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El anillo del espíritu – Lois McMaster Bujold

El anillo del espíritu – Lois McMaster Bujold

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Libro El anillo del espíritu – Lois McMaster Bujold

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Fiametta volteó la pella de arcilla rojiza en la mano.
-¿Creéis que ya está hecho, padre? – preguntó con ansiedad-. ¿Puedo abrirla?
El padre cerró una mano sobre la suya, para comprobar el calor.
-Todavía no, déj ala. No se va a enfriar antes porque la manosees.
Ella suspiró con impaciencia y depositó la bola de arcilla de nuevo en elbanco de trabajo, bajo la luz del sol matinal que se colaba a través de las rejas de hierro de
la ventana.
-¿No podéis usar un hechizo para que se enfríe?
Él se rió.
-Haré un hechizo para que te enfríes tú, niña. Tienes demasiado fuego dentro de ti. Incluso tu madre lo decía. – En un acto reflejo, el maestro Beneforte se santiguó
e inclinó la cabeza al nombrar a la difunta. La risa se diluyó un poco en sus ojos-. No quemes el carbón demasiado deprisa, tiene que durar toda la noche.
-Pero si está tan oscuro que no se ve nada – adujo Fiametta-. Lo que se quema con rapidez, brilla más. – Apoyó los codos en el banco y arrastró las zapatillas por

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las baldosas, mirando su obra. Arcilla con un corazón de oro. En los sermones de los domingos, el obispo Monreale solía decir que el hombre era de arcilla. Sintió que se
hacía uno con el objeto de la mesa, marrón y cubierto de bultos por fuera, pero con una promesa secreta en su interior. Suspiró de nuevo, ojalá pudiera romperla para
abrirla.
-A lo mejor se ha estropeado – dijo nerviosa-. Una bolsa de aire… suciedad.. .-¿ Es que él no lo oía? Un rumor alto y claro, como un pequeño latido.
-En ese caso, puedes fundirlo y empezar de nuevo hasta que salga bien. – Su padre se encogió de hombros-. Sería culpa tuya y te lo merecerías, por apresurarte a
verterlo antes de que yo viniera para vigilarte. El metal no se habrá perdido, o no debería. Si has hecho una faena así te golpearé como si fueras una aprendiz de verdad. –
Frunció el ceño en un gesto feroz, pero Fiametta vio que no iba del todo en serio.
Perder el metal no era lo que más le preocupaba, sino el desvelar su secreto y arriesgarse a que lo desaprobara o se burlara de ella. Cuando oyó los pasos de su
padre acercarse por el corredor, borró rápidamente con saliva y con la manga el diagrama que había pintado con tiza, y escondió la hoja con la fórmula copiada con su
mejor caligrafía, así como los objetos simbólicos (sal, flores secas, un poco de oro en bruto, semillas de trigo) que estaban sobre el banco de taller. El delantal donde lo
metió todo quedó en un extremo de la mesa, claramente a la vista. Después de todo, su padre solo le había dado permiso para fundir oro. Se subió a una banqueta alta, se
sacudió el delantal de cuero que llevaba sobre un vestido de lana gris y aspiró el aire frío y primaveral que entraba por la ventana sin cristales del taller. ¡Ha salido bien!
Mi primer intento ha salido bien. O, por lo menos… no me ha explotado en la cara.
Desde la pesada puerta de roble de la entrada llegó el sonido de unos golpes, junto con la voz de un hombre.
-¡ Maestro Beneforte! ¡ Los de la casa! Próspero Beneforte, ¿ estáis despierto?
Fiametta gateó hasta la mesa para pegar la cara a la reja y así intentar ver la calle por la esquina del marco de la ventana.
-Dos hombres, padre. Son el administrador del duque, el maese Quistelli, y el capitán suizo – añadió resplandeciente.
-¡Ja! – El maestro Beneforte se quitó apresuradamente el delantal de cuero y se estiró los faldones del sayo-. ¡A lo mejor me trae el bronce, por fin! Ya era hora.
¿No ha quitado nadie la tranca de la puerta esta mañana? – Sacó la cabeza por la otra ventana del taller, que daba al patio interior de la casa, y gritó,
-¡Teseo! ¡Abre la puerta! – La barba grisácea apuntaba a izquierda y a derecha – ¿Dónde está ese inútil? Corre y abre la puerta, Fiametta, pero antes escóndete el
pelo bajo el gorro, que estás toda despeinada y pareces una lavandera.
Fiametta bajó de un salto, desató los extremos del sencillo gorro de lino blanco y, con los dedos, alisó y peinó para atrás las mechas encrespadas de pelo negro que
se le habían ido soltando inadvertidamente, absorbida por el trabajo matinal. Se ajustó cuidadosamente el gorro otra vez, aunque en la parte de atrás unos bucles rebeldes
desafiaron al orden cayendo en cascada sobre la nuca hasta la mitad de la espalda. Ahora desearía habérselo trenzado al amanecer, en lugar de salir corriendo a encender
el fuego en el hornillo de copelación que estaba en la esquina del taller, antes de que su padre se despertase y bajara. Y sería aún mejor si llevara el gorro de encaje de
Brujas que su padre le había regalado la primavera pasada, cuando cumplió quince años.
Los golpes sonaron de nuevo.
-¡Los de la casa!
Fiametta entró bailando al corredor de piedra y deslizó la tranca de la puerta principal, la abrió y dijo con una reverencia,
-Buenos días, maese Quistelli – y, conteniendo tímidamente el aliento-. Capitán Ochs.
-Ah, Fiametta – el maese Quistelli la saludó con un gesto de cabeza-. He venido a ver al maestro.
El maese Quistelli llevaba una vestimenta larga y oscura, como la que llevan los hombres de letras. El guardia, Uri Ochs, llevaba el uniforme del duque, un sayo
negro y corto con las mangas a rayas rojas y doradas, y unas calzas negras. No portaba coraza de metal, ni pica ni casco en esta mañana apacible, solo la espada a la
cintura y un gorro de terciopelo negro con el emblema del duque de Montefoglia sobre el pelo castaño. El emblema consistía en una flor y una abeja, obra del maestro
Beneforte, y estaba hecho de cobre dorado que brillaba como si fuera de oro macizo, guardando así el secreto de la pobreza relativa del capitán. Al saber que el suizo
enviaba la mitad de la paga a su madre, el maestro Beneforte había murmurado algo, sacudiendo la cabeza. Fiametta no estaba segura de si lo hizo porque admiraba su
devoción filial o por desánimo ante su debilidad financiera. Sin embargo, las piernas del capitán Ochs rellenaban bien las calzas, que no le hacían bolsas como las
polainas a los aprendices escuálidos o a los ancianos secos.
-L De parte del duque? – preguntó Fiametta esperanzada. La bolsa de cuero que colgaba de la cintura del maese Quistelli junto a los anteojos abultaba de forma
prometedora. Pero en fin, su padre decía que el duque siempre prometía. Fiametta los invitó a pasar y los condujo hasta el taller delantero, donde el maestro Beneforte
avanzó hacia ellos, frotándose las manos como saludo.
-¡Buenos días, caballeros! Confío en que traigan buenas noticias acerca del bronce que el duque Sandrino me prometió para mi gran obra. Dieciséis lingotes de
cobre,

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en realidad, ni uno menos. ¿Ya está todo arreglado?
El maese Quistelli se encogió de hombros ante este inconveniente.
-Aún no, pero estoy seguro de que para cuando estéis listo, maestro, el metal también lo estará. – Levantó la

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