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Doble Zero Serie Zero 2 – Morgan Dark

Doble Zero Serie Zero 2 – Morgan Dark

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Doble Zero Serie Zero 2 – Morgan Dark

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Nadie quería vivir en Garden Rose. A
pesar de lo poético del nombre, aquella
barriada era lo más parecido a un
vertedero humano. El lugar en el que
terminabas cuando ya no hay otra
solución y te ves obligado a vivir de los
desperdicios que otros dejan o de la
indigencia más absoluta. Ni siquiera la
policía se atrevía a adentrarse en aquel
vecindario de mendigos y drogadictos.
No había luz. Tampoco agua corriente.
Las calles estaban siempre vacías.
Ningún niño jugaba ni reía. Solo
encontrabas basura, escombros que la
gente acumulaba para vender luego en el
mercado negro y chabolas medio
derruidas que se hacinaban en solitarios
descampados.
Pero a pesar del aspecto deprimente del
lugar, él no tenía miedo. Sus pasos
resonaban en la noche con un ritmo
sostenido. Toc. Toc. Toc. Sus manos no
se apartaban del calor de los bolsillos
de su abrigo.
Miró por encima de su hombro. Dos
sombras se ocultaron en la oscuridad tan
pronto como giró la cabeza. No se
inmutó. Sabía que le estaban
observando. Garden Rose no recibía
bien a los extraños. Y él era un extraño.
Un desconocido en aquella comuna
abandonada. Siguió avanzando,
sosteniendo sin inmutarse el peso de
aquel furtivo escrutinio, hasta que llegó
al lugar que estaba buscando.
Una casa. Medio derruida. Con el tejado
caído y los listones de madera de la
fachada podridos.
Una sonrisa torcida surcó sus labios.
Apartó de un manotazo los hierbajos
secos que se habían adueñado de la
verja metálica que rodeaba la vivienda y
se adentró en el jardín, pisoteando a su
paso flores silvestres y matojos.
Solo se detuvo cuando le vio. Sentado
en una mecedora de mimbre bajo el
porche. Con los ojos cerrados y la
cabeza inclinada hacia atrás. Había
envejecido. Tenía el pelo blanco y la
cara marcada de arrugas. Parecía un
anciano. Un demacrado y débil viejo.
– Hola, Timothy.
El hombre de la mecedora dio un
respingo. Se enderezó en su silla y
enfocó el rostro del recién llegado. Sus
ojos se abrieron a cámara lenta. Una
expresión de pavor atravesó su
cadavérico semblante.
– Tú… tú… –balbuceó–. ¿Cómo… me
has encontrado?
– Vaya, Timothy. ¿Es esa una forma de
dar la bienvenida a un amigo? –avanzó
unos pasos. Su pie rozó un matorral y, al
momento, una puntiaguda lanza emergió
de entre las ramas y atravesó el aire. Se
apartó en el momento justo. La afilada
punta no llegó a tocarle. Pero una mueca
de fastidio se instaló en sus labios.

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– Llevo años esperando tu visita –dijo
Timothy–. Y preparándome para ella.
– Sí, ya lo veo…
– ¿A qué has venido?
– Solo quiero tu ayuda –levantó los
brazos con un gesto de inocencia–. Estoy
buscando a una persona… Y te necesito
para encontrarle. Después me marcharé
por donde he venido.
Timothy tragó saliva. No dijo nada
durante unos interminables segundos.
Cuando volvió a hablar, su voz sonó
más segura y firme que antes.
– He vivido estos diez últimos años
intentando olvidar el pasado.
Esforzándome por perdonarme a mí
mismo por lo que hice. Y aún no lo he
conseguido. No voy a dejar que el
pasado se repita. Nunca más. Haré lo
que sea. Aunque eso suponga morir en el
intento.
– ¿Significa eso que no vas a ayudarme?
– Así es.
El desconocido se balanceó sobre sus
pies como si estuviera meditando la
respuesta a una complicada pregunta.
– Nadie me dice que no, Timothy –
musitó al fin con frialdad–. Le
encontraré. Con o sin tu ayuda. Lo sabes
tan bien como yo.
– Tal vez. Pero antes me aseguraré de
que sepa quién eres y lo que has hecho.
– Eso será si yo lo permito…
Sacó las manos de los bolsillos de su
abrigo. No estaban vacías. Agarradas
entre sus dedos había dos afiladas dagas
que destellaron en la oscuridad con un
amenazador brillo.
– Hubo un tiempo en que fuimos muy
buenos amigos, Tim… Es una pena que
nuestra amistad tenga que acabar así.
Las dagas salieron disparadas de sus
manos y se clavaron a la vez en el
cuerpo de Timothy con un sonido sordo,
escalofriante. La mecedora se manchó
de sangre y un grito desgarrador rompió
la quietud de la noche.

PRIMERA PARTE
CAPÍTULO 1
No había nada mejor que empezar el día
con una buena noticia. Al menos, esa era
una de mis más férreas convicciones.
Por eso cuando leí el periódico nada
más levantarme, me dio un arrebato de
buen humor.

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El “detective del deber”, despedido.
Hace casi medio año que las
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