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El alguacil – Carlos P. Casas

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Resumen y Sinopsis De 

El alguacil – Carlos P. Casas

Los dos jinetes estaban dando la vuelta para cargar de nuevo.
¿Por qué? inquirió Alfonso.
La primera piedra que tiró el Negro se perdió en la oscuridad pero la segunda chocó contra algo metálico y un jinete emitió un quejido. Puede que el carbonero no
fuera muy fuerte pero todavía podía hacer daño con algo de suerte. La tercera también dio en el blanco. No hubo ocasión para lanzar una cuarta porque el bandido cargó
contra el Negro que retrocedió hasta la carrasca.
Sancho sí había comprendido el consejo de Jimeno. Tan pronto como el jinete se acercó, el carbonero rodeó el tronco del árbol para dificultar los movimientos del
bandido. El albar se vio obligado a detenerse tratando de ensartar con su lanza el delgado cuerpo del carbonero. Alfonso vio su oportunidad de atacar y avanzó con la
espada por delante.
No llegó a usarla.
El albar describió un arco con el brazo y el asta golpeó a Alfonso en la cara. Notó cómo el lado derecho le ardía como si fueran brasas y un pitido asaltó su cabeza.
Alzó torpemente la espada buscando la pierna del jinete pero se sintió mareado y acabó cayendo al suelo, sin comprender muy bien qué estaba pasando. El otro trató de
ensartarlo en el suelo y Alfonso rodó para evitar el ataque. Sintió un dolor intenso en el trasero cuando el Albar le hundió la punta metálica.
El grito de su hijo hizo que Jimeno reaccionara dando un tajo a los cuartos traseros del animal. La espada se hundió en la carne con un chasquido y el alguacil tornó la
hoja hundida para provocar una herida más grave. El caballo chilló dolorido y fue perdiendo fuerza hasta caer al suelo. Y el jinete con él.
El Negro se abalanzó con presteza sobre el jinete caído y empezó un intercambio de puñetazos y arañazos entre los dos hombres. Alfonso se arrastró por el suelo
hasta alcanzar el árbol. Se sirvió de una de las ramas para incorporarse, había perdido la espada. Se giró al escuchar cómo su padre ya estaba intercambiado espadazos
con el segundo jinete. Estaba en desventaja frente a un enemigo montado pero no se lo estaba poniendo fácil al albar.
El carbonero se defendía con furia pero carecía de fuerza alguna y pronto pagó su valor con terribles golpes y la visión de su propia sangre. Alfonso tomó la piedra
más grande que encontró y se lanzó en ayuda del Negro. Golpeó con furia la cabeza y el hombro del bandido y continuó golpeando hasta que le ardió la mano por el
esfuerzo. El albar le agarró del cuello para estrangularle.
La pintura blanca de su rostro se había teñido de sangre y tierra por el forcejeo y estaba herido de gravedad; pero la rabia en sus ojos hizo que Alfonso se aterrorizara.
Todos sus intentos por librarse de aquella garra fueron inútiles y se estaba quedando sin aire cuando su padre acudió al rescate derribando al bandido de un empellón.
Alfonso cayó de rodillas y dio bocanadas de aire helado tratando de recuperarse.
Entre los dos… podemos con él balbuceó recuperando el aliento.
Su padre negó con brusquedad.
¡Vigila al otro!
El otro se mantenía a la espera, recuperando el resuello tras haber luchado con Jimeno. Mantenía la espada firme pero no mostraba signos de querer reanudar el
combate.
Cobarde escupió el albar derribado al ver cómo su compañero se distanciaba. Tu hermano te hará trizas.
Pero el otro se quedó donde estaba. Jimeno empujó a su hijo lejos del rufián.
Ayuda a Sancho y mantén los ojos en el otro.
Alfonso se acercó cojeando al Negro que recogía piedras para lanzar, pero sus movimientos eran lentos y dolorosos. A él también le dolían sus heridas.
Ahora solo eran Jimeno y el albar. Ambos a pie y heridos. Moviéndose en círculos en torno a las hierbas. Con calma. Estudiándose. Jimeno tomó la iniciativa y
rápidamente comenzaron a intercambiar golpes de espada. El viento arrastraba el choque del metal contra el metal. Rápido y continuo. Clang-clang. Los brazos se
alzaban y bajaban con celeridad. Las espadachines buscaban arrancar vidas. Avanzaban. Retrocedían. Clang-clang. Se agachaban. Giraban. Clang-clang. Avanzaban de
nuevo. La lucha a muerte era una danza frenética. No había lugar para pasos en falso.
Los silencios se llenaban con los quejidos del caballo herido.
Sancho movía los ojos con nerviosismo. De Jimeno al atacante; al caballo; al castillo; al hijo del alguacil, que seguía en el suelo. De nuevo a Jimeno. Hubo un momento
de confusión entre las hierbas; hasta que vio al alguacil descargar la espada contra su adversario. El jinete se movió justo a tiempo al rodar sobre sí mismo, evitando lo
que hubiera sido un golpe fatal. Jimeno se acercó a él de dos amplias zancadas. Sus largas piernas le facilitaron que llegara sobre su enemigo antes de que se incorporara.
Lanzó varios tajos que fueron bloqueados por la espada del albar.
Hubo una nueva pausa. Dos hombres luchaban y dos observaban. Jugándoselo todo, los unos; impotentes, los otros. Los contrincantes cogieron aire. Las espadas
volvieron a alzarse.
En un parpadeo, la lucha terminó.
¡Sí! exclamó Sancho. ¡Así se hace!
La espada del alguacil permanecía hundida en el estómago del albar. En sus últimos instantes trató de arañar a Jimeno pero el alguacil le agarró de la muñeca para
impedírselo. Las fuerzas le fueron fallando a medida que su sangre regaba el campo arado. Cuando finalmente cayó

Pages : 64

Autor : Carlos P. Casas

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

El alguacil – Carlos P. Casas

al suelo Jimeno liberó la espada y se encaró hacia el
segundo bandido.
El otro se mantenía a una distancia prudencial, valorando sus opciones. Su compañero

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