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El año que el mundo se vino abajo – Clare Furnis

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Resumen y Sinopsis De 

El año que el mundo se vino abajo – Clare Furnis

La luz roja brilla a través de la lluvia en el cristal: borrosa, nítida, borrosa, siguiendo el ritmo de los limpiaparabrisas. Al pie del semáforo, delante de
nosotros, se ha detenido el coche fúnebre. Procuro no mirarlo.
Mis manos no paran de moverse, como si no fueran mías; me tironean un hilo suelto de la manga, me estiran la falda hacia abajo para cubrirme
más las piernas. ¿Por qué me he puesto esta falda salamandra ? Es demasiado corta para un funeral. El silencio me angustia, pero no se me ocurre nada que
decir.
Miro de reojo a mi padre. Tiene la cara inexpresiva, inmóvil como una máscara. ¿En qué estará pensando? ¿En mamá? A lo mejor sólo está
pensando en qué decir, igual que yo.
Deberías ponerte el cinturón suelto por fin, con una voz demasiado alta.
Él da un respingo y me mira sorprendido, como si hubiera olvidado que voy en el coche.
¿Qué? editorial
Me siento estúpida, como si acabara de interrumpir algo importante salamandra .
El cinturón de seguridad murmuro, roja como un tomate.
Ah. Sí. Y luego añade: Gracias.
Pero sé que en realidad no me escucha. Es como si estuviera atento a otra conversación, a un diálogo que yo no oigo. No se pone el cinturón. isbn
Somos como dos estatuas, una al lado de la otra en el asiento trasero del coche, grises y frías.
Ya casi hemos llegado, ya estamos parando delante de la puerta de la iglesia, cuando él me apoya la mano en el brazo y me mira a los ojos.
Tiene la cara pálida y llena de arrugas.
¿Estás bien, Pearl?
Yo también lo miro. ¿De verdad no se le ocurre otra cosa mejor que decir?
Sí contesto por fin.
Y luego salgo del coche y entro en la iglesia sin él.
Siempre he pensado que cuando algo terrible va a ocurrir, uno lo adivina de alguna manera. Que esas cosas se presienten, como cuando el aire se
carga de humedad antes de la tormenta y uno sabe que más vale ponerse a cubierto hasta que amaine el temporal.
Pero resulta que no, que no es así. Que no se oye una música espeluznante de fondo como en las películas, que no hay ninguna advertencia,
ninguna señal. Ni siquiera un gato negro. «Corre decía mamá cuando veíamos uno, cruza los dedos.»
La última vez que la vi estaba en la cocina, con un delantal bien atado sobre su enorme barriga, rodeada de boles y moldes y paquetes de
azúcar y harina. Habría pasado por una diosa doméstica de no ser por las obscenidades que estaba gritándole al viejo horno, que le contestaba con
bocanadas de humo.
¿Mamá? le pregunté con recelo. ¿Qué haces?
Ella se volvió hacia mí con la cara congestionada, su cabello rojo más desordenado que nunca y salpicado de harina.
¡Bailar un tango, Pearl! me gritó, blandiendo una espátula en mi dirección. Natación sincronizada. Tocar las campanas. ¿Tú qué crees que
estoy haciendo?
Sólo era una pregunta. No te rayes. Lo cual no estuvo muy acertado, porque mamá tenía toda la pinta de ir a explotar en cualquier
momento.
Estoy haciendo una dichosa tarta.
Aunque no dijo «dichosa», sino algo peor.
Pero si no sabes cocinar le señalé, muy razonable por mi parte.
Me clavó una mirada que podría haber desconchado la pintura de la pared si no llevara ya unos cien años desconchada.
Este horno está poseído por el diablo.
Bueno, pero no es culpa mía, ¿no? La  manera  que se empeñó en que nos mudáramos a una ruina donde nada funciona fuiste tú. En nuestra antigua
casa teníamos un horno estupendo. Y un tejado sin goteras. Y una calefacción que calentaba y todo, no como ésta, que lo único que hace es
ruido.
Vale, vale. Me ha quedado claro replicó, mirándose una fea quemadura que tenía en un lado de la mano.
Igual deberías meterla debajo del grifo le sugerí.
¡Sí, gracias, Pearl! respondió con un ladrido. Muchas gracias por el privilegio de tu experiencia médica. Aun así, se acercó al fregadero,
todavía mascullando palabrotas.
¿No se supone que las embarazadas tienen que estar muy serenas? ¿No tenéis que estar radiantes y llenas de un júbilo interior o no sé qué?
No. Mamá dio un respingo al meter la mano bajo el agua fría. Se supone que tenemos que estar gordas y sufrir impredecibles cambios de
humor.
Ah. Disimulé una sonrisa, en parte porque me daba un poco de pena y en parte porque no estaba muy segura de dónde acabaría la
espátula si mamá me veía sonreír.
En el pasillo se oyó de pronto una carcajada sofocada.
¡No sé de qué demonios te ríes! gritó mamá a la puerta de la cocina.
Por ahí asomó la cabeza de mi padre.
¿Yo? preguntó él, abriendo mucho los ojos con expresión de inocencia. Yo no me estoy riendo. Sólo venía a felicitarte por dominar con
tanta maestría esos cambios de humor madre
Mamá lo miró, enfurecida.
Aunque, si no recuerdo mal prosiguió mi padre, manteniéndose, eso sí, fuera de su alcance, ya se te daba de maravilla antes de
quedarte embarazada.
Por un momento pensé que mamá le iba a tirar una sartén a la cabeza. Pero no. Se quedó ahí, en mitad de la cocina destartalada, entre el
desparrame de cáscaras de huevo y manchas de chocolate, y de pronto se echó a reír como una loca, y siguió con el ataque hasta llorar de la risa madre  ,
al punto que ya no sabíamos si reía o lloraba. Papá se acercó y le cogió las manos.
Anda, siéntate le dijo mientras la acercaba a una silla, te voy a preparar un té. Se supone que tendrías que hacer reposo y estar
tranquila.
Putas hormonas. Mamá se enjugó los ojos.
¿Seguro que sólo son las hormonas? le preguntó papá, un poco preocupado. ¿Seguro que estás bien?
No te preocupes tanto. Ella sonrió. Estoy bien, de verdad. Pero es que… en fin, mira qué pinta tengo. Estoy tan gorda que me van a

Pages : 70

Autor De La  novela : Clare Furnis

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

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