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El ataúd de la novia – Unni Lindell

El ataúd de la novia – Unni Lindell

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Resumen y Sinopsis De 

El ataúd de la novia – Unni Lindell

Emmy Hammer se puso el abrigo y caminó deprisa hacia la puerta de cristal y su tirador de bronce combado. Tenía que alejarse del Café del Teatro. Por un instante vio
su figura reflejada en la puerta. El abrigo blanco parecía un disfraz de fantasma y sus tirabuzones, como si fueran rastas, cuerdas enrolladas. Tenía las pestañas y las
cejas muy claras y la boca ancha. Tiró de la puerta y logró salir al aire frío. La noche estaba estrellada. Los puntos de luz parecían huellas de dedos sobre la cúpula del
Teatro Nacional. Lanzó una mirada al cartel que anunciaba la programación sobre la pared iluminada del teatro y volvió a oír el desagradable sonido de una cuchara
golpeando con fuerza el plato. Eran las 19:35 de la última noche de octubre. Se volvió para echar un vistazo a los luminosos ventanales del Café del Teatro. Aud seguía
sentada en el mismo sitio, de espaldas. En contraste con el vestido amarillo, su pelo negro y corto parecía el cáliz de un girasol. Emmy se tropezó con un matrimonio
mayor que iba agarrado de la cintura y vestido de fiesta. El largo pañuelo azul de la mujer se escurrió y desapareció entre unos jóvenes enmascarados. Emmy la dejó
estar y pasó con prisa frente a la puerta del hotel, la floristería y el quiosco de la esquina. Se le había hecho extraño volver a verla. Habían cumplido treinta y siete años.
Aud había afirmado cosas dolorosas. Sintió que se encontraban en un decorado mal hecho donde nada se correspondía con la realidad. Estaban envueltas en el sonido de
cubiertos sobre loza blanca. Emmy se sintió anulada, a pesar de que las acusaciones no tenían nada que ver con ella. Pero no podía seguir escuchando aquello y acabó
por coger su bolsa, apretarla contra su regazo e ir corriendo al ropero.
Pasó el tranvía con gran estruendo. A la luz blanca del vagón vio a jóvenes disfrazados de esqueletos y murciélagos. Pensó en la posibilidad de llamar a la policía,
pero no estaba segura de cómo expresarse para que la entendieran bien. Tenía que pensar, y rápido. Aud lo llamó «reencuentro». Después de casi veinticinco años.
Sentía frío y calor a la vez. Algo le había dado miedo desde el mismo momento en que se sentaron a la mesa. Aud ya no era la misma. Era periodista y la había
convocado a ella, a la hija del psiquiatra, el día de los difuntos, para hablar de Maike, que perdió la vida cuando tenían doce años. Cayó de una escalera de mano y se
golpeó la cabeza contra el suelo de cemento del sótano de Gaustad.
El camarero les sirvió vino y dejó una cestita de pan sobre la mesa. Aud dijo con voz cristalina: «Qué bien que pudieras venir. Hace mucho que quiero hablar contigo.
El plazo de prescripción de un asesinato es de veinticinco años. Quedan tres semanas para que venza el plazo del caso Maike». Emmy la había mirado con la boca
abierta. Esa expresión «el caso Maike». Como si hubiera un caso. El malestar se extendía por su cuerpo como un veneno. «¿Has sabido algo de Berit Adamsen? He
intentado contactar con ella».
Hacía veinticinco años que Emmy no veía a la secretaria de su padre. Lo único que tuvo oportunidad de contar de su vida fue que tenía un hijo y que iba a hacer una
exposición. Exageró bastante. No mencionó que era probable que la cancelaran ni que en el último mes había vendido un solo cuadro. Los cuadros se acumulaban en el
estudio, en realidad había tirado la toalla, había aceptado que nunca llegaría a ser más que una pintora aficionada. Las grandes ideas que tenía al empezar un óleo se
encogían hasta transformarse en un motivo patético, poblado de figuras rígidas, casi infantiles, que daban a su obra un aire amateur.
Echó una mirada distraída a un vestido de rayas en el escaparate de la boutique de Norway Designs y se apresuró a entrar en Burns. El viejo bar estaba lleno. La
acústica era mala, voces y risas retumbaban por el local. Emmy se abrió camino y encontró una mesa en el rincón más alejado de la puerta, dejó la bolsa y cogió el móvil.
Se quitó el abrigo y se acercó a la barra para pedirle un gin-tónic a un camarero delgado de pelo negro. Cogió el vaso y se dejó caer sobre la silla. Se aisló del ruido. Se
echó a llorar en silencio. Pensó en Maike, que murió. En su pobre padre, Werner Hagg. Era alto, se parecía a Bruce Willis. Le llamaban el gigante. Había cometido un
asesinato a hachazos y acabó internado en la sección de su padre, ahora tendría más de sesenta años. Y los dos hermanos de Maike, Jan y Piet: uno alto y atractivo, el
otro un desastre. Se secó la nariz con la manga de la blusa. También recordaba claramente al padre de Aud, John Johnsen, un paciente delgado y macilento vestido con
una larga gabardina.
A los doce años se reían de tonterías. Jugaban a que los edificios del hospital eran palacios en los que ocurrían cosas extrañas. El cielo surcado por vetas rojas sobre
los tejados hacía que en otoño los edificios parecieran enigmáticos y sombríos. Pensaba en cómo se sentaban en el banco del parque, frente al hospital, charlaban, oían el
seco viento de verano atravesar la hierba, y compraban helados en el quiosco de piedra, frente a la recepción. Jugaban a la rayuela en el pasadizo, saltaban sin pisar la
raya mientras la sombra de los grandes árboles oscurecía el suelo. Sus padres estaban encerrados. Ese era el trabajo de su padre. Maike era compacta y bajita, sus
piernas eran cortas y robustas y tenía el pelo castaño y graso, sin brillo. Una vez presumió de que cuando era pequeña, sus dientes de leche se habían puesto negros y
se habían podrido. Aud y ella no siempre se portaban bien con Maike. En todos los grupos alguien tiene que ser el más débil. Emmy se había inventado que Maike tenía
lombrices. Se había hecho con una botella de aceite de trementina en la casa de la caldera. La obligaron a bebérselo. Las descubrieron y Berit Adamsen se enfadó
muchísimo. Norma Winter también, pero de otra manera, era sacerdote y más indulgente.
Emmy Hammer se tomó la bebida transparente a grandes tragos mientras pensaba en los tiempos de Gaustad. El calor se extendió por su estómago y dejó el vaso con
el trocito de limón mustio sobre la mesa con un golpe. El calor y los pinchazos bajaban por su garganta, volvía a escuchar la voz de Aud en su interior. «Mañana he
quedado con Norma, la sacerdote, y volveré a ponerme en contacto con Ole Porat porque la última vez que le llamé no contestó al teléfono. Creo que aquella vez se dio
cuenta de algo».
Ole Porat era el joven estudiante de medicina que hacía la residencia con su padre y que vivía en la casa de la caldera por aquel entonces. Porat, ahora se acercaría a
los cincuenta. Su padre se había jubilado y nunca hablaba de aquellos tiempos, pero algo había sucedido con Porat. «No es de fiar». ¿Fue eso lo que dijo su padre? De
todo aquello hacía casi un cuarto de siglo. Emmy Hammer le dio la espalda a un borracho pesado. Luego buscaría sus números de teléfono en el iPhone para advertirles.
Primero llamaría a Jan para decirle que Aud había descubierto que la muerte de Maike no fue un accidente, sino un asesinato. Y que Aud creía que era él quien había
matado a su hermana. Y luego llamaría a su hermano, Piet. Y a Ole Porat, por ese orden. Los tres se llevarían una desagradable sorpresa cuando se lo contara, porque
había más. El asesino del hacha Werner Hagg, el padre de Jan, Piet y Maike, no había matado a su mujer. Fueron sus

Pages : 148

Autor De La  novela : Unni Lindell

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

El ataúd de la novia – Unni Lindell

hijos. Ahora Jan y Piet tenían cuarenta y uno y
treinta y nueve años, y Aud Johnsen iba a publicar un artículo sobre ello. Y se iba a poner en contacto con la policía antes de que el delito prescribiera. Emmy Hammer
pidió otra copa y levantó la vista cuando un tipo la llamó «nena»

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