola Gloria, ¿qué tal? respondió, con una amplia sonrisa, acercándose a la barra.
Bastante bien. Con ganas de acabar, y ahora que te he visto, más animada.
Dicho esto le guiñó un ojo.
Era lo único bueno que tenía su actual situación, se dijo. Debido a su traslado «obligatorio» al piso d

Pages :94

Autor De La  novela : Jaime Blanch Queral

Tamaño de kindle ebook :1,05 mb  

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