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El granizo – Mariel Ruggieri

El granizo – Mariel Ruggieri

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Resumen y Sinopsis De 

El granizo – Mariel Ruggieri

Aproximadamente un año antes, Victoria se encontraba frente al espejo de su dormitorio, con un vestido color plata y corte de sirena. Se veía realmente hermosa.
Su largo cabello era rojizo, y lo llevaba recogido en una cola de caballo en lo alto de la cabeza. Intentaba comprobar si estaba lo suficientemente presentable como para
bajar a su fiesta de cumpleaños, pero no lo lograba porque las lágrimas la cegaban. Pestañeó varias veces, y el llanto se disipó, pero no pasó lo mismo con el nudo en la
garganta, con la opresión en el pecho.
En el pecho. Mierda, mierda, mierda. ¿Cómo podía estar pasándole algo así a ella? No podía creerlo, simplemente no podía. ¿Qué carajo había hecho mal? Dieta
balanceada, ejercicio, jamás había fumado… Nunca faltaba a los controles de rutina; cuidar de su salud era un ítem más de su lista de prioridades que ella cumplía
metódica y puntillosamente.
Se preocupaba de lo que pasaba en el interior de su cuerpo tanto como lo hacía con el exterior, así que no entendía cómo ese maldito tumor se había enroscado en
su pecho, y nada pudo impedir que eso ocurriera. Se sintió estafada. La vida le estaba pasando una factura que ella no se merecía.
Sencillamente no podía entenderlo. No había un solo antecedente en su familia, ni uno solo. Tenía que ser un error, un maldito y cruel error, una broma grotesca.
Una verdadera pesadilla. Pero sabía que no lo era. Y justo se había enterado el mismo día en que cumplía sus treinta y siete años.
No podía haber empezado mejor la jornada. Daniel no solo había recordado que era su cumpleaños, sino que también le había regalado un anillo de brillantes y un
buen polvo mañanero.
Felipe no lo había recordado, o quizás fingió no hacerlo hasta que Lola, la mucama, se lo hizo notar susurrándole algo al oído. Finalmente, él no tuvo más remedio mariel
que darse por enterado y besar su mejilla musitando algo que sonó a “felicidades”.
“Peor es nada”, pensó Victoria mientras respondía agradeciendo el saludo. Es que con sus catorce recién cumplidos, pensaba que su hijo se encontraba tan lejos de
ella como la luna. No era solo por la rebeldía adolescente, porque Felipe era adulto desde hacía mucho tiempo, sino porque creía que en cierta forma la despreciaba.
Victoria era una mujer brillante, pero para su hijo que tenía un coeficiente intelectual de 151, ella tenía la sagacidad de su perro Moro. Era evidente que él no se
sentía así con respecto a su padre, pues siendo un exitoso neurocirujano parecían tener algún elemento en común al cual aferrarse para no perder el contacto. Además
compartían el mismo interés en el ajedrez, y eso los acercaba aún más.
Pero con ella se había deteriorado tanto la relación que a veces parecía que ni siquiera existía una. Victoria sabía que a pesar de no haberlo mencionado jamás, Felipe
le reprochó durante mucho tiempo que trabajara tanto fuera de la casa. No se lo decía a ella, se lo decía a Daniel quien oficiaba de intermediario entre ambos. Ella creía
que eso había abierto una fisura en la relación con su hijo, que con el tiempo se transformó en una brecha prácticamente insalvable.
Descubrieron que él era diferente alrededor de los dos años, y luego de eso, Felipe dejó de ser el bebé de su mamá para convertirse en la promesa, en el centro de
atención, en el talento que había que ayudar a desarrollar a como diese lugar. Y a eso se abocaron sus padres.
Al principio ella era la más interesada en que su hijo explotara al máximo sus capacidades, y para eso llenó sus días de innumerables actividades. Pero ninguna tenía
que ver con el aspecto lúdico de la vida, ni el espiritual, ni el afectivo. Todas iban encaradas a fomentar y desarrollar su asombrosa inteligencia muy superior al
promedio. Jamás terminaba un ciclo, porque absorbía todo tan rápido que ya lo trasladaban al siguiente escalón, por lo que nunca pudo crear lazos con sus pares.
Terminó relacionándose solamente con pequeños genios como él, pálidos, silenciosos, atentos solamente a los intrincados procesos que se producían dentro de sus
mentes.
Cuando Victoria se dio cuenta de su error, ya era demasiado tarde. Daniel estaba al timón, y su hijo se dirigía vertiginosamente hacia un lugar donde ella jamás
podría llegar. De todos modos intentó sacarlo del ostracismo en el que él y la tecnología eran inseparables, y hacer que pudiese disfrutar de cosas más simples como un
paseo en bici o jugar con su mascota, pero solo obtuvo como respuesta una mirada de extrañeza.
Después de eso, la relación entre madre e hijo se tornó francamente tirante. A ella le dolía, pero estaba tan ocupada con sus cosas que se conformó pensando que
cuando él creciera, eso cambiaría.
Así que no hizo absolutamente nada por acercarse a Felipe. Respetaba sus tiempos, sus espacios, pero no interfería en su vida. ¿Para qué? Su hijo habitaba en un
mundo que ella no comprendía, y parecía no querer salir jamás de allí.
Ese día sin embargo, además de saludarla por su cumpleaños, el chico tuvo la deferencia de dirigirle la palabra en el desayuno aunque más no fuera para pedirle algo.
Me dijo Lola que no vas directo al banco hoy.
Sí, querido. Tengo médico; exámenes de rutina le dijo despreocupada, porque realmente se sentía así. ¿Necesitás que te lleve a algún sitio?
Tengo que recoger un dispositivo periférico en una importadora, en el centro.
¿No tenés clase hoy? preguntó, porque no tenía ni idea. Felipe había terminado el secundario el año anterior, y estaban tramitando los permisos para que
ingresara a una universidad en Estados Unidos al siguiente. Mientras tanto tomaba clases extracurriculares de las asignaturas que más le interesaban, en un instituto
privado que se especializaba en genios como él.
Se suspendió.
Bueno, te llevo. Recogemos ese dispositivo, paso por la clínica y luego te traigo de nuevo a casa ¿te parece? Igual ya avisé en el banco que hoy voy solo por la
tarde.
No sé. ¿Cuánto vas a demorar en esa clínica?preguntó él sin dejar de mover los pulgares sobre el aparato que tenía en las manos.
Diez minutos, querido. Te podés quedar en el coche jugando con la Play.
Felipe levantó la cabeza y la fulminó con la mirada.
Hace años que no juego con la Play, mamá.
Carajo, siempre metiendo la pata. No se explicaba cómo podía resolver todo tan bien en su trabajo, pero era una completa inepta en todo lo que se relacionaba con
su hijo.
No se entendían, parecía que hablaran lenguajes distintos. Estaban a años luz de distancia, y ella temía que estuviesen cerca del punto de no retorno. Sonrió
amargamente al pensar que a los ojos de todos era una madre perfecta por tener un hijo brillante, y que además parecía ser inmune a la “edad del pavo”, porque nunca se
lo veía en actitudes fuera de lugar o haciendo tonterías. Si supieran…
Entre la indiferencia de Felipe, y las continuas aventuras amorosas de Daniel, su casa no era precisamente el paraíso en el que ella quería estar. Había aprendido a
ignorar lo que no podía controlar, y por eso era ciega y sorda, y jamás se daba por enterada de los devaneos de su marido. Mientras fuese discreto, podía soportarlo.
Eso sí, hacía varios años que en las raras ocasiones especiales en que tenían relaciones sexuales, utilizaban condón. Daniel, como médico que era debía ser sumamente
prolijo en sus andanzas extramatrimoniales, pero ella no quería arriesgarse ni a un embarazo no buscado, ni a pescarse alguna enfermedad. ¡Qué ironía! Finalmente fue la
enfermedad la que la pescó a ella, y totalmente desprevenida.
Pero esa mañana aún ignoraba que dentro de uno de sus pechos albergaba un tumor que haría que su vida se pusiera de cabeza.
Desde los treinta y cinco se realizaba una mamografía cada año, más o menos en la fecha de su cumpleaños. Las dos primeras habían salido perfectas, pero esa…
Diez minutos después de haberle tomado las radiografías, ella esperaba el resultado hojeando distraídamente una revista, mientras pensaba en todo lo que tenía
para hacer ese día. Miró el reloj algo inquieta, porque temía que esa demora en darle los resultados pudiera fastidiar a Felipe, que se había quedado en el coche.
Señora Ríos, por favor. Pase por acá.
Qué extraño. Generalmente entregaban las pruebas por una ventanilla. Seguramente alguna placa había quedado mal, y tendrían que repetirla. Se preocupó, pero
solamente porque sabía que Felipe se sentiría bastante contrariado por el imprevisto.

Pages : 128

Autor : Mariel Ruggieri

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

El granizo – Mariel Ruggieri

Dentro del consultorio la esperaba un médico que examinaba sus placas con detenimiento en un panel iluminado. Se lo dijo así, sin preámbulo alguno. Esa mancha,

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