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El Corso me decían – Felix Fojo

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Resumen y Sinopsis De 

un lado al otro. Se comenta que debajo de la guerrera y por encima de la camiseta, hay un chaleco antibalas de última generación, pero nadie, salvo el jefe de su escolta, lo
sabe a ciencia cierta. Y continúa paseándose, despacio, caviloso, por sobre la pulcra moqueta de tonos beige del desahogado despacho, bastante sobrio por cierto. Paso a
paso, yendo y viniendo, con sus largas y lentas zancadas de estupendo caminante montañero, que fue en otros lugares y otros tiempos.
Su figura, una de las imágenes icónicas de la segunda parte del siglo veinte aquí podría venir ahora una lista comparativa de Marylines con la falda al aire, Maos
estrábicos y Ches acatarrados con el zipper de la cazadora subido hasta el cuello, o melenudos Beatles en fila india cruzando una esquina de Abbey Road, luce casi
fuera de lugar, incongruente allí, en un espacio tan privado, sosegado y desprovisto de baterías de micrófonos, cámaras de televisión, compactas tribunas y ruidosas y
coléricas y muy disciplinadas o felices masas humanas cargadas de fervor revolucionario y vociferante antiimperialismo.
Para un hombre que se ha ganado a la fuerza la fuerza bruta y sobre todo la otra, la de la inteligencia, y un pasmoso sentido de las oportunidades y los límites
un lugar muy visible en la historia de su país y del planeta, su despacho personal, ubicado en un impreciso rincón del vasto edificio de piedra de cantería blanca que le
sirve de palacio a la Revolución, no a él, que quede eso claro es, sin dudas, espartano: al centro, un escritorio no demasiado llamativo, ni tan siquiera grande,
construido con oscuras maderas duras cubanas; sobre ese mismo buró dos o tres teléfonos y una papelera casi vacía de documentos para eso está la caja fuerte y los
secretarios y ayudantes… ah, y la memoria fotográfica, ¿no? ; una silla giratoria de piel legítima negra, acolchada, con brazos y respaldar alto; una estantería, también
de madera laqueada, casi llena de libros que se aprecian muy poco usados, la mayoría nuevos lo que no quiere decir, ojo, que el propietario no lea, nada de eso, lee
muchísimo, vorazmente, y no solo documentos de gobierno e informes confidenciales de sus agencias de inteligencia cubriendo completa la pared posterior. Rompen
la monotonía un retrato de José Martí con la mano en el pecho, una especie de Cristo republicano que el Comandante se ha apropiado al extremo de convertirlo en su
padre putativo y leal cómplice, y otra estampa litografiada de Vladimir Lenin mirando al infinito Stalin, en la época de la foto, aún no se lo había embolsillado,
ambos enmarcados y cubiertos con un fino vidrio, colgados juntos y a escuadra en una pared lateral. Resalta una bandera cubana, la de la estrella solitaria, en un asta de
pedestal justo a un lado y un poco por detrás del escritorio, también una palma barrigona al Jefe no le gustan, por vulgares, las arecas sembrada en una maceta de
barro cocido coloreado de azafrán; dos sillas de madera barnizada y fondos de rejillas, ambas con brazos, y entre las dos una pequeña mesa redonda, a juego, baja, y con
rueditas en las patas para desplazarla a uno u otro lado, sobre la que descansa un servicio de café, de esos que se venden como artesanía vernácula cubana a precios
bastante módicos. Y por supuesto, como el hombre es un obseso de la información internacional, un televisor de gran tamaño y de una buena marca japonesa,
funcionando pero con el sonido en off, descansa sobre una consola metálica, negra mate y muy moderna, algo surrealista, en un ángulo de la oficina.
Nada más, ni títulos, ni premios, ni diplomas, ni medallas, ni llaves de ciudades visitadas, ni condecoraciones otorgadas por naciones amigas que las tiene y
muchas, ni fotografías de políticos y personalidades internacionales amablemente dedicadas, ni adornos lujosos, ni sables, arcabuces, catanas u otras armas antiguas o
modernas. Por lo menos, nada más visible al visitante.
Razonen…, enjuicien bien lo que queremos lograr del arrestado se detiene, hace un alto para que sus palabras surtan el efecto deseado en sus atentos oyentes
, ¡y actúen, carajo, actúen en consecuencia!
No habla alto ni hay rastros de crispación en su monólogo las interjecciones fuertes, por demás muy cubanas y castizas, son parte integrante de su conversación
natural, ahora sus palabras son pronunciadas casi como un susurro, como si hablara consigo mismo, para convencerse de la importancia de lo que expresa y de paso
convencer a los que escuchan, con buenas maneras, suave y sabiamente.
El silencio es largo, quizá espera ahora una respuesta.
Y la obtiene.
Lo hacemos, Comandante, está muy claro para nosotros qué queremos lograr que diga el detenido el general, generales del ejército son los dos hombres de pie
frente al Jefe, saben qué se exige de ellos, pero necesitan orientaciones sobre los métodos y la

Orden de autor: Félix, Fojo,
Orden de título: Corso me decían (Spanish Edition), El
Fecha: 12 ago 2016
uuid: 0dd65d78-4392-4d88-8556-13bd20a63715
id: 99
Modificado: 12 ago 2016
Tamaño: 1.09MB

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