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¿Donde estaba Mario? – Sir Helder Amos

¿Donde estaba Mario? – Sir Helder Amos

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¿Donde estaba Mario? – Sir Helder Amos

“Todo es tan diferente” pensó, mientras miraba a través de la ventanilla del taxi amarillo que lo llevaba de regreso a su viejo apartamento.
A pesar de que la ciudad no había cambiado en absoluto y que seguía teniendo los mismos edificios altos y sucios, la misma gente caminando por sus calles y
los mismos autos contaminando sonoramente el ambiente, sintió que todo había cambiado, cuando en realidad lo único que había cambiado había sido él durante el mes
que pasó en aquel lugar.
Cuando el taxi se detuvo frente al gran edificio que era su destino, Mario se quedó mirándolo por un gran rato y soltó un suspiro, decepcionado; nunca pensó
en regresar y mucho menos en las condiciones en las que lo hacía.
–El taxímetro está corriendo –gruñó el taxista regordete desde el asiento de enfrente.
–¡Oh! Lo siento, tenga –se disculpó Mario, pasándole un par de billetes al hombre. Guarde el cambio.
Un segundo más tarde, se encontró parado frente al gran edificio donde lo esperaba su pequeño apartamento tipo estudio en el piso número 16 y, sacando sus
llaves del bolsillo de su pantalón y caminando lentamente, entró al vestíbulo, donde se encontró con el portero tomando una gran taza de café.
–¿Todo bien? –le preguntó el hombre.
Mario se limitó a asentir con la cabeza, cómo solía hacerlo cada vez que salía y entraba del edificio, cuando el hombre le hacía la misma pregunta.
–Tenía tiempo que no lo veía por acá –añadió, mientras Mario llamaba al ascensor.
–Estaba… Eh… De vacaciones –respondió dubitativamente, dándose cuenta de que no se había preparado para responder al interrogatorio que sus amigos y
conocidos le harían tras haber pasado un mes desaparecido.
–¿Y cómo la pasó?
–¡De maravilla! –respondió sinceramente.
–Qué bueno –dijo el portero, muy secamente pero con una pequeña sonrisa en los labios.
“Definitivamente, ahora todo es diferente” pensó, mientras subía al ascensor. Era la primera vez en los dos años que tenía viviendo en ese edificio que cruzaba
más de una palabra con el portero, y no porque fuera maleducado, sino porque el portero era más un robot que un humano; a todas las personas que salían y entraban
del edificio les preguntaba “¿todo bien?” sin siquiera prestarle atención a las respuestas que le daban. Es por eso que la mayoría de los habitantes del edificio no le
respondían nada y solo se limitaban a asentir levemente con la cabeza.
Cuando finalmente llegó a la puerta de su apartamento, se quedó viendo la plaquita dorada con los números 161 marcados en negro, mientras sostenía
fuertemente la llave entre sus dedos.
“Aquí vamos” se dijo a sí mismo y, muy lentamente, introdujo la llave en la perilla, le dio vuelta y abrió la puerta.
El apartamento lucía exactamente como lo había dejado aquella noche, hace cinco semanas, cuando recibió aquella misteriosa carta.
“Menos mal no lo vendí” pensó, mientras entraba lentamente a su hogar, cerraba la puerta detrás de él y caminaba lentamente hacia el sofá, que estaba en
medio de la pequeña sala de estar.
El apartamento era tipo estudio, de dos espacios: uno en el que estaba la cocina conectada a una pequeña sala de estar, donde solo había un gran sofá de cuero
negro y una pequeña mesa con un gran televisor pantalla plana de 42 pulgadas. El otro era la recamara, donde yacía una majestuosa cama adoselada, una pequeña mesita
de noche con una lámpara y una biblioteca de madera.
Exhausto, Mario se lanzó sobre el sofá y cerró los ojos para descansar un minuto; sin embargo, cuando los abrió nuevamente, se percató de que había
anochecido y que su apartamento estaba inundado por un hedor raro y, llevándose las manos a la cabeza, gritó:
–¡La basura! ¡La comida! –mientras se levantaba rápidamente a encender las luces y se dirigía a la cocina, para revisar de dónde provenía el pestilente olor;
pero tan pronto revisó la papelera, supo de inmediato que el olor provenía de allí.
Asqueado, Mario buscó una bolsa negra grande en uno de los gabinetes de la cocina y metió la papelera completa en ella mientras se decía a sí mismo: “Tendré
que comprar una nueva, ni loco vuelvo a abrir eso”.
Luego, tomó otra bolsa y revisó la nevera y encontró, sin sorprenderse, todo vencido y podrido: los jugos, la leche, algunas salchichas, unas papas y unos
tomates. “Esto es asqueroso” pensaba, mientras tomaba toda la comida rancia y la echaba en la bolsa negra para botarla.
Toc, toc, toc.
–¡Voy! –gritó inconscientemente, dejando la bolsa de basura a un lado y lavándose las manos, mientras se preguntaba quién podría ser, porque hacía solo un
par de horas que había regresado y no le había avisado a nadie que estaba de vuelta.
Toc, toc, toc.
–Mario, ¿estás ahí? –preguntó la voz de César, uno de sus dos mejores amigos, desde el otro lado de la puerta.
–¡¡¡César!!! –chilló Mario, emocionado, pero para su sorpresa, tan pronto hubo pasado el pestillo de la puerta, su mejor amigo la abrió de golpe y lo agarró
fuertemente por la camisa, zarandeándolo y empujándolo hasta que lo tuvo contra la pared que estaba al otro lado del apartamento.
–¡DESGRACIADO! ¡¿DÓNDE ESTABAS?! ¡¿DÓNDE TE HABÍAS METIDO?! ¡¡¡RESPONDE!!! ¡¿POR QUÉ DESAPARECISTE ASÍ?! ¡¿DÓNDE
ESTABAS?!
–Ca-cálmate –balbuceó Mario, casi sin poder hablar. Respira. Estoy bien. Estoy bien, suéltame. ¡Cálmate!
Después de unos segundos, César, quien era un muchacho alto, musculoso y buenmozo, soltó un gran bufido como si fuera un toro, liberó a su amigo y se
sentó en el sofá con los brazos cruzados.
–¡¿Y?! –bufó, de nuevo, César. ¿Te vas a quedar allí parado? ¡Di algo!
Mario, quien después de que su amigo lo soltara, se quedó congelado, con las manos puestas sobre su pecho, justamente en el lugar por donde hace un par de
segundos lo tenía agarrado y zarandeando su amigo, volvió en sí y se sentó junto a él.
–Disculpa –dijo. Todavía estoy un poco sorprendido, me asustaste un mundo.
–¡¿Qué yo te asusté?! –gritó César. Estás siendo sarcástico, ¿no? Después de que desapareciste de la nada y nos tuviste, a Kat y a mí, en ascuas sin saber de
ti.
–Lo siento, todo fue muy inesperado, ¿Cómo está Kat?
–¿Cómo crees que está? ¡Mal! –vociferó su amigo. Tu desaparición le afectó mucho, se deprimió, no quería comer, no quería salir y se la pasaba marcándote a
tu teléfono y tú nunca le contestabas.
–¡Mi teléfono! –saltó Mario, levantándose rápidamente del sofá y corriendo a la cocina para buscar su celular que todavía estaba cargándose al lado del
microondas.
–¿Lo dejaste aquí?
–Sí, lo dejé cargando antes de irme, fue muy inesperada mi partida –confesó Mario regresando al sofá. Me sorprende que la batería no se haya dañado –
continúo diciendo, mientras revisaba el teléfono. ¡Whoa! ¡2.230 llamadas perdidas y 313 mensajes entre textos y correos electrónicos!
–La mayoría son de nosotros, intentamos llamarte todos los días con la esperanza de que algún día contestaras –le informó César. Llamamos incluso a tu
madre.
–¿Y ella qué les dijo?
–Ella solo se limitó a decirnos que estabas bien, que no debíamos preocuparnos. Lo que nos preocupó más.
Mario se quedó en silencio mirando el suelo por un momento. Ahora que hablaba de su madre con su amigo, recordó que no había tenido tiempo para contarle
que esa mañana lo habían expulsado, y pensó que se iba a decepcionar mucho cuando se lo dijese.
–¿Y…? –rompió, finalmente, el silencio César. ¿No vas a contarme? ¿Dónde estuviste durante todo este tiempo?
–Lo siento, no puedo –respondió, tristemente, Mario.
–¿En serio? ¿No vas a contarme? –preguntó de nuevo su amigo, muy decepcionado.
–De verdad, lo siento, pero no puedo.
–Pensé que éramos mejores amigos.
–Lo somos, es por eso que no quiero mentirte, espero puedas entender que simplemente no puedo contarte, sin importar cuanto quiera hacerlo. Es más, me
encantaría poder hablarlo contigo y contarte todo –dijo Mario, con tono melancólico mezclado con frustración.
–Está bien –aceptó César, quien notó la sinceridad en las palabras de su amigo al mirarlo a los ojos. Pero respóndeme una sola pregunta antes.
–No puedo prometerte eso, pero si puedo te responderé.
–¿No te desapareciste por algo malo?
–No. No fue por nada malo.
–¿Seguro? –inquirió su amigo. ¿Seguro que no estabas en prisión, en rehabilitación, o en un hospital muriéndote o algo por el estilo?
–No, no, no, César, nada de eso. ¡¿Cómo se te ocurre?! Estoy bien, todo estaba bien, solo fue algo que surgió de la nada, un improvisto que, a pesar de que
siempre lo había deseado, no me lo esperaba.
–Está bien, entonces, no preguntaré más.
–Muchas gracias.
–De nada, cabezón –dijo César, sonriendo y, pasándole un brazo por el hombro a su amigo, le dio un coscorrón cariñoso. Me alegro por que estés bien.
–Sí, debiste hacerle caso a mi mamá y no preocuparte, estoy bien –dijo Mario y, recordando a su mejor amiga, le preguntó: ¿Te puedo pedir un favor?
–Sí, dime.
–No le vayas a decir a Kat que regresé. Tú sabes cómo es ella y no va a aceptar que no pueda explicarle la situación; antes tengo que pensar una muy buena
mentira, lo bastante creíble para que no me haga la vida cuadritos con sus preguntas o, de lo contrario, podría meterme en problemas.
–Ehh… Con respecto a eso… –empezó a decir a César, ruborizándose.
–¿Qué? ¡No me digas que ya le dijiste!
–Sí. Lo siento, le pasé un mensaje cuando vi desde la calle la luz de tu apartamento encendida.
–¡Demonios! –maldijo Mario por lo bajo.
–Lo siento –se disculpó César, sacando su teléfono del bolsillo y revisándolo. Pero todavía no ha leído el mensaje, debe de estar dormida, deberías escribirle.
–Sí, eso haré. Le escribiré que estoy de vuelta mientras pienso qué decirle.
–Y prepárate, ella te va a bombardear de preguntas, de verdad se vio muy afectada con tu desaparición. Me sorprendió mucho, nunca la había visto así.
Los dos amigos se quedaron en silencio, Mario mirando el piso y César mirándolo a él.
–Y ¿qué harás ahora que has vuelto? –preguntó César, rompiendo el silencio.
Mario se quedó viendo a su amigo atónito, ni siquiera había pensado en eso, cuando recibió aquella carta la noche en que desapareció, no tuvo tiempo de
avisarle a nadie que partiría.
–No lo sé. Creo que estoy desempleado, así que empezaré por buscar un trabajo nuevo.
–Oh, ¡qué mal! y con lo difícil que está el campo laboral hoy en día.
Justo en ese momento, la pequeña rendija de la puerta se abrió y una carta se deslizó por ella, cayendo ligeramente en el suelo.
Cuando los dos amigos escucharon el peculiar sonido de la rendija abrirse y cerrarse, se pararon de inmediato del sofá y corrieron a la puerta.
–¿El correo a esta hora? –preguntó César, tomando la carta entre sus manos y examinándola. ¡Qué rara está esta carta!
Mario le arrancó bruscamente la carta de la mano a su amigo, la arrugó y se la guardó en el bolsillo. No quería que detallara mejor el sobre de pergamino con su
nombre escrito con tinta verde esmeralda, ni mucho menos el sello rojo escarlata que la cerraba.
–¡Es nada! –añadió rápidamente. Es solo una admiradora secreta que tengo, he recibido varias cartas como esas antes de partir.
–¿Una admiradora secreta? –indagó César, abriendo la puerta del departamento y saliendo al pasillo para ver si veía a alguien.
Mientras su amigo intentaba encontrar a la persona que había introducido la carta, Mario empezó a sudar y palidecer un poco. La carta era idéntica a aquella
que había recibido hace un mes, lo que hizo que su mente empezara a llenarse de preguntas: “¿Será que me perdonaron? ¿Habré incumplido el acuerdo de silencio? ¿Me
habrán dado una segunda oportunidad? ¿Hablé de más con César?”
–Todo está desierto, no encontré a nadie, ni siquiera por las escaleras –anunció su amigo al regresar al departamento, pero esta vez lo hizo cargando dos bolsas
de comida china en las manos. ¿Qué dice la carta?
–Nada. Es solo otra estúpida carta de amor –mintió Mario, sintiendo un gran nudo en el estómago al hacerlo. ¿Es eso comida china?
–Sí, iba de regreso a casa cuando vi las luces de tu departamento encendidas y, pues, las dejé tiradas en el pasillo cuando escuché tu voz y arremetí contra ti –
explicó César, sonrojándose. Discúlpame por eso, no pude controlarme.
–Solo si tú me disculpas por haberme desaparecido sin avisarte y por no poder contarte todo –negoció Mario, sonriendo.
–Está bien, trato hecho. Pero bueno, es tarde, mañana voy a ir a visitar a mi abuela fuera de la ciudad, debo irme ya –anunció César. Me alegra mucho verte de
nuevo amigo y, por favor, prométeme que no volverás a desaparecer así.
–Gracias, César. No lo haré. Te lo prometo. Y, oye, ¿podrías dejarme una de esas bolsas de comida china conmigo? No tengo nada que comer aquí.
–Jajaja, sí, claro, toma.
–Gracias. ¡Ah! Y otra cosita.
–¿Dime?
–Ya que vas de salida, ¿podrías botar eso cuando te vayas? –le preguntó Mario, señalando las bolsas de basura.
–¡Puaj! ¿Qué es esto? ¡Apesta! –se quejó su amigo, al agarrar las bolsas.
–La basura, papelera y comida podrida y vencida que encontré al regresar.
–¡Asqueroso!
–Lo sé, gracias por encargarte de ello –le dijo Mario, sonriendo.
–Venga, de nada, hasta luego Mario, y avísame con respecto a lo del nuevo trabajo, creo que tengo unos contactos que podrían ayudarte.
–Gracias de nuevo César, tan pronto piense mejor las cosas y decida qué haré con mi vida lo haré.
Después de despedir y abrazar a su amigo, Mario cerró la puerta detrás de él, se recostó sobre ella e, inmediatamente, sacó, con manos temblorosas, el sobre
de su bolsillo, rompió el sello y leyó la carta, escrita en un pedazo de pergamino, que solo tenía una línea escrita en el medio que decía:
Regresa el lunes a tu trabajo. Todo está arreglado.
Mario soltó un suspiro y se dejó caer, deslizándose lentamente por la puerta, al piso. Por lo menos ya no tendría que preocuparse por conseguir un nuevo
trabajo.

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Luego de un par minutos, recordó que, a pesar de que no quería, tenía una llamada que hacer, así que se levantó del piso y, regresando al sofá, agarró el
teléfono y marcó el número.
–¿Aló?
–Hola, ¿Mamá? Es Mario.
–¡Mario! –dijo la voz de su madre, soltando un gran sollozo. Ya lo sé todo querido.
–Lo siento mamá –se disculpó rápidamente su hijo, quien al escuchar a su madre llorar, sintió como si el corazón se le partiera en mil pedazos y empezó a
llorar también. Lo siento mucho, mamá.
– Shhh, shhh, silencio Mario, no digas nada –trató de calmarlo su madre, ahogando sus propios sollozos. Ellos me escribieron tan pronto sucedió, lo sé todo.
–Lo siento mucho, mamá –repitió Mario. En verdad lo siento. Yo… yo no sabía que esto pasaría…
–¡Cállate Mario! ¡Cállate! -vociferó su madre, desde el otro lado del teléfono, con unos gritos extraños mezclados con llanto.
–Pero tú… mamá… tú eres…
–No, Mario. ¡No! ¡Guarda silencio! No puedes hablar de eso, ni conmigo, ni con nadie, ¡recuerda el acuerdo de silencio! Una sola palabra y te borrarán la
memoria, así que mejor cállate.
Durante un par de minutos a través de la línea telefónica solamente se escucharon los sollozos de Mario y de su madre.
–Yo sé que te gustaría desahogarte, yo sé que te gustaría contarme todo lo que viviste allí y lo que aprendiste durante el poco tiempo que estuviste, hijo. Pero
no puedes, y prefiero que guardes silencio y recuerdes y añores ese tiempo en tu corazón, porque sé que fue muy especial para ti, ¿o acaso quieres que te borren la
memoria y perderlo todo?
–No –respondió Mario entre sollozos.
–Entonces quédate callado y nunca hablemos de eso. ¿Me entiendes? Nunca.
–E-e-está bien –balbuceó Mario.
–Sigamos nuestras vidas como si nada hubiera pasado.
–Pero…
–Sí. Yo sé que es difícil, pero puedes hacerlo, mantén el acuerdo de silencio, hazlo por mí, no me gustaría que perdieras tus recuerdos y que olvides quien soy
realmente, ni mucho menos todo lo que viviste allá.
–E-e-está bien, mamá.
–Ahora ve a descansar –le ordenó su madre, mientras se escuchaba como limpiaba las lágrimas de su cara y se sonaba la nariz. Duerme un rato y trata de no
pensar en eso por los momentos.
–E-e-está bien, mamá. Te quiero.
–Yo también hijo, que descanses.
Después de colgar el teléfono, Mario se quedó un rato más llorando en el sofá, abrazando sus piernas con sus brazos y pensando en la promesa que le había
hecho a su madre. Tenía que ser fuerte, sino por él mismo, por ella.

¿Donde estaba Mario? – Sir Helder Amos

A lo que se hubo calmado, Mario agarró la bolsa de comida china, sacó una cajita blanca y un tenedor de plástico e intentó comer algo; pero, tras apenas
probar la comida, terminó guardando todo en el refrigerador y se fue a su habitación, donde

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