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Durmiendo con sombras – Jump 2 – Liah S. Queipo

Durmiendo con sombras - Jump 2 – Liah S. Queipo

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Resumen y Sinopsis De 

Durmiendo con sombras – Jump 2 – Liah S. Queipo

Mis manos, a pesar de estar heladas, sudaban. Sentía frío y calor. Ansiedad y calma. Un remolino de angustia arrasando el interior de mi cuerpo.
Respiré hondo, absorbiendo de forma atropellada el aire que me envolvía.
No podía echarme atrás. Simplemente no podía hacerlo. Debía escapar de aquella trampa mortal. Salir de la eterna y nfermiza mentira en la que
me habían situado.
Me había costado muchísimo llegar hasta a aquel punto donde me encontraba. Miré a los lados intentando no aparentar tan desesperada. A
simple vista, parecía estar sola, pero no lo estaba. Decenas de ojos me seguían o eso es lo que me había vendido el atento (y arrogante) comisario
Martínez.
¡La policía! Todavía no sabía cómo me había atrevido a llamarlos. ¡Ah sí!Todo había sido por culpa de Leo; el argentino se había encargado de  segura
atormentarme durante horas hasta que lo hice.
Escuché un ruido detrás de mí. No pude evitar que todo la saga  de mi cuerpo se tensase. Contuve la respiración.
Hola cariño me saludó Carlos con su habitual sonrisa.
Me giré para no mirarlo, no podía hacerlo. La expresión de mi cara debía de estar gritando a pleno pulmón que estaba aterrada. Intenté
destensarme, pensar en cualquier otra cosa, pero no resultó efectivo. Sentía el músculo que cubría mi mandíbula palpitando en mi cara.
Vamos Nayala, sonríe. ¡Sonríe, no es tan difícil!
Cerré los ojos unos instantes. El tiempo jugando  es suficiente para autoconvencerme de que aquello era lo correcto. Giré mi cuerpo y forcé una sonrisa. Mi lealtad
cara parecía estar en contra de aquella curva tan desleal, pero lo hice.
Carlos me miró a los ojos, él también sonreía con su perfecta dentadura asomando tímida entre sus labios. ¡Qué bonito! Gritó mi interior (nótese
la ironía). Se acercó hasta mi con dos zancadas y me quitó la taza que sostenía a duras penas.
La llevó hasta sus fosas nasales y aspiró el olor que esta desprendía.
¿Tila? preguntó frunciendo su frente, al tiempo que se inclinaba para besarme en los labios. ¿Estás nerviosa, cariño?
Su tono debió de ser normal, pero a mí me hizo temblar. Cada una de sus palabras parecían tener doble sentido. Cuchillos camuflados en formas
de palabras.
No supe que contestar, me limité a tragar saliva.Terminé sonriendo. Las sonrisas todo lo curaban.
Me duele un poco la barriga comenté maldiciéndome en mi interior.
Su mano frotó mi espalda. Parecía intentar calmarme, pero (obviamente) no lo lograba, es más, ni se acercaba a hacerlo. Lejos de calmarme,
aquel simple gesto hizo que mis nervios se amontonasen en la boca de mi estómago. Iba a vomitar. Lo intuía.
Él, ajeno a todo, dejó que su mano se instalase en la parte baja de mi espalda. Por un momento incluso dudé si iba a atreverse a tocarme el
culo.
No solía ser tan atrevido, pero quizás su paciencia estaba menguando.
¡Por Dios no! Había cámaras por todas partes. Aquel momento no era adecuado para que Carlos decidiese que habíamos esperado demasiado.
Que nuestro pequeño pacto ya no servía para nada.
El timbre sonó y yo no pude evitar soltar un pequeño, pero sonoro, grito.
Carlos me miró con una ceja alzada apartándose de mi.
¿Seguro que estás bien? preguntó con un tono demasiado preocupado para mi gusto.
Asentí con mis ojos castaños abiertos como platos. Me humedecí los labios antes de murmurar algo parecido a un: “Estoy bien”.
¡Qué mentira más grande!
Carlos fue hasta la puerta no sin antes dedicarme una mirada de arriba abajo. Parecía analizarme. ¿Por qué? ¿Lo intuía?
¿Esperas a alguien? me preguntó con un tono neutro.
Negué con la cabeza mientras el corazón que alberga mi pecho decidió doblar su velocidad. ¡Dios! Iba a tener un ataque. No aguantaba más
aquella tensión tan sumamente trepidante.
Carlos abrió la puerta con semblante serio, su expresión no cambió cuando frente a él se presentaron tres agentes de policía.
¡Gracias a Dios!
Junto a los agentes estaba el comisario Martínez, o Fran para los amigos, tenía un papel en la mano que no tardó en alzar y colocar a escasos
centímetros de la cara de Carlos.
Traigo una orden de registro comentó con su voz aguda.
No estaba cerca de ellos, pero podía apreciar el olor de su aliento. Una mezcla explosiva de café y tabaco.
Carlos pestañeó dos veces seguidas, esa fue su única reacción. ¡Maldito obseso del control!
Por unos instantes mi cabeza viajó imaginándose una escena de pura acción, donde Carlos sacaba un arma de la parte trasera de su pantalón y
terminaba con todos ellos en décimas de segundos.
Aquello no sucedió, es más, no parecía para nada preo16 cupado. Sonrió a los agentes y se apartó echándose a un lado para dejarlos pasar. No
hizo preguntas. Se limitó a dejarlos hacer su trabajo.
¡Joder! Estaba demasiado tranquilo. Quizás pensaba que ellos no encontrarían su pequeño rincón oscuro, pero lo harían. ¡Claro que lo harían!Ya
me había asegurado de explicarles todo sobre aquel terrorífico lugar.
Carlos era un acosador. Un obseso y lo peor de todo: YO era su obsesión.
Los policías invadieron la casa con sus cuerpos esbeltos. Martínez como ya era comisario no hizo nada, al parecer habría decidido dejar que su
cuerpo volviese a algo más estilo hombretón de pelo en pecho y no en cabeza. El tipo, pensó que no hacer absolutamente nada ayudaría a su
barriga, así esta crecería todavía más. Los músculos para los jóvenes.
Carlos se acercó a mí. Pensé que vendría a amenazarme y sentí auténtico pánico. Busqué con disimulo la mirada del señor comisario amante del
café, pero no la encontré.
Mi novio (como dolía llamarlo así) tomó mi cabeza con sus manos. ¿Me mataría allí mismo? ¿Sería capaz de hacerlo?
Los agentes ajenos al peligro desaparecieron del salón y fueron sin disimular lo más mínimo hasta el despacho.
Carlos me besó en los labios.
Tranquila, deben de estar confundidos me susurró alentándome valor.
¿Confundidos? ¿Tan seguro estaba de su querido escondite?
Yo, una don nadie, lo había encontrado. La mirada de él se desvió hasta aquella habitación que tantos malos sueños me había creado.
Carlos me tomó de la mano y me llevó con él hasta allí.
No quería volver a entrar en aquel lugar. Sentía pánico de ver lo fácil que había sido destruir mi vida.
Mis pies lo siguieron medio arrastrándose por aquel parqué caro.
Llegamos a la habitación y el perfume a vainilla del ambientador me abofeteó. Los agentes estaban esparcidos por toda la estancia, parecían
multiplicarse, pero solo era un efecto visual por el tamaño de la habitación. Unos removían los papeles que habían sobre el escritorio, otros miraban
en las estanterías, mientras que el comisario Martínez se quedó frente a aquella puerta.
Abra le ordenó sin pestañear.
Tenía voz de mando, una que acompañaba a su veterana barriga.
Carlos, que seguía tomándome de la mano, no se inmutó.
No osó a expresar ni un mísero pestañeo de preocupación. ¿Por qué demonios estaba

Pages :103

Autor De La  novela : Liah S. Queipo

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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