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Descatalogado – Ramón Lozano

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Resumen y Sinopsis De 

Entró en un portal en la calle de Lavapiés, subió al tercer piso y abrió la puerta blindada, cerciorándose de que la misma no hubiera sido forzada. Allí estaba una
mañana más, en su antiguo piso, con un desayuno que le esperaba en una bolsa de plástico. Tras resolver el caso del adulterio, no tenía ningún frente abierto. Se recostó
en el sofá de lo que antes fue el salón -ahora la sala de espera- y encendió la televisión. El típico programa de debate en el que un par de acreditados periodistas creían
tener la verdad absoluta fue lo que acompañó la lectura del diario, aderezado con los bollos del chino y el café americano recién hecho. Disfrutaba esos días, tan
necesarios como el dinero. Prescindir de esos momentos se le antojaba imposible.
El sol aún calentaba con fuerza las calles madrileñas y un tipo se aproximó con cautela a la puerta y pulsó el timbre. Suso, adormilado en el sofá, saltó como un
resorte.
Voy, voy -balbuceó sumido en su sopor.
Salió de la sala y al llegar al vestíbulo se frenó. Se miró en el espejo de pared y se acicaló el pelo. Estiró la camisa, pasando las palmas de las manos para disimular las
arrugas, y abrió la puerta.
Al otro lado del umbral se encontraba un hombre de mediana edad, por encima de los cincuenta, supuso Suso. Vestía un traje gris claro con camisa blanca y sin corbata,
probablemente debido a las buenas temperaturas que estaban teniendo en pleno octubre. Su pelo, cuidado pero canoso, acompañaba el semblante que se reflejaba en su
cara y, en especial, en sus ojos. Su mirada mostraba cansancio, tal vez resignación, así como esas arrugas que le surcaban la tez que parecían fruto de los disgustos de la
vida. En su caso debían de ser bastantes, pensó.
Pase, por favor.
El hombre entró, con la cabeza un poco agachada, y echó una rápida mirada a su alrededor. Lo que percibió, ni bueno ni malo, no alteró su compostura. De su
desgastada cara por las vicisitudes de la vida no se trasparentaba sentimiento alguno. Quizás cansancio. Miró el piso, uno más en aquella zona, de modestas
dimensiones y no muy mal conservado, y realizó una pequeña mueca que no pasó desapercibida a Suso, aunque no supo interpretarla. El hombre siguió las
instrucciones del detective y le acompañó por el estrecho pasillo hasta un improvisado despacho montado en una de las habitaciones. Aguardó a que Suso le pidiera que
se sentara, algo en lo que el anfitrión no cayó hasta recostarse levemente en su silla giratoria de oficinista. Cuando lo hizo, tomó asiento. Movió la cabeza y echó un
breve vistazo a su entorno. Suso quería demostrarle que no se había equivocado de hombre, fuera cual fuera el motivo de su visita, pero aún le costaba fijar su atención.
Sin más dilaciones, le interpeló:
¿Y bien?
Necesito su ayuda. El asunto es delicado y es por ello por lo que no puedo acudir a la Policía. Por eso estoy aquí sentado y pretendo poner la cuestión en sus manos.
Sí…
Atañe a mi hijo, y sé que no es un santo -Suso fue interrumpido sin apenas poder articular palabra. El hombre seguía a lo suyo, como si trajese el discurso preparado
de casa-. Desconozco con certeza en qué está metido, pero me supongo que en nada bueno. Y quiero que me ayude a encontrarlo, cueste lo que cueste.
Suso permaneció sentado en su despacho durante un buen rato. El hombre trajeado le había dejado con la palabra en los labios. Había sido educado, encajando bien
que Suso le rechazara, pero se había esfumado en menos que canta un gallo. Tan rápido se desarrolló la escena que a Suso no le dio tiempo a levantarse de su butacón.
Reaccionó y se acercó a la ventana. Vio al hombre salir del portal y ocultar en su americana un sobre. Le gustaba la vista de buitre. ¿Cuánto habría en aquel sobre? El
hombre echó un par de miradas por la calle, como temeroso de que le dieran el palo. Ahí seguía él, concentrado en el trozo de papel en que el hombre había escrito su
número.
Tras un cuarto de hora recuperó la noción del tiempo, pestañeó fuertemente un par de veces y se levantó. Se dirigió a la entrada y se detuvo en seco. Debía dejar
más margen para que el que podría haber sido buen cliente suyo desapareciera de las inmediaciones.
Ríchar, soy Royuela. Ponme a Deisy -Suso se mantuvo a la espera mientras el encargado del Cherry acudía a por la colombiana. Cuando la tuvo al teléfono,
continuó- Deisy, cariño. Soy Suso. ¿Qué tal? ¿Qué te parece si me paso ahora por el club?
Esperaba una respuesta afirmativa, y la consiguió. Solo necesitaba regresar a casa y coger su Saab 900 gris y esquivar al hombre si tenía la mala pata de encontrárselo de
camino al metro.
Al volante se transformaba. Su serenidad habitual contrastaba con su vehemencia en el asiento del conductor. Se aproximaba a la glorieta de la Plaza Castilla y
comenzaba a notar cómo hervía la sangre por sus venas. Ya había tenido dos rasponazos en ese mismo lugar y no quería hacer bueno el dicho de no hay dos sin tres.
¡Pero a dónde coño te crees que vas! ¡Pastillero cabrón!
Un jovenzuelo con gorra había tratado, sin éxito, cambiarse de carril justo a su lado. Suso y su Saab no lo iban a consentir. Aunque le costase otra muesca a su
chapa.
¡Taxista de los cojones! No tienes ni vergüenza para mirarme, ¡payaso!
Un veterano del servicio público acababa de hacerle una pirula

Pages : 56

Tamaño de kindle ebook :757  kb

Autor De La  novela : Ramón Lozano

kindle  Comprimido: no

kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Descatalogado – Ramón Lozano

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