---------------

El aprendiz – Clive Cussler & Justin Scott

El aprendiz – Clive Cussler & Justin Scott

Descárgatelo El libro Gratis Ya!!

Resumen y Sinopsis De 

El aprendiz – Clive Cussler & Justin Scott

Era un joven rubio de aspecto saludable, pero había algo en él que resultaba sospechoso. Un policía del carbón que observaba cómo los mineros avanzaban en tropel por
la vía hasta la boca de la mina de Gleason número 1 se lo señaló a su jefe, un detective de la agencia Pinkerton.
El joven minero destacaba sobre los extranjeros que la compañía traía desde Italia y Eslovenia, y era incluso más alto que los muchachos originarios de Virginia
Occidental. Pero no era su altura lo que resultaba fuera de lugar, ni su enjuto cuerpo lo que resultaba extraño. Era un trabajo duro, y costaba mucho transportar
alimentos a los remotos yacimientos de carbón. En las tabernas que bordeaban la embarrada calle principal no regalaban la comida.
Un minero que andaba torpemente a lo largo de un poste de madera tumbado en el suelo tropezó con una traviesa y chocó contra otro minero con muletas. El joven
de cabello rubio se acercó para sujetarlos, moviéndose con tal agilidad que parecía flotar. Muchos se mutilaban extrayendo carbón. Él se sostenía sobre las dos piernas y
todavía conservaba todos los dedos.
No me parece un obrero pobre comentó el policía con una sonrisa despectiva.
Está atento a todo lo que se mueve, como un gato respondió el detective de la agencia Pinkerton, que llevaba un bombín, un revólver en la chaqueta y una porra
sujeta a la cintura.
¿Crees que es un huelguista?
Va a desear no serlo.
¡Abrid paso!
Un cabrestante eléctrico tensó de un tirón un cable entre los raíles. Mineros, trabajadores y porteros se apartaron de un salto. El cable arrastró un tren de vagones de
carbón fuera de la mina y lo subió por una empinada pendiente hasta un descargador, donde el mineral era clasificado y descargado en barcazas fluviales que los
remolcadores arrastraban por el Monongahela hasta Pittsburgh.
El minero alto y joven intercambió saludos con el operador del descarrilador. Si el cable, que estaba sujeto a una cadena enganchada al primer vagón, se rompía, Jim
Higgins tenía que activar el descarrilador para que el tren saliera de la vía antes de que las cien toneladas se precipitaran sobre la excavación.
La policía te está vigilando le advirtió Higgins.
No soy un huelguista.
Lo único que pedimos contestó el minero con suavidad es vivir como seres humanos, dar de comer a nuestras familias y mandar a nuestros hijos al colegio.
Te despedirán.
No pueden despedirnos a todos. El sector del carbón está en auge y la mano de obra escasea.
Higgins era un hombre valiente. Tenía que serlo para no tener en cuenta que los dueños de la mina no se detendrían ante nada con tal de evitar que el sindicato llegase
a Virginia Occidental. Los hombres despedidos por hablar bien del sindicato no digamos por convocar una huelga veían cómo sus esposas y sus hijos eran
desahuciados de las chabolas que alquilaban a la Gleason Consolidated Cool & Coke Company. Y cuando Gleason descubría a los sindicalistas, los detectives de
Pinkerton los llevaban por la fuerza a Pennsylvania después de darles una brutal paliza.
¡Higgins! gritó un capataz. Te dije que engrasaras ese cabrestante.
Se supone que tengo que vigilar el descarrilador cuando los vagones suben.
Haz lo que te digo. Lubrica el cabrestante cada hora.
¿Quién va a parar el tren si se parte el cable y se desboca?
¡Levántate y engrasa el cabrestante, maldita sea!
Jim Higgins abandonó su puesto y recorrió doscientos metros por la empinada pendiente hasta el motor del cabrestante, por delante de los vagones de carbón que
subían pesadamente hasta el descargador.
El minero alto y joven agachó la cabeza para entrar en la boca de la mina un portal apuntalado con maderas en la ladera de la montaña y descendió por un túnel
en pendiente. Se había quemado las pestañas estudiando ingeniería de minas para prepararse para el trabajo. Esa galería de transporte con una vía no era un túnel en el
sentido estricto de la palabra, sino un socavón, ya que, por definición, un túnel tenía que atravesar de punta a punta una montaña, pero aquí, una vez dentro, no había
forma de salir salvo dar la vuelta y regresar.
Cuando entró en una galería que se cruzaba y se separaba de la galería de transporte, saludó al niño que abrió una puerta de madera para dejar pasar el aire de los
ventiladores.
Hola, Sammy. Un tipo de la oficina del telégrafo me ha dicho que ayer los Piratas ganaron a Brooklyn. Ocho a cinco.
¡Caramba! Gracias por decírmelo, señor.
Sammy nunca había estado cerca de un estadio de béisbol de la liga principal; jamás en su vida se había alejado más de quince kilómetros de ese hueco en el que la
compañía Gleason había descubierto un abundante estrato del filón de Pittsburgh, que avanzaba por debajo de Pennsylvania, Virginia Occidental y Ohio. Pero su padre,
que había trabajado de guardafrenos en la línea ferroviaria de Baltimore y Ohio hasta que murió en un accidente, solía volver a casa con anécdotas de partidos en la gran
ciudad que ilustraba con cromos de famosos jugadores de béisbol.
El joven le pasó a Sammy una colorida cromolitografía de Harry O’Hagan, el primera base del Rochester. En agosto, O’Hagan había conseguido un milagro que
todavía andaba en boca de todos los hombres y niños de Estados Unidos: una jugada que había dejado fuera de juego a tres corredores de base.
Apuesto a que en Nueva York se mueren por contratar a Harry dijo, y acto seguido preguntó en voz baja: ¿Has visto a Roscoe?
Roscoe era un espía de Gleason disfrazado de peón.
El muchacho señaló con la cabeza en la misma dirección en la que se dirigía el joven.
El minero alto siguió la galería, que continuaba descendiendo en pendiente por la montaña a lo largo de cientos de metros hasta que se detenía ante el filón. Allí ocupó
su puesto como ayudante, sacando con una pala los pedazos de carbón seleccionados, extraídos y dinamitados en el filón por los trabajadores más experimentados. Le
pagaban cuarenta centavos por cada vagón de cinco toneladas que llenaba en turnos de doce horas, seis días a la semana.
El aire estaba cargado de polvillo de carbón. Las nubes negras de carbonilla arremolinada atenuaban la luz de las bombillas eléctricas. El techo bajo estaba reforzado
con puntales y travesaños cada pocos centímetros para sostener la montaña de roca y tierra que oprimía el carbón. El filón crujía de forma inquietante, sometido arriba
y abajo a la presión del techo y del suelo.
En el túnel lateral, lejos de la vía principal, los vagones de carbón eran tirados por mulas que llevaban unos gorros de piel para protegerles la cabeza. Una de las mulas,
una yegua con pezuñas pequeñas y orejas largas que los mineros consideraban un indicativo de fortaleza, se detuvo de repente. Eustace McCoy, un hombre corpulento
de Virginia Occidental que había estado quejándose de su tremenda resaca, maldijo a la mula y sacudió la brida, pero el animal plantó las patas y se negó a avanzar,

Pages :

Autor De La  novela : Clive Cussler & Justin Scott

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

Descargar : Gratis

Más Libros Aquí !!

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar!!

Fotos – Imagen

El aprendiz – Clive Cussler & Justin Scott

moviendo las orejas al escuchar los crujidos del túnel.
Eustace se quitó el cinturón y lo blandió para golpearle con el extremo de la hebilla, pero el joven alto y rubio lo atrapó antes de que se desplazara

Puedes Leer Aquí Abajo En Online!!

Tambien Ya Esta Disponible Para Comprarlo En Tu Sitio Favorita Amazon!! 

Clic Aquí Para comprar 

Leer en Online El aprendiz – Clive Cussler & Justin Scott

[sociallocker]
[popfly]

Link !!

El aprendiz – Clive Cussler & Justin Scott.pdf
El aprendiz – Clive Cussler & Justin Scott.pdf
El aprendiz – Clive Cussler & Justin Scott.pdf

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------