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El guerrero macabeo – Fernando Claudín

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Resumen y Sinopsis De 

Ariel, a sus once años, creyó que había llegado el fin del mundo al percibir aquel tumulto ensordecedor. Cuando logró sobreponerse a la conmoción, vio que su
padre, Judas Macabeo, se hallaba tendido en el suelo, con una jabalina clavada en el pecho.
¡Aba! exhaló, jadeante, precipitándose sobre él para auxiliarle.
Entonces fue golpeado por los ojos fieros de su padre, ese hombre temido y respetado en su tierra, Modín, una población situada en las afueras de Jerusalén,
junto al monte de los Olivos, a quien habían apodado Macabeo, que significaba el martillo, por su fuerza colosal y por la fe inquebrantable que mostraba hacia el Eterno,
el Dios de los judíos.
¿Cómo podía reprocharle que le hubiese seguido hasta el Templo, adonde Judas había acudido, junto a sus cuatro hermanos y el abuelo Matatías, para luchar
contra los griegos?
¡Prometiste quedarte en casa! aulló, colérico, su padre.
Ariel se puso a temblar, tal como le sucedía de niño, cuando su padre le reprendía por cualquier motivo, y a pesar de la locura de la batalla que se estaba librando
a su alrededor, se le encogió el corazón, pues no era el enfado de Judas lo que realmente temía, sino que le retirase la palabra, el afecto, cualquier consideración. Porque
durante el tiempo en que, defraudado por su comportamiento, su padre le trataba como si no existiera, Ariel se sentía desolado.
<<Aba, si tú mueres, no quiero seguir viviendo>>, quiso decirle, mas no le salieron las palabras.
Judas, levantándose, se arrancó la jabalina de un tirón, la partió en dos, y arrojó los trozos lejos de sí. Luego dio la espalda a su hijo, desenvainó la espada, y fue
a batirse contra los griegos, que habían abierto una brecha en el frente de la muralla.
Ariel se quedó confundido, pues era la primera vez que presenciaba una batalla.
El viejo Josías, que era tenido por sabio entre sus vecinos, y vivía solo desde que la lepra se había llevado por delante a su familia, apreciaba tanto al muchacho,
por su candidez y nobleza, que le había seguido hasta Jerusalén, así como éste fue tras los pasos de su padre.
Al viejo Josías su oficio de cabalista y escribano le había llevado a Alejandría, Esparta y Tebas, donde aprendió el idioma y las costumbres griegos, por lo cual
conocía bien a esos invasores de la dinastía seleúcida, descendientes del rey Seleuco I Nikátor, uno de los diádocos, sucesores del gran conquistador Alejandro Magno,
que se habían repartido su vasto imperio. Estaban tan seguros de su grandeza, que Antíoco IV Epifanes, el monarca actual, se había propuesto someter a los judíos para
que le pagasen tributo, renunciasen a la religión judaica, y adorasen a sus ídolos paganos.
¡No podían cruzarse de brazos ante ese enemigo que pretendía destruir su identidad!, se dijo el viejo Josías, compadeciéndose del muchacho.
Ariel comprendió que ahora debía mantenerse apartado de Judas. Al desobedecerle, había caído sobre él su maldición, que solo Dios sabía cuánto duraría, si
ambos salían con vida del aprieto.
Se dirigió a un extremo de la muralla, y se encaramó a los sillares, en un lugar resguardado, para examinar a los sitiadores.
¡Maestro! exclamó, maravillado, al ver al viejo Josías, que había ido tras él. ¿Qué haces aquí?
En la cara ovalada y aguileña del cabalista, surcada de profundas arrugas, con los ojos muy hundidos, enmarcada por una barba y una melena blancas y sedosas,
que se desparramaban por el pecho y la espalda, se abrió paso una luminosidad contagiosa, que transmitía confianza y serenidad.
Compartir tu destino. ¿Qué me quedaría, si no te tengo ya a mi lado? contestó, pues quería a Ariel como si fuese sangre de su sangre.
Ariel, que empezaba a aprender de su padre, Judas Macabeo, a ocultar las emociones, contuvo el llanto que le provocaron aquellas palabras, pero abrazó el
cuerpo menudo y frágil del anciano.
Escudriñaron a la furiosa soldadesca que no cesaba de vociferar al otro lado de la muralla.
Apolonio, el general seleúcida, se encontraba en la retaguardia de su ejército. Montado sobre un vistoso caballo blanco y rodeado de su guardia personal, estaba
flanqueado por dos elefantes.
Los helenos emplean elefantes desde las campañas de Alejandro, pues al cargar aterrorizan a las filas enemigas, y es difícil herirles, debido a su gruesa piel dijo
Josías, frotándose las barbas.
¡Son enormes!
Suelen elegir a los machos, por su tamaño, pero a veces resultan demasiado nerviosos y agresivos, y no son fáciles de manejar.
El hercúleo Judas se había situado en lo alto del terraplén por donde atacaba la avanzadilla de griegos, junto a sus cuatro hermanos y su padre Matatías, que era
una torre humana cubierta de pelo entrecano. A golpe de espada, habían hecho retroceder a la caballería y los peltastas, la infantería ligera.
¡Ahí están los nuestros, luchando con el coraje que les infunde Dios, frente al ejército más poderoso del mundo! dijo Josías. Me asombra tu padre. Nadie
creería que acaban de atravesarle el pecho con una jabalina. Es una fuerza de la naturaleza. Como tu abuelo. Deberías sentirte orgulloso de Matatías, un sacerdote que se
ha atrevido a organizar esta resistencia suicida contra los poderosos seleúcidas, mientras la…

Orden de autor: Fernando, Claudín,
Orden de título: guerrero macabeo (Spanish Edition), El
Fecha: 14 ago 2016
uuid: ca4e582c-ae82-4b6a-910a-8ef9879aa67b
id: 129
Modificado: 14 ago 2016
Tamaño: 0.68MB

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