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El chico de origami – Faith Carroll

El chico de origami – Faith Carroll pdf

Sinopsis De 

Libro El chico de origami – Faith Carroll

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retirarse del campo de la terapia, puede
que yo también debiera hacerlo. Ahora
que me daba cuenta de mis palabras,
menos mal que no se había muerto o
entonces sí que estaría para entrar al
psiquiátrico por «pulsión a la muerte» o
una de esas tonterías que se sacaban de
la manga. Volví a intentarlo.
Me llamo Calíope Stocks, pero mis
amigos me llaman Kali. Tengo diecisiete
años y voy al instituto Fitzgerald de
Springwoods, Iowa. Tengo el pelo de color
castaño, ojos oscuros y una bonita cicatriz
que me recorre la parte izquierda de la
frente. Cabe destacar que lo de «bonita» es
un sarcasmo.
«¿Cabe destacar?» Demasiado fino
para mí. Bueno, que me creyera culta, a
lo mejor así le daba por soltarme antes.
Vivo con mi madre, Juliette, y mi
hermano de cinco años, César. Mi madre
es historiadora y trabaja en el pequeño
museo de la ciudad. Es una buena madre:
desde la muerte de mi padre ha tenido que
ocuparse de César y de mí mientras
continuaba con su trabajo,
compaginándonos con él. Si yo estoy mal
de la cabeza, no es culpa suya.
Me estaba empezando a ir por las
ramas. Con este texto mi nuevo
psicólogo diría que era una chica
cerrada, incapaz de mostrar mis
emociones y bla, bla, bla… Tomé un
sorbo de mi refresco y continué:
Estoy en el último año del instituto.
¿Mis notas? Aceptables. Aunque sea una
loca marginada, muchos me consideran
alguien en quien pueden confiar, una líder
de una revolución sin salida. Sí, no soy una
friki desplazada, ni una autista antisocial,
si eso puede servir de algo en la terapia.
Tengo una amiga estupenda, Meredith. Ella
es una punk lolita, una tribu urbana
proveniente de Japón, y lo lleva con
orgullo. Tampoco puedo olvidar a Aiden,
el chico con el que todas las señoras
mayores están empeñadas en que me case.
No es que sea feo ni malo, es un encanto,
pero sé que no soy su tipo; más que nada
porque es gay. El pobre lo ha pasado tan
mal que mis problemas me parecen una
mierda de quejicas, lo gracioso es que
Aiden dice todo lo contrario. Ambos
somos el paño de lágrimas del otro.
En cuanto a mis novios…
—Esto es una mierda. —Convertí
mi carta en una pelota y la tiré a la
papelera, justo cuando pasaba Aiden
con las bandejas de comida.
—¡Ey! —La esquivó con agilidad
mientras se sentaba sonriente a mi lado y
me tendía mi bandeja. Otra vez palitos
secos de pescado y un puré incomible;
qué apetitoso—. ¿Hoy es la visita al
nuevo loquero?
—Mi madre dice que estoy en una
etapa especial de mi vida —pronuncié
lo último con un tono agudo y cursi,
provocando que mi amigo estuviera a
punto de escupir sus palitos—, y que no
es el momento de dejarlo. El doctor
Hardison ha pedido a mi madre por
teléfono que, para nuestra primera cita,
le escriba una carta de presentación.
Odio hablar de mí.
—Sí, ya lo he visto. —Miró de
reojo la papelera, divertido—. ¿Has
escrito intimidades ahí? Yo no lo
dejaría en un sitio público. Ya sabes, mi
prima tiene ojos por todos lados.
Ahí tenía razón, por lo que me
levanté con rapidez y recuperé el
gurruño de papel con mis pensamientos.
Aiden se rio al verme guardarlo en uno
de los bolsillos interiores de mi
chaqueta, con la misma cara que un
agente secreto. Le respondí con una
mirada cómplice.
Aiden era un chico bastante
atractivo, y seguro que las chicas debían
de sentirse muy tristes por no tener
oportunidad. Este año se había dejado
crecer una media melena rubia que le
favorecía a su cara estrecha y ayudaba a
resaltar esos ojos azules que me
encantaban. Si no fuera por su
homosexualidad y porque los chicos de
este instituto eran unos homófobos de
mierda, podía haber estado en el grupo
de los Cools.
—Mi otra opción es hacerla
desaparecer por el método «ñam, ñam»;
y no está muy bueno, la verdad.
—Siempre puedes hacerla cachitos
y meterla entre el puré. —Recogió con
su cuchara un poco que se negaba a
despegarse—. No notarías la diferencia,
hasta lo mejorarás.
Estábamos riéndonos cuando
Meredith entró en la cafetería. Ella y yo
éramos amigas desde la escuela; nuestro
lazo se había formado gracias a un
bocadillo de chocolate. La pequeña
Meredith había tenido un tropiezo con
una baldosa que llevaba suelta en el
patio desde mucho antes de que nosotros
empezásemos a estudiar, y su pieza de
fruta, una manzana troceada con amor
por su madre, acabó desparramada por
un charco de agua y barro. Si reflexiono,
creo que no fue un sentimiento de
amistad o compasión lo que me movió a
acercarme y partir mi bocadillo en dos;
simplemente no me gustaba verla llorar,
me incomodaba su tono tan agudo. Fuera
o no un acto absoluto de egoísmo, a
Meredith no le importó. Desde entonces,
nos reuníamos todos los días a la hora
de comer: yo volvía a dividir mi
bocadillo y ella me daba la mitad de su
manzana. Lo que comenzó siendo un
ritual, se transformó en placer y en una
forma de conocer a mi íntima amiga.
Respondió a mi saludo
contoneando su falda de tartán, a juego
con su camiseta de dos piezas, violeta y
negro, y un bolso pequeño, al puro estilo
que la identificaba. Me encantaban su
forma de vestir y sus colores, pero yo no
me veía capaz de llevarlos con el porte
tan fantástico que tenía Meredith. La
consideraba una valiente;

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ser el
diferente en el instituto no siempre era
bueno. Qué digo, nunca era bueno.
—Hola —nos saludó, acompañada
de sus ojos verde esmeralda y su sonrisa
imperfecta y hermosa. Ese día le habían
dado un sobresaliente en Biología, y se
le notaba al caminar: estaba radiante—.
¿Qué hacéis?
—Elaborar una carta de
presentación para Kali.
—Cállate —le reprendí
vergonzosa, pero Meredith ya tenía el
oído puesto.
—Oh, es cierto, el nuevo
psicólogo. ¿Vas esta tarde?
—No me queda otra —suspiré.
Mis ganas estaban bajo cero y
seguían descendiendo. Lo peor es que no
le veía sentido; ni siquiera iba a
comenzar diciendo la verdad. Intuía qué
era lo que le interesaría al doctor
Hardison: la carta perfecta para tener
algo por lo que empezar.
Y vamos al meollo del asunto, lo que
en verdad me está trastocando. No sé por
qué, cómo, ni cuándo, pero inicié una
guerra de bandas brutal en el instituto. El
caso es que cuando empezó a surgir yo
tenía en mente otras cosas. Sufrí un grave
accidente que me dejó secuelas, tanto
físicas como emocionales. Vi a mi padre
morir, y al poco de salir del coma, mi
mejor amiga se volvió mi enemiga. Puede
que piense que exagero, que en todos los
institutos hay «luchas de clases sociales»
como las llaman. Créame, esto es peor.
Algunos dicen que el instituto es
como un campo de guerra, y sí, se le
parece. En el Fitzgerald hay dos facciones
enfrentadas: los frikis, que nos
autodenominamos los Dragones, y los
populares o Cools. ¿Qué tiene de especial
está rivalidad? Aunque en todos los
institutos hay matones que abusan de los
diferentes, en este instituto esos
diferentes no nos quedamos callados;
porque estamos agrupados, sufrimos y
lloramos, pero seguimos en pie hasta que
uno de los dos grupos caiga. En esta
guerra he tenido aliados, enemigos y
traidores. Lo más posible es que la que
acabe derrotada sea mi facción, pero,
oye…, a mí me va la autodestrucción.
Esa frase era muy buena, pero no
pensaba escribirla.
—¿Qué me dices de la fiesta de

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Halloween? ¿Te vas a disfrazar?
Meredith me sacó de los
pensamientos sobre la tortura a la que yo
misma me sometía; eso según

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