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El fantasma de la catedral – José S. Isbert

El fantasma de la catedral - José S. Isbert

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Resumen y Sinopsis De 

El fantasma de la catedral – José S. Isbert

desperfectos tardarían en repararse, sin contar con los valiosos libros y objetos irrecuperables.
El decano Raghnall, marido de la única testigo de los hechos, estaba presente. El sudor corría por sus mejillas.
Zacary jamás se había visto confrontado con un caso tan extraño. ¿El acto de una desquiciada? ¿Venganza contra el Arzobispo? ¿Tensiones entre católicos y
protestantes? ¿Profanación acompañada de vandalismo?
La primera de las hipótesis merecía contemplarse. Bridget Raghnall estaba sentada junto a su marido, con las manos atadas sobre su regazo. Alexander Zacary
temía que, en un nuevo ataque de demencia, se abalanzara contra cualquiera o tratara de suicidarse.
Dudaba que la frágil y abatida señora dispusiera de la fuerza necesaria para haber ocasionado tan tremendos desperfectos. Pero no descartaría ninguna
eventualidad antes de cerciorarse.
Su interrogatorio a la testigo fue breve. De los labios de la esposa solo se escaparon monosílabos obscenos.
A continuación le llegó el turno al marido
-Le escucho, decano.
-Vivimos cerca de la Catedral. Cuando trajeron a mi esposa se reía como una loca. Trataba de… digamos… molestar a los jóvenes que la socorrían. Le dimos en
casa unas friegas severas y se le aplicaron ventosas. Está más tranquila ahora.
Zacary la miró de reojo. Sus pupilas y su baba denotaban lo contrario.
-¿Por qué profanó el despacho?
-¡No fue ella! ¡Mírela bien, se lo ruego! Su constitución no se lo permite.
-No tengo mucho tiempo, decano. Cuénteme lo que decía su esposa cuando la llevaron a su domicilio.
El marido se sonrojó.
-Mencionaba insistentemente a un fantasma. Le pedía que la tomara y que la fecundara. Está enferma.
-¡Un Fantasma en la Catedral, faltaría más! ¿Se da cuenta de lo que sugiere? ¿Cree que un fantasma podría haber destrozado el despacho?
-¡La espada, Comisario! Bridget no cesó de mencionar una espada que el fantasma manejaba.
Zacary frunció el ceño. El testimonio de los monaguillos, confirmaba lo expuesto por el marido.
Bridget Raghnall se puso en pie súbitamente. Su grito heló la sangre hasta del más templado.
-¡Hazme tu esclava, Fantasma!
Los últimos rayos del sol arrancaron destellos a los tejados. La mirada de Sir Thomas se perdió en el horizonte. Había dejado de llover, aunque espesos
nubarrones empañaban el cielo.
A lo lejos, del otro lado de la plaza, un piano desgarró las notas de una sonata. Sir Thomas se estremeció, perdido en un pasado oscuro. La melancolía de la
música le devolvió a aquellos tiempos felices. La sonrisa de su amada. La dulce mirada que tanto quiso hasta que se la arrebataron. El olor de su piel cuando se
cosechaba el grano. El sabor de sus labios cuando mordía una fresa y se los ofrecía.
El Fantasma apretó los puños. Canterbury se extendía a sus pies, arrogante y poderosa.
Un “do mayor” sostenido atacó el andante de la sonata. Cada nota arrancaba un quejido a la garganta del que hubo sido. Su chillido, desgarrador, desafió a aquella
ciudad maldita y a cada uno de sus habitantes. Culpables por haber callado. Profanadores por vivir sobre el suelo que Sir Thomas regó con su sangre.
Zacary releyó sus apuntes. Sus hombres habían recorrido la ciudad, indagado en los tugurios, pensiones, comercios, iglesias, prisiones y hasta en las granjas
lejanas.
Ninguna lengua se desataba. Para complicar las cosas, el Arzobispo le había escrito intimándole que pusiera entre rejas a los responsables.
La esposa del decano se había recuperado. No recordaba nada, salvo la horrible visión reflejada en el espejo. Se avergonzaba por su conducta. Su marido no la
dejaba salir de casa, manteniéndola vigilada.
Zacary borró su nombre de la lista de sospechosos. También retiró el del decano. Poco cabía esperar de la pareja, salvo las habladurías.
La noticia se había extendido como una plaga. Todo Canterbury hablaba del Fantasma de la Catedral. Tenía que evitar a toda costa que cundiera el pánico.
Decenas de panfletos serían expuestos en lugares de afluencia, ofreciendo una recompensa a quien denunciara a la supuesta “Banda de los Sacrílegos”, como había
decidido llamarla. Era una táctica probada, aunque tenía pocas esperanzas de que funcionara en este caso.
Los profundos arañazos en las paredes del despacho del Arzobispo provenían de una espada o de un garfio. Acero bien templado, y una sólida empuñadura que
poco tenía de difunta.
La Catedral fue estrechamente vigilada. Sus hombres se personaron

Pages :35

Tamaño de kindle ebook :  562 kb

Autor De La  novela : José S. Isbert

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Idioma :Español-España 

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