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Derechos de pasión – Krista E. Mollet

Derechos de pasión – Krista E. Mollet

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Derechos de pasión – Krista E. Mollet

  La sonrisa se le congeló en los labios y Zoe contuvo las ganas de golpearlo.
—Cinco años —silbó—. Vaya.
—Pero has dicho que lo entiendes.
—Sí, claro que sí.
—Eso es genial, Zoe, si te paras a pensarlo, que esté Bea nos conviene a todos. Ella es capaz de satisfacerme —lo que significaba que ella no era capaz— y tú y yo
hacemos una buena pareja, sin presiones ni obligaciones.
Carlos la abrazó y Zoe también le devolvió el abrazo, deseando cada vez más golpearlo.
—Es genial, sí —dijo suavemente, muy despacio, saboreando cada una de las palabras—. Ya no hay necesidad de engañarnos.
—Eso es, Zoe —la interrumpió él—. Si hubiera sabido que te lo ibas a tomar tan bien te lo hubiera contado antes.
—Tú te satisfaces con otra mientras yo lo hago con otro. Ya no hay necesidad de ocultarlo.
Capitulo 3
Zoe sorbió el café caliente con cierta satisfacción, escuchando a medias el monologo de Carlos.
No se había tomado especialmente bien la noticia de su relación —incluso si ésta era una relación sexual—, con alguien más.
—Me has estado engañando —soltó indignado.
—Lo mismo que tú.
—No es lo mismo, Zoe.
—¿No es lo mismo?
Era indignante. Carlos se sentía con el derecho de enfadarse porque ella le había dicho que tenía a alguien más con quien compartía la cama, pero ella tenía que
aceptar de buenas que tuviera una relación física con esa tal Beatriz de veintidós años.
—No, tú no necesitas nada de eso. Yo puedo complacerte.
¡Era el colmo!
¿Ella no le complacía a él pero Carlos conseguía satisfacerla? Era demasiado.
—Evidentemente no eres capaz —dijo, dándole un nuevo sorbo al café. Zoe solo quería levantarse y marcharse—. Pero no te preocupes. Ya hay alguien que lo hace
por ti —Volvió a sonreír y echó un vistazo a la bolsa con la ropa que había dejado en otra silla a su lado y sintió una nueva oleada de rabia—. Ya que tú estás ocupado,
me iré a su casa.
—¿A su casa?
—Sí. Me había pedido que pasara estos días con él —mintió descaradamente—. Me echa de menos —Le dio otro sorbo al café y sonrió con desdén—. Echa de
menos mi cuerpo realmente —Puso los ojos en blanco—. Pero le había dicho que no, que lo pasaría contigo porque llevábamos un tiempo sin pasarlo juntos… —Carlos
la miraba fijamente y Zoe se irguió, llevándose una vez más la taza a los labios, aunque esta vez no bebió—, pero ya que estás tan ocupado, iré con el.
Dejó la taza sobre la mesa e hizo ademán de levantarse.
—¿Cómo se llama?
Zoe se encogió de hombros.
—No lo conoces.
—¿De qué lo conoces tú?
—En uno de mis viajes.
Sonaban tan naturales las mentiras, como si hubiera estado mintiendo siempre, pero todas ellas le hacían sentirse mejor; una buena manera de dejar a Carlos. No
pensaba volver a verlo voluntariamente, incluso podía cambiarse de casa si Carlos trataba de buscarla en algún momento, pero se alejaría con dignidad. No era ella la
tonta, aquella que no había querido ver los signos de todo aquello, la única de quien se habían reído.
—¿Y cómo surgió?
—¿Cómo surgió lo tuyo con ella?
Con esa fulana.
—Estamos hablando de tí.
—Tú hablas de mí, yo de tí.
Carlos la miraba sin apartar la mirada de sus ojos. Seguía molesto, contrariado, pero eso era exactamente lo que ella quería que sintiera, incluso rabia, ya que no
esperaba que sintiera el dolor que ella sentía.
Zoe suspiró y agarró la bolsa, levantándose con el café prácticamente sin tocar.
—Tengo que irme, Carlos.
—Espera.
Zoe hizo una mueca y giró un instante la cabeza hacia Carlos.
—¿Qué?
—Quiero conocerlo.
—¿Qué?
—¿No conoces tú a Bea? —No porque ella hubiera querido—, quiero conocerlo. Tengo derecho, ¿no?
—No sé… si a él le haría mucha gracia.
—Zoe, no me lo termino de creer, ¿sabes?
—¿Cómo?
Carlos se sentó con la espalda cómodamente en la silla y la observó con una irritante expresión de satisfacción.
—¡Estás mintiendo! No hay nadie más, ¿verdad?
Zoe se dio la vuelta completamente, temblando ligeramente de rabia y apretó con fuerza las asas de la bolsa.
—¿Quieres conocerlo?
—Eso es, ¿puedes presentármelo?
—Sí, vamos, te lo presentaré.
Zoe esperó a que Carlos se levantara para que los dos salieran de la cafetería y caminó detrás de él, buscando rápidamente una salida a la situación en la que ella
misma se había metido.
Capitulo 4
—¿Dónde vive?
—¿Hm?
Zoe levantó la mirada hacia Carlos que se había detenido de pronto y se había girado para mirarla.
—Puedes decir que es mentira y cortamos con esta tontería.
Zoe lo fulminó con la mirada.
¡Cómo fastidiaba saber que era lo que él quería y esperaba! Pero Zoe no pensaba darle esa satisfacción. Miró desesperada a su alrededor y vio de pronto la parada
del autobús.
—Ah, ahí está.
Carlos se giró para mirar a su espalda, tal vez esperando encontrarse a un hombre detrás de él.
—¿El qué?
—La parada de autobús. ¿Qué creías?
Zoe levantó la cabeza y caminó muy erguida hacia la parada, ignorando la manera que sus zapatos se metían en un charco. Desde hacía un par de horas sus
prioridades se habían vuelto completamente diferentes.
Y ahora lo más importante era encontrar a alguien que se hiciera pasar por su amante. Y de hecho no era tan fácil.
¿Quién iba a querer pasarse por algo así, ser convincente e improvisar desde el principio sin saber nada del tema?
—¿Zoe?
—¿Qué?
—¿A dónde vamos?
—Ah… —Pensar en algo, pensar en algo…—. Ya te diré cuando bajamos.
Aparté la mirada de él y clavé los ojos en la ventanilla, buscando una solución, sin dejar de mover la pierna, nerviosa. Durante un rato contemplé como pasaban
calles una tras otra, como las personas salían del edificio y se marchaban a sus trabajos… ¡Por supuesto!
Zoe vio como entraban a una zonas de apartamentos de lujo y se levantó de golpe.
—Es aquí.
—¿Aquí?
Zoe percibió como Carlos revisaba la zona antes de seguirla fuera del autobús; respiró hondo y empezó a caminar hacia el primer edificio que había delante de ella y
casi chocó con una muchacha que salía en ese momento del portal.
—Hasta las seis, Graham. Ah, lo siento.
Zoe se apartó para dejarla pasar y sujetó la puerta para que no se cerrara y entró con decisión, seguida de Carlos que caminaba algo desconfiado detrás de ella.
—Buenos días, Graham —saludó ella, con un cabeceo indiferente al guarda que estaba tras el mostrador frente a un ordenador.
El hombre los miró con los ojos entrecerrados, pero Zoe no le dejó que le viera bien la cara para que no se diera cuenta de que no era alguien que conociera y fue
derecha hacia los ascensores.
—Buenos… días.
Los dos entraron en el ascensor y Zoe sólo dudó un segundo antes de pulsar el botón cuatro y esperó en silencio hasta que el ascensor se detuvo y las puertas se
abrieron.

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—¿Así que es rico?
—Eso es.
Zoe salió cada vez mas nerviosa al vestíbulo y pasó de largo la primera puerta, segura de que había oído voces al otro lado y se detuvo en la siguiente, tomó aire y
llamó, rezando para que no hubiera nadie.
—¿No tienes llaves?
—No esperaba venir. No las llevo encima.
Durante un instante, no se escucharon voces al otro lado y Zoe comenzó a sentirse aliviada.
—¿No llamas más?
—No hay nadie, ¿no ves? Y no quiero molestar a los vecinos.
Carlos la ignoró y pegó el dedo en el timbre, haciendo que el ruido resonara por todo el vestíbulo.
—Carlos, ya vale. Y vámonos.
De mala gana, Carlos apartó el dedo y accedió a alejarse de la puerta, justo en el momento que ésta se abría y Zoe miró horrorizada como un hombre se asomaba por
ella con una expresión furiosa.
—¿Quién coño es a esta hora?
Capitulo 5
Zoe miró al hombre sorprendida; tal vez impresionada. Era alto, musculoso, de piel dorada y cabello negro ondulado que caía sobre su frente y ojos de un intenso
verde esmeralda que los miraba a los dos como si fuera a asesinar a alguien si no tenían un motivo importante por el que lo habían molestado.
—¿Quién…?
Zoe abrió mucho los ojos, alerta y sin pensárselo dos veces, se abalanzó sobre el desconocido, pasándole los brazos por el cuello y lo besó de improviso,
introduciéndole la lengua mientras se pegaba a su cuerpo con desesperación.
—Ya lo has visto, Carlos, ahora si no te importa, puedes volver con Beatriz o con quien quieras, yo tengo planes para un rato.
Zoe vio con aprensión como Carlos no se movía, impresionado por el giro de los acontecimientos y cierta rabia en la mirada y, para mayor frustración, dio un paso
hacia la puerta, entrecerrando los ojos mientras se erguía.
—Carlos Hiren —Se presentó con voz muy grave, ofreciéndole una mano extendida haciendo que Zoe entrara en pánico, apartando lentamente los brazos de él—.
Su novio, ¿así que eras tú?
Y se atrevió a decirlo con voz despectiva.
—Carlos, ya hemos hablado de esto —insistió ella, notando como sudaba e iba acercándose a la hiperventilación—. Yo acepto lo de Beatriz y tú respetas lo mío…
—Jeyson Breyt —dijo de pronto el desconocido, sorprendiéndola, mientras pasaba su brazo por sus caderas y apretaba la mano en su culo. Zoe se puso
automáticamente rígida—. El amante, supongo.
Zoe miró de refilón al hombre, encontrándose con la mirada perversa del desconocido clavada en ella.
Jeyson le estrechó la mano y por un momento, los dos se miraron desafiantes, siendo Jeyson quien terminó por soltar su mano y se giró hacia ella, estrechándola
con más fuerza.

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—¿A qué ha venido esta sorpresa?
Zoe guardó silencio, sin atreverse a decir nada.
—Acaba de descubrir que tengo otra mujer y ha deciido en vez de pasar los días

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