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Dueña de tu sangre – Sophie Saint Rose

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Resumen y Sinopsis De 

No te preocupes. la miró a los ojos y sonrió Estaré bien. ¿Crees que quiero que vengan los dragones para llevarme?
Salima sonrió con tristeza porque era lo que les decían cuando eran pequeñas. Que como no hicieran las cosas bien, vendrían los dragones y se las llevarían.
Preocupada por su amiga la abrazó Tengo que irme. Debo pasar los controles.
Te veré pronto. Te quiero.
Te quiero. Llámame.
Llámame tú en cuanto llegues.
La besó en la mejilla y se apartó reprimiendo las lágrimas Cuida de mis padres.
Uff, ahora tengo cuatro. Lo que me faltaba. dijo exageradamente haciéndola reír.
Suerte.
Suerte, amiga. Ve a buscar a tu hombre.
Se alejó mirándola sobre su hombro y vio como Lynn retenía las lágrimas haciéndose la fuerte. Miró hacia los controles de seguridad y se puso en la cola pasándose
la mano por debajo de los ojos para borrar las lágrimas que no podía controlar. Aquello empezaba a ser realmente duro. No se quería ni imaginar lo que sentiría cuando
llegara.
Pasó los interminables controles de seguridad en los que prácticamente se tuvo que quitar todo lo que tenía excepto los pantalones vaqueros y la camiseta.
Después de ponerse el anillo que le había regalado su madre cuando cumplió dieciocho años y recoger su enorme bolso, miró la pantalla para ver en qué puerta de
embarque estaba la salida a Tallin. Hubiera preferido que su primer viaje a Europa en cincuenta años hubiera sido a París, pero después de la presentación ante los
Maestros, podría ir a donde le diera la gana si no le encontraba allí.
Se tensó cuando sintió a alguien de su especie observándola. Sintió cómo se acercaba y se preparó para lo que venía.
Se acercó por su espalda intentando sorprenderla y ella se volvió antes de que llegara. Era muy atractivo como todos los de su especie y le sonrió en cuanto estuvo
frente a ella. Llevaba vaqueros y una camiseta azul oscuro. Su pelo rubio le llegaba casi hasta los hombros y si no hubiera estado advertida pensaría que era un tipo
abierto y agradable.
¿Estás sola?
Tengo dueño. respondió sin más rodeos.
Perdió la sonrisa ¿No me estarás mintiendo? la olió y gruñó por lo bajo antes de mirar alrededorPero no está por aquí, ¿verdad? No le siento.
Puede que a él no le sientas. dio un paso hacia él sin sentirse intimidada Pero como sigas molestándome, daré parte.
El hombre dio un paso atrás y entrecerró sus ojos verdes Si no tienes dueño, puedo reclamarte.
No puedes porque da la casualidad que voy a mi presentación. Y mi dueño estará allí.
De repente el hombre se echó a reír Hoy es mi día de suerte. la miró calculadorVas a Tallin.
Muérete.
Tú sabes que eso no puede pasar. Al menos hasta dentro de muchos, muchos años.
Se giró para ignorarlo y miró la pantalla Puerta ciento seis. le susurró al oído Por cierto, me llamo Peter.
Desaparece Peter. dio un rápido movimiento de muñeca y le golpeó en la nariz con fuerza. Él gruñó tapándose la nariz que empezaba a sangrar.
Un placer haberte conocido. empezó a caminar hasta la puerta de embarque, que por lo que podía ver estaba bastante alejada.
Él movió la nariz de un lado a otro Por cierto. ¿Cómo te llamas? Lo digo para reclamarte y no equivocarme de nombre.
Letitia.
Se echó a reír divertido.
¿Por qué no le haces un favor a la humanidad y esperas a la pobre a la que le hayas tocado en desgracia? dijo mientras se alejaba.
Qué graciosa. empezó a seguirla hacia la puerta de embarque Prefiero no tener que esperar más. Te he encontrado a ti.
Yo no soy tuya.
¿Le sientes?
Se volvió furiosa ¡Eso no es asunto tuyo!
¿Eso es que no?
¡Serás gilipollas! ¡Quítate de mi vista!
Peter levantó las manos pidiendo paz Está bien. Pero te estaré vigilando.
¡Repito, muérete!
Creo que contigo no me aburriría. dijo con deseo.
¿Acosas a todas las que te encuentras?
Sólo a las morenas de ojos azules. ¿Sabes que hueles deliciosamente? Me encantaría probarte. El frenesí debe ser increíble.
Bufó sin dejar de caminar, sintiéndole tras ella y cuando al fin llegó a la puerta de embarque, se sentó en una silla entre dos mujeres para que la dejara en paz, pero
desafortunadamente ante ella había un sitio libre. Sacó el libro que llevaba en el bolso preocupada por no poder librarse de él. Normalmente salía con su madre o con
Lynn y no tenía problemas, porque al verla acompañada no la molestaban. Pero esa era la función de la presentación, que volara sola y encontrara a su pareja. Debía ir a
Tallin a conocer a los Maestros, los tres reyes de su sociedad. Hombres que debido a su edad, eran coronados por su sabiduría. Cuando una mujer era adulta, como en
su caso, debía presentarse a ellos para que fuera homenajeada, antes de visitar las casas europeas más importantes. Allí le organizarían una fiesta donde conocería a los
hombres sin pareja de la zona. Aunque la mujer sabía si al llegar estaba cerca su pareja o no, porque lo sentían. Era algo en lo que su especie se diferenciaba de los
totalmente humanos. Las parejas estaban unidas desde el mismo momento en que la mujer alcanzaba la madurez cuando la hembra alcanzaba lo que Lynn llamaba el
celo. Una necesidad tan apremiante de estar con su pareja que las obligaba a buscarle con desesperación y cuanto más se acercaban más lo sentiría. Serían uno en todos
los sentidos y Salima estaba asustada por lo que experimentaría al verle, pues si era mucho más fuerte de lo que sentía ahora, no sabía cómo lo iba a asimilar.
Su carácter había cambiado en esos dos meses. Estaba irascible y tensa gran parte del tiempo y se enfadaba a menudo. Lynn había tenido que soportar su carácter
esas semanas entendiéndola, pensando que se volvería loca si tenía que seguir en ese estado varios meses más. Por un lado, era un alivio que sus padres hubieran
cambiado de opinión y por otro lado tenía miedo.
Sus pensamientos recayeron en Zuleima. Sólo se había dado un caso en el pasado en el que una mujer de su especie no había tenido pareja, seguramente porque
esta habría hecho algo malo y habría sido condenado a muerte. Realmente nunca se supo. Esa mujer había sido reclamada por uno de los reyes. Desde esa ocasión
ciertos vampiros que no habían encontrado a su pareja, buscaban entre las solteras intentando reclamarlas. Una vez una de las chicas resultó gravemente herida al
intentar disputársela dos vampiros y después se descubrió que su pareja estaba en Milán. Por esa causa hacía siglos los tres reyes impusieron la ley que un hombre
soltero no podía tocar a una soltera a no ser que estuviera totalmente reconocido que esa mujer no tenía pareja y solo los Maestros podían tomar esa resolución. Hacer
lo contrario y transgredir esa ley, supondría pena de muerte por no respetar a su raza. Que Peter le diera la paliza de esa manera

Orden de autor: Rose, Sophie Saint
Orden de título: Dueña de tu sangre
Fecha: 12 ago 2016
uuid: 01e5d37e-bfcb-44ba-9509-6d86235a9f60
id: 82
Modificado: 12 ago 2016
Tamaño: 0.56MB

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