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Dominada por el motero – Beatriz Lefebvre

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Dominada por el motero – Beatriz Lefebvre

  Debo confesarlo: en aquel momento sentí miedo. Escondida tras de aquel árbol, deslizaba miradas a mi alrededor, evaluando la situación. Escondida pero quizá no lo
suficiente, pues el árbol no era tan grande como para taparme completamente de la vista de aquellos que tenía enfrente, la gente que salía de la puerta del bar de moteros
“Screamin’ Angel”. Más y más hombres salían, y era de ellos de quienes me escondía, aquellos a quienes no quería cruzar. Eran hombres malencarados, rudos, de largas
barbas y vestidos con chaquetas de cuero negro repletas de hebillas y tachuelas de metal. Hombres acostumbrados a la violencia, pertenecientes a algunas de las bandas
de moteros más peligrosas de la zona. Por ejemplo, podía ver escrito sobre la chaqueta de uno de ellos el lema “Águilas de Satán”, en tipografía gótica, con el dibujo de
un águila posada desafiante sobre una calavera. Ésta era una de las bandas más conocidas en la zona, de las que se sabía que ejercían el contrabando de materiales, venta
de droga y prácticas mafiosas de extorsión a empresarios. Gente muy peligrosa.
Me acurruqué aún más detrás del árbol, esperando que aquellos tipos tomasen sus motos y se alejasen en la noche. Me había equivocado, sin duda. No sé que había
hecho saliendo tan tarde aquella noche del estudio de tatuajes donde trabajaba. Déjenme presentarme: me llamo Almudena y desde hacía dos semanas trabajaba junto al
renombrado especialista John Marback en su estudio “A Place in Heaven”. Aquel día había trabajado duro: me había esforzado por terminar los últimos detalles del
tatuaje de un dragón sobre la espalda de un hombre, un dibujo muy minucioso, marcando todas las escamas y pequeños detalles del animal mitológico. Necesariamente,
había tomado más tiempo del corriente, pero como el cliente estaba muy satisfecho con el trabajo que estaba haciendo, ansioso por lucir su dibujo terminado, me había
pedido (por favor y si era posible) que lo completase en el mismo día. Yo, contenta de ver la satisfacción de un cliente durante las primeras semanas de trabajo (¡más
aún, mi primera experiencia profesional, tras salir de la escuela de arte!), había aceptado. Había sido duro pero lo había conseguido: a medianoche el dragón estaba
completo, y el cliente partió con una sonrisa de oreja a oreja, dejando una generosa propina.
Pero ay, ahora debía llegar hasta mi coche. El único camino era pasando por la puerta de aquel bar de moteros, que al mediodía estaba vacío y no representaba ningún
peligro, pero ahora tras la medianoche daba realmente miedo. No sabía que iba a hacer.
¡Entonces oí un ruido tremendo, que me provocó aún más terror!
—¡Fuera de mi bar, malditas basuras! Si no sabéis comportaros este no es vuestro lugar. ¡El bar queda cerrado por esta noche! Volved mañana si habéis aprendido a
no pelear en casa ajena, escoria.
Estas palabras fueron dichas con una voz profunda y resonante, casi teatral, que me infundió una especie de entre pavor y profundo respeto. Asomé mi vista
ligeramente tras del árbol, intentando entender lo que estaba ocurriendo. Lo que vi nunca lo hubiera imaginado: de la puerta del bar hombre salían despedidos hombres
enormes, pesados (uno de ellos debía alcanzar fácilmente los cien kilos, vista su altura y el tamaño de su barriga). ¡Y digo despedidos! Lanzados al aire con una fuerza
casi sobrehumana. Los tipos caían al suelo como pesos muertos, como monigotes sin alma, sólo para levantar su vista justo después y mirar con terror a aquel que había
provocado su suerte.
Y este no era otro que Samuel, el dueño del bar. Le conocía: mi maestro y mentor John Marback me había hablado sobre él, previniéndome con mucho empeño de que
me alejase de su presencia, y que en ningún momento le dejase pasar a nuestra tienda. Samuel apareció en la puerta del bar como el mismo Cerbero aparecería en la
puerta del infierno: enorme y majestuoso, con sus casi dos metros de altura y su cuerpo extremadamente musculado, se dirigió a gritos a la masa de motoristas que tenía
enfrente, pero aún así manteniendo el ánimo calmo. Amenazándoles, pero sabiendo que en cualquier momento él sería el que tendría la palma en la pelea. Sabiendo que él
podría aplastarles por numerosos que fueran, con la misma facilidad con que chasqueaba los dedos.
—Y no te olvides tus ropas en mi bar, cretino —dijo Samuel, lanzando una chaqueta de cuero a la cara de uno de aquellos hombres que se arrastraban por el suelo.
Otro hombre, no tomando bien este menosprecio, dejó su moto y fue corriendo hasta Samuel, con tal furia que se diría que fuera a destrozarle en el momento que
posase su mano sobre él. Pero no, no fue así: en el preciso instante que aquel tipejo se acercó a menos de medio metro de la puerta de entrada al bar, Samuel le propinó
un puñetazo directamente en la mandíbula, con un gesto rápido y sin despeinarse, dejándolo tumbado en el suelo e inconsciente, con un hilo de sangre saliendo de sus
fosas nasales. Otro amigo suyo, viendo este resultado, se acercó corriendo a vengar la afrenta, ante lo cual Samuel simplemente le tomó por la camisa y de un tirón lo
levantó del suelo, balanceándolo y lanzándolo al pavimento en compañía del otro tipo.
Mis sensaciones eran conflictivas en ese momento: por una parte me alegraba de que alguien fuese capaz de poner en vereda a tipos tan peligrosos como aquellos que
se congregaban ante la puerta de entrada del “Screamin’ Angel”, lo menos una treintena. Pero por otra parte, aquel que los estaba controlando parecía mil veces más
peligroso que todos ellos, lo cual me gustaba tanto como me aterraba. Por el momento decidí no salir de mi precario escondite, aunque con ello no pudiera tomar mi
coche para volver a casa. Quería saber la evolución de la situación antes de dar un paso adelante.
Y no tardé en verlo: aquellos moteros, aquellos hombres temibles, fueron lentamente hacia sus motos (unos vehículos hermosos, modelos clásicos de décadas
pasadas, de los 60 y 70. ¡Verdaderas piezas de colección! Piezas que merecerían un uso mejor que ser la cabalgadura de aquellos delincuentes). Fueron lentamente,
limpiándose las heridas y mirando de reojo desde la distancia hacia Samuel, vigilando sus movimientos. Samuel por el contrario ni se inmutó: esperó tranquilamente
desde la entrada del bar, con los brazos cruzados ante el pecho, y una sonrisa de suficiencia. El ruido fue atronador cuando todos aquellos hombres arrancaron sus
motos y se pusieron en marcha. Pero eso hicieron, sin discutir, sin poner pega alguna: estaban demasiado asustados de la fuerza de Samuel, de su energía, de ese poder
de decisión que imponía su voluntad aún a pesar de la mayor de las oposiciones.
Cuando nadie quedó sobre aquella plaza y la puerta de entrada del bar se cerró, me aventuré a salir de mi escondrijo, y aceleré el paso procurando no cruzarme con
nadie más en el camino a mi coche. Me juraba interiormente no volver a salir de mi trabajo en una hora tan tardía, este no era un barrio en el que una señorita pudiese
trasnochar.
—¡Almudena, mujer, qué haces por aquí a estas horas!
No, Dios, me había equivocado: la puerta se había cerrado sólo un momento, pero de seguido Samuel había vuelto a salir con una fregona, quizá para limpiar los
rastros de sangre que habían dejado aquellos tipos a los que él había abatido a puñetazos. Sí, Samuel conocía mi nombre: se había presentado en el estudio de tatuajes
hacía apenas tres días, yendo a devolver un dinero que debía a John Marback. Mi maestro apenas quiso recibirle: cogió su dinero y le echó a grandes voces (creo que
casi hubiese preferido no recibir el importe de su deuda si eso hubiera significado no volver a ver la cara de Samuel). El caso es que desde aquel día Samuel me conocía,
por apenas unas pocas palabras que cruzamos, un hola y un adiós.
Me acerqué a él tímidamente y con mucha precaución, casi sin osar levantar la vista ni mirarle directamente. Mi cuerpo me temblaba, por mucho que me esforzase
por reprimirlo. Desde aquel día en la tienda Samuel me había causado una fuerte prevención (intensificada por las palabras de mi mentor,

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“no te acerques a ese
desalmado”, con un gesto en su rostro que no olvidaré en mi vida). Todo lo que acababa de ver sólo me confirmaba estas intuiciones.
—Espero que no hayas tenido que ver lo que ha ocurrido hace nada, no hubiera sido agradable para ti. —dijo Samuel, con una sonrisa de preocupación que me
encendió el corazón: tan sincera parecía, y tan alejada de la violencia que era capaz de mostrar.
—Lamento decirte que así ha sido: estaba apartada de la plaza, intentando no cruzaros y esperando que todo el mundo se dispersase para ir a buscar mi coche. Puedo
jurarte que ha sido difícil… —le respondí.
—Oh vaya, lo siento muchísimo. Lo último que querría es que alguno de aquellos hombres te haya importunado…
—¡Ni mucho menos, tranquilo! No he llegado a cruzarme con ninguno. ¿Pero qué ha ocurrido? ¿Por qué has tenido que actuar así, por qué les has pegado?
—Almudena, ten por seguro que esos hombres estarán aquí mañana mismo tomando otra cerveza, no es por mis golpes que les voy a ahuyentar. Es más un favor lo
que les he hecho, poniéndoles algunos límites. Soy casi una figura de padre para ellos, el padre que nunca han tenido o nunca llegaron a conocer.
—Créeme que me sorprende oír esto… ¡¿pero qué ha ocurrido?!
—Simple: hará una media hora uno de ellos tuvo la buena idea de utilizar uno de los tacos de billar para iniciar una pelea, rompiéndolo en la espalda de otro. Este otro
tomó una de las banquetas y la lanzó al primero, fallando su objetivo y golpeando a un tercero… total, al cabo de medio minuto el bar completo había decidido
involucrarse en una pelea multitudinaria, mientras yo estaba ocupado preparando un cóctel Ruso Blanco. Y una pelea dentro de mi bar es algo que yo no puedo
permitir… no tuve otra que remangarme, saltar de la barra y ponerles en su sitio.
Se llevó la mano al brazo, con un pequeño gesto de dolor. Pude ver sobre la piel de su bíceps, un poco por debajo del límite de la manga de su camiseta, un rasguño
que había tomado un color rosado encendido, sin duda uno de los pocos golpes que aquellos moteros habían podido devolverle.
—¿Cómo terminas a estas horas? Una chica decente no debería andar por este barrio a medianoche —me dijo Samuel, con una sonrisa burlona, bajando la manga de su
camiseta e ignorando la herida.
—Ni que lo jures… había demasiado trabajo hoy: terminé uno de esos dragones que se han puesto de moda como tatuaje, con todo lujo de detalles minúsculos.
Afortunadamente ya vuelvo a casa, ¡estoy muerta!
—Pero permíteme compensarte el susto, mujer: ¿quieres que te acerque?
Y tras cerrar la puerta, me llevó posando su mano en mi espalda hacia su motocicleta, que estaba aparcada algo más allá del resto de motos. Me sorprendió ver que
estaba intacta e impoluta, aún cuando no estaba resguardada. Es decir, treinta tipos furiosos con Samuel habían tenido acceso a ella, pero ni uno solo de ellos había
tenido el valor de tan siquiera hacer una raya en la pintura. Sin duda, Samuel se hacía respetar (o temer. O quizá ambas…). Era una moto preciosa, con un manillar alto
de tipo Chopper, de modo que al conducirla los pies quedaban hacia delante. El metal estaba cromado y tenía unas preciosas alforjas de cuero negro.

Dominada por el motero – Beatriz Lefebvre

—Oh no hace falta, he venido en coche, puedo irme en el mismo —le dije, procurando apartarme de él.
—Insisto, Almudena. Quiero compensarte de algún modo.
Le miré fijamente. Quería interpretar sus gestos, quería saber qué pretendía verdaderamente. Y no supe qué pensar

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