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El bosque de los niños perdidos – R. Ogalla

El bosque de los niños perdidos – R. Ogalla

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Resumen y Sinopsis De 

El bosque de los niños perdidos – R. Ogalla

Robert conduce sin prisa, son casi las seis de la mañana, no hay tráfico. Una hora antes el Subinspector Manuel Martínez lo ha despertado.
-Es un caso extraño –ha explicado a través del teléfono- sin duda la chica necesita ayuda, está en shock.
Robert siempre acude a las llamadas del Subinspector. Le interesa quedar bien, la policía es una de sus fuentes de información básicas; muchas de sus investigaciones
no avanzarían sin su cooperación. Por eso es psicólogo asesor de la policía autonómica, aunque a veces signifique levantarse a las cinco de la mañana para ir hasta un
bosque perdido en las montañas.
La carretera secundaria comunica la comarca de la Garrotxa con la de Osona escalando las exuberantes laderas del Collsacabra, es una carretera estrecha; dos coches se
cruzan en ella con dificultad. Pocos vehículos suelen circular por allí a cualquier hora, y menos a las seis de la mañana.
Asciende hasta mil metros de altura. Varios kilómetros antes de llegar al pintoresco pueblo de Rupit, coge el desvío hacia el Santuario de la Salut. Ve varios coches
patrulla y una ambulancia, aparca junto a esta.
El Santuario es también una hospedería, la policía ha ocupado el comedor de la planta baja. Varios agentes están allí reunidos, algunos los conoce. Entre ellos está el
Subinspector.
-Pecci –el Subinspector siempre lo llama por su apellido. Se acerca a él y le da la mano- la chica está dentro, con los sanitarios. Explica una historia muy extraña. Al
parecer un niño desnudo, medio salvaje la ha atacado a ella y a su novio.
El Subinspector Martínez es un hombre delgado, bien parecido, a la raya de los treinta, luce una barba densa, perfectamente recortada. Su padre había sido guardia
civil, y en el dos mil se pasó a la policía autonómica, ahora estaba jubilado. Su hijo, Manuel, podía presumir de ser un “mosso” de segunda generación.
-¿En el bosque? –Pregunta Robert.
-Sí, debió ser anoche. La chica ha estado perdida durante horas, hasta que al fin consiguió llegar aquí. Está histérica.
Robert mira la sala adyacente que señala el policía. Se pasa una mano por el pelo, como queriéndose peinar los mechones rebeldes. Lo lleva demasiado largo y la barba
de varios días, es un pequeño acto de rebeldía, una forma de negar la madurez. A sus treinta y ocho años se sigue aferrando a la juventud ya perdida. Nunca se ha
casado, nunca ha tenido una relación seria; o casi nunca. Pero todavía sigue siendo un hombre atractivo; tiene ese punto de malote o bohemio que suele gustar a las
mujeres, se mantiene en forma y parece alto cuando está cerca de Martínez, a pesar de que apenas saca unos cinco centímetros al metro setenta y seis del policía.
-¿Y el novio? –Pregunta.
-Todavía no ha aparecido. No sabe decir donde les atacó el… niño. Pero asegura que está muerto. Estamos esperando a la brigada canina.
¿Puedo hablar con la joven?
-Sí. “Ella” está dentro.
Robert sabe a quién se refiere; la nueva forense. La sustituta del Doctor Navas. Una antigua conocida suya.
-Una mujer muy diligente, ha llegado casi al mismo tiempo que yo.
Robert no contesta, abre la puerta de la sala, Martínez lo sigue. Dentro hay dos sanitarios y una mujer inclinada sobre la joven. La doctora Sanz le habla con
suavidad. La chica tiene la mirada perdida, está sucia, llena de arañazos y moratones, y tiembla levemente, a pesar de estar envuelta en una manta térmica.
-Hola –dice él en voz baja.
La doctora se levanta girándose hacia él, le sonríe levemente.
-Hola, asesor –dice ella con cierta ironía.
Hace unos veinte años que no la ve, pero se le antoja que está igual de guapa que a los diecinueve. No, está más guapa.
-Me alegra volverte a ver, Marta –saluda Robert extendiendo la mano, la situación no invita a efusivos saludos con besos.
Ella se la estrecha, y con tono profesional informa:
-Está en estado catatónico. No puedo sacarle nada, hay que trasladarla al hospital.
Robert fija su atención en la chica.
-Sufre amnesia disociativa –dictamina mientras se acerca a ella.
Se acuclilla y coge la mano de la joven.
-Yolanda –susurra- escúchame, quiero que me escuches con atención. Piensa en un lugar; estás allí con Joan.
La chica gime compungida.
-Piensa sólo en el lugar –dice él con voz autoritaria, mientras aprieta su mano con fuerza- un sitio en el bosque.
Ella solloza con más reciedumbre. Robert pone su otra mano sobre la frente húmeda de la muchacha.
-Es un paraje, ¿hay árboles, verdad?
Ella asiente.
-¿Y qué más?
La joven sólo lloriquea.
-¡Y qué más! Hay algo más – clama él.
Como ella no reacciona, decide aumentar el tono de voz:
-¡Ahora os ataca el niño!
Ella chilla histérica:
-¡No! ¡No!

Pages : 131

Autor : . Ogalla

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

El bosque de los niños perdidos – R. Ogalla

-¿Qué más hay allí, Yolanda? –Insiste él- ¿Hay rocas? ¿Dónde estáis? ¿Dónde está Joan?
-¡En el aquelarre! –Gruñe ella- ¡En el aquelarre de las brujas!
Robert suelta su mano y se pone en pie. Una de las sanitarias se ocupa de la chica.
-Esa zona no está lejos de aquí –explica Martínez- en el área protegida de “Rocas Encantadas”.
-¿Hipnotismo? –pregunta Marta cuando todos salen de la sala.
Robert observa sus ojos azules, los mismos ojos de los que se enamoró cuando ambos eran adolescentes

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